Por José Miguel Neira Cisternas*
El Apocalipsis prometía a los creyentes un cielo y una tierra nuevos. Esta profecía y la aporía que incluye, cumplía diecinueve siglos, cuando el marxismo la asume no como una intemporal esperanza, sino como un motivo de acción.
Todo diálogo entre los motivos de la fe y las exigencias de la razón, así como cualquier defensa de una fe razonada o una razón apasionada, o el intercambio entre un sentimiento profundo y unos fundamentos con sustento en lo empírico, solo tienen sentido en la medida en que se orienten a fundar una mejor convivencia. Una colaboración honesta para una transformación portadora de un sustento ético, es decir, de una moral conscientemente puesta en acción.
Ha quedado atrás el segundo milenio de esta era -que no es única dentro de una historia ya milenaria- y la superación del año dos mil asemeja un alivio a la carga simbólica del Apocalipsis. Ha contribuido a ello, sin duda, el peso de una secularización creciente desde el siglo de las luces, que la alivió respecto de los incomparables temores y angustias que el mundo experimentó ante la llegada del año mil, un momento en que se hablaba del fin de los tiempos, como carga medieval de un teocentrismo sin alternativas.
De esta manera, hemos dejado atrás, sin traumas, el fin de un segundo milenio más irreverente y bastante festivo, dada la internalización práctica y muy extendida, de variadas herencias decimonónicas como formas de entender la evolución de la vida: el liberalismo, la anomia, el nihilismo y unas más relajadas opciones de sobrellevar a las religiones no como cargas sino como herencias llevaderas. Ese lugar común de que “hay que creer en algo” pero sin fanatismo u otros como “yo soy católico, pero no creo en los curas” o, “soy católico pero no voy a misa”, son dichos comunes en un muy amplio espectro católico, siempre más relajado y, en la mayoría de los casos, con apenas una delgada capa de barniz catequístico.
Desde el Concilio Vaticano II, convocado hace sesenta y cinco años por “el Papa bueno” Juan XXIII, la urgencia –al menos para los católicos más progresistas- continúa siendo la de orientar la mirada de esta iglesia hacia los más necesitados, acercando sus posturas a las de quienes cuestionan el origen estructural de las desigualdades, es decir avanzar más allá de las lamentaciones y del paliativo de las limosnas.
La necesidad de instalar una iglesia popular como interpretación del Concilio, entre el sacerdocio de América Latina la tendencia creciente de “los cristianos por el socialismo”, expresión de una “iglesia joven” en clara ruptura con un pasado reciente de connivencias oligárquicas y complicidad con el nazi-fascismo.
El llamado de Juan XXIII, tuvo la energía de revivir los combatidos esfuerzos de anteriores siglos por encarnar la fe y superar la mera espiritualización de ésta, en el entendido de que la primera seculariza la fe acercándola al siglo o sociedad, mientras la segunda y más conservadora, aleja de lo inmanente y posterga los cambios que hagan del mundo un paraíso terrenal.
Estos intentos, sea por convicción o por mero oportunismo, llevaron a calificativos como el de rechazar “el capitalismo salvaje”, o el que señala que “los pobres no pueden esperar”, apelativos de alto contenido ético, pero demostrativos de que en la práctica no consiguieron enmendar los rumbos neoliberales de tantos gobernantes católicos.
Aquel diálogo entre cristianos y marxistas, entendidos éstos como los más radicales críticos de la fe, aunque interrumpido, permitió una interesante renovación de las interpretaciones teológicas. Contribuyeron a ello en Europa, figuras como Gilbert Mury o Roger Garaudy, Enrico Berlinger y Aldo Moro, Humberto Eco y Carlo María Martini, mientras en nuestro continente aquel desafío se encarnaba en figuras como Dom Elder Cámara, Ernesto Cardenal o los trabajos conjuntos de Frei Beto y Fidel Castro, que decantaron en la Teología de la Liberación y las elaboradas ponencias de una Filosofía para la liberación de Enrique Dussel.
