Por José Carlos Llerena Robles*

El domingo 12 de abril de 2026 se llevaron a cabo las elecciones presidenciales y parlamentarias del Perú para el período 2026-2031. La profundización de la crisis política, en la cual se encuentra sumergido el Perú desde el año 2017, la crisis social y económica, caracterizada recientemente por la problemática de inseguridad ciudadana y el alza de precios de combustibles, respectivamente; y, el regreso a la bicameralidad parlamentaria (Cámara de Senadores y Cámara de Diputados) anunciaban que nos íbamos a encontrar con unos comicios electorales especiales. No obstante, de forma alguna se esperaba que el desarrollo logístico del proceso electoral fuese el factor principal de la particularidad de estas elecciones. Debido a problemas operativos por parte de la entidad estatal encargada de administrar el proceso (ONPE, Oficina Nacional de Procesos Electorales), por primera vez en la historia republicana del Perú, las elecciones presidenciales y parlamentarias duraron dos días consecutivos. Por esta negligencia (¿o sabotaje?), los principales funcionarios de la ONPE se encuentran en este momento procesados penalmente.

Dadas estas características, al cierre del presente artículo el conteo oficial de la ONPE recién va al 76%. Sin embargo, a pesar de la sensación de incertidumbre que impera en la coyuntura nacional desde el día domingo 12 de abril, podemos plantear algunas conclusiones a modo de análisis con la información preliminar disponible.

Keiko Fujimori es la ganadora en la primera vuelta electoral

Este es un hecho, independientemente del desarrollo del cierre del proceso electoral. La encuesta de Ipsos (conteo rápido al 95%) la ubica en el primer lugar con 17,1%, y es muy posible que esto sea ratificado por los resultados oficiales emitidos por la ONPE. Este dato demuestra un hallazgo categórico: El fujimorismo sigue vigente en el Perú. A pesar de los probados antecedentes de corrupción y violación de Derechos Humanos, el fujimorismo no solo sigue presente, sino que, al parecer, viene sorteando acertadamente los desafíos propios de la crisis política en el Perú. La muerte del patriarca Alberto Fujimori ha decantado en la unificación del partido en torno al liderazgo de su hija Keiko, y las facciones que se presentaban en las elecciones presidenciales de 2021 parecen haberse diluido. Su slogan que pone en valor el “orden” cala en una sociedad peruana harta de los problemas sociales que la aquejan y la incapacidad de los partidos políticos para solucionar demandas como la seguridad ciudadana, entre otras. Hoy el fujimorismo está unido y fuerte.

Pedro Castillo y su gente, presentes

Si bien no con la contundencia de las elecciones de 2021, el voto de los simpatizantes del presidente Pedro Castillo Terrones, víctima del lawfare, se refleja en los resultados iniciales (conteo rápido de Ipsos) que colocan al candidato presidencial Roberto Sánchez, por el partido político Juntos por el Perú, en la segunda vuelta presidencial contra Keiko Fujimori. Lo interesante de este punto, más allá de reconocer o no el liderazgo de Pedro Castillo en un bloque de “izquierda” y/o progresista, es comprender las motivaciones que subyacen al arrastre que tiene Pedro Castillo en los votos que hoy día favorecen a Roberto Sánchez. Han pasado 5 años desde la elección donde Pedro Castillo salió victorioso en la primera vuelta electoral y todavía hay mucho que estudiar del electorado, inclusive desde el lado popular o de izquierda. Conviene recordar que una encuesta realizada cerca de la segunda vuelta disputada entre Pedro Castillo y Keiko Fujimori el año 2021, posicionaba como la principal motivación de los votantes del profesor Castillo el hecho que se parece a una persona común (“se parece a mí”), muy por encima de las motivaciones simplemente antifujimoristas. El pase de Sánchez a segunda vuelta deja una tarea necesaria – además de cuidar el voto porque definitivamente los grupos de poder tratarán de evitar una segunda vuelta con un candidato de “izquierda” – acerca de la comprensión del impacto de Pedro Castillo en el electorado popular de las regiones del Perú.

