El monito baila dónde le pagan…
Por Mauricio Vargas* – Periodista
Hay trayectorias políticas que se explican por ideas, otras por errores, algunas, incluso, por derrotas. Y hay unas pocas, que solo se explican por indecencia. No como insulto, sino como categoría política.
Ximena Rincón González pertenece a ese último grupo: no porque haya cambiado de opinión -eso ocurre, y es legítimo-, sino porque convirtió el cambio en método; el zigzagueo en identidad y la ausencia de principios, en capital transable.
Durante años se presentó como figura de centro, como heredera de una tradición humanista, como puente entre mundos irreconciliables. Esa fue la narrativa que le permitió ser electa senadora en dos ocasiones y ministra, de Michelle Bachelet, en otra. Lo que vino después no fue una evolución, sino el desmontaje sistemático de esa ficción.
Rincón apoyó causas opuestas con el mismo énfasis retórico; denunció lo que luego celebró; exigió lo que después relativizó. Defendió la refundación de Carabineros tras el estallido social y, más tarde, se alineó sin pudor con quienes demonizaron cualquier intento de reforma.
Celebró triunfos del Partido Comunista cuando convenía al clima de época y, con la misma sonrisa, se ofreció como aliada confiable de la derecha dura cuando el viento giró.
Negó ser de derecha incluso, cuando ya había cruzado todos los puentes.
Queda en la memoria su discusión pública con Paulina Vodanovic, a quien emplazó por insistir en llamarla lo que ya era.
Intentó perpetuarse en el Senado por tercera vez, forzando el espíritu de la ley, y cuando el tribunal electoral cerró esa puerta, no hubo pausa ni reflexión: hubo mudanza. De comuna, de barrio, de sector político. Sin explicación, sin costo simbólico, sin… vergüenza.
Algo de esto explica el rechazo transversal, la sorpresa mezclada con hastío, el “así de sucia es la política” que recorrió redes, medios y conversaciones privadas cuando se anunció su llegada al gabinete.
Explica incluso, la metáfora que muchas y muchos usaron para graficar su capacidad de esperar, resistir, adaptarse y picar -como la araña- cuando se abre la oportunidad.
Pero detenerse ahí sería cómodo y, sobre todo, insuficiente. Porque el verdadero problema no es Rincón. El verdadero problema es por qué un gobierno como el de José Antonio Kast decide incorporarla.
Y por qué decide hacerlo, precisamente, en Energía. Ahí es donde, a mi entender, la anécdota se vuelve amenaza.
Que Rincón llegue a un ministerio no es, en sí mismo, una novedad histórica. La política chilena, y del resto del mundo, conocen bien el reciclaje; el premio a la lealtad tardía, el perdón interesado. Lo que sí es nuevo -y grave- es el lugar escogido.
Energía no es un ministerio cualquiera. No es vitrina, no es relleno, no es cuota. Energía es infraestructura del futuro. Es soberanía material. Es planificación de largo plazo. Es el punto donde convergen economía real, tecnología, geopolítica, territorio y conflicto social.
Es donde se decide si un país piensa en décadas o administra la coyuntura como quien reparte cargos en una sobremesa. En energía no se improvisa. No se declama. No se “aprende en el camino” sin costos.
Allí se trabaja con sistemas interconectados, matrices de generación, redes de transmisión, contratos de largo plazo, riesgos sistémicos. Allí una mala decisión no produce sólo un titular: produce dependencia, captura regulatoria, retrocesos que tardan años en revertirse.
Y, sin embargo, justo, a ese ministerio llega Rincón; sin formación técnica, sin experiencia sectorial, sin trayectoria en políticas energéticas, pero con algo mucho más valioso para cierto tipo de poder como el que maneja los hilos de Kast: previsibilidad política y docilidad estructural.
La designación de Rincón no es un error. Es un mensaje inequívoco.
Nos dice, con claridad brutal, que para este gobierno que comienza en marzo, la energía no es estrategia nacional, sino territorio administrable. No es palanca de desarrollo, sino espacio de control. No es el futuro, sino una variable más en la ecuación de gobernar sin sobresaltos.
