La democracia convertida en adrenalina…

Por Mauricio Vargas*

Un periodista pregunta por los recortes a la Junaeb. Hacienda responde que “descontinuar” no significa eliminar. Horas después, el debate ya no trata sobre alimentación escolar, sino sobre si la oposición “malinterpretó” un tecnicismo administrativo.

Dos días más tarde, el gobierno acusa “campaña del terror”. Una semana después, nadie discute ya los cuatro millones de raciones diarias. Hay gobiernos que gobiernan. Y hay gobiernos que administran percepciones.

La diferencia entre ambos no está solamente en sus políticas públicas, ni siquiera en sus resultados económicos. Está en algo más profundo: la relación que establecen con la verdad.

Durante décadas, la democracia liberal occidental descansó sobre una premisa elemental: se podía discutir ferozmente sobre las soluciones, pero existía todavía un terreno común de realidad desde el cual comenzar la discusión.

Los datos importaban. Las cifras importaban. Los hechos importaban. Incluso la mentira necesitaba conservar cierta coherencia interna para sobrevivir demasiado tiempo. Ese pacto empezó a romperse hace años. Primero lentamente. Después de forma brutal.

Lo que estamos viendo en Chile desde el 11 de marzo no es sólo el inicio de un nuevo gobierno. Es la consolidación local de una forma distinta de ejercer el poder: una política donde el objetivo ya no es convencer al adversario, sino impedir que la conversación logre estabilizarse lo suficiente como para que alguien pueda verificar algo.

Schopenhauer llamó a eso erística. No debate. No deliberación. No retórica. Erística.

El arte de ganar discusiones sin tener razón.

Durante siglos fue un conjunto de trucos reconocibles en abogados inescrupulosos, polemistas televisivos o charlatanes profesionales. Hoy funciona como arquitectura comunicacional de gobiernos completos.

No se trata solamente de Javier Milei en Argentina. Milei representa la versión más estridente, performática y explosiva del fenómeno. El kastismo chileno ha hecho algo más sibilino: tomó esa misma matriz discursiva y la adaptó al ecosistema institucional chileno. Menos motosierra evidente y más tecnocracia. Menos grito y más desplazamiento semántico. Menos espectáculo callejero y más lenguaje administrativo utilizado como arma política.

La lógica, sin embargo, es exactamente la misma.

No responder: desplazar. No demostrar: saturar. No explicar: agotar. No refutar: ridiculizar. No.argumentar: impedir que el otro logre terminar la frase.

Y lo más inquietante es que funciona.

Porque la erística moderna no necesita que la mentira sea creíble. Sólo necesita que la verdad llegue demasiado tarde.

Un ejemplo, casi perfecto de esta maquinaria ocurrió apenas cinco semanas después del cambio de mando. El 21 de abril, el Ministerio de Hacienda distribuyó el llamado Oficio 16 a distintas reparticiones del Estado. En el apartado correspondiente a Educación aparecía una instrucción particularmente delicada: “descontinuar” quince programas públicos.

Entre ellos: el Programa de Alimentación Escolar de Junaeb; el PACE; becas de vocación docente; programas de lectoescritura; fondos de apoyo a la educación pública.

No se trataba de programas marginales. Solo la alimentación escolar involucra millones de raciones diarias para estudiantes, en su mayoría vulnerables.

El documento se filtró. Y entonces comenzó algo mucho más importante que el contenido mismo del oficio: comenzó la operación discursiva.

  • Primera respuesta: no era una decisión, sino una conversación interna entre ministerios.
  • Segunda respuesta: “descontinuar” no significa eliminar.
  • Tercera respuesta: gobiernos anteriores utilizaron expresiones similares.
  • Cuarta respuesta: la oposición estaba “tergiversando”.
  • Quinta respuesta: el verdadero problema era el supuesto despilfarro estructural de Junaeb.
  • Sexta respuesta: quienes criticaban el oficio eran los mismos que antes habían abandonado a los estudiantes.

En menos de cuarenta y ocho horas, el debate ya no trataba sobre si el gobierno estaba preparando recortes sensibles en educación pública. El debate trataba sobre semántica administrativa, intenciones interpretativas y acusaciones cruzadas.

La pregunta original desapareció. Y eso no fue un accidente comunicacional. Fue el objetivo.

Schopenhauer describía una técnica clásica de la erística: saturar el espacio argumental hasta volver imposible la refutación ordenada. En el mundo contemporáneo esa técnica tiene nombre propio: Galope de Gish.

Lanzar tantas afirmaciones, encuadres y desplazamientos simultáneos que el adversario quede atrapado intentando desmontar una versión mientras ya circulan otras tres nuevas.

La velocidad sustituye a la coherencia.

Por eso el ministro Jorge Quiroz pudo permitirse una frase que, en otro contexto político, habría sido considerada insólita: “A mí me genera extrañeza que genere extrañeza”.

Doce palabras. Y en esas doce palabras ocurre todo el mecanismo.La indignación pública deja de ser una reacción legítima y pasa a convertirse en evidencia de irracionalidad ajena. El problema ya no es el contenido del oficio. El problema es que alguien se haya alarmado.

El desplazamiento está completo.

El mismo patrón apareció después, cuando el Consejo Fiscal Autónomo advirtió que la gran reforma tributaria impulsada por el gobierno bajo el sofisma de “reconstrucción” podría generar déficits persistentes hasta 2031.

El informe era técnico. Las cifras eran específicas. Las observaciones eran concretas. Pero la respuesta oficial no consistió en refutar técnicamente el contenido. Consistió en reencuadrarlo.

