Por: Rodrigo Uprimmy Yepes

Hoy es y debe ser un día de esperanza y celebración para todos los demócratas en Colombia por la posesión de Gustavo Petro y Francia Márquez, a pesar de la dificilísima coyuntura y los enormes retos que enfrentará el nuevo gobierno.

Los desafíos son monumentales. Sólo mencionemos uno: el gobierno heredó una de las peores situaciones macroeconómicas de las últimas décadas. El déficit fiscal y el de cuenta corriente así como la deuda externa son altísimos; la inflación es también fuerte. Esto, en la ortodoxia económica, debería llevar a un ajuste fiscal doloroso con reducción del crecimiento. Sin embargo, esa “solución” es socialmente imposible, por las demandas de igualdad y reducción de la pobreza expresadas en el estallido social y que por ahora han sido canalizadas con la elección de Petro y Francia.

Afortunadamente ese dilema tiene solución y el gobierno la tiene clara: aprobar la reforma tributaria estructural que Colombia requiere y ha aplazado. De esta manera lograríamos un sistema tributario más simple, eficiente y realmente progresivo, en que la evasión pueda ser reducida y las personas de altos ingresos paguen tarifas efectivas mayores: así el gobierno contaría con los dineros que requiere para la transformación social, sin poner en riesgo la estabilidad macroeconómica y sin que los nuevos impuestos recaigan sobre la clase media o los sectores populares. Pero esa reforma tributaria no será fácil de lograr, pues implica eliminar privilegios tributarios de sectores poderosos.

A pesar de estos enormes retos, hoy es un día de celebración, pues la posesión de Petro y Francia muestra que nuestra democracia, aunque débil y con distorsiones, es real: si no existiera, este gobierno de izquierda y transformador no hubiera llegado nunca al poder. El reto es entonces profundizar nuestra precaria democracia y armonizarla con la puesta en marcha de las transformaciones sociales que Colombia necesita y que este gobierno encarna. Aquí hay una nueva razón para emocionarse y alegrarse, y es que Petro está demostrando, con sus decisiones como presidente electo, un compromiso claro por armonizar el progresismo de izquierda con el respeto del Estado de derecho.

Esta relación entre Estado de derecho y progresismo ha sido en ocasiones tensa y desafortunada. Algunos gobiernos de izquierda han visto en el Estado de derecho y la separación de poderes unos límites insoportables a los proyectos de cambio social y mayor igualdad social. Y han roto esas restricciones constitucionales instaurando gobiernos autoritarios o francamente dictaduras, como ha sucedido en Venezuela o Nicaragua.

Este sacrificio del Estado de derecho es inaceptable, no sólo porque las libertades democráticas son en sí mismas valiosísimas, sino porque los resultados económicos y sociales de esos regímenes autoritarios de izquierda han sido muy pobres. Pero existe otra tradición de izquierda, que es la que muchos apoyamos, que es profundamente democrática, como la representada por los socialismos europeos o, en América Latina, por gobiernos como los de Bachelet, Lagos y Boric en Chile, o en su momento el Frente Amplio en Uruguay.

Petro, como presidente electo, está demostrando con sus nombramientos su llamado a un gran acuerdo nacional y su abandono de la nefasta idea de usar los poderes de excepción para enfrentar la crisis social, que se inscribe en esa izquierda democrática y que se distancia de los populismos autoritarios de Ortega o Maduro. Por eso, aunque vienen épocas difíciles, hay grandes motivos para celebrar. Un buen momento para releer el “Elogio de la dificultad”, el bello y profundo ensayo de Estanislao Zuleta que le gustaba citar al presidente saliente Duque, pero que probablemente nunca leyó.