Que el cristianismo no es un humanismo, es algo claro y fuera de discusión y no quiere decir que esta fe pueda mantenerse impermeable al influjo de los espacios seculares con que históricamente convive, y que comenzaron a ganar terreno desde hace cinco siglos, cuando el humanismo renacentista dio renovados impulsos a los cuestionamientos, especialmente jerárquicos, del catolicismo, hasta culminar en las iglesias nacionales de la reforma protestante.
Si las religiones –al menos en su versión occidental- han impuesto en vez de convicciones que orienten el actuar, la idea del castigo divino como represión a la voluntad humana de transformación, una religiosidad permeada por los avatares de la historia debería abandonar el miedo, optar por el amor y avanzar hacia una moral sin pecado. Aspirar a la concreción de una cultura de la responsabilidad inmanente, lejos del improbable horizonte trascendente de otra vida; una fe que impulse a las buenas conductas como la religiosidad cívica de los antiguos griegos, más que a reprimir pecados que, en todo caso, deberían ser objetos de una condena ultraterrena. El humanismo, entendido como una actitud que hace al ser humano protagonista de su destino y beneficiario o víctima de las decisiones que impulsa, apela a asumir una responsabilidad social en plenitud, en beneficio de una convivencia social respetuosa de los derechos humanos, en un estadio evolutivo no excluyente y transversalmente beneficioso.
Una teología del mundo o para el mundo no puede ser integrista. Debe, por el contrario, volver a una revisión crítica de los evangelios, entendiéndolos como una secuencia de constructios interpretativos de otras épocas, a objeto de arribar a la reposición de un evangelio que haga relevante el necesario compromiso ético con los cambios que la sociedad demanda y que, de no ocurrir, constituirán serios obstáculos al progreso, si la iglesia persiste en predicar como virtuosa una humildad conformista y en explicar a la sociedad como algo de naturaleza divina y por tanto inmutable.
Estos argumentos nos recuerdan que luego del Concilio Vaticano II, a excepción de los integristas, entonces ortodoxos seguidores de Monseñor Lefebvre, la mayoría de los católicos comenzó a aceptar el vínculo entre las motivaciones de orden intelectual, incluidas las teológicas, con la práctica social, lo que se entiende como una actitud consecuente, es decir, una acción coherente con el pensamiento que la impulsa.
El estudio de la religión como de cualquier cuerpo de ideas, debe abordarse fenomenológica y dialécticamente, como datos concretos del impacto sociocultural de una ideología en su decurso histórico. Si, como sostiene Marx, toda ideología es una pretenciosa y falsa filosofía por ser un pensamiento socialmente condicionado, cada ideología debería entenderse al servicio de la conservación o de la transformación de un modo de vida.
Por el contrario, si como la entienden los teólogos luteranos como Karl Barth, la historia es por predestinación una historia santa, no queda espacio para la autonomía humana en cuanto a capacidad de invención. No hay en esa versión de la fe, espacio alguno para lo que el catolicismo califica como libre albedrío.
En cambio, si se acepta el dogma de que en Jesús, Dios se ha hecho hombre y como tal, se vuelve también “hermano de todo hombre” tomando” la iniciativa de una comunión que ya no tiene que ver con una evasión mística, podemos concluir que “es Dios quien se aliena haciéndose otro”, vaciándose así de su divinidad (1). Si asociamos esta interesante conclusión con la afirmación de Protágoras (2) de que “el hombre es la medida de todas las cosas”, la teología cristiana no puede liberarse -desde aquella sentencia- de la posibilidad de que toda ella pasa a ser una construcción hecha a la medida de las angustias, deseos y legítimas esperanzas que en el ser humano genera la vida social, es decir que Dios ha delegado, a través de su alter ego, a la humanidad todo su destino y se ha tomado una vacaciones.
Debemos así entender la confusión que en general manifiestan numerosas versiones del protestantismo, por estar más cerca del Pentateuco que del Nuevo Testamento; dicho de otra manera más cerca del judaísmo y de Jehová que del Dios hecho hombre(*).