El gobierno sostuvo que el CFA también había “valorado el crecimiento”. Luego aparecieron las tesis sobre efectos dinámicos de expansión económica que compensarían la caída recaudatoria derivada de la baja de impuestos corporativos.

El economista Claudio Agostini lo calificó derechamente como “terraplanismo económico”. La idea de que bajar masivamente impuestos termina recaudando lo mismo gracias al crecimiento, no tiene evidencia empírica robusta en las experiencias históricas comparables.

Reagan lo intentó. Thatcher lo intentó. Trump lo intentó, parcialmente. En todos los casos aparecieron desequilibrios fiscales significativos.

Pero la lógica erística no necesita ganar la discusión técnica. Necesita impedir que exista tiempo político suficiente para procesarla.

Mientras economistas, académicos y especialistas explican elasticidades tributarias, déficits estructurales y comportamiento recaudatorio, el ecosistema comunicacional libertario ya instaló otra discusión: que quienes cuestionan las rebajas tributarias “odian el crecimiento”, “defienden al Estado” o “quieren frenar la inversión”.

La complejidad pierde siempre frente a la simplificación emocional. Eso también tiene nombre. Ley de Brandolini.

La cantidad de energía necesaria para refutar una falsedad es muy superior a la necesaria para producirla. El charlatán corre liviano. La realidad carga bibliografía.

El problema es aún mayor, porque este mecanismo ya no aparece solamente en economía. Atraviesa todo el aparato estatal.

En Coyhaique, durante una actividad pública, el Presidente José Antonio Kast cuestionó la Ley de Humedales Urbanos utilizando un ejemplo familiar: “Mi padre tenía un campo en Puerto Varas. Todo el campo podría ser declarado humedal, porque es todo húmedo”. La frase fue celebrada inmediatamente en redes afines como una demostración de “sentido común” frente al supuesto exceso regulatorio ambiental.Pero la afirmación era técnicamente absurda.

La Ley de Humedales Urbanos no protege terrenos rurales porque “sean húmedos”. Define criterios específicos vinculados a ecosistemas urbanos, biodiversidad, funcionamiento hídrico y resiliencia ambiental. Nadie que hubiera leído mínimamente la norma podría confundir un predio familiar rural con un humedal urbano protegido.

Sin embargo, la precisión técnica no era relevante. La caricatura sí.

Porque el objetivo real no era explicar la ley. Era fabricar una imagen emocionalmente eficaz: burócratas absurdos queriendo convertir cualquier terreno mojado en zona prohibida. Y una vez instalada esa caricatura, la discusión científica desaparece.

No se debate ya sobre: destrucción de ecosistemas; riesgo hídrico; expansión urbana; inundaciones; impacto climático. Se debate sobre “sentido común”.

Ese concepto -“sentido común”- es probablemente la herramienta más poderosa de la erística contemporánea. Porque permite presentar intereses particulares como si fueran intuiciones naturales universales.

El “sentido común” siempre parece honesto. Nunca parece ideológico. Y sin embargo funciona precisamente como ideología encapsulada.

Más todavía cuando la discusión toca territorios donde existen intereses patrimoniales concretos. Porque el problema ambiental deja entonces de ser presentado como una tensión legítima entre desarrollo y protección ecológica, y pasa a ser descrito como una extravagancia técnica promovida por élites desconectadas de la realidad.

El experto deja de ser árbitro. Se transforma en enemigo.

Y ahí aparece uno de los rasgos centrales de este nuevo ecosistema político: la destrucción sistemática de los mediadores técnicos. No solamente los ambientalistas. También: universidades; centros de estudio; investigadores; organismos autónomos; funcionarios especializados; estadísticas; regulaciones; agencias fiscalizadoras.

Todos son progresivamente descritos como estructuras capturadas, ideologizadas o inútiles. Porque la erística moderna tiene un problema con cualquier institución capaz de verificar hechos. Eso explica por qué uno de los blancos más persistentes del nuevo oficialismo ha sido precisamente el mundo del conocimiento.

No se trata solamente de recortes presupuestarios. Eso sería demasiado simple. Lo que existe es algo más profundo: una ofensiva cultural contra la legitimidad misma del saber especializado cuando ese saber interfiere con la narrativa política.

La escena ocurrió en Valdivia, durante una actividad pública donde el Presidente cuestionó el financiamiento estatal a la investigación científica. La frase fue esta: “A veces 100 millones, 500 millones, para una investigación que termina en un libro precioso, empastado, en la biblioteca. ¿Cuántos trabajos generó? Ninguno”.

La imagen estaba cuidadosamente construida: El libro empastado. La biblioteca silenciosa. El académico improductivo. El dinero del contribuyente desperdiciado en elites intelectuales desconectadas.

Otra vez: no importa que la afirmación sea falsa, o no resista análisis serio.

Los proyectos Fondecyt -principal instrumento público de financiamiento científico en Chile- no operan bajo esa caricatura presupuestaria. Sus montos -cuyo máximo asciende a 57 millones por proyecto- son auditados, evaluados y sometidos a concursos altamente competitivos. Generan empleo académico, formación de investigadores, publicaciones, innovación tecnológica y desarrollo aplicado.

Los 500 millones, un monto inventado por Kast. Pero la exactitud técnica vuelve a perder frente a la eficacia simbólica. Porque el verdadero objetivo del discurso no es informar sobre ciencia. Es erosionar emocionalmente la legitimidad de quienes producen conocimiento independiente.

