Entre el 25 de enero y el 18 de julio de 1861, Juan José Nieto fue presidente, el primer y único mandatario negro en la historia de Colombia.

En esa época, lo que ahora es el territorio colombiano era parte de la Confederación Granadina, que además incluía a Panamá.

Todos los mandatarios que ejercieron el poder durante esa época (1858-1863) fueron reconocidos como presidentes de este país, menos él.

Nació en un tiempo de revoluciones que le permitió ascender social y políticamente. Su vida fue convulsa: la dedicó a ser partícipe de guerras y transformaciones.

Juan José Nieto Gil fue decisivo en el papel de la Costa Caribe en el desarrollo del país, uno de los primeros escritores colombianos, uno de los mayores defensores del federalismo y personaje de las guerras civiles de mitad del siglo XIX. Tuvo una vida de novela al pasar de nacer al pie de un árbol a ser presidente de la Confederación Granadina, y aunque la historia le ha hecho justicia a su nombre, por muchos años se ignoró una característica que lo hacía único en la lista de los mandatarios colombianos: fue negro.

Ser el único presidente de piel morena en la historia de Colombia no fue el único ni el más difícil de los esquemas sociales que tuvo que romper Nieto Gil a lo largo de su vida, en el siglo XIX, para convertirse en un decisivo estadista y destacado personaje público de la historia nacional.

El sociólogo barranquillero, Orlando Fals Borda, uno de los principales referentes colombianos en esa materia, fue quien reconstruyó la biografía más nutrida de Juan José Nieto a quien dedicó uno de los tomos de la Historia doble de la Costapor la importancia que representó para ese sector del país.

Allí se narra que nació en el seno de una familia pobre conformada por Don Tomás Nicolás y doña Benedicta, tres hermanas y un varón que vivían en una casa de palma en Baranoa. Entre los muchos oficios que se acostumbraban para la época en las familias pobres, el padre era partero, albañil y era apodado “el general Mecha” porque fabricada mechas de algodón que iba a vender junto a su mujer en los pueblos cercanos y, de vez en cuando, en Cartagena.

Fue en uno de esos viajes del 24 de junio de 1804, cuando Benedicta estaba en cinta, cuenta Fals Borda, que nació Juan José. Ella se recostó a la sombra de un árbol matarratón y con la experiencia de partero del padre, pudo a dar a luz a un hijo que, si no llevaba el pan debajo del brazo, lo iba a conseguir, por inteligente y buen mozo, en el futuro.

Su familia y las del pueblo Baranoa eran personas libres para entonces, indígenas, mestizos y negros que vivían de oficios varios y los vientos soplaban a su favor. Eran tiempos de revolución y los años posteriores abrirían el camino para que un negro como Juan José Nieto accediera a educación y fuera acogido por la élite.

Una vida revolucionaria

Las guerras entre patriotas y realistas desde 1811 tras el grito de independencia y la pacificación española que entró por la Costa Caribe, llevó a la familia Nieto Gil a trasladarse a otra ciudad en busca de seguridad. Terminaron estableciéndose en Cartagena, una importante ciudad puerto que empezaba a desvanecerse a causa del conflicto y con ella surgía una nueva organización social.

Una mujer es el motivo por el cual en la actualidad se conoce y se estudia a Juan José Nieto Gil”, dice la historiadora en ciencias del arte Nathalie R. Goldwaser Yankelevich, porque su ascenso no habría sido posible si no se hubiera casado con María Margarita del Carmen Ponce de León.

Ni siquiera ella habría sido tan clave en la sociedad cartagenera en otro tiempo. Era hija de un comerciante canario llamado Juan José Ponce de León que se había ganado una posición en la naciente nueva burguesía republicana, luego de que se aboliera el sistema de castas con la revolución y la élite cartagenera española partiera a destinos más prósperos.

Juan José Nieto llegó a codearse con la élite porque era “medio entrón y medio liso”, dice Fals Borda. Que tenía fama de fiestero y mujeriego, en parte porque su ascendencia triétnica lo había hecho fornido, de piel trigueña oscura, de ojos verdes, “nariz recta y amplia, labios finos, cejas arqueadas y cabello negro medio rizado”.

Además, desde niño había cultivado un gusto precoz y autodidacta por la lectura que lo llevó a leer desde la biblioteca de la iglesia de su pueblo, el texto decisivo para su pensamiento posterior Catecismo de Juan Fernández de Sotomayor y Picón o incluso, posiblemente también a Rousseau, Voltaire, Chateaubriand o De Sue.

Con las ideas del contrato social, la libertad, los derechos del hombre de la literatura que había leído y el recuerdo vívido de una sociedad costera próspera venida a menos por la monarquía; Juan José Nieto Gil se convirtió en un férreo opositor de la tiranía por lo que escribió después un folleto en el que plasmó que la insurrección era el más sagrado de los deberes del pueblo ante un tirano que debía ser muerto al instante por los hombres libres.

Antes de dar el paso a la política, Nieto Gil ya contaba con un considerable apoyo popular y de la clase comerciante que era la nueva burguesía. Se había dedicado a escribir y asistir a fiestas donde conoció a la mujer con la que se casó por segunda vez tras la muerte de su primera esposa. Contrajo nupcias con Josefa Teresa Plácida de los Dolores Cavero y Leguina, de una de las familias hacendadas más pudientes de la época.

No fue sino hasta la elección de José Ignacio de Márquez que decidió dar el paso a la política. Consideraban que continuaban los vientos tiránicos al quedar su amigo íntimo José María Obando fuera del gobierno y él fuera de la Cámara de Representantes pese a hacer sido el más votado, dice Fals Borda.