Por eso Rincón encaja. No pese a su falta de competencia, sino justo, gracias a ella.
Durante años se repitió que el verdadero poder reside en los subsecretarios; en los equipos técnicos, en los asesores. Pero ese argumento siempre fue tramposo.
Cuando el ministro entiende la materia, los técnicos trabajan con contrapeso político. Cuando no la entiende, el sector privado avanza sin resistencia. La regulación se vuelve blanda, la fiscalización se diluye, la puerta giratoria se normaliza.
No porque haya corrupción explícita, sino porque hay afinidad de intereses y ausencia de conflicto. Es la captura silenciosa, elegante, sin escándalo. La que no indigna de inmediato, pero condiciona al país por décadas.
No es casual que la trayectoria de Rincón incluya directorios, vínculos empresariales y una comprensión casi intuitiva -aunque no técnica- de cómo operan los incentivos del poder económico.
Tampoco es casual que, tras años de zigzaguear, termine alineada con un proyecto que concibe el Estado no como conductor del desarrollo, sino como un administrador mínimo de un orden ya dado.
En ese marco, la energía no se piensa como transición, ni como desafío climático, ni como oportunidad de industrialización verde.
Se piensa como negocio que debe fluir sin fricciones, como sector que no debe politizarse, como espacio donde la regulación no estorbe.
Por eso Rincón. Por eso Energía.

La paradoja, es que incluso quienes desprecian su figura subestimaron el alcance de su nombramiento. Muchas y muchos se quedaron en la biografía moral, en la traición, en el oportunismo.
Eso es comprensible, pero creo que insuficiente.
Porque lo verdaderamente alarmante no es que una política sin principios llegue al poder, sino que un gobierno elija conscientemente ponerla en un lugar donde los principios importan menos que la obediencia y el silencio.
En ese sentido, Rincón no es la excepción: es el modelo.
Representa una forma de hacer política donde el mérito técnico es irrelevante, la coherencia ideológica estorba y la lealtad circunstancial
Habla de un poder que no se siente interpelado por el futuro, porque su horizonte termina en el control del presente. Y es lo que se premia.
Representa la idea de que gobernar consiste en repartir espacios entre quienes no cuestionan el diseño de fondo. Y Energía, en ese esquema, es demasiado importante como para dejarla en manos de alguien como Rincón.
Hay algo todavía más inquietante.
Durante la campaña, el propio Kast ironizó sobre Rincón diciendo que “el monito baila donde le pagan”. No era una crítica moral, sino una constatación. Y aun así, la incorpora. No pese a esa definición, sino confirmándola: “haciendo bailar al monito”
Precisamente porque para un proyecto que no busca transformar la matriz energética, sino administrarla sin conflicto, alguien que baila al ritmo que le ponen resulta funcional. La indecencia deja de ser un problema y se vuelve una virtud operativa.
Eso es lo que demasiados –con voz en medios o con opinión en las redes- no pudieron, o no quisieron ver.
Que este nombramiento no habla de Rincón, sino del gobierno que la convoca. Habla de una mirada cortoplacista, extractiva, desprovista de visión estratégica. Habla de una política energética concebida no como motor de desarrollo, sino como botín tranquilo.
Habla de un poder que se siente cómodo gobernando sin proyecto, apostando a que el futuro se resuelva solo o, mejor aún, que no llegue durante su mandato.
La historia juzga estas decisiones no por la retórica que las acompaña, sino por sus efectos. Y los efectos de trivializar la energía, de entregarla a la lógica de la supervivencia política, de tratarla como moneda de cambio, no son abstractos.
Se miden en dependencia, en retraso, en oportunidades perdidas. Se miden en un país que pudo haber pensado su futuro y eligió administrarse como quien liquida una herencia.
Por eso este nombramiento importa demasiado. Por eso indigna, pero sobre todo, me alarma.
Porque cuando la política más indecente de la historia reciente, alcanza el corazón de una de las áreas más estratégicas del Estado, no estamos frente a un personaje ni a una polémica pasajera.
Estamos frente a una advertencia.
Y Chile lleva demasiado tiempo ignorando las advertencias, hasta que ya es demasiado tarde.
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