La universidad deja de aparecer como espacio de investigación y pasa a ser presentada como un centro de privilegios improductivos. Y eso tiene consecuencias políticas enormes.

Una democracia puede sobrevivir a gobiernos incompetentes. Pero resulta mucho más difícil sobrevivir a la destrucción deliberada de los mecanismos sociales que permiten distinguir entre evidencia y propaganda.

Cuando el experto es reducido a caricatura ideológica, la discusión pública pierde árbitros. Y cuando ya no existen árbitros reconocidos, lo único que queda es volumen.

Gana quien logra imponer más ruido.

La ministra de Ciencia, Ximena Lincolao, quedó atrapada, también, dentro de esa lógica. Su cartera enfrentaba críticas por recortes en becas y programas de investigación. Paralelamente, surgieron cuestionamientos vinculados a omisiones patrimoniales en sus declaraciones de intereses y sociedades. Incluso una frase suya, afirmando que el mayor regalo de su vida fue “nacer en la pobreza” permitió cambiar el foco. Lo relevante no fue únicamente el conflicto administrativo. Lo relevante fue observar cómo el debate entero derivó rápidamente hacia otros terrenos.

Ya no se discutía: cuánto invierte Chile en ciencia respecto de países OCDE; cuál es el impacto económico de la investigación; qué ocurre con la fuga de capital humano avanzado; cómo afecta la reducción de becas a la formación científica nacional. No.

La conversación derivó hacia una guerra cultural entre “gente común” y “académicos privilegiados”. Eso es erística pura: reemplazar una discusión verificable por una emocionalmente inflamable.Y el patrón se repite una y otra vez.

  • En Vivienda.
  • En Hacienda.
  • En Educación.
  • En Medio Ambiente.
  • En Vocería.
  • En Seguridad.

Siempre ocurre algo parecido: el contenido técnico desaparece debajo del conflicto narrativo. El caso de la Segegob probablemente sea uno de los ejemplos más transparentes de este fenómeno. Cuando la vocería oficial publicó que el Estado chileno estaba “en quiebra”, no estaba simplemente cometiendo una exageración retórica. Estaba ejecutando una operación política cuidadosamente reconocible.

Porque “quiebra” no es un término neutral. Un Estado no funciona bajo las mismas categorías jurídicas que una empresa privada. Hablar de “quiebra” estatal no describe técnicamente una situación fiscal: produce un efecto emocional inmediato. Produce sensación de colapso. Y eso es lo que importa. Porque los gobiernos de ultraderecha contemporánea necesitan construir permanentemente una narrativa de devastación heredada. La idea de país arruinado cumple una función política esencial: justificar medidas de shock, recortes acelerados y excepcionalidad gubernamental. Si el país está en ruinas, cualquier intervención radical puede ser presentada como inevitable.

La Contraloría intervino. Solicitó explicaciones. Luego ordenó un sumario administrativo. En otro contexto político, aquello habría obligado al gobierno a corregir o retractarse. Pero aquí ocurrió algo distinto. La ministra Sedini obedientemente, desplazó inmediatamente el eje de la discusión: el problema ya no era la veracidad de la afirmación sobre la “quiebra”, sino la supuesta incapacidad de ciertos sectores para tolerar “la verdad”.

Más tarde, ante cuestionamientos sobre preparación técnica y manejo político, apareció otro movimiento clásico de la erística contemporánea: la victimización. Las críticas fueron descritas como “bullying”. Y ahí la discusión sobre competencia institucional es reemplazada por una discusión moral sobre sensibilidad personal. No se responde la crítica. Se problematiza el derecho mismo a formularla.

Otra vez: el terreno cambia antes de estabilizarse.

Schopenhauer describía otra táctica recurrente de la erística: cuando un argumento comienza a colapsar, el polemista rompe el hilo lógico y desplaza el conflicto hacia ataques personales, exageraciones o nuevas controversias laterales.

En el Chile de 2026 eso ya no ocurre solamente en paneles de televisión. Ocurre desde el Estado.El ministro Iván Poduje representa una expresión visible de esta dinámica. Su llegada al Ministerio de Vivienda fue presentada como el desembarco de un técnico pragmático, dispuesto a destrabar burocracias y acelerar soluciones habitacionales.

Pero en pocas semanas el foco dejó de estar en viviendas. En Valdivia, durante una actividad vinculada al proyecto Guacamayo 3, Poduje responsabilizó al senador Alfonso de Urresti por retrasos derivados de la Ley de Humedales. La escena es reveladora. Había 570 familias esperando soluciones habitacionales. Pero el debate terminó convertido en un enfrentamiento político-personal entre un ministro y un senador. Las familias desaparecieron del cuadro. La discusión habitacional fue absorbida por el espectáculo del conflicto. Y eso no es secundario.

Porque la erística moderna necesita transformar permanentemente problemas estructurales en enfrentamientos emocionales personalizados. Es mucho más fácil administrar indignación que explicar complejidades.

Mientras tanto, avanzaban otros conflictos: cuestionamientos a decisiones sobre reconstrucción; demandas civiles; querellas; acusaciones sobre informes técnicos; controversias administrativas. Pero incluso ahí el patrón persistió.

Cada nuevo episodio reemplazaba al anterior antes de que pudiera procesarse completamente. Nada terminaba de discutirse porque todo era inmediatamente sustituido por otra detonación narrativa. La política convertida en flujo continuo de sobresaturación.

