Notas sobre el límite histórico de una racionalidad política
Por Fabricio Muñoz*
“La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos.” (Karl Marx)
Cada época deja tras de sí las palabras con las que creyó comprenderse. Durante más de dos décadas el progresismo ocupó ese lugar en América Latina y buena parte de la discusión política se organizó alrededor de sus promesas, sus límites o sus fracasos, como si bastara con descifrar esa experiencia para comprender el presente. Hoy esa premisa comienza a perder fuerza, no porque el progresismo haya dejado de importar, sino porque las preguntas que le dieron sentido ya no alcanzan para nombrar el momento que atravesamos. El ascenso de las nuevas derechas, la reconfiguración del lenguaje político y las derrotas recientes anuncian algo que excede el cierre de un ciclo gubernamental, pues aquello que parece aproximarse a su límite no es un proyecto político particular sino la racionalidad desde la cual, durante varias décadas, se imaginó la relación entre política, Estado y transformación social.
La coyuntura colombiana permite observar ese desplazamiento con una claridad singular. Mientras el debate público continúa midiendo programas de gobierno, liderazgos o correlaciones parlamentarias, termina por abrirse otra disputa cuyo objeto ya no es la administración del Estado sino el principio desde el cual una sociedad reconoce como legítimo un determinado orden histórico. ¿Ha llegado a su límite una determinada forma de comprender la política? ¿Es ese agotamiento el que ha permitido a las nuevas derechas disputar algo más profundo que el gobierno, interviniendo nuevamente sobre el horizonte desde el cual la multitud imagina su futuro? Esas son las preguntas que orientan estas páginas.
El progresismo no agotó un programa, agotó una racionalidad política.
Existe una inclinación casi espontánea a explicar el desgaste del progresismo a partir de los errores de sus gobiernos. Se evocan las promesas incumplidas, las reformas inconclusas, las tensiones entre las dirigencias y las organizaciones populares o la incapacidad para alterar las estructuras económicas heredadas. Nada de ello es falso, aunque tampoco resulta suficiente. Los errores pertenecen a los gobiernos, mientras que los límites históricos pertenecen a las épocas, y sólo desde esa diferencia pasa a hacerse visible el problema que dejó planteado el ciclo progresista latinoamericano.
Su mayor transformación acaso no haya consistido en las políticas que impulsó sino en la forma en que fue redefiniendo, casi sin advertirlo, el lugar desde donde la política comprendía su propia tarea. Mientras ampliaba derechos, reconstruía capacidades estatales y abría espacios democráticos después de la larga hegemonía neoliberal, el gobierno dejó de aparecer como un momento dentro de una estrategia de transformación para convertirse en el horizonte mismo de la acción política. Administrar nunca fue el problema, lo fue el instante en que la administración dejó de entenderse como una mediación y comenzó a ocupar el lugar de la estrategia, pues desde entonces la disputa por el orden social cedió terreno ante el esfuerzo por gestionar sus consecuencias con mayor justicia.
Allí habita la victoria más profunda del neoliberalismo, no en las privatizaciones, ni en la reducción del Estado, ni siquiera en el predominio de determinadas políticas económicas, sino en haber fijado el terreno sobre el cual sus propios adversarios terminaron combatiendo. La gestión fue desplazando a la estrategia, la eficacia comenzó a sustituir la pregunta por el sentido histórico y conquistas tan significativas como la ampliación de derechos, la redistribución del ingreso o el fortalecimiento de las capacidades públicas quedaron inscritas en una dirección que el capitalismo podía absorber sin modificar los principios que organizaban su reproducción.
Desde esa perspectiva, la experiencia progresista deja ver una paradoja que excede a cualquiera de sus gobiernos. La izquierda conquistó espacios decisivos del Estado mientras perdía capacidad para intervenir sobre el horizonte desde el cual la sociedad imaginaba su futuro. Las victorias electorales siguieron siendo capaces de mejorar la vida de millones de personas, pero dejaron de garantizar dirección histórica porque ésta ya no dependía sólo del gobierno ni de sus instituciones, sino de la capacidad para intervenir sobre el horizonte que una comunidad considera posible. Una vez que esa intervención se interrumpe, el poder conserva la facultad de administrar, aunque empieza a perder la de orientar.
La derecha volvió a disputar el orden histórico
Toda crisis ilumina aquello que una época había dejado de ver. El ascenso de las nuevas derechas puede explicarse mediante la eficacia de las redes sociales, la expansión de la desinformación, el descrédito de los partidos tradicionales o el malestar producido por años de incertidumbre económica. Nada de ello resulta irrelevante, aunque esa enumeración sólo permite comprender los instrumentos de una victoria sin explicar el terreno sobre el cual llegó a ser posible. Las derechas no recuperaron la iniciativa porque dominaran mejor las técnicas de comunicación, sino porque advirtieron que ninguna sociedad deja de preguntarse quién es, qué estructura social considera legítima y hacia dónde imagina su porvenir. Mientras buena parte de la izquierda reducía la política al ejercicio del gobierno, esa pregunta cambiaba de interlocutor.
Durante un tiempo pareció suficiente responderla mediante la promesa del crecimiento económico, la ampliación de derechos o una distribución menos desigual de la riqueza. Ese horizonte conserva su valor, pero ha dejado de organizar por sí solo la experiencia colectiva. La incertidumbre atraviesa hoy dimensiones más profundas que las condiciones materiales de existencia. El trabajo pierde la estabilidad que alguna vez ofreció, las identidades nacionales se vuelven objeto de disputa, la guerra reaparece bajo nuevas formas y las transformaciones tecnológicas alteran la percepción misma del tiempo y de la vida común. Cuando una colectividad deja de reconocerse en el mundo que habita, la política deja de girar alrededor de la gestión de los recursos y vuelve a convertirse en una confrontación por el sentido de la totalidad social.
