Por Jair de Souza*

Las recientes encuestas muestran datos que apuntan a una victoria del actual presidente Lula en las próximas elecciones, previstas para octubre del presente año. Sin embargo, también indican que es menor la probabilidad de que el pleito se defina ya en la primera vuelta.

No obstante, lo que más nos llama la atención en dichas encuestas es el detalle aterrador de que, en caso de que la decisión se posponga para la segunda vuelta, el candidato del clan bolsonarista alcanzaría el 41% de los votos, frente al 47% que le correspondería a Lula.

Realmente, no es fácil entender cómo, incluso después de haberse divulgado indicios irrefutables del completo involucramiento del bolsonarismo con la estructura criminal del Banco Master y la más tenebrosa estructura de bandidismo financiero de la que se tiene noticia en Brasil, aún así haya tal porcentaje de electores dispuestos a votar por uno de los miembros del citado clan.

Varios analistas dicen creer que esta absurda incoherencia lógica se debe al altísimo nivel de desinformación imperante en nuestra sociedad, el cual hace posible que una porción significativa de nuestra población no se entere del profundo y umbilical vínculo del bolsonarismo y sus principales exponentes con la robancina que anda suelta por el país.

Sin embargo, no obstante yo reconozca que existe de hecho un expresivo grado de carencia informativa que debe ser tomado en cuenta, considero que las justificaciones para que tantas personas persistan en su disposición a votar por alguien del bolsonarismo se deben a otros factores, mucho más sórdidos que la mera falta de información.

A decir verdad, con una mirada más selectiva sobre el panorama y los datos de los que disponemos, podemos constatar que la mayoría de aquellos que declaran firme y abiertamente su preferencia y determinación de traer de nuevo al bolsonarismo al poder político no lo hacen por su ignorancia de los vínculos de los próceres bolsonaristas con la criminalidad financiera encabezada por el Banco Master, ni con el crimen organizado en general.

Por regla general, el núcleo bolsonarista realmente resiliente está compuesto por personas que tienen plena conciencia de esas conexiones del bolsonarismo. Sin embargo, esto les parece irrelevante frente a otro factor que los molesta con muchísima más intensidad: el odio que sienten contra Lula, el PT y, principalmente, contra los sectores sociales identificados con ellos.

Como aprendemos de los estudios antropológicos y sociales, no hay fuerza humana con potencial más movilizador que el odio. Y hace tiempo que los formuladores políticos de las clases dominantes se han dedicado a perfeccionar sus técnicas de manipulación con vistas a incitar a ciertos grupos de personas para lanzarlos contra quienes puedan amenazar la continuidad de sus privilegios.

A partir del momento en que están dominadas por un sentimiento de rencor, las personas suelen poner en primerísimo lugar el objetivo de destruir al blanco de su ira. Y, para alcanzar ese propósito, todo vale, incluso recurrir a todo aquello de lo que se acusa al odiado. Por ejemplo, si son inducidas a odiar a alguien que supuestamente es dueño de un apartamento tríplex evaluado en, como máximo, dos millones de reales, no se sentirán para nada indignadas ante el hecho real, indiscutible e innegable, de que el encargado de atacarlo haya adquirido de manera inexplicable un inmueble de valor tres veces más alto que aquel atribuido sin pruebas al odiado antes mencionado.

Para sembrar, difundir e intensificar el odio con fines manipuladores, los opresores recurren a varios instrumentos. Entre estos están los medios de comunicación, tanto los tradicionales (radio, televisión, periódicos y revistas) como los más recientes (las redes sociales de internet – WhatsApp, Instagram, TikTok, etc.); pero muchas entidades de carácter formalmente religioso también ejercen un papel de gran relevancia en esa actividad.

En relación con el aspecto recién mencionado, debemos tenerlo claro que no se trata de ninguna casualidad, ni mera incomprensión espiritual, el hecho de que en varias instituciones autodenominadas religiosas, como las que conforman el neopentecostalismo, el diablo haya devenido en la figura de máxima expresión. Sin su omnipresencia, tales corrientes no podrían existir ni sobrevivir. Casi todo en el neopentecostalismo gira en torno a la figura del rey del infierno. Y, con el pretexto de combatirlo, se puede hacer uso de todo, incluso y especialmente, de los propios artificios que se dicen ser característicos del señor de las tinieblas.

Por lo tanto, basta con externar odio contra alguien y tildarlo de ser adepto del demonio para que uno pueda lanzarle las mentiras consideradas típicas y características de éste. Así, cuando odian a alguien y lo acusan de ser un ladrón asociado al diablo, pueden cerrar los ojos y ser condescendientes con la robancina de cientos de miles de millones de los recursos públicos destinados a jubilados y pensionistas. Incluso si ese saqueo llega a ser de conocimiento público, la intensa bronca que nutren contra su desafecto no los dejará sentir vergüenza ni arrepentimiento.

Para resumir y enfatizar el contenido de lo que venía buscando aclarar, es importante decir que el odio se expresa en su potencial máximo cuando se dirige contra los sectores más explotados de una sociedad. Por eso, todo o todos los que estén visiblemente identificados con las capas populares y sus intereses serán siempre los blancos preferenciales del odio de clase de los explotadores. Y contra ellos, todo vale y todo se justifica.

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Publicado originalmente en portugués en:

https://www.brasil247.com/blog/banco-master-roubalheira-e-odio-de-classe

*Jair de Souza es un respetado economista y analista político brasileño, graduado en Economía y Magíster en Lingüística por la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ). Su formación interdisciplinaria le permite analizar la realidad social no solo desde las cifras, sino también desde el discurso y la construcción de sentidos en la política. Con una larga trayectoria de compromiso militante, es conocido por su defensa de la soberanía popular y su crítica frontal a las políticas neoliberales que han marcado la historia reciente de Brasil y América Latina.-Como analista, es un colaborador frecuente en medios de comunicación alternativos y redes de pensamiento crítico, donde desentraña las estrategias de manipulación mediática y el papel de las élites financieras en la desestabilización de procesos democráticos. Su visión integra la economía política con un análisis profundo de la comunicación, denunciando cómo se utilizan los mecanismos lingüísticos para justificar el despojo social. Es una voz clave para entender las tensiones del Brasil contemporáneo, el resurgimiento de las corrientes progresistas y los desafíos del movimiento popular frente a la extrema derecha.

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