Y entonces aparece otro fenómeno todavía más inquietante: la normalización social del agotamiento. La gente comienza a cansarse no sólo de los gobiernos, sino del acto mismo de intentar verificar. Porque seguir el ritmo de esta maquinaria requiere una energía cognitiva gigantesca. Hay que: revisar documentos; verificar cifras; contextualizar declaraciones; leer informes; contrastar versiones; reconstruir cronologías.

Mientras tanto, producir la distorsión original toma segundos.

Un video. Un titular. Un clip viral. Una frase diseñada para circular. La asimetría es brutal. Esa asimetría no es accidental: es estructural.

Por eso el ecosistema libertario contemporáneo depende tanto de redes sociales, fragmentación audiovisual y lógica algorítmica. Porque ese entorno premia impacto emocional, no consistencia argumental. La verdad requiere tiempo. La viralización requiere velocidad. Y la velocidad destruye contexto.

Javier Milei entendió eso antes que casi todas y todos en América Latina. Pero sería un error creer que el fenómeno chileno es simplemente una copia argentina. No lo es. El mileísmo funciona desde la explosión permanente. El kastismo chileno opera desde la institucionalización del desplazamiento.Ese matiz importa. Muchísimo. Porque mientras Milei construye caos frontal, Kast busca administrar una apariencia de racionalidad técnica incluso cuando utiliza exactamente los mismos mecanismos discursivos.

Por eso en Chile: el ataque a regulaciones ambientales se hace en nombre del “sentido común”; los recortes se presentan como “modernización”; la desprotección social se presenta como “eficiencia”; la demolición de mediaciones técnicas se describe como lucha contra “capturas ideológicas”.

El lenguaje empresarial cumple aquí una función central: hacer que la radicalidad parezca administración normalizada. Pero debajo de esa estética sobria opera la misma lógica: deslegitimar cualquier estructura capaz de poner límites verificables al relato oficial. Por eso el fenómeno no puede reducirse a un problema de “malas formas”, excesos verbales o polarización digital. Eso sería minimizarlo.

Lo que está ocurriendo es una transformación mucho más profunda en la relación entre poder, lenguaje y realidad. Porque durante gran parte del siglo XX, incluso los gobiernos más ideológicos necesitaban todavía preservar cierta compatibilidad mínima con los hechos verificables. Podían manipular estadísticas, ocultar información o construir propaganda, pero seguían obligados a coexistir con instituciones capaces de corregirlos: prensa; universidades; tribunales; organismos autónomos; contralorías; evidencia técnica; debate parlamentario.

La nueva erística política funciona distinto. No intenta necesariamente destruir frontalmente esas instituciones. Eso generaría resistencia inmediata. Hace algo más sibilino: las vacía de legitimidad lentamente, hasta que cualquier corrección técnica pueda ser presentada simplemente como “otra opinión ideológica”.

Y cuando toda evidencia se convierte en opinión, el poder queda liberado de la obligación de demostrar. Ese es el verdadero núcleo del problema.

Por eso el conflicto con la Contraloría alrededor del concepto de “Estado quebrado” fue mucho más relevante de lo que pareció en su momento. Porque la disputa real no era semántica. Era epistemológica.

La pregunta de fondo era: ¿existen todavía hechos institucionales capaces de limitar el relato político? O formulado de otro modo: ¿puede una institución técnica corregir públicamente al poder sin ser inmediatamente absorbida dentro de la lógica de la confrontación ideológica?

La respuesta que comenzó a construirse desde el oficialismo fue inquietante: toda corrección técnica pasó a ser presentada como obstrucción política. La Contraloría deja entonces de aparecer como órgano fiscalizador y comienza a ser insinuada como actor parcial. Exactamente lo mismo ocurrió en Argentina con Milei.

La lógica es siempre idéntica: si el dato contradice el relato, el problema no es el relato. El problema es quien produce el dato.Y una vez instalada esa sospecha permanente, desaparece la posibilidad misma de arbitraje democrático. Porque toda democracia necesita algún consenso básico sobre qué constituye evidencia. Sin eso, solo queda tribalismo narrativo.

La tragedia es que esta maquinaria funciona particularmente bien en sociedades cansadas. Y Chile viene agotado hace años. Agotado económicamente. Agotado emocionalmente. Agotado institucionalmente. Agotado de la inseguridad. Agotado de la precariedad. Agotado de promesas incumplidas. Agotado del lenguaje político tradicional. Ese agotamiento crea el ecosistema perfecto para la erística contemporánea.

Porque cuando las personas pierden confianza en las instituciones, comienzan a valorar más la emocionalidad del discurso que su exactitud. Por eso llegó Kast a La Moneda. La frase brutal parece auténtica. La simplificación parece valentía. La agresividad parece honestidad. Y ahí emerge uno de los mayores triunfos culturales de la ultraderecha global: haber logrado convertir la complejidad en sospecha.

El experto “complica”. El técnico “relativiza”. El académico “vive en otra realidad”. El periodista “opera”. El científico “milita”. Mientras tanto, quien reduce problemas estructurales a frases virales aparece como alguien que “dice las cosas como son”.

No importa que no las diga como son. Importa que suene emocionalmente satisfactorio creerlo. Ese mecanismo puede observarse con nitidez en Educación.

Porque la discusión nunca gira realmente en torno a pedagogía, aprendizaje o evidencia comparada. Gira alrededor de símbolos emocionales cuidadosamente escogidos. Cuando aparecen recortes o intentos de “descontinuar” programas, la conversación rápidamente es desplazada hacia: burocracia; privilegios; captura ideológica; gasto ineficiente; adoctrinamiento; “industria educacional”.

