Lilliam Oviedo*

¿Cuántos siglos habrán de transcurrir para que la Iglesia pida perdón por su contribución con la misión de preservar el orden vigente, que implica reconocer como legítima la propiedad privada y como necesaria (o por lo menos inevitable) la coerción de clase?

Para dar respuesta a esta pregunta habría que situar en tiempo la desaparición de la sociedad de clases.

La Iglesia es un instrumento de dominación y esta condición es parte de su esencia misma. En la sociedad de clases, se identificará siempre con los sectores dominantes, manejando acuerdos y desacuerdos con grupos y facciones y llamando a una conciliación que es la aparente búsqueda del consenso para garantizar, en el mundo real, la continuidad del sometimiento.

La encíclica Magnifica Humanitas (en español, Magnífica Humanidad), la primera emitida por el papa León XIV, debe ser leída entre líneas e interpretada colocando más allá de lo aparente la declaración de amor hacia los pobres compartiendo la mesa con los magnates y el juramento de caminar junto a las víctimas mientras se encubre la cadena de tropelías de los victimarios.

León XIV, un estadounidense de 71 años cuyo nombre es Robert Francis Prevost, destaca la madurez de la doctrina de la Iglesia y reconoce que, durante muchos años, la Iglesia aceptó la esclavitud. En la página 176 de su encíclica, concluye: “Es inevitable sentir un profundo dolor al considerar el enorme sufrimiento y humillación que la esclavitud ha significado para tantas personas, en contraste con la dignidad sin límites de cada una de ellas, amadas infinitamente por el Señor. Por eso, en nombre de la Iglesia, pido sinceramente perdón”.

Otras formas de explotación, ¿No ofenden, acaso, la dignidad sin límites de cada persona? Vale insistir en la pregunta inoportuna: ¿Dentro de cuántos siglos la Iglesia lo reconocerá?

Magnifica Humanitas es la primera encíclica de León XIV, quien toma su nombre como símbolo de continuidad de León XIII, autor de decenas de encíclicas entre las cuales la más trascendente fue Rerum Novarum.

Emitida en 1891 (no fue necesario que asistieran a su presentación John D. Rockefeller o Henry C. Frick como sí estuvo en el acto de mayo 2026 Christopher Olah), Rerum Novarum dio sustentación teórica a la preservación de la Iglesia como instrumento de dominación y pautó la interacción del clero con los grupos explotados y con los explotadores. Reconoció como legítima la propiedad privada y definió el papel de la Iglesia en la labor contrainsurgente.

En su página 15, señala: “Ahora bien: para acabar con la lucha y cortar hasta sus mismas raíces, es admirable y varia la fuerza de las doctrinas cristianas. En primer lugar, toda la doctrina de la religión cristiana, de la cual es intérprete y custodio la Iglesia, puede grandemente arreglar entre sí y unir a los ricos con los proletarios, es decir, llamando a ambas clases al cumplimiento de sus deberes respectivos y, ante todo, a los deberes de justicia. De esos deberes, los que corresponden a los proletarios y obreros son: cumplir íntegra y fielmente lo que por propia libertad y con arreglo a justicia se haya estipulado sobre el trabajo; no dañar en modo alguno al capital; no ofender a la persona de los patronos; abstenerse de toda violencia al defender sus derechos y no promover sediciones; no mezclarse con hombres depravados, que alientan pretensiones inmoderadas y se prometen artificiosamente grandes cosas, lo que lleva consigo arrepentimientos estériles y las consiguientes pérdidas de fortuna”.

En el intento de la Iglesia de mantener la aceptación popular y al mismo tiempo mantener la inserción en el sistema de dominación, Rerum Novarum tiene mayor dimensión visionaria que Magnifica Humanitas, y se convierte en sustento teórico de la práctica del anticomunismo, ejercida por Pío X, Benedicto XV, Pío XI y Pío XII.

En los papados posteriores, la situación mundial condujo a trazar nuevas directrices, pero sin hacer desaparecer la influencia de Rerum Novarum, reconocida expresamente ahora por León XIV.

Magnifica Humanitas se refiere a la inteligencia artificial, que presenta como un peligro si se utiliza en forma indebida.

En realidad, la Iglesia trata de sobrevivir en medio de un esquema de dominación que no puede condenar abiertamente. Se opone al genocidio y a la instrumentalización del ser humano, pero mantiene el diálogo con los genocidas y sigue bendiciendo la propiedad privada.

No ha pedido perdón por la colaboración con el fascismo ni por el contubernio con un orden empresarial que no respeta la libertad de asociación cuya necesidad se reconoce en Rerum Novarum. No lo pedirá, porque no condena la explotación del ser humano en sí misma, sino las formas de ella (no todas) que el avance cultural ha logrado visibilizar como indignas.

En el contenido de la encíclica son evidentes las contradicciones y es muy visible la identificación con el poder.

La Iglesia trata de evadir el costo político de colaborar con un proyecto de sometimiento que no admite medias tintas.

La colocación en la silla presidencial de un individuo al que la propia justicia de Estados Unidos ha acusado por delitos sexuales y malas prácticas de gestión, desnuda un proyecto de saqueo cuya continuidad el sistema impone a toda costa, es decir, sin descartar el genocidio, sin desechar los crímenes de guerra y la destrucción de civilizaciones milenarias y sin calificar prácticas que sobrepasan la barbarie de siglos anteriores. ¿Hay mejores muestras de ello que los ataques a Irán y el genocidio en Gaza?

La recolonización de América Latina (que explica el operativo en Venezuela y el recrudecimiento de la agresión contra Cuba), la reducción de Europa a un socio menor menos relevante, la guerra económica contra las potencias emergentes, la apropiación de recursos estratégicos y otros planes igualmente asquerosos están en la agenda del poder saqueador y criminal que la Iglesia, lejos de enfrentar, presenta como necesario.

Una pregunta más que necia: ¿Es posible combatir un proyecto de saqueo diseñando normas de comportamiento para los saqueadores? Los pueblos conocen, de más en más, a sus enemigos. No importa si se presentan con banda presidencial, logos empresariales, corona o sotana… Y les pedirán cuentas

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