(*) Todo aquel que sin prejuicios se esfuerce por comprender los orígenes del cristianismo, debe aceptar la conflictiva idea de que la nueva fe resultó de un conflicto provocado por la influencia helenística al interior de la comunidad judía, con un desarrollo anterior al cristianismo de al menos tres siglos, y que separó a los aristócratas saduceos de los ortodoxos fariseos y luego a los periféricos esenios que, localizados en las cercanías del Mar Muerto, cruzaron desiertos para predicar una nueva versión de los contenidos de la Torá.
Afirmemos entonces que la”realización” es intrahistórica, es decir posible en el escenario terrenal, mientras que “la salvación” es una graciosa oferta divina. En estos extremos radica el proceso dialéctico que el mundo protestante, especialmente luterano, no se aviene a comprender, al homologar “la realización” (transformación en lo real) con “la salvación” de carácter escatológico.
La Iglesia Católica, a partir del Concilio Vaticano II, emprendió el difícil desafío de romper el vínculo de su histórica alianza con el Antiguo Régimen y la oligarquía terrateniente. De este impulso, dio cuenta en los hechos buena parte de la jerarquía católica de los países subdesarrollados cuando, desprendiéndose de algunas propiedades, inició una reforma agraria al redistribuir esas tierras entre campesinos descendientes de quienes los habían trabajado por siglos. De esta forma, los sectores más progresistas iniciaban la ruptura con la vieja institución romana, que “no veía salvación posible más que en el mantenimiento del feudalismo agrario” (3).
La teología católica ya no se esforzará en negar la autonomía del ser humano; entiende a la fe como la adopción de un hombre que, interpelado por Dios, no ve destruida su absoluta responsabilidad humana, al revés del modo de entender la gracia por la mayoría de las iglesias protestantes; como una potestad metafísica que por vía de la predestinación, opera negando toda iniciativa humana.
Contrariando el anti humanismo protestante, desde los inicios del Concilio Vaticano II, los sectores más progresistas del catolicismo asumían que la mayoría de los seres humanos, influidos tanto por el desarrollo del laicismo, como de los incuestionables adelantos científicos y tecnológicos, se veían impulsados a la búsqueda de mayores niveles valóricos y de autonomía, como autores y promotores de la cultura de sus comunidades y de su tiempo histórico.
Este aggiornamento del catolicismo, contribuyó a un notable incremento en los grados de responsabilidad ético-social y participación política propositiva, dado el proceso de maduración espiritual a que conducían las reformas impulsadas por un Pontífice que optaba por una clara ruptura con las orientaciones ambiguas del Estado Vaticano, un sobreviviente de su vinculación cómplice con el nazi-fascismo (4).
Las dictaduras que en América Latina instalaron las administraciones Johnson y Nixon desde mediados de los años sesenta a los setenta, anatemizaron el diálogo iniciado por liberales, marxistas y cristianos. Así, los acuerdos de la Conferencia Episcopal de Puebla y el desarrollo de la Teología de la Liberación, sufrieron el acoso de enemigos feroces que, además de perseguir y asesinar a quienes luchaban en favor del restablecimiento de las democracias, castigaban con igual dureza a quienes les prestaban alguna forma de apoyo.
La dictaduras militares, los gobiernos neoliberales que les siguieron y el gobierno papal de Juan Pablo II, opusieron todo tipo de escollos institucionales al desarrollo de la Teología de la Liberación durante los últimos cincuenta años, fortaleciendo en cambio, a nivel continental, la penetración de iglesias protestantes, estrategia que el gobierno norteamericano promovió como un actor político de contención, profundamente conservador y afín al proyecto refundacional del neoconservadurismo.
