Zhandra Flores*

Nacido hace 243 años, ‘El Libertador’ dejó un legado que vive hasta nuestros días. La doctrina bolivariana ofrece un enfoque político útil para plantarle cara a las actuales tentativas de dominación y neocolonialismo de EE.UU. en América Latina y el Caribe.

«Bolívar era pequeño de cuerpo. Los ojos le relampagueaban, y las palabras se le salían de los labios. Parecía como si estuviera esperando siempre la hora de montar a caballo. Era su país, su país oprimido, que le pesaba en el corazón, y, no le dejaba vivir en paz. La América entera estaba como despertando […]. Ese fue el mérito de Bolívar, que no se cansó de pelear por la libertad de Venezuela, cuando parecía que Venezuela se cansaba».

De esa manera inmortalizó el prócer y literato cubano José Martí a Simón Bolívar, la impar figura que cambió para siempre el destino de cinco naciones suramericanas que durante tres siglos hicieron parte del primer imperio conocido por la humanidad en el que no se ponía el Sol. Ese poder, que para inicios del siglo XIX parecía incontestable desde las regiones colonizadas, no detuvo a quien más tarde se haría conocer en el mundo bajo el título de ‘El Libertador’.

A casi dos siglos de su deceso, el político y militar venezolano sigue convocando a la unidad latinoamericana y caribeña, y sirviendo de contrapunto al imperialismo estadounidense, el gran adversario de este tiempo. 

Un criollo en toda regla

Nacido en Caracas el 24 de julio de 1783 en el seno de una familia perteneciente a la élite criolla local, nada prefiguraba entonces que Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios no seguiría el camino de sus ancestros vascos asentados en el valle caraqueño desde el siglo XVI: hacer carrera militar, participar en la vida política de la provincia colonial y engordar el ya muy importante patrimonio familiar, construido a través del usufructo de minas de cobre, ingenios azucareros y hatos. Además, los Bolívar acumulaban ingentes tierras, así como propiedades dentro de la capital y personas esclavizadas. 

Retrato decimonónico de Simón Bolívar en su juventud.Gettyimages.ru

Esa riqueza, considerada para la época como una de las más importantes de la América colonial, no lo salvó de la desgracia, que se convirtió en una suerte de destino marcado que lo perseguiría hasta el fin de sus días. «El hombre de las dificultades», como se autodenominó en una carta dirigida al general neogranadino Francisco de Paula Santander, conoció la orfandad en la temprana infancia. Su padre, Juan Vicente Bolívar y Ponte, falleció de tuberculosis cuando Simón tenía tres años. Seis años más tarde sucumbiría la madre, María de la Concepción Palacios y Blanco. 

La historiografía recoge que en esos primeros años, el más chico de los cuatro hermanos Bolívar y Palacios no destacaba especialmente en la escuela, donde era tenido por perezoso y rebelde. Pese a ello, sí hubo quien vio más allá de las apariencias: el filósofo y pedagogo Simón Rodríguez, con quien Bolívar construiría un lazo de admiración que sobreviviría por décadas y, Andrés Bello, al que la historia le tendría reservado un sitial como una de las figuras intelectuales más prominentes de América Latina en el siglo XIX.

A la usanza de los tiempos, el joven se alistó en 1797 en el Batallón Milicias de Blancos de los Valles de Aragua, un cuerpo militar para criollos donde, por vez primera, despuntó su genio militar. Dos años más tarde fue enviado a España para completar su formación castrense. Corría el año de 1800 cuando conoció en Madrid a la noble española María Teresa del Toro y Alayza. Se casaron poco después y emprendieron el regreso a tierras venezolanas.

La pareja se instaló en el ingenio de los Bolívar, en la población de San Mateo. Allí, la muerte, vestida de fiebre amarilla, sorprendió a María Teresa en enero de 1803. Bolívar juró no volver a casarse. Cumplió. Ni siquiera la relación que mantuvo durante los últimos ocho años de su vida con la quiteña Manuela Sáenz, heroína por mérito propio de la independencia de Perú y Ecuador, le hizo cambiar de opinión. 

