POR: DORIS ARBELÁEZ (Antropóloga – Musicóloga)

Llevamos años escuchando sectores furibundos repitiendo que Gustavo Petro es un guerrillero, es un comunista y que no hizo nada bueno en Bogotá, entre otras acusaciones carentes de toda argumentación medianamente sólida. Esas masas siguen el dictado de algunas voces poderosas interesadas en destruir la imagen de uno de los pocos políticos que ha enfrentado con increíble valentía y coherencia a un sistema corrupto y antidemocrático.

Ese adoctrinamiento llevó a una ‘petrofobia’ irreflexiva y visceral que prefiere ver al país ardiendo en guerras, masacres, inequidad y violación de derechos humanos básicos, antes de dejar gobernar a ese “satanás” contemporáneo que las élites poderosas se inventaron astutamente para que se anidara en el pensamiento mítico de un pueblo que poco lee, poco reflexiona, pero repite y obedece con facilidad.

Otro sector de la sociedad, ese que ha vivido cómodamente de una pusilánime crítica al sistema, y por esa misma razón no le interesa que nada cambie, inventó la figura de “Mesías”, para caricaturizar y subestimar esa fuerte relación de representatividad e identificación que se ha construido en la trayectoria política de Gustavo Petro con las luchas de un pueblo acostumbrado a vivir sin derechos y sin sueños.

Hablo desde mi posición de mujer librepensadora que tuvo el privilegio de acceder a la educación superior de calidad, enfrentada a los obstáculos del machismo, el clasismo y otras formas de exclusión y violencia de esta sociedad. Me declaro fuera de todo rebaño y de toda doctrina, libre de las figuras de “mesías” o “demonios” que, tristemente, siguen alimentando el escaso análisis y la desbordante emocionalidad en la percepción colectiva de nuestra realidad.

Para entender el momento histórico que estamos viviendo como país, creo que es necesario analizar lo que representa la figura de Petro, ni como demonio, ni como mesías, sino como un ser humano lleno de complejidades, asombrosamente valiente, muchas veces equivocado, indudablemente inteligente y profundamente demócrata. Tal vez, lo más admirable es la manera como él ha intentado construir su pensamiento político a través de la comprensión del OTRO.

La dimensión política que conforma nuestra condición humana no es posible sin la conciencia de esa otredad, de la manera cómo entendemos a los otros. Algunos limitan su pensamiento político a tomar partido por tal o cual personaje que los beneficiaría a ellos y a sus círculos cercanos. He visto cómo algunas personas asumen una posición política basándose exclusivamente en su vivencia personal como el punto de partida de lo que es ‘verdadero’ o lógico. Desde esta visión, esas personas piensan que los derechos de los otros, son problema de esos otros, mientras sus intereses no se vean afectados. Así se ha construido el pensamiento de ‘lo político’, impidiendo el desarrollo de una verdadera y profunda dimensión política de la vida.

La educación es un terreno de lo social en el que la comprensión del Otro se pone en juego en toda su magnitud. Entre 2013 y 2015 viví una de las experiencias más enriquecedoras para mi vida, cuando fui docente de música en el Programa de Jornada Educativa 40 horas, o 40X40, implementado por la alcaldía de la Bogotá Humana de Gustavo Petro. Este programa permitió que miles de niños y niñas de los estratos 1 y 2 en Bogotá tuvieran acceso a una jornada extendida en la que participaron de procesos de formación en artes, música, teatro, danza, literatura, idiomas, deportes, etc.

¿Qué tenía de especial ese programa? Una transformación epistemológica que buscó fortalecer el tejido social a partir del saber; un concepto de formación integral del ser humano y de las formas de transmisión de ese saber en una sociedad moderna y democrática; una concepción revolucionaria sobre el derecho a la educación de calidad para todos; una concepción del Otro, como un sujeto digno, creativo, cuyo derecho es el desarrollo pleno y la felicidad. En esa visión del Otro, las personas no son “hombrecitos” ni “mujercitas”, destinadas a trabajar tristemente durante toda su vida para pagar un arriendo o un préstamo, sin derecho a proyectar su vida más allá de ser la mano de obra barata de otro que supuestamente sí logró esos derechos. Esa visión tampoco traza para los Otros el destino de empuñar las armas dispuestos a matarse entre sí para defender los intereses de sus poderosos patrones o dirigentes.

Todos los docentes del Programa de Jornada Educativa 40 horas de la Bogotá Humana éramos profesionales en nuestras áreas, algunos con especializaciones y maestrías. Muchas niñas y niños que asistieron al programa jamás habían recibido una clase de artes, deportes o idiomas; no habían tenido acceso a muchos instrumentos musicales ni sabían de su existencia; no habían tenido el privilegio de apreciar muchos géneros musicales más allá de lo que se habían visto obligados a consumir en su entorno; jamás habían ocupado su tiempo libre en procesos creativos y de calidad formativa; nunca habían soñado con la posibilidad de hacer alguna carrera profesional que los hiciera felices; no habían tenido el privilegio de ocupar su tiempo preparando con emoción una presentación donde ellos desplegarían su talento y su expresividad; jamás imaginaron que sus padres (muchos de ellos maltratadores) se sentirían igual de emocionados y orgullosos viéndolos en un escenario, siendo felices.

Entonces, esos que sólo parlan sobre el crecimiento de la banca y del cemento, vociferaban: “Petro no hizo nada en Bogotá”. Ellos no entendieron que la dignidad fortalece a una sociedad quebrantada por la violencia. Esos mismos que ponen a sus empleados domésticos a comer en una mesa aparte; esos que han ocupado toda su energía vital en subir de estrato porque ese es su triste sueño de progreso; esos que no pudieron pasar a la universidad pública pero no soportan que otros de su misma clase social lo logren; esos que le deben hasta el alma al diablo coleccionando cosas; esos que se dejaron imponer las lógicas del individualismo y del sálvese quien pueda, y olvidaron esa dimensión de los derechos y la dignidad colectiva.

Yo creo en esta visión del Otro con derechos, con dignidad, con posibilidad de soñar. Porque no concibo que para mí y los míos existan derechos que han sido negados eternamente para otros. ¿Qué pasaría si esa visión se materializa en todo el país, tal como se logró realizar en un par de años para una limitada población vulnerable de Bogotá? El derecho a la educación de calidad para todos nos podría librar de ser un rebaño obediente y adoctrinado que reproduce irreflexivamente su propia condena.

El odio no permite pensar. No dejemos que la ‘petrofobia’ irreflexiva nuble nuestro entendimiento y nos impida ponernos del lado sensato de la historia.