Por ese tiempo desarrolló la producción literaria más abundante en cartas y artículos de prensa en los que defendió el federalismo como la organización política más acorde para el país. Un completo texto de la Geografía del Caribe y varios ensayos en los que expuso su postura.

La llegada de las guerras

Pero esas ideas que no fueron tenidas en cuenta y su decisión irrevocable de combatir como fuera a los tiranos lo llevaron a ser parte de la Guerra de los Supremos. Fue nombrado capitán y levantó múltiples pueblos a la orilla del río Magdalena, pero su destreza era mayor con las letras que las armas, y en la primera batalla que participó en Tescua el 1 de abril de 1841 cayó herido y fue capturado.

Fue expulsado y llegó al destierro posterior en Jamaica. En la nostalgia de su tierra, escribió tres textos cercanos a la novela y al romanticismo, aunque faltos de expresiones poéticas, Rosina o la prisión del castillo de Chágres (1842), Ingermina o la hija de Calamar (1844) y Los Moriscos (1845), por los que algunos reseñistas lo consideran (como Pineda Botero) el primer escritor colombiano. En ellas le da voz a los subalternos, a esa clase pobre y mestiza de la que siempre estuvo orgulloso y a la mujer.

Además, en la ciudad de Kingston, profundizó su tradición masónica y ascendió dentro de la misma organización. Ayudó a fundar la Logia La Concordia y fue nombrado Venerable Maestro y comendador en las Américas, narró Fals Borda. Poco después, se firmó en el Congreso de Colombia, durante el gobierno de Tomás Cipriano de Mosquera, una amnistía para generar la paz, que permitía a Nieto el regreso al país, tras tres años de exilio.

Para 1849, Nieto Gil fue nombrado Jefe Político del Cantón de Cartagena por su amigo entonces gobernador de la provincia José María Obando, en parte como compensación a la lucha liberal que lo había llevado al destierro. En ese tiempo tuvo que encargarse de la “peste del tablón”, un mortífero brote de cólera que llegó a la Costa y mató hasta 30 pobres diarios. Incluso, fue gobernador encargado mientras el general cayó enfermo de otros virus.

En 1951 fue ratificado en el cargo de Gobernador, sin haber terminado su periodo como representante a la Cámara, lo que le dio la oportunidad de presidir “el día más solemne, el día más bello que ha tenido la República”: el 1 de enero de 1852 cuando en la Plaza del Matadero formalizó la emancipación de la población negra esclava.

El golpe de Estado desatado por el general Melo a mediados de la década de 1850, por la división de liberales y la oposición conservadora a su predominio. En ese tiempo, se fortaleció un rumor que ya había involucrado a Nieto Gil desde su reelección como gobernador en 1854 como un conspirador para ganarse el poder en la gobernación de Bolívar.

Se desató la guerra civil y política en la que Nieto Gil fue incluso llamado conspirador, por un pronunciamiento con el que intentó evitar una sangrienta batalla en Cartagena al iniciar el golpe del general Melo. Se enfrentó al capitán Pío Ricaurte, de la Guardia Nacional de Cartagena quien había enfilado armas para dar la orden de disparar en su contra y firme se hizo obedecer para evitar una tragedia.

Pero finalmente el 12 de junio de 1954, asediado por las tropas de Mosquera, y dado el avance de los revolucionarios en Bogotá, decide renunciar a cualquier oposición y depuso las armas por lo que luego fue procesado por prevaricato.

En 1959 Nieto fue declarado el líder de la revolución liberal contra el Gobernador conservador Juan Antonio Calvo y tras la victoria, convocó un Asamblea Constituyente en 1960 que lo eligió después Presidente provisional del Estado Soberano de Bolívar.

Tras la guerra civil desatada por Mosquera en el Cauca, Nieto Gil como presidente del Estado de Bolívar se separó de la Confederación Granadina y se unió a quienes tomaran la misma determinación con el alzamiento que iniciaba en el sur del país. Juntos eran considerados los patriarcas federalistas, la única coincidencia, entre otras tantas asperezas que por más intentos no lograron limar.

En medio de la guerra liberó al Magdalena y luego, el 25 de enero de 1861, cuando se desconocía el paradero del general Mosquera, se declaró en ejercicio del Poder Ejecutivo de los Estados Unidos de la Nueva Granada por decreto para preservar la unidad del estado que había presidido el general. Además, porque requerían destinar recursos a los Ejércitos para la avanzada hacia Antioquia.

Nieto Gil estuvo encargado hasta julio, meses que le permitieron los primeros retratos como mandatario. En ellos, su tez morena y sus rasgos fueron blanqueados, en una aparente ocultación de su real apariencia física, que no fue sino hasta la investigación de Fals Borda, que se conoció el verdadero retrato.

Uno de ellos fue enviado a Francia para que lo arreglaran, al parecer, con la banda presidencial pero nunca se exhibió. Fue el sociólogo quien lo halló durante la investigación de la vida del líder costeño en los calabozos del Palacio de la Inquisición. El hallazgo fue trasladado para su restauración en el que se encontró que habían sido puestas varias capas que terminaron por blanquear al único presidente negro de Colombia.

Sin embargo, la enemistad con Mosquera, quien retomó el gobierno el 31 de marzo siguiente y entró triunfante a Bogotá, le cobró el reconocimiento. Consideró que su autoproclamación era un peligro para sus posteriores aspiraciones presidenciales, por lo que habría impedido sus retratos fueran exhibidos en la galería de presidentes del Palacio hasta mucho después cuando original volvió a hacer parte de la historia.

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