Por: Adán Chávez Frías

I

Escribimos este Sentir Bolivariano de inicios de agosto, en momentos en que la situación geopolítica internacional continua tornándose convulsa, como consecuencia de los importantes acontecimientos que tienen lugar en el planeta; acontecimientos que pudiéramos inscribir, en líneas generales, en la sempiterna batalla que libran nuestros pueblos en defensa de su dignidad, soberanía e independencia; y en el anhelo impostergable de las excluidas y los excluidos de siempre de alcanzar la justicia social.

Se trata, de una confrontación de grandes dimensiones entre quienes pretenden subyugarnos y restablecer a toda costa, y de manera desesperada, su poder hegemónico; y quienes estamos comprometidos con la construcción de una humanidad diferente, más solidaria y justa, un cometido que no sólo es posible sino sumamente necesario.

En medio de esta tentativa, cobra cada vez mayor relevancia la consolidación del mundo multicéntrico y pluripolar que tan acertadamente prefigurara el comandante Hugo Chávez; un cometido que, como este lo planteara en el IV Objetivo Histórico del Plan de la Patria, permitirá “lograr el equilibrio del universo y garantizar la paz planetaria”.

II

El líder histórico de la Revolución bolivariana, fue un incansable promotor de esta idea, en función de lo cual impulsó la unidad de los pueblos de nuestra América Latinocaribeña y, más allá, del sur global; al tiempo que estableció importantes alianzas con otros polos de poder mundial y reivindicó la lucha que debíamos seguir librando por la plena y definitiva liberación; una lucha a la que convocó a todas las organizaciones políticas, sociales y de la clase obrera, que por razones históricas, culturales y de autodeterminación estaban llamadas a terminar, de una vez por todas, con la pretendida supremacía del imperialismo norteamericano, que se ha procurado imponer con particular saña en la región.

América Latina y el Caribe ha sido testigo de excepción de la ferocidad imperial, expresada en la planificación y ejecución de golpes de Estado de distinto signo y, más allá, de permanentes procesos de desestabilización en contra de aquellos Gobiernos que no responden a sus intereses y/o no obedecen sus designios; así como en la instrumentación de sanciones como armas de guerra económica, la pretensión de aislar a estos Gobiernos desde el punto de vista político y diplomático, y el desarrollo de feroces campañas de desinformación y manipulación mediática.

Ello, a la par de que se ha conspirado incesantemente, con la complicidad de las oligarquías lacayas del continente, en pro del debilitamiento de las instancias regionales de integración conformadas en décadas recientes e inspiradas en los principios de autodeterminación, soberanía, comercio justo, complementariedad y justicia social; y el desarrollo de una estrategia orientada a tratar de revertir en nuestros países las políticas de redistribución del ingreso nacional, reducción de la pobreza e inclusión social, a fin de procurar acabar con los Gobiernos progresistas nacidos del voto popular.

III

A pesar de esta feroz arremetida imperial, los pueblos de nuestra América siguen albergando hoy la esperanza de una integración profunda; manifestando, al mismo tiempo, su firme determinación de permanecer movilizados en rechazo a la imposición de recetas de corte neoliberal y en la búsqueda de mejoras en su calidad de vida.

Sin duda, tal y como lo expresara el líder bolivariano en el año 2009, la América Latinocaribeña está en Revolución permanente: “Es una Revolución que trasciende lo ideológico; es geográfica, geopolítica; es una Revolución de los tiempos, una Revolución moral; es una Revolución necesaria. Es grande por el tiempo que carga por dentro, es grande por el espacio que abarca”.

Esta es una Revolución que nadie podrá frenar, y que tiene como el más reciente ejemplo de ese despertar del pueblo nuestro americano, lo sucedido en Colombia; nación hermana cuyo nuevo Gobierno ha asumido el pasado 7 de agosto las riendas de un país inmerso por la derecha fascista y la rancia oligarquía bogotana en la violencia, el narcotráfico y el paramilitarismo; así como en una profunda desigualdad social, pobreza, exclusión y la mercantilización de derechos como la salud y la educación.

Colombia está hoy, además, plagada de bases militares norteamericanas, con lo que ello supone desde el punto de vista de la vulneración de su soberanía nacional; y, producto de una errática política exterior, caracterizada por su servilismo a los intereses del imperialismo norteamericano y europeo, aislada en el concierto regional y mundial.

Largo y complejo es el camino que deberá transitar el nuevo Gobierno colombiano, a fin de recomponer la situación actual de ese país y avanzar hacia la plena integración con las demás naciones del continente, que miramos con entusiasmo y esperanza la posibilidad cierta de que ese noble pueblo, hijo también del padre libertador Simón Bolívar, logre conseguir la paz verdadera y definitiva, sorteando los peligros y resistiendo las presiones a las que, con toda seguridad, deberá enfrentarse para poder hacer realidad los deseos de cambio profundo que animaron a las colombianas y los colombianos a votar por un Gobierno progresista.

De manera particular, las venezolanas y los venezolanos albergamos el anhelo de restablecer las relaciones entre ambas naciones, sobre la base de la historia común, la solidaridad, la hermandad y el respeto mutuo, tal y como lo ha señalado el compañero presidente Nicolás Maduro; quien ha tendido su mano al nuevo Gobierno del vecino país para avanzar en dicho propósito, en beneficio de nuestros pueblos.

Que la espada de Bolívar, que se hizo presente en el acto de toma de posesión del presidente Gustavo Petro, y a la que siguen temiendo los representantes de la oligarquía nacional e internacional, sea aliciente para las batallas por venir; una espada que, tal y como señalara el comandante Hugo Chávez, es “la espada libertadora de América, la espada de los pueblos, la espada que no se quedó en el pasado sino que está con nosotros hoy en el presente, y estará en el futuro”.

Esa espada, como reza la consigna que gritan las latinocaribeñas y los latinocaribeños, camina cada vez con mayor fuerza, por toda la América Latina.

¡Que viva la hermandad entre los pueblos de Colombia y Venezuela!