La figura del estudiante vulnerable desaparece detrás de la caricatura administrativa. Porque la erística contemporánea necesita borrar permanentemente las consecuencias materiales concretas de las decisiones políticas. Necesita reemplazar personas por abstracciones.

La alimentación escolar deja de ser niños comiendo. Pasa a ser: “Gasto”. “Programa”. “Ineficiencia”. “Reestructuración”.

El lenguaje técnico-administrativo cumple entonces una doble función: oculta el impacto social y simultáneamente permite presentar recortes como modernización racional. Por eso las palabras importan tanto.

“Descontinuar” no es solamente un eufemismo burocrático. Es un instrumento político diseñado para amortiguar emocionalmente el conflicto. Y cuando el conflicto emerge igual, entra en acción la maquinaria erística: reinterpretar; desplazar; caricaturizar; victimizarse; acusar exageración; abrir nuevos frentes simultáneos.El objetivo nunca es aclarar. Es saturar.

En Seguridad ocurre algo parecido, aunque con una carga emocional todavía más poderosa. La inseguridad funciona como terreno ideal para la erística porque el miedo reduce drásticamente la tolerancia social hacia la complejidad. Y eso permite transformar cualquier cuestionamiento técnico en aparente ingenuidad moral.

Las cifras pueden mostrar: tendencias; comportamientos comparados; evolución estadística; fenómenos regionales; correlaciones estructurales. Pero el ecosistema erístico opera sobre otra lógica: si el miedo existe, cualquier simplificación represiva puede presentarse como “sentido común”.

El problema no es solamente qué medidas se proponen. El problema es que la emocionalidad del miedo convierte casi cualquier discusión técnica en una batalla moral instantánea: O estás con las víctimas; o estás con los delincuentes. Y una vez instalada esa falsa dicotomía, desaparece el espacio para deliberar racionalmente sobre eficacia real, evidencia comparada o consecuencias institucionales.

La conversación ya no busca soluciones. Busca alineamientos emocionales.

Aquí aparece quizás la dimensión, a mi juicio, más peligrosa de todas: la conversión de la democracia en una guerra permanente de agotamiento psicológico. Porque la erística contemporánea no necesita convencer a las mayorías de cada afirmación específica. Le basta con producir una sensación continua de incertidumbre, desgaste y confusión. Que todo parezca discutible. Que todo parezca relativo. Que toda crítica parezca interesada. Que toda institución parezca sospechosa. Que toda evidencia parezca manipulable.

Cuando eso ocurre, las personas dejan de buscar verdad y comienzan simplemente a buscar refugios identitarios. Ya no importa qué es cierto. Importa quién lo dice. Y entonces el debate democrático entra en una fase extremadamente peligrosa: la desaparición del terreno común.

Ese es el verdadero sentido político de las minutas comunicacionales distribuidas a parlamentarios oficialistas durante estos primeros meses de gobierno. No se trata simplemente de coordinación política -algo que todos los gobiernos hacen-, sino de algo más profundo: uniformar marcos perceptivos antes que contenidos verificables. La prioridad ya no es explicar mejor la realidad. Es administrar simultáneamente la interpretación emocional de esa realidad.

Por eso las frases se repiten casi mecánicamente: “sentido común”. “captura ideológica”. “burócratas”. “crecimiento”. “libertad”. “exceso regulatorio”. “campaña del terror”, “verdades incómodas”.

Son palabras diseñadas no para describir con precisión, sino para activar reflejos culturales.Y eso vuelve extremadamente difícil cualquier discusión racional. Porque quien intenta introducir complejidad aparece inmediatamente como alguien que sólo “quiere enredar”.

El dato pierde contra el eslogan. La evidencia pierde contra la identidad. La explicación pierde contra el impacto emocional.

Schopenhauer entendió algo devastador hace casi dos siglos: en una discusión erística, la verdad no es el objetivo. El objetivo es impedir la derrota pública. La política contemporánea ha llevado esa lógica mucho más lejos. Ahora ni siquiera importa ganar completamente una discusión. Basta con impedir que exista claridad suficiente para cerrarla. Por eso nada termina de resolverse.

Cada polémica es reemplazada por otra antes de madurar. Cada escándalo es absorbido por el siguiente. Cada contradicción se diluye dentro de una nueva ola de declaraciones, clips, acusaciones y desplazamientos.

La sobrecarga informativa deja de ser un problema del sistema. Se transforma en método de gobierno. Y entonces ocurre algo todavía más grave: la gente comienza a adaptarse psicológicamente a la distorsión. Ese es el punto donde una democracia empieza realmente a enfermar.

No cuando aparecen mentiras -eso ha existido siempre-, sino cuando la población deja de esperar coherencia porque asume que la incoherencia es parte natural del paisaje político. Cuando la contradicción deja de escandalizar. Cuando un ministro puede decir una cosa por la mañana y otra completamente distinta por la tarde sin pagar costos estructurales.

Cuando un dato oficial dura apenas horas antes de ser reemplazado por un nuevo encuadre. Cuando la velocidad narrativa destruye la memoria pública. Ahí ya no estamos frente a simple propaganda. Estamos frente a una mutación cultural del debate democrático. Lo más inquietante es que esta mutación no opera solamente desde arriba.

Necesita un ecosistema completo: influencers; cuentas coordinadas; panelistas; medios ideológicamente alineados; redes sociales; fragmentación algorítmica; indignación permanente; microescándalos sucesivos.