La reciente Encíclica Papal de León XIV, en gran medida, retoma, renueva y amplía los alcances de una Doctrina Social de la Iglesia que hace 135 años se iniciara con la Encíclica Rerum Novarum de León XIII. La Encíclica Magnifica Humanitas de 2026, no pretende atacar a la ciencia ni detener el avance tecnológico derivado de aquella. Si así fuera, resultaría a todas luces una postura no solo conservadora sino anti moderna, además de anacrónica. Por el contrario, alerta contra el uso perverso de la Inteligencia Artificial por sus propietarios transnacionales. Un poder empresarial privado controlador de las plataformas y data centers, mediante los cuales -sin declararlo- pretenden una colonización de las mentes a nivel planetario, mediante la manipulación insensible de los datos y un aumento creciente de la robótica, lo que inevitablemente conduce al paro de millones de trabajadores, por un rediseño del trabajo y la generación de falsas explicaciones en favor del lucro, disfrazadas de grandes avances civilizatorios, sin asumir los altísimos niveles de alienación productivista que el fenómeno conlleva.
Necesario sin embargo, resulta reconocer que con toda la pertinencia que esta encíclica contiene, la influencia espiritual de la Iglesia Católica pasa hoy por su peor momento. Las denuncias de seculares abusos de carácter sexual, especialmente contra menores de edad, así como casos de enriquecimiento ilícito y vida lujosa de muchos prelados, han permitido al menos en América Latina, réditos favorables a la competencia de los cultos evangélicos de corte protestante.
Aún así, la Encíclica Magnífica Humanitas contiene muchos argumentos coincidentes con los levantados hace cinco décadas por la Teología de la Liberación y aquellos que levantan desde una óptica humanista, partidos de izquierda a lo largo de un siglo y medio. Esta coincidencia de parte de una visión más progresista del mundo católico, encuentra más opositores dentro de su propia grey que dentro del sacerdocio, por lo que necesita de todo nuestro apoyo.
El documento pontificio dado a la publicidad Urbi et Orbi el 25 de mayo pasado, advierte acerca del abuso semántico de pretender imponer bajo el concepto de innovación diversas formas de suprimir puestos de trabajo y una acumulación de poderes hegemónicos que abarcan más allá de los simplemente económicos.La inteligencia artificial (IA) no es esa herramienta publicitada como inocua y que, preventivamente, deba regularse respecto de los límites de su amplia gama de intervenciones, sino un instrumento favorable a una muy rentable multiplicación y concentración del gran capital transnacional, en condiciones de asegurar de manera sutil y aparentemente más indirecta el dominio del mercado mundial y, mediante la dependencia tecnológica que es también ideológica, las decisiones de gobiernos periféricos a los centros del poder. Es decir es la última y más poderosa faceta del imperialismo tecnocrático.
Clarificado este punto, la Encíclica papal de León XIV no discute acerca de la más deseable utilización de la IA, sino que cuestiona directamente los objetivos de quienes mandan sobre ésta, pudiendo alterar digitalmente todo lo que comunica. Resulta evidente entonces, que el principal enemigo a aniquilar es el pensamiento crítico, evitando así los debates democráticos que sus dueños no están dispuestos a afrontar: es una puesta en marcha de ese totalitario mundo orwelliano del que se nos advertía como futuro inminente en “1984”.
Uno de sus métodos, de antigua práctica totalitaria, es acaparar la atención mediante la distracción con el objetivo de obstaculizar la lucidez. Así, la Magnifica Humanitas posee la cualidad de no tratar a la IA como una mera extravagancia, ni un refuerzo a chismes conspirativos, sino de enfrentar un nuevo credo aún más dañino que los ya existentes, por la capacidad de obtener resultados alienantes en progresión geométrica.
La dignidad humana no mejora incorporando nuevos implantes ni sustitutos distractivos a la responsabilidad superior del ser; de pensar por sí mismo. Debemos rechazar la brutal clasificación social en marcha que distingue “entre vidas valiosas y vidas rezagadas, entre existencias actualizadas y existencias prescindibles” (5), reduciendo “toda la experiencia humana a una misma lógica de eficiencia, calidad, predicción y control”, como a una misma narrativa, mismos peligros, mismos enemigos “y la misma desconfianza hacia los límites democráticos”(6).
La instalación de nuevas jerarquías sin posibilidad de contrapeso, no es un hecho que pueda ser aceptado como una mejora, menos cuando son impuestas desde domicilios conocidos históricamente por su voracidad y una puesta en práctica de todas las formas conocidas de hegemonía, que en el presente caso, actúa como un colonialismo tecnológico que hace de enormes sectores indefensos, verdaderos esclavos condenados a aquello que la sociología identifica como “pobreza estructural”, es decir calculada en su porcentaje de rentabilidad productiva y de estabilidad o control político.