Hacia la independencia

La temprana viudez representó para él un punto de no retorno. Emprendió el que sería su segundo viaje por Europa y vació todo el dolor de la pérdida en una causa que lucía a todas luces quijotesca: luchar por la independencia de su patria. Para ello, reconectó con Simón Rodríguez y se afanó en estudiar denodadamente las ideas liberales de filósofos como John Locke, Jean Jacques Rousseau y Montesquieu; a los enciclopedistas e ilustrados, y grandes clásicos de las artes militares como La guerra de Las Galias, del general romano Julio César, por quien profesaba una gran admiración. En 1805 era ya otro hombre. 

Representación de Simón Bolívar hacia 1812.Gettyimages.ru

«Juro delante de usted; juro por el Dios de mis padres; juro por ellos; juro por mi honor, y juro por la Patria, que no daré descanso a mi brazo, ni reposo a mi alma, hasta que haya roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español«, declaró ante Rodríguez en agosto de ese año, en la cima del Monte Sacro. 

Pronto regresó a Venezuela para ocuparse de los negocios familiares y sumar sus esfuerzos a la causa independentista, que acumulaba varias décadas de acciones fracasadas y aplastadas a sangre y fuego por la metrópoli.

Las razones que tuvieron los criollos para apostar por un corte radical con España a inicios del siglo XIX han sido y siguen siendo objeto de debate entre los historiadores, mas sí está fuera de cuestión que para Simón Bolívar la lucha por el fin del régimen colonial no correspondía a un cálculo económico –era acaso el hombre más rico de su país– ni a maniobras políticas de bajo trapo: era una apuesta por la que estaba dispuesto a jugarse la vida

El 19 de abril de 1810, la entonces Capitanía General de Venezuela proclamó su independencia.Public Domain

Para abril de 1810, cuando la Capitanía General de Venezuela declaró su independencia, Bolívar ya ocupaba un sitio destacado dentro de los patriotas, como habría de conocerse al bando que propugnaba el fin de la relación colonial. Se embarcó a Londres en una misión diplomática que no resultó exitosa, pero que le dio visibilidad y que, de algún modo, permitió configurar una relación –no libre de tensiones, traiciones y diatribas– con el Reino Unido, país en el que el caraqueño identificó a un aliado necesario para frenar los eventuales intentos de reconquista de los españoles.

Bolívar, el de la Patria Grande

De otro lado, más pronto que tarde hubo de colegir Bolívar que cortar las cadenas del yugo español era una empresa que sobrepasaba con creces las fronteras venezolanas y así se lo hizo saber a los ingleses, de acuerdo con la reconstrucción del historiador y antropólogo venezolano Miguel Acosta Saignes. Comenzaba a tomar forma la idea de Patria Grande, que luego encontraría en el monroísmo estadounidense su antípoda más perfecta.

Tan pronto como en 1812 y tras ver caer sin remedio la Primera República de Venezuela, se exiló en Cartagena de Indias, donde publicó su célebre manifiesto homónimo. Además de exponer en detalle las causas de esa derrota –que sería la primera de muchas–, el documento recoge un exhorto a la unidad de las fuerzas independentistas, particularmente las de la Nueva Granada y Venezuela, pues el destino de esos dos países estaba inevitablemente atado.

Mapa de la Gran Colombia (1819-1831), el Estado fundado por Simón Bolívar en los actuales territorios de Colombia, Ecuador, Panamá y Venezuela.Public Domain

«La Nueva Granada ha visto sucumbir a Venezuela, por consiguiente debe evitar los escollos que han destrozado a aquélla. A este efecto presento como una medida indispensable para la seguridad de la Nueva Granada, la reconquista de Caracas. A primera vista parecerá este proyecto inconducente, costoso y quizás impracticable; pero examinando atentamente con ojos previsivos, y una meditación profunda, es imposible desconocer su necesidad, como dejar de ponerlo en ejecución probada la utilidad», arguyó entonces.

No eran palabras huecas escritas por un jefe militar vencido y exiliado. Apenas siete años más tarde nació Colombia, la grande, que sería, para su padre fundador, el prolegómeno de lo que luego habría de cundir por la así llamada América Hispana toda: un Estado confederado con posibilidad de plantarse, en pie de igualdad, con las potencias de entonces, incluyendo la joven república estadounidense, que pugnaba por convertirse en la potencia regional y desplazar así a las europeas. En eso fracasó estrepitosamente.