La erística contemporánea es colectiva. Funciona como enjambre.

Uno instala una frase. Otra radicaliza. Otra caricaturiza.Otra victimiza. Otra desplaza. Otra ridiculiza. Otra convierte todo en meme.

Y cuando finalmente alguien logra reconstruir el contexto original, el sistema completo ya se desplazó hacia otra batalla.La verdad siempre llega tarde. Por eso sería un error enorme analizar este fenómeno únicamente como un problema comunicacional. No. Estamos frente a una transformación del ejercicio mismo del poder. Porque gobernar mediante sobresaturación narrativa tiene efectos políticos concretos. Produce parálisis crítica.

La ciudadanía deja de seguir debates completos porque cognitivamente resulta imposible sostener el ritmo. Todo aparece simultáneo, fragmentado y contradictorio. Y en ese agotamiento, emerge una forma nueva de obediencia: la resignación informativa. La gente deja de verificar porque siente que verificar ya no sirve.

Ese es el triunfo definitivo de la erística: no convencer de una mentira específica, sino destruir la confianza colectiva en la posibilidad misma de alcanzar claridad.

Ahí aparece una paradoja, a mi entender, brutal. Los sectores libertarios contemporáneos se presentan constantemente como defensores radicales de la libertad individual. Pero su arquitectura comunicacional produce exactamente lo contrario: debilita las condiciones cognitivas necesarias para una ciudadanía libre.

Porque una sociedad saturada de ruido permanente no delibera: reacciona.

Y una ciudadanía que reacciona emocionalmente de forma continua se vuelve muchísimo más vulnerable y manipulable.

La persona agotada busca alivio, no complejidad. Busca certezas rápidas. Busca culpables simples. Busca frases contundentes. La política deja entonces de organizarse alrededor de proyectos colectivos y comienza a organizarse alrededor de pulsiones inmediatas: rabia, miedo, castigo, resentimiento, humillación del adversario.

La democracia convertida en adrenalina. Eso explica también el tono crecientemente agresivo que acompaña estos procesos. Porque la erística no solo necesita velocidad. Necesita intimidación.

Necesita producir la sensación de que cuestionar el relato dominante implica exponerse inmediatamente a: ridiculización; hostigamiento; caricaturización; ataques coordinados; deshumanización digital.

El objetivo es elevar el costo psicológico de disentir.

Y eso ya se observa claramente en Chile. Académicos convertidos en blancos de campañas digitales. Periodistas tratados como operadores enemigos. Funcionarios técnicos acusados de sabotaje ideológico. Organizaciones sociales descritas como mafias subsidiadas. Universidades presentadas como centros de adoctrinamiento.

Todo forma parte de la misma lógica: destruir legitimidad antes que argumentos.Porque un adversario desacreditado emocionalmente ya no necesita ser refutado técnicamente.

En ese sentido, uno de los aspectos más alarmantes del actual momento político chileno es la creciente normalización de la crueldad discursiva como herramienta de liderazgo. La brutalidad verbal empieza a confundirse con autenticidad. El desprecio comienza a parecer valentía. La humillación pública del adversario pasa a ser celebrada como fortaleza de carácter. Y eso modifica profundamente la cultura democrática.

Porque la democracia liberal nunca dependió solamente de elecciones. Dependió también de ciertos límites culturales implícitos: reconocimiento del adversario; legitimidad de la discrepancia; valor de la evidencia; posibilidad de corrección; existencia de zonas compartidas de realidad.

La erística contemporánea erosiona precisamente esos límites.

Convierte al adversario en caricatura moral. La discrepancia en traición. La complejidad en manipulación. La duda en debilidad. Y entonces la política deja de ser un espacio donde distintas visiones intentan coexistir conflictivamente dentro de reglas comunes. Pasa a convertirse en una batalla existencial permanente.

Por eso el fenómeno excede completamente a José Antonio Kast como individuo.

Kast importa políticamente, por supuesto. Pero lo verdaderamente decisivo es que representa la consolidación chilena de una corriente internacional mucho más amplia. Una corriente que entendió algo fundamental sobre las democracias contemporáneas: la sobreabundancia de información puede utilizarse para destruir la capacidad social de comprender. No hace falta censurar. Basta con inundar.

Inundar de versiones. Inundar de escándalos. Inundar de clips. Inundar de declaraciones cruzadas. Inundar de polémicas simultáneas. La saturación reemplaza al silencio como herramienta de control. Y eso vuelve especialmente vulnerables a las sociedades hiperconectadas.

Porque cuanto más rápido circula la información, menos tiempo existe para procesarla críticamente. La inmediatez destruye jerarquías cognitivas. Todo parece equivalente: un informe técnico, un meme, una cadena falsa, un paper, un video manipulado, una declaración presidencial. Todo compite en el mismo plano emocional.

Ese deterioro tiene consecuencias muy concretas sobre la gobernabilidad. Porque cuando desaparece la confianza mínima en los mecanismos verificadores, el espacio público comienza a fragmentarse en comunidades cerradas de percepción.

Cada grupo desarrolla su propia realidad emocionalmente coherente.Y entonces los consensos básicos necesarios para administrar un país comienzan a erosionarse: cifras económicas; datos de criminalidad; evidencia científica; impacto ambiental; legitimidad institucional; resultados de políticas públicas.

Todo pasa a depender de la tribu interpretativa a la que se pertenece.

La democracia deja así de funcionar como deliberación colectiva y comienza a parecerse cada vez más a una guerra interminable entre universos narrativos incompatibles. Tal vez ahí radique la dimensión más peligrosa de todo este proceso.

