Por Gustavo Petro

Debido a mi intervención quirúrgica en la boca de mi esófago, tengo controles cada seis meses basados en endoscopias. Ayer decidí hacerme una a través de mi EPS en una clínica que esta me asignó. La clínica de muy buena atención y capacidad profesional y que se ha construido sobre la base de clientes de medicina prepagada, es decir, sobre personas que logran un mejor sistema de salud gracias a su capacidad de pago, debió quedar sorprendida con lo que sucedió a mi llegada.

Sorpresa porque en medio de las afugias de esos establecimientos por las contingencias del covid, tuvo que actuar en una solución extraña. Cómo poderme tratar, anestesiar, hacerme la endoscopia y la biopsia, con un grupo de clientes airados gritándome groserías en la entrada de la sala. Algunos, la minoría, clientes de la clínica, todos de estrato seis, no aguantaban mi presencia allí.

Al entrar a la clínica de una vez recibí la mirada fría y de odio de un grupo de familiares de alguna persona enferma que coincidían por la tez blanca, los ojos claros y los rubios ciertos o artificiales. Esa mirada fría de acero ya la he sentido desde el primer día que Uribe gobernó. La siento en los aviones, en los aeropuertos, en los centros comerciales, en los supermercados. De vez en vez, pasan de la mirada de odio al insulto aún cuando me encuentro con mis hijos que se acostumbraron a eso y terminan burlándose de los insultantes.

Siempre he atribuido esos hechos de intolerancia al odio generado por Uribe contra los que no piensan como él que siempre asimilaban antes, como amigos de las Farc. En realidad nunca me han agredido físicamente. Solo dejan sentir su desdén y su soberbia con los que no son como ellos. A mi, particularmente, me gusta la deliberación y el argumento, pero cuando trato de responderles, siempre con decencia, me enfrentó a que no encuentro ningún argumento, a su simple insulto, a su simple odio construido sobre la base de prejuicios muchas veces falsos.

Cuando entré a la sala de espera algo nervioso por la cercanía de la biopsia y la anestesia, una pareja joven me interpeló. Al principio creí que era para interrogarme con inquietudes sobre la situación que vive el país, llegué a pensar que me iban a abrazar como suele sucederme cuando estoy en el estrato uno, dos o tres, y se me olvidó por un momento el tipo social de clientes de la clínica, e ingenuamente brinde mi mano cerrada para saludar como toca en los tiempos del covid, a lo que respondieron retirándose con agresividad.

Algo sorprendido, mis largos meses en Europa me habían hecho olvidar la realidad política del estrato seis colombiano, supuse que se repetía una escena más de las personas que han logrado una vida más privilegiada frente a una persona que no se acomoda a sus concepciones. En general una escena más construida por personas que se han dejan engañar por los “fake news” uribistas, o de sus propagadores en medios que se visten de periodismo cuando son propagandistas. Y no estaba realmente equivocado, entre sus improperios, que algunos, pocos para decir verdad, de los asistentes aplaudían; repetían que tenía una casa de cinco millones de dólares y que la compraba con lo robado.

Algo de ironía asomaba en mi pensamiento porque ahora y debido al alza de la tasa de cambio, he tenido serios problemas para pagar mi cuota hipotecaria, que ya tiene meses de atraso, porque el embargo de mi sueldo y los costos de estudios de mis hijos fuera del país me lo impide. Les dije que mi casa valía, quizás, la décima parte de lo que decían y que adeudaba la mitad, pero eso no era lo que les interesaba. Lo que les interesaba era insultarme. Sentir el placer del insulto frente a mi. Querían descargar en mi la responsabilidad de la situación del país. Me decían asesino, y me decían “mire a que situación ha llevado al país” como si fuese yo el que gobernara. Como si no fuese por el voto de ellos mismos a favor de Duque, el que me impedía ser el responsable del país.

