Escrito recogido de redes sociales. Revisando fuentes, aparece publicado en Ojo de Loca y es de autoría de Pedro Lemebel (Claudio Schuftan).
Llueve y Chile se descose. No de golpe.
No de una sola vez.
La lluvia tiene modales. Va revelando las miserias de a poco, como quien corre una cortina vieja y deja entrar la luz sobre una pieza que nadie quería mostrar.
Primero aparecen las goteras.
Después las filtraciones.
Luego el techo que cruje.
Después la grieta en la ampliación construida con sacrificio, zinc reciclado y dos maestros que cobraron en cerveza.
Y finalmente aparece algún periodista a mostrar «el Chile real».
Porque en Chile una tragedia no está completa hasta que un periodista empapado la relata frente a una cámara.
El invierno chileno tiene algo de ritual.
Todos los años ocurre exactamente lo mismo.
Todos los años las autoridades se declaran preparadas.
Todos los años los meteorólogos anuncian sistemas frontales como si estuvieran relatando el desembarco de Normandía.
Todos los años las municipalidades aseguran que existe un plan de contingencia.
Y todos los años el agua encuentra la forma de demostrar que no existe ninguno.
Porque basta que llueva dos días seguidos para descubrir que el progreso nacional está sostenido con silicona, buena voluntad y declaraciones de prensa.
Los canales se desbordan.
Los cerros se deslizan.
Las quebradas recuerdan que siguen ahí.
Los árboles se caen.
La luz desaparece.
Las calles se convierten en ríos.
Y las casas quedan colgando de la tierra como dientes flojos.
Entonces llegan las autoridades.
Siempre después.
Nunca antes.
Porque en este país la prevención es una especie de leyenda urbana.
Algo que todos mencionan pero que nadie ha visto jamás.
Las familias llaman durante años denunciando grietas.
Informan que el terreno se está hundiendo.
Que el canal se sale cada invierno.
Que el muro está cediendo.
Y la respuesta suele ser la misma:
«Vamos a evaluar.»
«Vamos a revisar.»
«Vamos a monitorear.»
Hasta que la casa finalmente se cae.
Ahí sí.
Ahí aparecen la ayuda.
Porque en Chile primero ocurre la tragedia y después comienza la planificación.
Como si el desastre fuera un requisito administrativo.
Mientras tanto, en las poblaciones, la lluvia no tiene nada de romántica.
La lluvia cuesta plata.
Cuesta parafina.
Cuesta gas.
Cuesta leña.
Cuesta remedios.
Cuesta ropa seca.
Cuesta días de trabajo.
Cuesta enfermedades.
Cuesta salud mental.
La gente no está viendo caer la lluvia desde una cabaña escandinava decorada para Instagram.
La está viendo entrar por debajo de la puerta.
La está viendo avanzar por el patio.
La está viendo acercarse a los enchufes.
La está viendo mojar los cuadernos de los cabros.
La está viendo transformarse en humedad que después habrá que raspar durante meses.
Pero el Chile publicitario insiste en otra imagen.
La del café caliente.
La manta.
La película.
La chimenea.
La ventana empañada.
La pareja abrazada mirando Netflix, mientras la lluvia golpea suavemente los vidrios.
Una fantasía neoliberal.
Una fantasía que tiene su precio.
Porque para millones de personas el invierno no es una experiencia estética.
Es una amenaza palpable.
Y mientras los más pobres calculan cuánta parafina queda para llegar a fin de mes, el temporal se transforma en espectáculo.
Porque en Chile todo termina transformándose en espectáculo.
Incluso el agua.
Sobre todo el agua.
Los meteorólogos se convierten en celebridades.
Los mapas adquieren relevancia política.
Los radares meteorológicos parecen instrumentos militares.
Y los matinales despliegan reporteros por todo el territorio nacional como si estuvieran cubriendo una invasión extraterrestre.
Ahí están.
Empapados.
Azotados por el viento.
Con la parka inflada como vela de embarcación.
Gritando mientras la lluvia les golpea la cara.
Tratando de explicarnos que está lloviendo.
Como si el agua no fuera suficientemente convincente por sí sola.
Mientras tanto los conductores observan desde estudios perfectamente climatizados.
Indignados.
Conmovidos.
Alarmados.
A veces incluso furiosos.
Y no deja de tener algo profundamente chileno esa imagen.
Un periodista siendo golpeado por el temporal para demostrar que el temporal golpea.
Un corresponsal peleando cuerpo a cuerpo con una ráfaga para explicarnos que hay viento.
Una señora relatando entre lágrimas que perdió el techo.
Un poblado que nadie mencionó durante veinte años convirtiéndose en noticia durante cuarenta minutos.
Porque al letrero de Los Vilos se le voló la V y ahora se llama «Los ilos».
Y a los días desaparecen todos nuevamente del mapa.
Hasta el próximo desastre.
Porque la tragedia también tiene calendario televisivo.
Dura exactamente lo que dura el rating. Y el morbo es el padre del rating.
Se termina el morbo y volvemos a la programación habitual.
Y de pronto vimos a un país entero entrar en estado de alerta.
Porque esa es quizás la palabra que mejor define al invierno chileno.
Alerta.
Siempre alerta.
Alerta temprana.
Alerta preventiva.
Alerta amarilla.
Alerta roja.
Alerta meteorológica.
Alerta por marejadas.
Alerta por remociones en masa.
Alerta por viento.
Alerta por lluvia.
Alerta por frío.
Vivimos permanentemente anunciando la catástrofe que viene.
Porque sabemos que viene.
No sabemos cuándo.
No sabemos dónde.
Pero sabemos que viene.
Y también sabemos que después pasará.
Como pasa todo.
Saldrá el sol.
La humedad empezará a retirarse.
Las noticias buscarán otro espectáculo.
Los periodistas volverán al estudio.
Los meteorólogos perderán protagonismo.
Las autoridades declararán que aprendieron lecciones.
Y las familias volverán a esperar el próximo invierno.
Porque el próximo invierno llegará.
Y volverá a mostrar exactamente las mismas grietas.
Las mismas desigualdades.
Las mismas casas colgando.
Las mismas calles sin luz.
Los mismos canales desbordados.
Los mismos discursos.
Las mismas promesas.
Porque la lluvia tiene una virtud que ningún gobierno ha conseguido derrotar:
Dice la verdad.
Cada invierno cae del cielo para recordarnos dónde están las costuras del país.
Y entonces la cordillera aparece blanca.
Vestida de novia.
Radiante.
Perfecta.
Decorando el paisaje para las postales.
Mientras abajo, mucho más abajo, alguien sigue poniendo baldes en el living para que no se le llueva la casa.
Y quizás esa sea la imagen más exacta de Chile.
La belleza arriba.
La emergencia abajo.
Y el agua, como siempre, encargándose de unir ambas cosas.
Sin respeto también.
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Por: Agencia Editorial Bolivariana
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