Por: Cicerón Flórez Moya

Con esa manía de maquillar lo que no luce bien a quienes tienen el manejo de los asuntos oficiales se contraría en forma recurrente la realidad nacional. Es la sofisticación para el engaño. Por eso es casi que rutinario el sobredimensionamiento de las Fuerzas Militares y de la Policía. A sus miembros se les tiene en la categoría de héroes. Las dos son consideradas como instituciones modelos, expuestas hasta el sacrificio por defender a sus compatriotas. La versión acuñada es la de una imagen impoluta, con la excepción excusable de unas cuantas manzanas podridas, que no faltan en el conjunto humano, como argumentan los de la alabanza.

Pero esa bonanza institucional no lo es tanto, como lo demuestran repetidamente los hechos irrefutables. En esta etapa, como prolongación de tiempos tormentosos, las Fuerzas Armadas de Colombia y la Policía, parecieran tener el Cristo de espaldas. Padecen una mala hora, por cuenta de actos punibles que comprometen no solamente a los de menos rango sino a la alta cúpula.

Atrás están las ejecuciones extrajudiciales o falsos positivos de que fueron víctimas más de 6.000 personas tratadas con sevicia criminal. Es ese un capítulo de horror, todavía sin reparación. También la operación de las chuzadas telefónicas contra magistrados, políticos de la oposición, periodistas y defensores de los derechos humanos, en la primera etapa. A eso habrá que agregarle los casos de manejos irregulares de recursos públicos.

Los desatinos no paran. No hace mucho se descubrieron nuevas incursiones del Servicio de Inteligencia para espiar a gente contraria a la línea de gobierno. Más los abusos sexuales contra mujeres, con prácticas de agresión, además. Los nuevos capítulos son las alianzas con paramilitares, como lo está denunciando Mancuso y una supuesta complicidad de ex-oficiales con los determinadores de los atentados contra la Brigada 30 y el helicóptero en que viajaba el presidente Duque, en Cúcuta.

Los expedientes pueden contener otros cabos de borrascas, indicativos de que las Fuerzas Militares atraviesan una crisis de profundidad, la cual puede tener incidencia negativa en lo que le resta de democracia a Colombia.

La situación de la Fuerza Pública se agudiza con los nubarrones que empañan a la Policía Nacional. Ya el informe del Comité Interamericano de Derechos Humanos dio cuenta de los excesos con que se procedió contra los manifestantes en las movilizaciones convocadas por los organizadores del paro nacional. Esa exacerbación en la represión de manifestantes inconformes puso en evidencia la actitud enemiga de la Policía contra los ciudadanos.

Ese estado de tormenta en la Policía lleva a la justificación de promover correctivos que pongan a salvo la institución.

La construcción de un Estado Social de Derecho y democrático impone renovarle la dinámica a las fuerzas militares y a la Policía para sacar esas instituciones de la violencia y la corrupción. O sea, del laberinto que las atrapa.

Puntada
El Gran Santander debe dar prueba de su fortaleza en la integración.

Cicerón Flórez Moya

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