El error de Pérez (y la responsabilidad de Kast)
Por Mauricio Vargas*
En diplomacia la ambigüedad no es herramienta: es exposición. El margen no es oportunidad: es vacío. Y el error no se corrige: se arrastra.
La reunión entre José Antonio Kast y Javier Milei en Buenos Aires dejó una declaración conjunta. Un texto breve, de apariencia rutinaria, escrito en el lenguaje clásico de la diplomacia. Ese lenguaje donde cada palabra fija posición, cada silencio abre espacio y cada omisión termina teniendo consecuencias.
Chile reiteró su respaldo a los “legítimos derechos de soberanía” de Argentina sobre las Islas Malvinas y los espacios marítimos circundantes. La reacción fue inmediata. No vino desde la polémica superficial, sino desde quienes conocen el oficio: diplomáticos, especialistas en derecho internacional y actores con experiencia en política exterior advirtieron que esa formulación, en el contexto actual, abría un flanco innecesario.
La respuesta del gobierno fue igual de rápida, pero no enfrentó el fondo de la crítica. Se refugió en la inercia: “se trata de una fórmula histórica, una política de Estado sostenida durante décadas”. Lo es. Y ese es el problema.
Porque, sobre todo en política exterior, la continuidad exige lectura del contexto. Cuando esa lectura falta, la continuidad deja de ser estabilidad y pasa a ser repetición. Y cuando la repetición reemplaza al análisis, lo que queda es automatismo. Eso fue exactamente lo que se cuestionó. Y eso fue exactamente lo que no se respondió.
Hoy esa frase opera en un entorno distinto.
Argentina ha avanzado de manera consistente en la proyección jurídica de sus espacios marítimos, en la consolidación de su plataforma continental y en la expansión de su narrativa soberana hacia el Atlántico Sur y la Antártica.
No es una interpretación alarmista. Es el marco en que hoy se inscriben este tipo de declaraciones. En ese contexto, “espacios marítimos circundantes” deja de ser una fórmula diplomática estándar y pasa a ser una categoría abierta. No delimita. No acota. No protege. Deja disponible. Y en política internacional, lo disponible se usa. Ese fue el punto levantado por quienes conocen la práctica internacional.
No una objeción ideológica, como quiso dar a entender el gobierno, sino técnica: la ausencia de una cláusula de resguardo en un contexto distinto al de hace dos o tres décadas.
Chile mantiene sus límites. Ha firmado nada que los altere. Pero firmó también una declaración sin una sola línea de resguardo. ¿Hay precisión? Ninguna. ¿Hay reserva? Ninguna. ¿Hay delimitación? Ninguna.
Nada establece, de manera explícita, que ese respaldo deja intactas las posiciones propias ni los tratados vigentes. Aquí aparece la regla en diplomacia, que la crítica experta conoce y el gobierno parece ignorar: lo que no está escrito, no existe.
No existe como límite. No existe como defensa. No existe cuando otro Estado decide convertir ese texto en argumento propio.
Por eso lo ocurrido en Buenos Aires no es continuidad. Es repetición sin adaptación en un contexto que ya cambió. Y ese tipo de error no es menor. Es exactamente el tipo de error que un canciller debe evitar.
Pero Francisco Pérez llega a la Cancillería sin trayectoria diplomática, sin formación en derecho internacional, sin experiencia en negociación entre Estados. Esa carencia fue avisada antes de su nombramiento. Y lo que ocurrió en Buenos Aires confirma esa advertencia.
Porque lo que se le exige a un canciller no es sólo gestión. Es, en especial, criterio. Criterio para leer el contexto. Criterio para medir el alcance de una frase. Criterio para saber cuándo una fórmula deja de ser inocua. Eso fue exactamente lo que faltó.
Pérez llega desde el mundo empresarial, desde una lógica donde la ambigüedad puede ser funcional, donde los márgenes se negocian y donde los errores se corrigen con el tiempo.
Ese marco mental no es neutro. Trasladado a la política exterior, produce resultados concretos.Porque en diplomacia no hay borradores. No hay aclaraciones posteriores que corrijan lo que quedó firmado. La ambigüedad no espera ser resuelta: opera desde el momento en que otro Estado decide leerla a su favor.
Y entonces ya no es un margen: es una cesión.
