Por: José Luis Garcés González

La “paz total” es una hermosa y necesaria aspiración. Es ética y es constitucional. Se requiere para construir una sociedad libre de miedos y de traumas mayores. En la cual el pensamiento independiente o diferente no signifique un delito. Y no conduzca, como ha venido sucediendo, a la persecución o a la muerte.

La paz con todos los actores armados ilegales, es un proceso diverso, pero posible. Y ojalá haya la suficiente racionalidad y perspectiva de futuro entre los irregulares, para acoger la propuesta del Pacto Histórico. En esa estrategia está postulado nuestro porvenir. No solo el de “los nadie”; el de todos. Otros sesenta años de guerra serían el colmo de la estulticia nacional. Ni los que atizan el fuego, quedarían para echar el cuento.

Pero hay que luchar, también, por conseguir la otra paz: la “paz individual”. Ya sea que se llame paz ciudadana, paz civil, paz familiar, paz municipal, paz barrial, o como quiera llamarse. Para ello hay que desmontar el odio entre la ciudadanía, y remozar la escala de valores. Parece que el cuerpo nuestro llevara, parafraseando un verso del poema El tango del viudo, de don Pablo Neruda, “un perro de furia asilado en el corazón”. No hay duda: en esa rabia continuada hay algo que está descompuesto, o podrido, en el alma de los colombianos.

Todo, o casi todo, desde las diferencias económicas hasta las discusiones de fiesta, deriva hacia el huracán de la violencia. Han sido desconocidas o postergadas la decencia, la ley y la palabra. El atento “perro de furia” no conoce o no acepta otro método para dirimir los conflictos. El caso del profesor Hernán Castrillón, ocurrido hace poco en Medellín y reseñado por la prensa nacional, es un ejemplo salvaje y lamentable. Y quien tenga alguna duda acerca de nuestra anomalía existencial, que se vaya al otro extremo: que recuerde el 5 de septiembre de 1993, fecha en que Colombia goleó a Argentina por cinco a cero en la misma Buenos Aires. La victoria fue celebrada esa noche con ochenta muertos. Paradójicamente, la eliminación para este mundial de 2022, según parece, no ocasionó ningún herido. Entonces la ecuación es: cuando ganas, te enloqueces; cuando pierdes, te sosiegas. ¿Hasta dónde las condiciones socioeconómicas deplorables de la mayoría de nuestra población determinan estos torvos comportamientos? Que los profesionales de la psiquiatría intenten solucionar esta contradicción, y nos digan qué mecanismo torcido o invertido hay en el alma de este pueblo.

Urge, entonces, como complemento de “la paz total”, que se estructure un plan civilizatorio para las relaciones interpersonales. Un plan de educación cívica o de conciencia personal o de cultura ciudadana o de convivencia social e individual o como quieran llamarlo, que nos lleve a la revisión profunda de nuestras actitudes personales. Un plan que nos enseñe o nos recuerde cuáles son los valores y cuál es la forma correcta de divulgarlos y defenderlos. Un plan educativo para hombres y mujeres de todas las edades y de todas las condiciones, que nos insista en la verdad que donde hay derechos, también hay deberes. Y que el primer derecho es el derecho a la vida, y el primer deber es el respeto a la vida.

Aunque no parezca urgente, es absolutamente necesario educar, instalar y practicar la “paz individual”, desde ya. Ejercer el deber de respetar el derecho ajeno, como enseñó Juárez. Sin esa paz individual, hecha conciencia y práctica, la paz política, planteada por el presidente Petro, se vería saboteada o alterada por las relaciones violentas entre las personas para pretender resolver los antagonismos cotidianos. El Estado tiene diversos medios, desde la escuela hasta la televisión, para iniciar la tarea sistemática de construir una relación decente, civilizada, consciente, solidaria, amigable y pacífica entre todos los estamentos de la sociedad colombiana. El trabajo no es breve ni es fácil. No nos echemos mentiras. Pero hay que empezar ya. De poco vale desterrar el infierno de la guerra, si nos quedan vibrantes y llameantes, en el alma individual, millares de enfurecidos incendios.

Montería, agosto de 2022.