Tengamos siempre presente, que tras los exitosos datos productivos y de ganancias de numerosas empresas transnacionales, se esconden trabajos precarios con salarios de hambre y exposición al contagio de enfermedades letales, para las cuales no existe cobertura sanitaria alguna, especialmente en los países del sur profundo. En Asia y especialmente en América Latina y África, la desnutrición infantil, el analfabetismo como la vejez desprotegida por escasez o ausencia de una legislación social robusta, van de la mano de un estancamiento cultural y democrático favorables a los altos niveles de concentración de la riqueza y flujos hacia los grandes consorcios transnacionales, que establecen qué zonas del planeta cuentan y cuáles definitivamente sobran.
Si la decisión de matar constituye un grave desafío a una ética del respeto a la persona humana en su conjunto, entonces la inmoralidad se vuelve suprema si un sistema político, negando su esencia, permite funcionar sistemas artificiales que puedan justificar y accionar decisiones letales como las guerras.
Lo anteriormente expresado no es anticipo de algo muy futurista, si recordamos que las dos guerras del Golfo envolvieron muerte y destrucción con cifras respecto de sus certeros -y a veces no tanto- impactos misilísticos.
Magnífica Humanitas posee el valor de cuestionar “la arquitectura moral del presente digital” porque quien concentra el poder fabrica e impone una verdad. “En una época enamorada de la máquina, León XIV ha optado por un gesto poco frecuente: desconfiar de quienes la venden como redención”(6).
Lo expuesto, no solo es demostrativo de un malestar sino de una potente reacción cristiana ante la maquinaria global, un llamado que, de tener la debida acogida, podría conducir a plantar la simiente de un cambio histórico que acerque expectativas con movimientos de la Sociedad Civil, consiguiendo así alejar a la jerarquía eclesiástica de la hasta ahora inveterada celebración de misterios por demás dogmáticos, insondables e indescifrables. La encíclica sería en palabras expresadas treinta años antes, un esfuerzo que “prevé una dialéctica de opiniones y creencias, con la esperanza de que tal intercambio haga crecer esa conciencia moral colectiva que subyace a una convivencia ordenada” (7).
Paradojas de la historia podrían pensar muchos y sin embargo, como todas aquellas, su apariencia increíble responde a procesos fenomenológicos perfectamente explicables. El hecho concreto que exponemos aquí es que la iglesia católica, tradicional enemiga del pensamiento laico, hoy concuerda en su diagnóstico con lo que este último ha cuestionado por casi un siglo como bandera del pensamiento libre y una humanidad con derechos económico-sociales y culturales garantizados.
El debate que esperamos se inicie, es ante unos medios de comunicación que mediante la posibilidad de lo instantáneo, conducen al hábito de desear la inmediatez: el dato simple, directo, breve, sin el ornamento de las fundamentaciones, un producto diseñado para un público cautivo de redes sociales; seres adiestrados no en el proceso de la investigación paciente y rigurosa, pero diestro en el tecleo, el apretar de botones y combinaciones. Seres cada vez más alienados y ajenos al proceso dialéctico inicial del yo y sus contradicciones, en la misma medida que delegan la tarea de pensar por ellos a otros. Una masa fácilmente manipulable que solo espera instrucciones y que, en palabras de Erich Fromm, ha incorporado “el miedo a ejercer la libertad”.
En la medida en que el llamado de León XIV vaya encontrado acogida y genere la masa crítica que lo reproduzca y enriquezca, disminuirá – así esperamos – la masa de alienados, herencia de largas domesticaciones, de temores inoculados a lo largo de los siglos, de una aceptación de los males como algo natural y o tal vez como merecidos castigos. En cambio, el debate que la encíclica debiera fomentar, debería multiplicar el número de ciudadanos que mediante una postura tan crítica como propositiva, puedan mejorar –democratizando-nuestras deficientes repúblicas, vaciadas de una ética humanitaria.