Allí reside el mayor acierto de las nuevas derechas. No ofrecieron respuestas más eficaces que las del progresismo, pero comprendieron que los pueblos no sólo demandan políticas públicas sino también relatos capaces de dar inteligibilidad a la experiencia histórica. Cuando el progresismo discutía presupuestos, instituciones o programas, ellas devolvieron al centro del debate palabras que parecían haber perdido densidad política, entre ellas nación, autoridad, seguridad, tradición o comunidad. La fuerza de ese lenguaje no proviene de su verdad ni de su consistencia, sino de su capacidad para responder preguntas que ninguna época consigue dejar atrás.
La transición colombiana permite observar ese desplazamiento con especial claridad. Una parte considerable del debate continúa concentrada en las reformas que sobrevivirán al cambio de gobierno, en la composición del gabinete o en las nuevas mayorías parlamentarias, mientras otra lucha, menos visible y mucho más decisiva, reorganiza el lenguaje desde el cual esas discusiones adquieren sentido. El nuevo gobierno no se presenta únicamente como una alternativa administrativa, sino como la restauración de un orden que afirma haber sido extraviado, de modo que incluso asuntos como la implementación del Acuerdo de Paz dejan de discutirse sólo en términos de política pública para convertirse en controversias sobre la autoridad, la unidad nacional o la seguridad.
Es allí donde aparece el límite histórico del progresismo. Resulta insuficiente afirmar que la derecha moviliza emociones mientras la izquierda ofrece argumentos, porque esa oposición supone que la producción de sentido pertenece al terreno de la cultura y que la política reaparece apenas en la administración del Estado. La experiencia reciente muestra lo contrario. Gobernar siempre implica producir una determinada imagen del mundo y toda hegemonía depende, antes que de la conducción de las instituciones, de la capacidad para hacer que una configuración histórica aparezca como natural, legítimo y deseable. La derrota del progresismo expresa, en ese sentido, mucho más que un revés electoral. Señala el agotamiento de una forma de hacer política que amplió derechos y fortaleció la democracia, pero fue cediendo el conflicto por la imaginación histórica desde la cual esas conquistas encontraban su dirección de continuidad.
Recuperar el horizonte histórico
Las épocas no concluyen cuando cambia un gobierno, sino cuando las respuestas que alguna vez ofrecieron dejan de organizar las contradicciones de un sistema que las hizo posibles. Quizá eso sea lo que comienza a ocurrir con la racionalidad política que acompañó al ciclo progresista latinoamericano. Sus conquistas conservan un valor histórico indiscutible, pero la perspectiva desde la cual el progresismo las concibió ha comenzado a resquebrajarse porque las formas contemporáneas del capitalismo ya no sólo producen desigualdad, sino que extienden la lógica de la mercancía hacia esferas cada vez más amplias de la vida social, subordinando el trabajo, el conocimiento, la naturaleza, el cuidado e incluso los vínculos humanos a los imperativos de la valorización. Si esa expansión deja de ser discutida, la política termina confinada a la gestión de sus efectos sin intervenir sobre las relaciones que los producen.
Por esa razón, la discusión que se abre no consiste en restaurar el progresismo ni en administrar con mayor eficacia el mismo orden. Tampoco puede agotarse en la construcción de un nuevo lenguaje político. Lo que reaparece es una pregunta más antigua y más exigente, la pregunta por la forma en que una sociedad organiza la producción de su vida material y por las relaciones de poder que esa organización reproduce. Volver a hacer política emancipatoria significa, en ese sentido, disputar la forma histórica del Estado, no sólo como aparato administrativo sino como condensación de una correlación de fuerzas entre clases sociales, reorganizar la producción y el trabajo frente a la expansión permanente de la mercantilización y volver a situar la lucha de clases como el conflicto que atraviesa y articula las demás contradicciones de la época.
Así entonces, el socialismo deja de ser el nombre de una promesa distante o de una identidad ideológica heredada para recuperar su sentido original como crítica práctica de las relaciones sociales que sostienen la dominación capitalista. Su actualidad no depende de la fidelidad a un vocabulario ni de la repetición de las experiencias del siglo pasado, sino de la persistencia de los problemas que le dieron origen. Mientras la producción continúe subordinada a la acumulación privada, mientras el Estado siga reproduciendo las condiciones generales de esa acumulación y mientras la riqueza social permanezca separada de quienes la producen, la perspectiva socialista seguirá reapareciendo bajo formas nuevas, porque ningún pueblo puede renunciar indefinidamente a disputar las condiciones materiales sobre las cuales decide su propio destino.
Ese es el verdadero desplazamiento que anuncia nuestro tiempo. Las nuevas derechas comprendieron que una época de incertidumbre abre la posibilidad de reconstruir la hegemonía del capital mediante lenguajes capaces de presentar como naturales la autoridad, la competencia, la exclusión y el mercado. La izquierda sólo recuperará iniciativa histórica cuando vuelva a comprender que ninguna transformación emerge de la administración del Estado, aunque tampoco pueda prescindir de ella, porque toda estrategia de emancipación exige modificar las relaciones sociales desde las cuales el Estado, el mercado y la propia vida cotidiana adquieren su forma. La política emancipatoria comienza allí donde el acceso al gobierno deja de confundirse con la conquista del poder y vuelve a reconocerse como una práctica capaz de transformar las condiciones materiales de la existencia, de disputar el sentido común de una época y de abrir, en medio de un presente que pretende clausurar toda alternativa, la posibilidad siempre inacabada de que los pueblos vuelvan a imaginar, organizar y conquistar otro orden histórico

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