Por Alberto Pinzón Sánchez.  

El profesor universitario Francisco Toloza iniciaba su artículo analítico sobre la situación post-electoral en Colombia, titulado “Crisis hegemónica y riesgos de recomposición” (23.07.22), aparecido en Rebelion.org con el siguiente enunciado, en el cual subrayo en negrita dos de sus principales aspectos :

..La victoria de Petro en las elecciones presidenciales colombianas combina, al mismo tiempo, aspectos realmente novedosos en el marco de la crisis estructuraldel régimen santanderista con la persistente receta gatopardista y frentenacionalista, con la que la oligarquía ha logrado mantener sin revoluciones ni reformas sustanciales a nuestro pueblo por más de 200 años a diferencia del resto del continente.El ascenso del Pacto Histórico nace preñado de contradicción, y es un campo en disputa, con proyección aun incierta, aunque innegablemente con correlaciones de fuerza dispares al iniciar su gestión gubernamental”https://rebelion.org/crisis-hegemonica-y-riesgos-de-recomposicion-en-colombia/

Y es precisamente este 7 de agosto /22 , día del ritual de posesión en Bogotá del nuevo presidente elegido, dónde y cuándo, se puede confirmar la conjunción de los DOS elementos enunciados por el académico Toloza: la Crisis estructural del régimen santanderista que lleva 192 años exactos de dominación, explotación y guerra de despojo, uno de cuyos principales elementos es la crisis de legitimidad de dicho régimen, y otro, el campo de disputa y contradicciones que ha abierto su movimiento real en la sociedad.

Y es tal la Crisis de legitimidad del Régimen colombiano, que el nuevo presidente Petro para tratar de darle continuidad histórica, ha debido “relegitimar” completamente la simbología del Poder el día de su posesión como presidente.

Ya no era suficiente, para el tradicional ritual de la transferencia del Poder republicano, las vestimentas extravagantes y chillonas, las zalamerías e hipocresías del besamanos de los cepilleros y lagartos, las fajas y bandas tricolores, la larga alfombra roja y los juramentos militares de rigor. La fecha del 7 de agosto (día en el que se conmemora la batalla de Boyacá dada en 1819, hace 203 años, cuando el abnegado y leal ejército patriota conducido por el libertador Simón Bolívar en una sorprendente y heroica hazaña militar y humana, desde las tórridas llanuras del Orinoco trasmonta el helado páramo de Pisba y sorprende en su propia retaguardia al ejército Realista en el altiplano cundiboyacense para derrotarlo definitivamente y poner en fuga al Vi-Rey español) hizo necesario introducir una nueva simbología re-legitimadora ante los ojos de la gran multitud cívica y popular, campesina, étnica indigena y afrocolombiana, de género, lgtb, etc y de trabajadores rasos que llenaron las plazas de las ciudades colombianas, quienes esperanzados y sobre todo expectantes seguían la ceremonia in situ, tanto en la plaza de Bolívar y el capitolio nacional, como en las diferentes mega-pantallas instaladas en los centros de las principales ciudades colombianas, para que las imágenes de la transferencia del Poder presidencial llegara a lo más profundo del país.

Pero, resaltemos. Ya no era la pantalla del teléfono celular o móvil que acapara obsesivamente la permanente atención “alienada” (enajenada) de su poseedor. Atención humana ya convertida en una mercancía más de la información; sino una mega pantalla oficial transmitiendo por “la tevestat” o televisión del Estado el mensaje de posesión en doblelengua (como lo describe el distópico George Orwell en su inquietante ficción-real de 1984). Doble lengua garciamarquiana de “realismo y ensoñasión”, bastante conocida por el sufrido, masacrado y despojado pueblo colombiano, a través de los dichos del popular “Chavo del ocho“, quien enseñó a toda una generación de latinoamericanos que “cuando decía una cosa tambien decia la otra”.

Definitivamente no es bueno confundir la literatura con la política: Vargas Llosa es un buen ejemplo de lo que sucede con esos amasijos.