Eso no es una opinión. Es precisamente lo que advirtieron quienes reaccionaron desde el ámbito diplomático y jurídico tras la firma del acuerdo. Y eso es lo que no fue respondido. No hubo cesión explícita. Afirmarlo sería incorrecto.
Pero tampoco hubo rigor suficiente en el único punto donde el rigor era exigible. Y esa combinación -advertida y desestimada- es la que abre el riesgo.
Reducir el dilema al canciller sería un error de diagnóstico. La política exterior la dirige el Presidente. Y lo ocurrido en Buenos Aires no aparece como un hecho aislado, sino como parte de una forma de aproximarse a las relaciones internacionales de José Antonio Kast que también ha sido objeto de crítica.
Una lectura simplificada, con fuerte carga ideológica, alineada con liderazgos como Javier Milei, Viktor Orbán o Donald Trump, donde la afinidad parece reemplazar el cálculo.
El problema es que ese eje no se está consolidando: está tensionado por hechos recientes. En Argentina, el gobierno de Milei ha enfrentado un deterioro visible en su respaldo y tensiones políticas que alcanzan incluso a su propio sector.
En Estados Unidos, Trump ha profundizado un estilo de conducción errático que ha generado fricciones públicas dentro de su entorno.
Y en Europa, Viktor Orbán -referente durante 16 años de ese mismo eje- sufrió una derrota electoral estrepitosa, que él mismo reconoció prontamente, dados los resultados; cerrando un ciclo político que parecía inamovible.
No se trata de afinidades estables, sino de liderazgos sometidos a desgaste real, controversia abierta y reconfiguración de poder.
En ese contexto, construir política exterior sobre cercanía ideológica no sólo simplifica el escenario: lo distorsiona. El sistema internacional no opera sobre afinidades. Opera sobre intereses. No se estructura sobre cercanía. Se estructura sobre equilibrios.No se sostiene en intuición. Se sostiene en precisión.
Cuando esa diferencia se pierde de vista, lo que ocurre es lo que se vio en Buenos Aires: decisiones subestimadas, advertencias desoídas, textos firmados sin cerrar. Y eso no es un detalle. Es una señal de incomprensión. Esa aproximación básica de Kast al entorno fue descrita, incluso recién electo, desde el mundo académico. En una columna de enero, el rector Carlos Peña lo retrató como un “vecino despojado de abstracciones”, aludiendo a Desde el jardín, tras un encuentro con integrantes de la Academia de Ciencias Sociales, Políticas y Morales.
Esa forma de entender las relaciones en clave doméstica -como si se tratara de un almuerzo entre vecinos- revelaba, para Peña, una “alergia a la abstracción” que lo alejaba del perfil clásico del político que piensa en términos internacionales.
Ese mismo registro es el que se vio en Buenos Aires. Tanto o más inquietante es que el episodio circuló con bajo o casi nulo impacto. Sin debate proporcional. Sin la tensión que generó en los círculos especializados. Como si se tratara de un trámite menor. Ese desfase importa. Porque revela una desconexión entre quienes entienden el alcance de estas decisiones y quienes las minimizan.
Una élite que supone que la experiencia empresarial basta. Un gobierno que reduce la diplomacia a gestión. Y un canciller que firma sin cerrar, sin advertir.
Eso es lo que ocurrió. Y eso es lo que se advirtió. No fue un traspié puntual. Es algo más estructural: una señal de incapacidad. Porque la política exterior no sanciona de inmediato. Acumula. Las omisiones se registran. Las ambigüedades se interpretan. Los textos se reutilizan. Y cuando eso ocurre, el costo aparece. Ahí, donde el debate ya no es interno.
Donde la interpretación ya no depende de Chile.Porque en diplomacia el tiempo relevante no es el de la firma, sino el de la consecuencia: cuando un texto firmado sin cerrar, sin resguardo y sin advertencia deja de ser propio y pasa a ser utilizado por otro como fundamento de su posición.
Ahí el margen deja de ser teórico. Se vuelve condicionante. Y en ese punto, ya no se trata de lo que Chile quiso decir. Se trata de lo que dejó firmado.
Al final, se trata sólo de eso: de lo que se firmó.
Porque en diplomacia, lo que no está escrito, no existe.
POLITIKA
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