Al otro lado de la acera: no ha habido forma de soslayar el incontestable éxito de Bolívar en los campos de batalla frente a las tropas del Imperio español. Sus lauros de esa época son bien conocidos entre los especialistas y han sido celebrados y reconocidos en buena parte del orbe, inclusive por personas comunes ajenas al continente americano.

Bajo su liderazgo, el Ejército grancolombiano –al que se sumaron ecuatorianos, peruanos, curazoleños, británicos e irlandeses, entre otras nacionalidades– fue el artífice de la libertad de Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela. También, bajo su égida se fundó Bolivia, a la que llamó su «hija predilecta».

Representación de la rendición de los españoles ante Simón Bolívar en el campo de Boyacá, donde se selló la independencia de la Nueva Granada, el 7 de agosto de 1819.Gettyimages.ru

En cualquier caso, a mediados de la década de 1820, cuando estaba en su apogeo, gobernaba sobre un vastísimo territorio que era, a su vez, una potencia militar en toda regla, al tiempo que demostraba habilidades políticas sobresalientes. No podía durar demasiado. Aquella conjunción causó recelos de toda índole, en América y en Europa, y motivó acciones, incluso con pretensiones magnicidas, para sacarlo del camino. Finalmente, sus adversarios lograron lo que les fue negado en la guerra: vencerlo estratégicamente por la vía del socavamiento de su proyecto político. 

Bolívar vivo

La muerte sorprendió a Simón Bolívar el 17 de diciembre de 1830 en la ciudad neogranadina de Santa Marta, tras meses de quebrantos atribuidos entonces a una tuberculosis pulmonar que no atendió oportunamente. No era ese su destino original: planeaba partir de Cartagena de Indias rumbo a Europa a un exilio que las condiciones políticas de la Gran Colombia le impusieron. Fue su último intento para que esa nación le sobreviviera, pero ni siquiera su fallecimiento impidió el naufragio: en noviembre de 1831, aquel sueño quedó enterrado, acaso para siempre

Sin embargo, desde la tumba seguía infundiendo respeto –cuando no miedo– y sus detractores pronto entendieron que su figura era demasiado grade como para condenarla a la marginalidad o al olvido. Se iniciaba entonces lo que el historiador venezolano Germán Carrera Damas bautizó, desde un enfoque crítico, como el «culto a Bolívar», devenido en condición necesaria para la construcción de la identidad nacional de las nacientes repúblicas bolivarianas, particularmente de Colombia y Venezuela. 

La estatua ecuestre del Libertador Simón Bolívar en Caracas, su ciudad natal.Gettyimages.ru

Por encima de esos usos instrumentales a los que apelaron en Caracas y Bogotá durante largo tiempo, el pensamiento bolivariano se mostró indiscutiblemente pionero para dar cuenta de una deuda todavía hoy pendiente en América Latina: la integración regional como única vía posible para enfrentar las arremetidas de potencias de viejo y nuevo cuño.

«Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia a plagar la América de miserias en nombre de la libertad», escribió proféticamente el general caraqueño en 1829. Su advertencia se mostró cierta y dejó otra importante lección: la independencia es un proceso, no un momento congelado en el tiempo, y ha de consolidarse en función de los desafíos de cada época.

Hubo quien se hizo eco de ello. A inicios de la década de 2000, una pléyade de naciones latinoamericanas estuvo gobernada por líderes de izquierda que llegaron al poder cobijados por la legitimidad de las urnas, abrazaron nuevamente la idea de Patria Grande y tomaron medidas concretas para pasar de las palabras a los hechos. No era ya España sino EE.UU. a quien hubo que plantarle cara.

El venezolano Hugo Chávez, admirador y conocedor profundo de la vida y obra del Libertador, fue uno de los artífices necesarios de lo que se propuso ser una nueva arquitectura del poder regional, con la conformación y consolidación de mecanismos de integración fuera de la órbita estadounidense. La correlación de fuerzas de entonces lo permitió, pero una vez concluido el así llamado ciclo progresista, la arremetida de Washington fue todavía más ardua que otrora. La disputa, aún en proceso, parece inclinarse momentáneamente hacia el monroísmo. 