A la “legitimidad aportada por hecho militar histórico del 7 de agosto de 1819, se le debía dar realce 203 años después, presentando la “espada de Bolivar” con la que supuestamente derrotó al rey de España. Y, digo supuestamente, porque a buena hora de discusión (aunque aún no sabemos con qué otros fines se hizo la publicación), en el importante diario El Espectador ( 9 de agosto/22), el periodista de lo Cultural Andrés Osorio Guillot escribe lo siguiente :

…. Sobre la espada que marcó la posesión de Petro…existen teorías conspirativas que señalan que esta puede ser una réplica y que la original se perdió tiempo después del robo del M19 a la casa quinta de Bolívar. Sinembargo, más allá de la versiones que al objeto que estuvo en el centro de la tarima en la que el mandatario se dirigió a políticos y ciudadanos el pasado domingo, el símbolo del mismo refuerza la importancia de las ideas de Bolívar y recuerda lo sucedido en la noche del 17 de enero de 1974, cuando el movimiento revolucionario M19 robó la espada …” ( ver https://www.elespectador.com/el-magazin-cultural/la-espada-de-bolivar-su-historia-y-su-simbolo/

No creo que una espada (y más si es una réplica de una espada refundida en una expropiación y profanación ) refuerce el vigoroso pensamiento político-integral del Libertador, tan vigente hoy más que nunca. El espíritu bolivariano, su decir y hacer, ya es tan amplio y profundo no solo en nuestramérica sino en el mundo, que hoy resulta poco más que ilusorio tratar de encajarlo en una urna de cristal, donde yace una réplica de una de las tantes espadas que utilizó en su batalla contra el Colonialismo depredador y exterminador de inicios del Capitalismo como Modo de Producción.

El viento de la historia colombiana se hubiera podido reforzar, por ejemplo, poniendo al lado del Libertador Bolívar, a aquel formidable dirigente político comunero desmenbrado y descuartizado brutalmente (junto con sus más leales compañeros) por la Corona española y por su ejecutor el Pérfido y Traidor Arzobispo Virrey Caballero. Dirigentes populares hasta el final, todos, de aquella primera gran insurrección popular de los Comuneros de 1781, ocurrida en la Provincia oriental del Socorro, 29 años antes de la declaración de la independencia del virreinato de la Nueva Granada, y que constituyó el inicio del proceso anticolonialista en nuestra actual Colombia, al haber llegado con su protesta multitudinaria de masas a las puertas mismas de la capital y del Poder virreinal y a plantear lo que puede ser considerada como la primera constitución popular, propia y americana, escrita en sus “Capitulaciones de Zipaquirá” ciudad donde, se sabe, Petro estudió su bachillerato justo en frente de la Catedral donde se traicionó a los comuneros con una misa campal.

Pero revitalizar la real y verdadera Historia de Colombia no era el objetivo convocante del ritual. Se trataba, como lo hemos dicho, de un acto bastante limitado de re-legitimación del ritual histórico dominante de traspaso del Poder presidencial. De darle continuidad al régimen agónico y al Estado financiero, guerrero y dependiente que lo relaciona y lo cohesiona. De reforzar las componendas y repartijas como hoy se llama la gobernanza o la gobernabilidad posible, en un ambiente de disputa o como dice el profesor Toloza, de “recompocición“ del régimen capitalista de explotación, dominación y despojo continuado, pero esta vez, bajo otros parámetros más soportables, aceptables o, menos oprobiosos.

En todo caso; viendo en la tarima presidencial de Bogotá al rey de todos los españoles, su majestad Felipe VI, impávido y lívido, imperturbable e inconmovible en su soberanía personal, dejando pasar sentado en su silla de honor la espada de Bolívar ( o su réplica , lo que sea), me vino a la memoria aquella vieja cita que nos gusta repetir a todos los marxistas: “De que no es conveniente ni se debe jugar con la Historia, porque ya se sabe de antemano bajo cuál forma es que se repite.

Fuente Imagen: Internet. El Colombiano.com