Porque las democracias no colapsan necesariamente cuando aparece un líder autoritario. Muchas veces comienzan a deteriorarse antes: cuando la sociedad pierde la capacidad de distinguir entre discusión y demolición.

Y eso es exactamente lo que la erística moderna produce. No busca persuadir. Busca desgastar. No busca consenso. Busca agotamiento. No busca verdad. Busca superioridad emocional instantánea. Por eso cada debate termina convertido en una batalla donde lo importante no es comprender el problema, sino humillar públicamente al adversario antes que el algoritmo cambie de tema.

La lógica digital terminó devorando la lógica democrática.

Schopenhauer escribió sobre la erística en el siglo XIX como una patología individual del razonamiento. Probablemente ni siquiera él habría imaginado que, dos siglos después, esas técnicas serían elevadas a doctrina informal de gobierno por movimientos políticos completos. Pero aquí estamos.

Con ministros que responden críticas técnicas desplazando el eje hacia ataques personales. Con presidentes que reemplazan evidencia científica por caricaturas emocionales. Con vocerías que convierten correcciones institucionales en supuestas persecuciones políticas. Con ecosistemas digitales dedicados a impedir que cualquier discusión permanezca estable el tiempo suficiente como para producir claridad.

Y mientras todo eso ocurre, las preguntas esenciales quedan suspendidas debajo del ruido:

  • ¿Quién paga realmente los costos de estas políticas?
  • ¿Quién pierde protección social?
  • ¿Quién gana poder económico?
  • ¿Qué instituciones se debilitan?
  • ¿Qué derechos se erosionan?
  • ¿Qué capacidad de corrección democrática sobrevive después de años de desgaste sistemático?

Porque detrás de toda esta maquinaria discursiva sigue existiendo algo brutalmente material: decisiones que redistribuyen recursos, protección, vulnerabilidad y poder sobre millones de personas concretas.

Y sin embargo, la sobresaturación narrativa logra algo extraordinario:Hacer que el país discuta permanentemente sobre frases mientras las estructuras cambian debajo de ellas. Ese es, finalmente, el núcleo del problema.

Mientras el país queda atrapado dentro de un ciclo interminable de polémicas instantáneas, caricaturas virales y guerras culturales administradas minuto a minuto, las transformaciones estructurales avanzan en silencio.

Porque la erística contemporánea no es solamente un método de comunicación. Es un método de distracción masiva. Mientras la discusión pública gira alrededor de frases incendiarias, el verdadero movimiento ocurre en otro lugar: desregulaciones; debilitamiento institucional; reasignación de recursos; privatización indirecta de funciones públicas; erosión de mecanismos de control; concentración de poder económico; precarización progresiva de derechos sociales.

La sobresaturación emocional cumple entonces una función política precisa: impedir que la ciudadanía pueda observar el cuadro completo al mismo tiempo.

Cada controversia aislada parece pequeña. Pero juntas, forman arquitectura. Por eso sería ingenuo interpretar las contradicciones del actual oficialismo simplemente como improvisación. Hay improvisación, por supuesto. Hay desorden, disputas internas y torpeza política. Pero debajo de eso existe una lógica coherente: mantener permanentemente inestable el terreno de la discusión pública.

Porque un terreno estable permite comparar promesas con resultados. Permite exigir coherencia. Permite reconstruir responsabilidades. Permite medir consecuencias. La erística destruye esa estabilidad. Para que todo permanezca en movimiento constante. La frase de ayer desaparece bajo el escándalo de hoy. La contradicción de hoy queda enterrada por la provocación de mañana. La ciudadanía corre detrás del relato mientras el poder administra el ritmo de la persecución.

Y entonces aparece la gran inversión histórica: ya no gobierna quien ofrece claridad. Gobierna quien controla mejor la confusión.

Eso explica por qué tantas figuras del nuevo oficialismo parezcan sentirse más cómodas dentro del conflicto permanente que dentro de la gestión misma.

El conflicto produce visibilidad. La visibilidad produce identidad. La identidad reemplaza resultados. Por eso, a Poduje, no le importa tanto resolver el problema habitacional; como instalar un enemigo que le ayude a justificar por qué no se resuelve. No importa tanto mejorar el sistema educacional como construir una narrativa emocional contra “burócratas”, “capturas ideológicas” o “privilegios”.No importa tanto fortalecer la ciencia como caricaturizarla exitosamente frente a una ciudadanía agotada y desconfiada.

La política kastina deja entonces de orientarse hacia la administración de realidades y comienza a orientarse hacia la administración de percepciones hostiles. El adversario o la adversaria permanente se vuelven indispensables. Porque sin antagonismo continuo, la maquinaria erística pierde combustible. Porque la crisis permanente permite justificar excepcionalidad permanente.

Si todo está destruido: las reglas sobran; los controles molestan; las garantías ralentizan; las instituciones “estorban”; las y los expertos “obstruyen”; el debate “debilita”. La urgencia emocional desplaza a la deliberación democrática.

Y entonces el poder ejecutivo comienza a expandirse discursivamente; incluso antes de expandirse formalmente. La gente cansada empieza a aceptar atajos que en otro contexto habría considerado peligrosos. Eso fue precisamente lo que reveló una de las declaraciones más significativas – incluso antes- y ahora, en estos primeros meses en el gobierno.