Imagen ilustrativa.Gettyimages.ru

Década y media más tarde, EE.UU. está decidido a reconquistar –incluso literalmente, incluso por medio de las bombas– todo territorio al sur del río Bravo, al que considera suyo por derecho casi divino. No se trata de exageraciones. En su última Estrategia de Seguridad Nacional, publicada en diciembre pasado, se explicita muy claramente ese propósito:

«Tras años de abandono, EE.UU. reafirmará y aplicará la Doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental y proteger nuestro territorio nacional y nuestro acceso a geografías claves en toda la región», reza el documento, que aglutina el agresivo enfoque de política exterior bajo el nombre de «corolario Trump a la Doctrina Monroe», designado así en referencia al actual ocupante de la Casa Blanca, Donald Trump.

De conformidad con esos postulados, el pasado 3 de enero, Trump ordenó el bombardeo de Caracas y el secuestro del presidente venezolano, Nicolás Maduro. La acción fue inédita en al menos dos sentidos: de una parte, por primera vez en la historia, tropas estadounidenses atacaron una capital suramericana; de otra, en tiempos contemporáneos, país alguno osó nunca secuestrar a un jefe de Estado en ejercicio y a encarcelarlo, tras acusarlo de cargos para los cuales no se ha presentado ninguna evidencia.  

Bombardeos estadounidenses sobre Caracas, el 3 de enero de 2026.Redes sociales

Desde entonces, el político republicano se ha jactado en numerosas ocasiones de mantener relaciones amistosas con el Gobierno encabezado por la presidenta encargada, Delcy Rodríguez –a la que amenazó abiertamente poco después del ataque–, así como de controlar los ingresos derivados del negocio petrolero. Resulta que la patria de Bolívar descansa sobre las reservas de crudo más grandes del mundo. Eso, más el acusado antiimperialismo de sus principales liderazgos, la convirtió en blanco de EE.UU. 

En ese contexto, no resultan disruptivas las advertencias del presidente colombiano, Gustavo Petro, quien en data reciente denunció la resurrección del colonialismo en los países que le deben su libertad al prócer venezolano«La condición a la que están llegando los países que libertó [Simón] Bolívar es la del virreinato en tiempos de la colonia. De nosotros solo se quiere materias primas extraídas y a bajo precio, casi de nuevo pillaje»escribió en su perfil de X. No mencionó al país norteamericano, mas las numerosas declaraciones públicas de altos funcionarios estadounidenses al respecto hicieron innecesaria cualquier precisión.    

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«Bolívar, bolivariano, no es un pensamiento muerto ni mucho menos un santo para prenderle una vela», proclamaba el cantautor Alí Primera. El águila ha extendido ya sus alas, sus garras y sus espuelas sobre el suelo latinoamericano y nada parece indicar que se conformará con controlar yacimientos petrolíferos y hacer negocios lucrativos con las cuantiosas riquezas naturales de Venezuela. El mensaje para el resto de la región ha sido diáfano: o se pliegan o pagarán las consecuencias. Algunos han optado por plegarse, pero no todos lo hacen ni lo harán

Por ello, aunque los vientos se muestren adversos, el ideario de Simón Bolívar se yergue en el horizonte como una brújula que se niega a desaparecer, como una campana que recuerda que los imposibles no siempre son tales tales y que el Libertador bien podría levantarse esta centuria, como escribiera esperanzado el poeta chileno Pablo Neruda cuando el mundo acusaba los efectos de la más devastadora guerra hasta entonces conocida.

Antes bien, el monroísmo de las injerencias, chantajes, propaganda, acusaciones infundamentadas, bloqueos, sanciones, arancelazos, procesos judiciales ilegales, expolio de recursos, amenazas de uso de la fuerza y ataques militares, puede y debe ser contestado desde el Bolívar vivo, ese que se resiste a permanecer confinado en estatuas, monumentos, archivos, discursos impostados y actos solemnes; el capaz de responder sin temor a la mayor amenaza de su tiempo

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*Zhandra Flores es una docente, estadista e investigadora venezolana ligada al ámbito universitario y al análisis socio-comunitario en Venezuela. Profesora de la Escuela de Comunicación Social en la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad Central de Venezuela (UCV).

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