Por: Gaspar Velásquez Morillo*

Docente Universitario de Análisis Crítico del Discurso y Analista Geopolítico

Cuando observamos el tablero geopolítico con ojos críticos, no podemos caer en la trampa de la inmediatez. La coyuntura nos golpea, sí, pero el análisis de larga duración nos revela algo que el imperio estadounidense quisiera ocultar: su cerco sobre Venezuela no es signo de fortaleza, sino el estertor de quien sabe que el tiempo juega en su contra.

Llevamos años siendo víctimas de una guerra cognitiva y mediática de proporciones incomensurables. Nos han querido convencer de que estamos solos, de que el asedio económico nos doblegaría y de que la paciencia del pueblo venezolano tendría un límite. Sin embargo, la historia nos ha enseñado que los pueblos que abrazan su destino no se rinden ante las adversidades, las transforman en acero para la resistencia.

Hoy, ese imperio que nos asfixia se encuentra empantanado en múltiples frentes. No ha podido doblegar a Irán, nación que con dignidad y tecnología propia ha puesto en jaque su poderío militar en el estrecho de Ormuz. Las bases estadounidenses en Medio Oriente han recibido el mensaje claro de que la soberanía e Irán y de los pueblos no se negocia. Y mientras China y Rusia se suman a esas aguas estratégicas, el sueño estadounidense de controlar el flujo energético mundial se desvanece como la espuma.

Pero el dato que debería encender todas las alarmas en los círculos de poder de Washington es su propia autodestrucción interna. El imperio le ha subido los aranceles a medio mundo, castigando a quienes osan comerciar con China, Rusia o Corea del Norte. Esta práctica, que no es otra cosa que colonialismo del siglo XXI, está ahogando a sus propios aliados. Gobiernos que históricamente le fueron fieles hoy ven cómo la soga se aprieta en sus propios cuellos. Ya no se trata de política exterior, es supervivencia nacional. Y esa supervivencia pasa necesariamente por Venezuela.

Nuestro país no es un problema para la región, es su solución energética más viable. El estado Zulia, con sus reservas petroleras, representa un recurso que el mundo no puede darse el lujo de ignorar. Por eso, aunque parezca increíble, países ultraconservadores que nos declararon su beligerancia están tocando nuestras puertas para restablecer relaciones consulares. Las salas situacionales del mundo han hecho los números y saben que el bloqueo a Venezuela es un boomerang que golpea sus propias economías.

He sido testigo, desde mi ejercicio docente en Análisis Crítico del Discurso, de cómo los relatos hegemónicos intentan instalar la idea de una Venezuela derrotada. Pero el discurso, como la historia, tiene fisuras. Y esas fisuras hoy son evidentes: los millonarios recursos que el imperio destinó a la ultraderecha venezolana terminaron en cuentas personales de sus “liderazgos”. Ahora EE.UU., en su desesperación, quiere pasarles factura y dejarlos en entredicho público. ¿Acaso un imperio fuerte canibaliza a sus propios aliados? No, compañeros. Un imperio que se desangra devora a sus propios hijos antes de reconocer su debilidad.

Mientras tanto, nuestra revolución bolivariana mantiene el rumbo. La presidenta encargada, el presidente de la Asamblea Nacional y el secretario general del PSUV han entendido que la paciencia no es pasividad, sino inteligencia táctica. Hemos abierto las puertas a la inversión internacional en el sector petrolero no por claudicación, sino por audacia estratégica. Sabemos que oxigenar la economía es fortalecer la resistencia. Y sabemos también que nuestros socios de Rusia, China e Irán no están aquí por caridad, sino porque entienden que un mundo multipolar requiere de una Venezuela soberana.

El imperialismo estadounidense, queridos compatriotas, está iniciando su propio camino de autodestrucción. Las precariedades que hoy viven los propios ciudadanos de aquel país, sus divisiones internas, el descontento social y la posibilidad real de una fractura civil son síntomas de una decadencia que ya no pueden ocultar. Lo que viene no será una guerra contra nosotros, será una guerra consigo mismos. Y en esa guerra, nosotros debemos estar firmes, pacientes y constantes.

No estamos distantes en el tiempo de la derrota del imperialismo. Cada día que pasa, su cerco se resquebraja. Cada arancel que imponen, más países se alejan de su órbita. Cada aliado al que traicionan, más certeza nos da de que la historia no está de su lado.

Por eso, desde esta tribuna, los invito a desterrar el derrotismo. No estamos solos, no estamos vencidos. Somos un pueblo que ha sabido leer los tiempos, interpretar las señales y mantener la mística intacta. La victoria no es un deseo, compañeros, es una consecuencia de nuestra coherencia histórica.

Sigamos adelante. La hora de los hornos nos encuentra templados, conscientes y dispuestos. El imperio cae, y nosotros, como seres históricos que somos, tenemos la certeza de que nuestro horizonte es la libertad definitiva. ¡Venezuela no se rinde, se reinventa! ¡Y esa reinvención será nuestra más grande victoria!

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*Gaspar Velásquez Morillo es un politólogo, analista político, escritor y profesor universitario venezolano. Es ampliamente reconocido en el ámbito de la comunicación alternativa y el periodismo de opinión en Venezuela por sus análisis sobre geopolítica, comunicación estratégica y el acontecer nacional.Es graduado en Ciencias Políticas y se desempeña como profesor e investigador universitario. Su formación le permite abordar los fenómenos sociales desde una perspectiva estructural, analizando el comportamiento de las masas y la influencia de las narrativas mediáticas. Su pensamiento se enmarca dentro de la corriente progresista, nacionalista y de izquierda latinoamericana.

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