Reponer conductas responsables, en seres que de una condición de racionales deberían pasar a la fase superior de razonables es lo deseado. Pasar de dueños a hijos de la tierra, habitantes cuidadosos de un ecosistema frágil y una sociedad compleja que puede y debe recuperarse y mejorar.
La doctrina social de la Iglesia no es un reglamento ni un conjunto de recomendaciones rígidas, sino un cuerpo de ideas mejorables a partir de los contextos y experiencias que posibilita cada época con sus aportes filosóficos, así como con las políticas culturales y de mejoramiento social que puedan impulsar los gobiernos, a partir de las demandas conscientes que genere la Sociedad Civil. Desde la Rerum Novarum de 1891 hasta la Magnífica Humanitas de 2026, las encíclicas han debido coexistir con un mundo convulso que, luego de dos guerras mundiales, aportó desde la civilidad representada en Naciones Unidas, una Declaración Universal de Derechos Humanos en 1948. Los documentos mencionados constituyen orientaciones transversales y complementarias, que condenan cualquier acción que afecte la libertad y felicidad de los seres humanos, que deben entenderse como derechos inalienables e imprescriptibles.
“El respeto al derecho ajeno es la paz” dijo Benito Juárez, y esa extraordinaria conclusión la repitió muchas veces Salvador Allende porque, separados por un siglo, sabían de crueles violaciones a la soberanía de nuestros países, al sagrado principio de respetar la libre determinación de los pueblos. Los verdaderos estadistas alcanzan esa categoría cuando sus ideas y liderazgo superan las fronteras nacionales, porque como partes del género humano entienden que no terminamos en nosotros mismos, que somos también los otros y que esos otros, aman a sus hijos y a su tierra tanto como nosotros a los nuestros y a nuestro país.
¿Por qué, a pesar de tantos buenos ejemplos y esfuerzos seculares en favor de la fraternidad aún existen culturas y Estados que promueven y justifican guerras preventivas o bloqueos económicos, utilizando el hambre o las enfermedades como armas? La respuesta es porque restringen la valoración a su sola etnia, descalificando como barbarie todo lo que les resulta diferente.
Pueblos elegidos, el destino manifiesto o la conquista del espacio vital por razas superiores, son algunos de los conceptos más dañinos y, por eso, despreciables excrecencias del peor nacionalismo que debemos erradicar, sea desde una perspectiva humanista como de una religiosa, que sostenga que somos creaturas de un mismo dios.
Quienes no detienen su ambición, hoy agregan a sus letales armas las de la cibernética y mediante ellas, combaten a la cultura, que como un modo de ser incluye a la moral, ese juez interno no solo de nuestros actos, sino también de nuestras intenciones aunque no se hayan concretado. La banalidad del mal de que hablaba Hanna Arendt, se manifiesta en la ausencia de remordimientos por parte de los verdugos, como de quienes les ordenan torturas y ejecuciones. El crimen más reciente contra la humanidad es el que a través de la Inteligencia Artificial pretende que pasemos “de la ética existencial a la ética artificial” (8).
Dice Mauricio Vega, que “hay documentos que describen una época y otros que intentan impedir una catástrofe”. La Encíclica Magnífica Humanidad de León XIV pertenece a la segunda categoría…” no porque declare una cruzada medieval contra la tecnología ni represente una nostalgia reaccionaria contra la modernidad”, por el contrario, ésta bien puede ser el diagnóstico moral, filosófico y político más importante escrito hasta ahora sobre el nuevo poder tecnológico global. Un texto “duro contra la concentración privada del poder digital”, que genera incomodidad y furia en los círculos trumpistas y de la ultraderecha a nivel internacional, porque el tema de la I.A. no es como pretenden presentarlo políticos y periodistas mercenarios a ingenuos usuarios; como un asunto que se limitaría únicamente al ámbito de lo tecnológico, sino un tema preocupante, que debe abordarse políticamente con prontitud, como una cuestión relativa a la seguridad nacional, a la soberanía, a la salud mental y la esencia libertaria de todo ser humano poseedor de derechos inalienables. El manejo inmoral de la inteligencia artificial, erosiona el soporte social de la democracia.
