Por: Cicerón Flórez Moya

Aunque no sea compatible con el derecho a la vida, la violencia es para algunos una fuente de negocio insustituible, hasta el punto de que la patrocinan y la ejercen hasta con exacerbación.

Produce réditos cuantiosos y garantiza enriquecimiento, sin importar su naturaleza ilícita. La historia de la humanidad está surtida de esa infamia, con una continuidad intencional y padrinazgos amarrados al poder, amparados por la agresividad y la incontinencia de la barbarie en su más devastador extremismo. Es la pasión enceguecida, la crueldad impávida, el oscurantismo inspirado por cálculos mezquinos de finalidad criminal.

Las guerras, las cruzadas religiosas, los escalamientos de todo orden, las emboscadas, el secuestro, la extorsión, el homicidio y las demás acciones de sojuzgamiento, son, entre otras, formas propias de la violencia, con las cuales se buscan sometimientos, rendiciones, despojos, posesiones sobre bienes ajenos, el triunfo de la fuerza armada sobre sus contrarios indefensos o sin suficiente capacidad para hacerle frente a sus victimarios.

Esas operaciones de violencia no son producto del azar. Tienen motivaciones de distinto orden y en todos los casos se busca un resultado equivalente a un lucro material con alcance de poder efectivo.

En Colombia la violencia tiene dueños inocultables, así finjan los que están en esa empresa de muerte, de inocentes sindicados. En los siglos XIX y XX fueron las guerras civiles entre fuerzas partidistas contrarias. Después la disputa por el poder fue alimentada por el sectarismo y con ese sentimiento desgarrador perdieron la vida unos 200.000 colombianos en los años 40 y 50 del siglo XX.

El siguiente capítulo lo coparon las guerrillas, a las cuales siguieron los paramilitares y los sicarios financiados por narcotraficantes. En medio de ese revoltijo se dio el exterminio de la Unión Patriótica. También perdieron la vida candidatos a la Presidencia. Por cuenta de las Fuerzas Militares del Estado se consumó la carnicería con más de 6.000 víctimas mediante ejecuciones extrajudiciales. Es una violencia de recurrente mutación. Y no para, pues son constantes las masacres, la muerte cotidiana de líderes sociales, desmovilizados de las Farc y defensores de derechos humanos.

Esa imparable subienda de crímenes está articulada a intereses económicos y políticos. Se mata para apoderarse de tierras de despojo. Para acallar reclamos. Para defender el tráfico de drogas. O para proteger feudos electorales. Es un tejido de negocios que pesa en el manejo de las entidades de gobierno.

La violencia sirve, así mismo, para asustar a los colombianos incautos y hacerles creer que hay riesgos inminentes. Con ello llevan a que los electores voten por sus victimarios, a fin de alargar el statu quo. Es la contención a fin de que nada cambie y se extiendan más la pobreza, la corrupción, el abuso de poder, la ineficiencia oficial.

Es, pues, la violencia la aliada de quienes propician la estrechez de la democracia.

Puntada
Es el colmo que a la pandemia se le cuelgue el desorden de la vacunación.
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(Publicada en La Opinión el 7 de marzo 2021