Cuando José Antonio Kast defendió públicamente la posibilidad de gobernar mediante decretos si el Congreso obstaculizaba sus reformas, no estaba solamente tensionando los límites institucionales. Estaba expresando una concepción mucho más profunda sobre la relación entre legitimidad electoral y contrapesos democráticos.

La idea implícita era clara: si el gobierno “representa al pueblo”, las instituciones que ralentizan su programa aparecen como obstáculos artificiales. Y ahí emerge uno de los riesgos históricos más conocidos de las democracias contemporáneas: la transformación gradual de los mecanismos de control en enemigos narrativos del mandato popular. No ocurre de golpe. Ocurre lentamente.

Primero: la prensa “exagera”. Después: los organismos autónomos “politizan” Más tarde: los tribunales “interfieren”. Luego: el Parlamento “bloquea”. Finalmente: toda limitación institucional comienza a parecer ilegítima frente a la voluntad supuestamente directa del líder y su base social.

La democracia continúa existiendo formalmente. Pero sus anticuerpos culturales empiezan a debilitarse. Y casi en ese momento, estamos.

Y sin embargo, el aspecto más inquietante de todo esto quizás sea otro.

La naturalidad. La velocidad con que sociedades completas comienzan a acostumbrarse a mecanismos que hace pocos años habrían resultado escandalosos. La brutalización del lenguaje. La simplificación extrema. La agresividad permanente. La humillación pública como espectáculo.

La desconfianza sistemática hacia cualquier mediación técnica. Todo empieza lentamente, a sentirse normal. Y cuando eso ocurre, el deterioro democrático se vuelve muchísimo más difícil de advertir. Porque las democracias rara vez colapsan con música dramática de fondo.

Muchas veces simplemente se degradan gradualmente dentro del ruido cotidiano, mientras la población aprende a convivir con niveles cada vez mayores de distorsión, agresividad y fatiga informativa. Hasta que un día descubre que perdió algo esencial sin haber notado exactamente cuándo ocurrió.

Tal vez, el verdadero peligro de la erística contemporánea no sea la mentira. Las sociedades siempre han convivido con mentiras. El peligro real es otro: la destrucción progresiva de la posibilidad misma de conversación democrática significativa.

Porque cuando todo se convierte en combate emocional instantáneo: nadie escucha; nadie procesa; nadie corrige; nadie cede; nadie verifica completamente. Solo quedan reflejos.

La política como las de Kast, Milei, o Trump, se transforma así en una gigantesca máquina de reacción nerviosa colectiva. Y una sociedad que reacciona constantemente termina perdiendo capacidad de pensar estratégicamente sobre sí misma.

Eso es lo que -a mi entender- vuelve tan decisivos y peligrosos estos primeros meses del gobierno de José Antonio Kast.

No solamente las medidas económicas. No solamente los conflictos ministeriales. No solamente las polémicas comunicacionales.

Por primera vez en Chile, la lógica erística dejó de ser un fenómeno periférico de redes sociales o programas de confrontación televisiva y comenzó a instalarse en el corazón mismo del aparato gubernamental.

Ya no es solamente un estilo de debate. Es una forma de ejercer poder. Una forma donde: el dato incómodo se desplaza; la crítica técnica se ridiculiza; la complejidad se caricaturiza; la institucionalidad se desgasta; el adversario se deshumaniza; el conflicto se administra como combustible permanente.

Y mientras Chile discute sobre frases, escándalos y provocaciones sucesivas, las preguntas verdaderamente importantes siguen esperando respuesta:

  • ¿Qué Estado quedará después de esta demolición permanente de legitimidades?
  • ¿Qué capacidad pública sobrevivirá después del desprestigio sistemático hacia expertos, universidades y organismos técnicos?
  • ¿Qué tipo de ciudadanía emerge cuando la política se vuelve exclusivamente reacción emocional?
  • ¿Qué ocurre con una democracia donde la verdad deja de ser condición del debate y pasa a ser apenas una variable táctica más?

Ahora mismo, en Chile, con José Antonio Kast en La Moneda… El ruido reemplazó al argumento. La saturación reemplazó a la deliberación. La velocidad reemplazó a la reflexión.Y en medio de ese torbellino permanente, Chile enfrenta quizás uno de los dilemas más importantes de su historia democrática reciente:

El fin de la conversación.

Porque en realidad, el más grave de los hallazgos de estos dos meses de gobierno, no es alguna polémica en particular. No es el oficio de Hacienda, ni los humedales de Poduje, ni la “quiebra” de Sedini, ni el decreto que amenaza el Congreso.

Lo más grave es el patrón consolidado.

Que el propio partido del Presidente comenzó a distribuir minutas comunicacionales a sus diputados para ordenar el relato. No para mejorarlo: para uniformarlo. Así, el debate ya no ocurre entre gobierno y oposición. Ocurre entre versiones gestionadas de la realidad y la realidad misma.

Schopenhauer describió la erística como un juego en el que el objetivo no es la verdad sino la victoria. En 1831, eso era un experimento intelectual.

En Chile, en mayo de 2026, es política de Estado.

Y el debate racional, basado en evidencia -lo tenemos, como el primer cadáver que cae en toda guerra erística- y que lleva dos meses enterrado.

Nota:

*Esta columna fue elaborada con información de fuentes públicas, incluyendo La Tercera, El Mostrador, CIPER Chile, Emol, Biobío Chile, Pauta, El Dinamo, Radio Universidad de Chile e Infobae, correspondientes al período marzo–mayo de 2026.*

POLITIKA

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BLOG DEL AUTOR: Mauricio Vargas
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