Monopolios tecnológicos transnacionales controlando las plataformas globales para orientar y uniformar los consumos y las percepciones, induciendo así las opciones políticas desde la nube de contenidos prefijados, son una demostración palmaria de que la posmodernidad capitalista en crisis, comienza a ”desconfiar de todo aquello que no puede controlar por completo”, delegando a un trust de agiotistas, las decisiones tecnocráticas que permitan a las transnacionales, debilitar o, de ser posible, eliminar soberanías y decisiones patrióticas en las periferias del primer mundo.
A objeto de evitar el desarrollo de fuerzas contrarias a la hegemonía del gran capital, el sistema basado en la I.A. debe atacar la conciencia que nos hace comunitarios, para transformar a los seres humanos en microsistemas predictibles, de modo que la vida obedezca a modelamientos computacionales diseñados por imperios, cualquiera sea su signo.
No es coincidencia que Peter Thiel, un multimillonario fundador de Pay Pal, Palantin y Founders Fund, sea uno de los principales financistas de la nueva derecha estadounidense, tendencia contraria a sistemas democráticos demasiado sensibles y multilateralistas. Thiel como Elon Musk son, además de multimillonarios cercanos a Donald Trump, personajes tan ultranacionalistas como el Presidente y promotores de lo que John O´Sullivan llamó hace ciento ochenta y un años (1845) el destino manifiesto de los Estados Unidos: una concepción racial supremacista y religiosa de carácter mesiánico que, basada en el protestantismo, justifica, como un destino providencial, el ejercicio de una hegemonía sustentada en el desplazamiento de pueblos aborígenes y la expansión territorial hacia espacios colindantes, imponiendo su dominio a naciones más débiles, pero abundantes en recursos necesarios para sustentar el bienestar del imperio norteamericano.
Si quien lee estas opiniones llega a sospechar que su autor sufre de una contagiosa plaga conspiracionista, debería alejar esta idea, si toma debida cuenta que Peter Thiel no solo visitó recientemente la Argentina de Milei, sino que también se reunió en privado con el Presidente de Chile José Antonio Kast, sin que se diera a conocer los acuerdos resultantes de ese encuentro, ni haya indicios de un interés periodístico por indagar lo que allí se trató. Aspiro también, a que tengamos presente en nuestra memoria, la tremenda afinidad con los procedimientos de la inteligencia artificial que en la construcción de noticias falsas, desplegaron en la última campaña presidencial contra Evelyn Mathei -representante de la derecha cobarde-, los actuales ocupantes del segundo piso del Palacio de la Moneda, como también, que debido a ello, hubo de dejar su cargo el director de prensa del Canal 13 de televisión.
Finalmente, tengamos presente que el Pontífice Romano, califica los propósitos de Silicon Valley y la I.A. como un proyecto de “tecnofeudalismo”, destinado a rediseñar ecosistemas productivos y a administrarlos. Por esto es que el Papa habla de “desarmar”, no de regular la I.A. porque además, vincula este proyecto con el fomento a una carrera armamentista de guerras automatizadas.
La encíclica que comentamos, es demostración evidente de que la semilla que plantara el Concilio Vaticano II en la mente y los sentimientos de millones de cristianos, no se extinguió como resultado del embate reaccionario a que fue sometido mediante el concurso de tantas dictaduras y jerarquías eclesiásticas conservadoras. La preocupación católica por los grandes problemas a vuelto a brotar y proyectarse, encontrando eco en la golpeada América Latina, continente que abrazó la Teología de la Liberación como su expresión más consecuente.
Si un Papa no puede designar sucesor, cuestión que compete exclusivamente a una elección del Colegio Cardenalicio, sí puede, en cambio, nombrar cardenales, y fue lo que hizo el Papa Francisco, un argentino universal que dejó instalada una mayoría de prelados que pudieran dar continuidad a su objetivo de encarnar la fe, dando el necesario soporte al sucesor, en este caso, un sacerdote que habiendo nacido en los Estados Unidos, desarrolló su vocación por cuatro décadas en los villorrios pobres del Perú, obteniendo la sabiduría necesaria para ocupar el sillón de Pedro con la mirada crítica de un latinoamericano por adopción.