En el Perú los ejes Izquierda y Derecha son estériles para una real comprensión de la coyuntura electoral

Esta afirmación ya la indicábamos el año 2021 a partir del fenómeno que marcó el triunfo de Pedro Castillo en las elecciones presidenciales correspondientes. Por ello nunca caracterizamos al profesor Castillo como alguien de izquierda sino como un líder popular con sentido soberano y de justicia social. Asimismo, las motivaciones y preferencias que subyacían al apoyo popular del Perú No Oficial a Pedro Castillo parecían no encontrar coherencia con los linderos ideológicos de una identidad de izquierda en sentido estricto. Sería antojadizo e inexacto identificar a los votantes de Castillo como votantes de izquierda. En estas elecciones se vuelve a acentuar esta consideración, por ejemplo, si verificamos cómo se explica que en el sur peruano, siempre caracterizado como de izquierda, un candidato como Ricardo Belmont Casinelli (empresario, conductor y dueño de canal de Televisión y proveniente de unas de las familias más adineradas de la aristocracia limeña), haya erosionado un número significativos de votos que inicialmente deberían ir a Roberto Sánchez. Nuevamente, el problema parte de usar los ejes izquierda y derecha para la comprensión del Perú a partir de sus preferencias electorales. En el Perú contemporáneo la contradicción más evidente, y que se refleja con mayor contundencia desde las elecciones 2021, no es entre izquierda y derecha o, inclusive, en clave capital/trabajo. La contradicción principal supera la izquierda/ derecha y está más vinculada a problemas propios de la colonialidad y las relaciones entre Lima capital y las demás regiones del Perú.

La nueva derecha de Porky prepara el escenario de la siguiente batalla

Renovación Popular, liderado por el candidato Rafael López Aliaga, alcalde de Lima, que renunció a dicho cargo para participar de la contienda presidencial, viene trabajando desde hace algunos años para ocupar ese espacio que, en distintos países del continente latinoamericano, se viene recomponiendo: la nueva derecha. Hacer la referencia a la perspectiva continental no resulta gratuita en vista de que el proyecto político de este partido, que con los años ha podido crecer en términos de organización, apela a los mismos discursos que sus pares en Argentina, Brasil y los Estados Unidos. Su principal bandera es dar “la batalla cultural” contra lo “woke” (progresismo o como se denomina en Lima, lo “caviar”). Estas banderas, como se puede comprobar mientras la ONPE va publicando los resultados electorales, tienen asidero únicamente en Lima y algunos centros urbanos. Por ello, en estos momentos que el conteo va por el 76% de actas contabilizadas y que los votos de Lima y centros urbanos ya han sido agotados, se percibe un estancamiento en la tendencia del candidato López Aliaga, y un ascenso de Roberto Sánchez a partir de los votos de territorios rurales. Esto sumado a que, a diferencia de otros candidatos de derecha, López Aliaga, conocido popularmente como Porky, ha apelado a un discurso explícitamente racista contra las provincias andinas del sur peruano. Sin perjuicio de lo anterior y en vista que no pasará a segunda vuelta, siguiendo el estilo y manual de las “nuevas derechas” latinoamericanas y occidentales, Renovación Popular ya anuncia y denuncia un fraude electoral que, sin lugar a dudas, llevarán al plano judicial para darle continuidad a su plataforma organizativa y de movilización, principalmente en Lima, ante un próximo gobierno “espurio”.

Finalmente, a pesar de las tendencias en el avance del conteo de votos de la ONPE y encuestas con mayor prestigio que colocan a Roberto Sánchez como el contrincante de Keiko Fujimori en la segunda vuelta presidencial, nada está dicho en un país como el Perú que se encuentra sumergido en una grave crisis política. La tarea histórica está en cuidar el voto popular por Juntos por el Perú y trabajar en la propuesta de solución de los asuntos que urgen a los peruanos en lo cotidiano (seguridad, transporte, alimento, salud, etc.) y que sin duda tiene asidero en cuestiones estructurales de nuestro modelo económico, político y social.

Fuente: Globetrotter

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