El eco de una lucha inconclusa por la dignidad humana
Luis Mesina*
Los sucesos de 1886 en Chicago, EEUU, no fueron solo una disputa técnica por la jornada de ocho horas; fueron el grito de personas de carne y hueso que exigían el derecho a una vida digna más allá del cansancio extenuante.
Hoy, ese eco resuena con una urgencia renovada. La historia del trabajo no es sólo la historia de la producción, sino la crónica de una lucha constante por el tiempo y la soberanía del individuo. Ayer, como hoy, lo que está en juego bajo el actual sistema es la integridad misma de nuestra especie frente a la deshumanización del rendimiento.
La captura del saber y el tiempo, hace dos siglos, el capitalismo industrial introdujo un verdugo silencioso: el cronómetro. En el taller tradicional, el obrero poseía un “saber-hacer” y un ritmo propio de funcionamiento; el Taylorismo llegó para arrebatarle ambos, midiendo cada segundo para eliminar los “poros” de la jornada laboral -esos espacios de respiro necesarios para la psique humana-.
A este control del cuerpo se sumó la cadena de montaje de Ford y, más tarde, la eficiencia absoluta de Taiichi Ohno, quien con el sistema “Just-in-Time” buscó eliminar cualquier rastro de pausa.
Hoy, ese cronómetro ya no está en la mano de un capataz, sino oculto en el algoritmo de una empresa. La tecnología -maravillosa creación de la especie humana-, que prometía liberarnos del trabajo pesado, se ha convertido en una herramienta para una vigilancia más profunda y asfixiante. Cada interacción es un dato, y cada minuto debe ser “productivo”, ignorando deliberadamente que el organismo humano no es una máquina de rendimiento lineal. El algoritmo no comprende de crisis familiares, de agotamiento emocional o de la complejidad del entorno; solo exige la métrica que obsesiona a gerentes, empresarios y explotadores.
En la actualidad, la ceguera de los indicadores y la paradoja de la hiperconectividad somete a millones de trabajadores a una obsesión por el cumplimiento de metas y rendimientos inhumanos que ignora el contexto de crisis mundial que vivimos. Es necesario hacer un paréntesis y recordar que el motor de la historia y del progreso no son los indicadores fríos, ni la capacidad intelectiva de los empresarios de escritorio. Toda la riqueza que observamos, cada edificio, cada vivienda, cada carretera y cada servicio comercial o financiero, es fruto del esfuerzo de hombres y mujeres que, con su trabajo diario, hacen posible la existencia del capital.

Si bien las sociedades han avanzado en bienestar comparadas con los trabajadores del siglo XIX de París y Chicago, enfrentamos en el siglo XXI una paradoja cruel: tenemos leyes de “40 horas”; pero, la tecnología permite que las metas y la exigencia de rendimientos nos persigan por WhatsApp o correo electrónico hasta lo más recóndito de nuestros hogares, no hay lugar donde escapar, nuestras vidas cada vez están más prisioneras de la tecnología que controlan los dueños del capital.
La explotación se ha hecho más sutil, se ha vuelto invisible, líquida y constante, haciendo que la jornada laboral nunca termine realmente. La oficina, la fábrica, la empresa ya no tiene muros; se ha metido en nuestro espacio quitándonos lo propio, nuestra privacidad.
La organización como respuesta histórica
Para entender el presente, debemos mirar hacia atrás. La organización como respuesta histórica siempre ha exigido la unidad; pero, no cualquiera, la unidad de los trabajadores con sus lideres genuinos que se deben sólo a ellos, que mantienen la autonomía e independencia como principios irrenunciables es lo que falta con urgencia, ejemplos de ello hay muchos.
Un 28 de septiembre de 1864 se fundaba en Londres la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), primera organización internacional de trabajadores. Como señalaba el historiador Franz Mehring, no fue la obra de un solo individuo ni una “banda de conspiradores”, sino la respuesta necesaria y natural de una clase que comprendía que la única defensa contra la explotación era la unidad y la lucha. Fue una “cruzada de emancipación” que entendió que el trabajador no es una mercancía más, sino el sujeto creador de toda la riqueza que existe en la sociedad.
Ese mismo espíritu animó a la Comuna de París en 1871, donde por primera vez se intentó recuperar el control del destino colectivo frente a una explotación y presión insoportable. Quince años después, en Chicago, esa misma llama encendería la demanda por la jornada de 8 horas de trabajo. Ambos sucesos tuvieron un precio muy alto, se pagaron con la vida de hombres, mujeres y niños que solo clamaban por un poco de igualdad y el derecho a un pedazo de pan y ver la luz del sol fuera de la fábrica.
El sacrificio sigue vigente, el problema de fondo continúa siendo el mismo que hace 140 años: la disputa por quién controla nuestra vida y nuestro tiempo. La verdadera medicina contra la “enfermedad de la meta y la explotación” es reconocerse en esta historia.
Este 1° de mayo no es un día de descanso, es un día de memoria activa.
Conmemoramos a quienes entregaron su vida para que hoy tengamos derechos: los mártires injustamente ejecutados George Engel (tipógrafo), Adolf Fischer (periodista), Albert Parsons y August Spies; así como a Louis Lingg, quien prefirió el suicidio en su celda antes de enfrentar la horca. No olvidamos tampoco a quienes sufrieron la prisión: Samuel Fielden, Michael Schwab y Oscar Neebe.
Recordar sus nombres es defender nuestra humanidad hoy. La riqueza no justifica la deshumanización. Frente al algoritmo que nos despersonaliza y la meta que nos asfixia, el trabajador y la trabajadora deben volver a levantar la voz: no somos datos, somos personas de carne y hueso. Conmemorar es recordar sus luchas y comprometerse a no decaer ante un mundo que se torna cada vez más complejo y que exige, por tanto, mayores esfuerzos para alcanzar la unidad y contener el abuso y la explotación del sistema capitalista que no se detiene, aunque ello implique la destrucción completa de la especie humana.
¡Viva el Primero de Mayo !
POLITIKA
*Luis Mesina es un profesor de historia y activista chileno conocido por ser el vocero de la Coordinadora No más AFP.Cursó sus estudios secundarios en el Instituto Superior de Comercio. Egresó como profesor de historia, geografía y educación cívica de la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación. Posee un magíster en educación de la misma casa de estudios y un diplomado en Economía de la Universidad de Chile.

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