León XIV da así, continuidad a la tarea de afrontar los desafíos que ponen en riesgo la integralidad del ser humano, identificando y denunciando cada problema antes de que el mal pueda consolidarse. Éste es un notable esfuerzo por galvanizar al mundo de los oprimidos a objeto de reinstalar el diálogo social que hace sesenta años propiciara Juan XXIII, en el entendido de que, lejos de espiritualizar la fe y celebrar misterios, la iglesia debe encarnarla, haciendo de cada cristiano un digno promotor y defensor de la de la persona humana.
José Miguel Neira Cisternas, Primera semana de junio de 2026.
Notas.
1- M.D.Chenu, Prólogo a “El Cristianismo no es un humanismo” de José María González Ruíz. Ediciones Península, Primera Edición. Barcelona, España 1966. Pág.7.
2- Protágoras representó en el pensamiento griego, como a su manera también lo hiciera Aristóteles, explicaciones filosóficas racionalistas, más cercanas a la observación científica, es decir a una forma de materialismo, lo que explica que fuera especialmente combatido por Platón, el príncipe de los idealistas de la antigüedad.
3- Gilbert Mury, “Cristianismo primitivo y mundo moderno”. Ediciones Península. Primera Edición. Barcelona, España 1968.Pág.20.
4- Pío XII, no solo impidió la difusión de una Encíclica de su antecesor Pío XI, que condenaba los abusos del régimen nazi y su persecución a la comunidad judía, lo que ponía en peligro su propio Concordato firmado con Mussilini en 1929, dada la concordancia entre los regímenes alemán e italiano, sino que impidió una orientación ecuménica a los católicos del mundo en defensa de la democracia. Dado su anterior desempeño como Nuncio Apostólico en Alemania, donde desarrolló simpatías hacia los líderes nacional socialistas, una vez asumido como Papa, Pío XII, no dio respuesta a las denuncias que le llegaron de diversos lugares ocupados durante la guerra, optando por declarar la neutralidad confiando todo desenlace a la voluntad divina. Así mantuvo después las mejores relaciones posibles con las fuerzas de ocupación norteamericanas y con la coalición democristiano-socialista que gobernó la Italia de posguerra hasta su muerte en 1958.
5- José Antonio Gómez La Encíclica Papal que se atreve a desconfiar de la I.A. cuando la élite tecnológica, y sobre todo la económica, la veneran. En Other News, 26 de mayo de 2026. Gómez es autor entre otros textos de Gobernar es repartir dolor y Regeneración.
6- Mauricio Vega: La Nueva Babel. León XIV, la Magnífica Humanidad y la batalla por lo humano. POLÍTIKA. 30 de mayo de 2026.
7- Op. cit. José Antonio Gómez.
8- Carlo María Marini en ¿En qué creen los que no creen? Un diálogo sobre la ética en el fin del milenio. Planeta. Primera Edición, Buenos Aires 1997. Pág.66.
9- Iván Appelgren. En una caricatura que muestra a dos artefactos pequeños enfrentados a un super robot. Portada de POLÍTIKA. 30 de mayo de 2026
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*José Miguel Neira Cisternas es un psicólogo, magíster en asentamientos humanos, docente, investigador y analista político chileno. Su trayectoria intelectual destaca por el cruce entre la psicología comunitaria, la planificación urbana y el análisis crítico de los movimientos sociales y los procesos políticos en América Latina. Es licenciado en Psicología y cuenta con un Magíster en Asentamientos Humanos y Medio Ambiente por la Pontificia Universidad Católica de Chile (UCV). Su trabajo se enfoca en la intersección de la psicología social, la ecología política y el desarrollo territorial. Analiza con especial atención cómo las transformaciones urbanas, el neoliberalismo y la segregación socioespacial impactan la subjetividad colectiva y las formas de organización popular.

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