Por Alberto Pinzón Sánchez

Co este título, “país formal, país real” el intelectual marxista Diego Montaña Cuellar (cuya síntesis biográfica refiero para las nuevas generaciones como un agradecido reconocimiento en este enlace:

https://enciclopedia.banrepcultural.org/index.php/Diego_Monta%C3%B1a_Cu%C3%A9llar/

Escribió en 1961 desde su praxis del marxismo revolucionario y como abogado de los obreros petroleros de Barrancabermeja, un pequeño pero profundo y fecundo análisis publicado en 1963 en Argentina por la Editorial Platina; sobre la opresiva realidad colombiana que surgía después del Pacto frente nacionalista liberal-conservador excluyente firmado por el “panamericanista” Lleras Camargo y el falangista Laureano Gómez en Sitges España en 1957, con el que se organizó el “Estado plebiscitario de la dictadura del partido único (liberal-conservador) llamado Frente Nacional de larga evolución y permanencia” .

Montaña Cuellar había salido bachiller en el Colegio de Ramírez de Bogotá a finales de los 30, donde yo hice mi secundaria y en donde aún era muy recordado. Un profesor cucuteño de ese colegio de apellido Puentes, muy cercano al autor, me hizo llegar una copia mimeografiada del libro a la ciudad de Socorro donde me encontraba de vacaciones de fin del año 61.

Leí con avidez, deslumbrado con semejante aporte real de modernidad analítica que intentaba desmontar con argumentos serios muy ordenados y concretos, el pensamiento escolástico alienante, tan asfixiante que dominaba todo el ambiente intelectual en Colombia desde la constitución de 1886 y su adendum el Concordato de 1887, que se había reencarnado o resucitado como solución pactada en Sitges y Benidorm como una especie de post conflicto de esa época, edificado por sobre 300 mil cadáveres mutilados y violados, muchos de ellos todavía insepultos, amontonados por la enfermiza crueldad sectaria llamada Violencia bipartidista del medio siglo en Colombia, y que preparaba ya un nuevo ciclo de violencia: la contrainsurgente de 1964.

La desmitificación comenzaba en el título del libro: Había dos países uno formal el del Poder oligárquico-imperial reconstruido en el Estado plebiscitario del Frente Nacional y otro el país real; el de las innumerables clases subalternas tan explotadas como dominadas u oprimidas. Era una iluminación a la idea del tribuno liberal Jorge Eliecer Gaitán, lanzada en varias de sus arengas acerca de la existencia de un “país político y el país nacional”, en clara referencia a esa contradicción tan real como disfrazada o escamoteada por la ciencia política entre Forma y Contenido; entre Apariencia y Esencia, que había sido develada por la dialéctica inaugurada por Carlos Marx y Federico Engels en el análisis de los fenómenos sociales y naturales.

El libro de Montaña Cuellar, era ante todo un enérgico y resuelto intento de correr el velo ideológico a ese fetichismo jurídico- ideológico, y político-autoritario-violento dominante o hegemónico que se reclamaba y se sigue reclamando como “el talante histórico de la democracia más antigua de América”. Así como un llamado ético a sus lectores hacia la transformación revolucionaria de esa realidad social tan alienante como enajenante. En todos los casos, considerando el momento en que se publicó, era un mensaje in olvidable.

Desde 1960 cuando se escribe el intento libertario de Montaña Cuellar y, apoyado en el exterior por el presidente estadounidense Kennedy y en el interior de Colombia por Laureano Gómez, asume la presidencia de Colombia el “panamericano” ex secretario de la OEA el liberal Lleras Camargo, como primer presidente de dicho Frente Nacional, y por recomendación del US general William P. Yarborough se inicia la guerra contrainsurgente actual en Colombia, hasta hoy; mucha agua ha corrido debajo de los puentes, y la contradicción referida ha seguido su curso impasible, prácticamente inalterable a las transformaciones, sin modificaciones considerables y superando la mayoría de los diversos intentos tanto teóricos como prácticos que se han hecho a lo largo de la historia reciente de Colombia en los últimos 60 años, para hacer que el contenido real de sociedad colombiana se manifieste como forma: Que el Estado colombiano y su concreción como Régimen y forma de gobernar, expresen adecuadamente o correspondan con la esencia contradictoria y compleja que mueve la realidad social.

Pero no. Se sigue como el hámster dando vueltas en una caja circular “ad aeternum”, en una noria o carrusel infernal non stop: una apariencia o forma llamada “democracia”, que consiste en un ritual perverso de elecciones periódicas de gamonales políticos dominantes elegidos por sus clientelas electorales adictas, justificado por los múltiples aparatos ideológicos de Estado y de la Hegemonía dominante; ritual pervertido por todos los delitos conocidos o catalogados contra el llamado proceso electoral. Y un contenido, un fondo violento, cruel y sádico de larga tradición de controlar el Poder del Estado usando todos los medios posibles, legales e ilegales y sobre todo, la razón de Estado del llamado estado-de-sitio con el que se gobernó durante todo el periodo del Frente Nacional, que Montaña Cuellar desenmascaró desde sus inicios.

