Mirko Casale*
En estos días fui al cine. Y no me atrevería a comentarles algo en principio tan anodino y costumbrista si no fuera por el enfoque geopolítico (o, mejor dicho, geopolítico-cultural) que puede dársele a un evento apenas anecdótico.
La película que fui a ver es una comedia ligera, de corte infantil-familiar, sin grandes pretensiones artísticas ni intelectuales ni políticas tampoco, pero que, de alguna manera, pone su granito en la búsqueda de la multipolaridad. Tal vez, incluso, sin saberlo.
El largometraje del que les hablo es ruso y se llama «Моя собака – космонавт«, que en castellano significa «Mi perro es un cosmonauta». La historia que nos cuenta transcurre en la primavera-verano de 1960 y es la del pequeño Misha, un niño cuyo padre trabaja en el hoy famoso cosmódromo de Baikonur, como jefe de seguridad de un proyecto espacial secreto.

Por avatares del destino, la perrita callejera que rescata el pequeño —un poco contra la voluntad de su progenitor— terminará protagonizando uno de los mayores hitos de la historia de la aeronáutica espacial: Belka (que significa «ardilla» en ruso) será, junto a su compañera Strelka («flechita»), la primera criatura que viajará al espacio y regresará viva.
La película no es ni pretende ser perfectamente fiel a lo que fue aquel programa soviético, sino que mezcla realidad y ficción. Si bien muchos de los hechos narrados en el largo son creación de los cuatro guionistas, los elementos fundamentales —con sus tristezas y alegrías, fracasos y logros— de lo que fue la selección, entrenamiento y odisea de los canes cosmonautas se entretejen hábilmente para que no quede nada trascendental de la realidad fuera de la historia, pero que además esta funcione dramatúrgicamente.
Por ejemplo, tanto Belka como Strelka (como Laika, Lísichka y Chaika) eran perritas rescatadas de las calles, sin relación tipo mascota-amo con nadie del equipo de técnicos y científicos de Baikonur ni sus familias, aunque varios de ellos se encariñaron profundamente con los animalitos, como el caso del mismísimo jefe del programa espacial soviético, el legendario ‘diseñador jefe’, Serguéi Koroliov.
La dimensión geopolítica
«Mi perro es un cosmonauta», como ya he señalado, es una película ligera, divertida, familiar, entretenida, tierna, con momentos ciertamente emotivos, pero muchos se preguntarán por qué merece un artículo en una sección de opinión generalmente dedicada a la reflexión sobre asuntos internacionales o al análisis geopolítico.
Pues, principalmente, porque se trata de un filme que se enmarca perfectamente en el renacer cinematográfico ruso, que se viene fortaleciendo cada vez más desde que el Occidente Colectivo decidió ‘castigar’ a Rusia, dejándola sin una larga cantidad de productos del ‘mundo libre’, entre ellos bastantes de las películas hechas en EE.UU. y Europa Occidental.
Cuando en febrero de 2022 comenzaron las medidas coercitivas de Washington, Londres y Bruselas contra Moscú, muchas películas —sobre todo estadounidenses— dejaron de llegar a las carteleras rusas.
En 2025, el Fondo de Cine ruso financió 82 largometrajes por un total de más de 170 millones de dólares, lo que ha relanzado la producción nacional.
No es que la cinematografía del país hasta entonces fuera nula, para nada, pero desde entonces vive un renacer, en gran medida gracias al financiamiento estatal del llamado séptimo arte.
En 2025, por ejemplo, el Fondo de Cine ruso o Фонд Кино financió 82 largometrajes por un total de más de 170 millones de dólares, lo que, sumado a otros aportes públicos como el del Ministerio de Cultura, canales televisivos y productoras privadas, ha relanzado la producción nacional.
Por supuesto, como ocurre en todos los países, algunos de esos proyectos pasan sin pena ni gloria por las pantallas, algunos son éxitos de crítica pero no de público y otros se convierten en auténticos fenómenos de taquilla que, además, satisfacen a los especialistas.
Películas con enfoque propio
Este renacer viene acompañado, además, de un reenfoque hacia las historias propias, tomando elementos del folclor y la literatura rusa como base para muchos guiones, así como también diversos hechos o referentes audiovisuales de la etapa soviética del país.
Incluso en películas de fantasía o ciencia ficción el elemento histórico-nacional suele estar presente. Es decir, como respuesta al intento del Norte Global de castigar’ a la ciudadanía rusa dejándola sin historias ni vivencias ni protagonistas ni héroes estadounidenses, británicos o franceses, la cinematografía rusa pone el énfasis en demostrar que a esta nación le sobran historias, vivencias, protagonistas y héroes para hacer películas.

