Por Semanario Voz

Estados Unidos quiere desatar un nuevo conflicto armado mundial que fortalezca su industria militar y así mantener la hegemonía mundial. Algo cada vez más insostenible ante el creciente liderazgo de China, la recuperación de Rusia y el ascenso de la India. Es la reacción del dominio americano ante la incontenible llegada del mundo multipolar

Ricardo Arenales

La visita de la presidenta de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos a Taiwán, que provocó una encendida reacción del gobierno chino y la reclamación de otras naciones para que se respete la política de ‘una sola China’, ha sido presentada como una actuación unilateral y arbitraria de la líder demócrata, que no compromete la política general de la Casa Blanca.

Sin embargo, esto no es así, y Estados Unidos sí tiene un manejo de intervención abierta en los asuntos internos de China a través del apoyo al gobierno espurio de Taiwán. Eso lo dejó claro el ministro de Exteriores de China, Wang Yi, al precisar que la política de Estados Unidos hacia la isla de Taiwán, dirigida a desestabilizar la paz regional para contener a China, está destinada al fracaso.

El canciller calificó de “peligrosa y estúpida” la inclusión de la isla en la política regional de Washington, e invitó a Estados Unidos a dejar de ‘jugar la carta de Taiwán’ en Asia-Pacifico. Wang Yi resaltó que Pelosi, haciendo caso omiso de las advertencias de China, emprendió ‘descaradamente’ su visita que “viola gravemente el principio de una sola China, infringe maliciosamente la soberanía de China y lanza “fragrantes provocaciones políticas”.

La revolución de Mao

Técnicamente, el principio de una sola China es el reconocimiento de que existe un único país en el mundo llamado China, y su representante es el Gobierno de Pekín. Estados Unidos y el resto de los países que lo aceptan mantienen relaciones diplomáticas con Pekín y no con Taiwán, que China considera parte integral de su territorio.

Las dudas en el entendimiento de este planteamiento tan simple, se remontan al momento en que las fuerzas revolucionarias de Mao Tse Tung en 1949 triunfaron con un proyecto nacionalista y popular, y desalojaron del poder a los sectores reaccionarios representados en el gobierno de Chiang Kai-Shek que, derrotados, buscaron refugio en la isla de Taiwán.

El grupo de Chiang estableció su propio gobierno, que denominó República de China, mientras en la gran China continental se instauró la República Popular China, con representación de obreros y campesinos.

Doble rasero

En ese momento, cada parte aseguraba representar a toda China. A la luz del derecho internacional se dio un proceso revolucionario triunfante, y así lo fueron reconociendo la mayoría de los países del mundo, hasta que finalmente la Organización de las Naciones Unidas reconoció oficialmente el gobierno de Pekín y le otorgó un asiento en su representación diplomática. La ONU jamás reconoció a Taiwán.

En enero de 1979, bajo la administración de Jimmy Carter, Washington reconoció oficialmente al gobierno de Pekín como el único representante legal de China. Sin embargo, bajo las administraciones posteriores de Trump y ahora de Biden, la Casa Blanca ha mantenido una política ambigua, de doble juego, manteniendo relaciones diplomáticas con Pekín y al mismo tiempo apoyando a las fuerzas separatistas de Taiwán.

La verdad es que Washington ha mantenido una política torticera en el manejo de los intereses del gigante asiático. Hizo reconocimiento oficial del gobierno de Pekín en momentos de máxima tensión con Rusia y aspiraba a sembrar cizaña entre las dos potencias.

Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes de Estados Unidos

Desarticular a China

Ahora, cuando a través de la OTAN, el G-7 y otros organismos afines a su política intervencionista, ha calificado a China como ‘enemigo estratégico’, la Casa Blanca se inmiscuye con mayor descaro en los asuntos de Taiwán.

Está claro que China continental nunca hará un reconocimiento de la independencia de Taiwán. Por el contrario, plantea la reunificación de todo el territorio, principio válido también para Hong Kong. China tampoco acepta el principio de “una China con dos gobiernos”, como proponen algunas potencias occidentales que no renuncian a la idea de, en un plazo más temprano que tarde, desarticular la unidad china y minar su liderazgo.

La importancia de “una sola China” es descrita por el gobierno de Pekín como un “principio”, en el que se basan las relaciones de China con los demás países del mundo, mientras Estados Unidos la define como una “política”.

Ventajosa ambigüedad

En estas condiciones, en un juego ambiguo, Estados Unidos no le reconoce soberanía a China ni oficialmente la independencia a Taiwán. Lo cierto es que, en la actual coyuntura, Washington pretende utilizar a Taiwán como cabeza de playa para interferir en los asuntos internos de China, y esto es lo que Pekín rechaza con energía.

Lo dramático es que, embelesado con su posición geoestratégica y sus apetitos de hegemonía global, Estados Unidos fabrica una nueva confrontación en Taiwán, para cerrar la tenaza sobre sus dos grandes contendores: China y Rusia.

Hace cálculos de un nuevo conflicto armado que le permita alimentar su industria militar y mantener la hegemonía mundial. Una idea cada vez más insostenible ante el creciente liderazgo de China, la recuperación de Rusia, el ascenso de la India. Son los coletazos del dominio americano ante la incontenible llegada del mundo multipolar.

Intervencionismo descarado

En las últimas semanas, aviones de Estados Unidos y la OTAN han sido interceptados en las fronteras de Rusia, China y Corea del Norte. China interceptó en sus aguas un avión militar de reconocimiento australiano. Corea del Norte debió obligar a cambiar de rumbo a un avión canadiense para evitar una colisión. Todos estos países involucrados son miembros activos de la OTAN.

Sin embargo, Ely Rather, alto funcionario del Pentágono considera que los incidentes provocados por sus fuerzas son respuesta a las “provocaciones” de las fuerzas chinas, que representan “una de las amenazas más importantes para la paz y la estabilidad de la región”.

Si los aviones de occidente son interceptados en las fronteras de países tan lejanos, esto es una “provocación”. Este criterio lo amplía Rob Wittman, miembro de la Cámara de Representantes quien aseguró la semana pasada que “no se puede permitir que China opere donde no tiene soberanía”. Es decir, la soberanía es de los Estados Unidos. ¡El mundo al revés!