El reacomodo de la lucha contrainsurgente a partir del Plan Colombia/ 1997, a las necesidades económicas de acumulación por despojo de capital trasnacional en ese momento, a las condiciones económico-sociales y a la creciente resistencia anti estatal, llevaron al Bloque de Poder dominante a dar una vuelta de tuerca en su intento de enmascarar aún más la contradicción en mención, a encubrir aún más por todos los medios posibles la violencia tanto legal como ilegal con la que siguió ejerciendo el Poder en los últimos 20 años, durante el Régimen llamado “el Uribato”: Una orgía de sangre en el fondo de claro formato e inspiración fascista, con un refuerzo del ritual electoral en la presentación formal. Sin pausa y sin prisa. Hasta que finalmente el cántaro alienante que tantas veces había ido a la fuente se rompió, derramando todo un torrente de resistencias populares en toda su potencialidad transformadora de la realidad que se materializó en el Estallido Social del 28 de abril /21, y está en resolución.

Sin embargo y a pesar de la mucha evidencia de todo tipo, tal vez debido al peso ideológico de tantos años de alienación y fetichismo jurídico político e ideológico, o a la habilidosa mezcla dominante de violencia sanguinaria y ritual electoral en la que se confunde la realidad social; no existe un acuerdo dentro de la llamada izquierda y menos dentro de la izquierda marxista en lo que se refiere a la categorización de la actual forma del Estado en Colombia y del Régimen vigente. Hay quienes ven todavía en Colombia un Régimen democrático (asediado, pero democrático) y llaman el baño de sangre de los múltiples genocidios sociales y populares realizados y en marcha, con el piadoso nombre de “excesos represivos”, evitando por todos los medios catalogar al Estado narco paramilitar de Colombia y al Régimen vigente como francamente fascistas. Es una discusión que ha ido ganando altura y audiencia. Hoy en día en Colombia existe un importante acumulado teórico sobre el concepto histórico del fascismo y ya, el término no asusta a nadie.

En ese sentido quiero resaltar el intento teórico hecho por el politólogo y profesor de la Escuela de Administración Pública José Francisco Puello-Socarrás en la ultima edición de la importante revista “Izquierda” titulado “Defendiendo la anocracia, maestro” (ver https://revistaizquierda.com/images/easyblog_articles/1352/Izq97_art0_20210615-204941_1.pdf ) donde haciendo un balance analítico del Estallido Social en curso en Colombia, plantea y sustenta para la discusión un nuevo y sugerente concepto para caracterizar el Estado y el Régimen colombianos: la anocracia.

De la siguiente manera:

…” No se podría equiparar sin más un totalitarismo y una dictadura cívico-militar o una democracia electoral restringida, llamando la atención que ninguno de estos casos aplica al caso colombiano. Conceptualmente hablando, el régimen estatal (sic APS) en Colombia descansa sobre un sustrato sociopolítico claramente autoritario. Pero, a diferencia de otros casos regionales durante las últimas décadas, el sistema político colombiano se ha consolidado alrededor de una morfología peculiar que no responde a los quiebres institucionales y los golpes de Estado que resultaron en las dictaduras cívico-militares-eclesiales de las décadas de 1960 y 1970, ni tampoco se aproxima a las aperturas democráticas posteriores entre las décadas de 1980 y 1990, donde se consolidaron democracias con rezagos autoritarios; aunque democracias al fin y al cabo.

El régimen colombiano corresponde entonces a lo que la ciencia política contemporánea designa como “anocracia” (Jiménez y Puello-Socarrás, 2018). Esta noción captura un tipo de sistema político definido por la simultaneidad de la democracia y la dictadura.

La “anocracia” registra la naturaleza anfibia de aquellos sistemas políticos que, en medio de un contexto de guerra interna –un factor analítico determinante a la hora de realizar las caracterizaciones e imposible de omitir–, mantienen instituciones democráticas (como el parlamento o rituales electorales sin elecciones limpias y competitivas, por ejemplo), aunque sólo formalmente. La superficialidad “democrática” de las “anocracias” facilita maniobrar (relativamente) las lealtades sociales que legitiman el ejercicio autoritario desde el poder político.

A partir de los llamados de “urgencia” y las situaciones excepcionales que generalmente las autoridades estatales y gubernamentales (auto)justifican, en medio de la incertidumbre que implica la conflictividad interna, el sistema anocrático transgrede sistemáticamente su contenido democrático formal funcionando materialmente como su par opuesto autocrático, exacerbando el autoritarismo.

Desde esta tendencia hacia la regresión paulatina, pero progresiva de los derechos ciudadanos (libertades individuales, derechos políticos y sociales), las “anocracias” funcional y estructuralmente no responden institucionalmente a las “demandas” sociales a través de prácticas autoritativas (basados en algún mínimo de consenso), sino a través de andanadas autoritarias (respaldadas exclusivamente por la imposición vía la fuerza), equiparando cualquier tipo de reivindicaciones y reclamos de justicia sustantiva como un factor que origina caos y desorden sociales; al final, una excusa para reactivar constantemente su índole punitiva.”

Fuente imagen Internet.

Alberto Pinzón Sánchez