Ojo, esto no quiere decir que el hollywoodismo no tenga ya lugar en la sociedad rusa y, por supuesto, muchas personas siguen prefiriendo las producciones estadounidenses y no pueden disimular cierto desprecio por el cine nacional. Pero, con sus aciertos y errores, lo importante es que la apuesta de resistir también en el plano cinematográfico va dando sus resultados.
En 2023, la película Cheburashka rompió récords históricos de audiencia en las salas de cine de todo el país, asunto al que, por cierto, dedicamos un completo video en su momento. Su secuela se estrenó a principios de este año y pareciera ir por el mismo camino.
Una cuestión de influencia cultural
Cuando terminé de ver «Mi perro es un cosmonauta» (que, por si no lo han notado aún, me encantó), lo primero que pensé es que, si esa película la hubieran hecho exactamente igual, pero en EE.UU., con protagonistas estadounidenses, llamando a los perros Squirrel y Stringy y situando la acción en Cabo Cañaveral, de seguro en cuestión de semanas estaría estrenándose en miles de salas en todo el mundo, y me pareció muy injusto.
Porque, además, esa especie de dictadura cultural impuesta desde Washington al resto del mundo es casi tan perjudicial como otras imposiciones suyas de otra clase. Tanto o más, quizá, que el dólar. Porque sobre ella se construyen mitos de todo tipo de los que se vale el Estado profundo estadounidense para asegurar sus intereses en otros países.
Personalmente no tengo una solución a este problema (que es de larga data) y, sinceramente, lo considero como uno de los más urgentes que atender a la hora de multipolarizar el planeta. Cuando hace tres años estrenamos nuestro video sobre la película Cheburashka, muchas personas preguntaron cómo podían hacer para verla en sus países.

La película rusa ‘Cheburashka 2’, en el ‘top 3’ de la taquilla mundial
Me pasa algo parecido en el caso de «Mi perro es un cosmonauta»: acaba de estrenarse en Rusia y no dispongo de información sobre si va a estrenarse en otros lugares ni cuándo. Para quienes les interese ver esa u otra película rusa en las pantallas cinematográficas o televisivas de sus países, les propongo escribir al correo electrónico de la distribuidora internacional rusa: info@centpart.ru. Tal vez sirva para abrir algunas puertas que han estado oxidadas por demasiado tiempo.
Al igual que Belka y Strelka cambiaron la historia con su vuelo espacial, tal vez la versión cinematográfica basada en esa hazaña y, más en general, el renacer de la cinematografía rusa, a su manera, contribuyan aunque sea modestamente a romper viejas barreras y monopolios culturales que, hoy más que nunca, hace tanta falta superar.
El presente texto es una adaptación de un video realizado por el equipo de ‘¡Ahí les va!’, escrito y dirigido por Mirko Casale.
Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de PB.

*Mirko Casale.Guionista, presentador y director del programa de humor político ‘¡Ahí les va!’, que transmite RT con gran éxito en países de habla hispana desde hace cinco años. Nació en Buenos Aires en 1976, de padre argentino y madre yugoslava. Mirko ha trabajado toda su vida en los medios de comunicación. Su carrera comenzó en Venezuela, donde entre 2006 y 2016 se desempeñó como director creativo del Ministerio de Comunicaciones e Información, y como responsable de nuevos contenidos en el canal estatal ViVe. En esos años creó, dirigió y coordinó numerosos proyectos audiovisuales: videos promocionales, animados y otros, casi todos con un enfoque humorístico y político.

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