Por: Carlos Jiménez

El escritor y político de Guapi Sofonías Yacup publicó el libro en 1934. Es significativo que lo haya hecho en ese año, porque fue el año de la vibrante campaña electoral que le permitió ganar la presidencia de la república a Alfonso López Pumarejo. Su consigna de “la revolución en marcha” condensó en esa oportunidad los deseos y la voluntad de cambio y renovación de una Colombia que quería librarse de las secuelas del régimen acuñado por la Hegemonía conservadora, democratizarse y dar satisfacción a las demandas postergadas de sus mayorías populares.

Yacup vio en dicha coyuntura una oportunidad inmejorable para presentar un memorial de los agravios sufridos secularmente por la gente del litoral pacífico, con la esperanza de que el país tomara conciencia de los mismos e hiciera lo necesario para remediarlos.

Fue una vana esperanza. Casi un siglo después podemos decir que si la situación era mala entonces hoy es peor, porque hasta la promesa de redención que en aquella época supuso para la construcción del puerto de Buenaventura y del Ferrocarril del Pacífico, ha dado como hijo ilegítimo un agravamiento insultante de la miseria y la descomposición social en el que aún es el principal puerto colombiano.

A las consecuencias igualmente nefastas de la minería del oro y del platino se ha sumado hoy la deforestación salvaje promovida por las multinacionales de la madera que amenaza de muerte la existencia de una región natural que cuenta con una de las mayores biodiversidades del planeta. Y sobreponiéndose a todos estos agravios, y empeorandolos, está la violencia que hace estragos en la ciudadanía, desatada por las bandas armadas que se disputan el control de la producción de cocaína y de sus rutas de exportación y por los combates entre el Ejército y las guerrillas.

Gustavo Petro Presidente de Colombia

Pero si la situación es peor que la que denunció Yacup, los modos y las formas de remediar son aún más complejas. De allí que haya que aplaudir la decisión del presidente Petro, inspirada seguramente por Francia Márquez, de reunir en asamblea y por primera vez en la historia a todos los alcaldes del litoral pacífico. Porque por allí es por donde hay que empezar a buscar y encontrar soluciones: dando la voz y escuchando a quienes hoy por hoy son los representantes políticos directos e inmediatos del pueblo de una región de cuya suerte depende en buena parte la suerte del resto del país.

Cuando Sofonías Yacup escribió su vibrante memorial es muy probable que pensara que, quien debía leerlo en realidad era el gobierno nacional, instalado en la siempre remota Bogotá. Sólo a él se le reconocía capacidad de acción en un país al que Rafael Núñez había dotado de una constitución todo lo centralista que a él le fue dado imaginar. La decisión de Petro y Márquez deja meridianamente claro que sólo podrán encontrarse soluciones a la compleja problemática del Pacífico si en la búsqueda y en la puesta en marcha de las mismas se toma cuenta con lo que digan, piensen y estén dispuestos a hacer sus alcaldes.

Algo que evidentemente va en contravía del centralismo que aún lastra nuestra Constitución que excluye la posibilidad de crear regiones que puedan aglutinar a departamentos afines por economía, geografía e historia y que sirvan para diseñar y agenciar políticas comunes, debido a la tenaz oposición a incluir dicha propuesta en la misma, de un bloque de constituyentes encabezado por Jaime Castro. El mismo político incombustible que consiguió que en la nueva Constitución el nombre oficial de la capital del país fuera Santa Fe de Bogotá y el de Cali, Santiago de Cali. Definitivamente él tiene la cabeza en otro siglo.

Confío en que la asamblea de alcaldes del litoral pacífico se convierta en hábito y pronto en institución y que su diálogo directo con el gobierno nacional contribuya decisivamente a alumbrar las soluciones que demanda con urgencia el litoral pacífico. El litoral que aún es recóndito.