Y me parecía que vivíamos en dos mundos. Ellos, la pareja joven, no veía como responsable del problema al gobierno, a Duque. Como si Duque, el gobernante, no hubiera sido el constructor de las políticas que llevaron a la gente a la calle por desesperación, como si no fuera él, el que hubiera arruinado las empresas y la economía, como si él mismo no hubiera dirigido el mismo gremio de camioneros que estimularon a bloquear las carreteras en un paro contra el gobierno de Santos y que hoy es el responsable del 70% de los bloqueos del país, por razones justas por lo demás.

No se les pasaba por la cabeza, que quien asesina en las calles no soy yo, sino el gobierno. Que quien dispara son ellos, que quienes han organizado fuerzas civiles de parapoliciales para quemar recintos de la justicia donde se dirime la restitución de tierras son ellos.

En cierta forma la pareja de jóvenes trataba de responsabilizarme, no solo por el influjo de las vickys, los néstor y los “Fake news” de las bodegas bien financiadas del uribismo, sino porque querían evadir su propia responsabilidad en los acontecimientos del país.

Y es porque el sector social más privilegiado de Colombia, en realidad, no hace su propia autoevaluación de responsabilidad en el estallido social del país.

Se han dejado imbuir desde hace siglos, por una visión señorial, pre moderna, que les impide pensar que los pobres pueden, deben, y tienen todo el derecho a manifestarse. Esa visión los ha llevado a apoyar una serie de políticas que son las que están detrás del estallido.

La visión señorial de las élites colombianas, que nunca han sido del pensamiento o del arte, viene del esclavismo, es su heredera, piensa que la población excluida debe arrodillarse, obedecerles, que esa es su condición natural. Es racista. Se creen blancos falsamente y los falsos blancos suponen que todo el que tiene otras sangres, negras, indígenas, mestizas, mulatas, es inferior, que no tienen derechos. Conciben una especie de supremacía blanca bastante vergonzante, porque cuando llegan a los países más arios se encuentran con que los tratan como ellos tratan a quienes consideran sus inferiores. Ese indio, esa chusma, dicen. Es una mentalidad que poco tiene que ver con el capitalismo o con el mercado y si mucho con la esclavitud y el feudalismo.

Siempre les pareció terrible hablar de una reforma agraria que le permitiera al campesinado un mejor vivir. Preferían comprar alimentos importados en el gran supermercado. Les parecía populista y “de quinta”, el que se propusiera meter el dinero público en la universidad para las juventudes de las barriadas, nunca se expresaron en contra cuando Uribe, con su Congreso de pacotilla, aprobó contrarreformar la Constitución de 1991 quitando los dineros de la educación para pasarlos a financiar directamente la guerra.

Les pareció muy bonito que el dinero para la educación de los jóvenes se gastara mejor en tanques de guerra para matar guerrilleros. Pero como no los encontraron, terminaron matando jovencitos desarmados que querían ir a una universidad, genocidio que esos mismos privilegiados aplaudieron para luego votar en masa por el nuevo libertador.

No se les ocurrió pensar que una sociedad que desvía sus recursos de educación para gastarlo en guerras es simplemente una sociedad suicida, y cuando lo escucharon recogieron la palabra “mamerto” para burlarse y aplastar sin razón, el argumento. Para nuestras élites del privilegio no valía la razón, solo la creencia.

Aplaudieron con sus gremios, desde sus empresas, que se construyeran mercados en la salud, en las pensiones y en los servicios públicos. “Así el país será como EEUU”, pensaron. Negocios y más negocios donde debería haber derechos.

Nunca se preguntaron qué pasaría con esos jóvenes a los que se dejaba sin universidad, esas madres a las que se dejaba sin salud, y a aquellos viejos a los que se dejaba sin pensión. Vivían en barrios cerrados como fortalezas desde donde no se ven esos jóvenes, esas señoras, esos viejos. De cuando en vez, algún viejito, alguna señora de esas, les vendían los dulces a la salida de las costosas universidades privadas.

No se dieron cuenta que ese país que no veían era la mayoría, que ese país era imprescindible para su propia sostenibilidad, para su propia vida, que sin el concurso voluntario y libre de las mayorías invisibles no era posible ni siquiera la calidad de vida de los más privilegiados.

Y de pronto los invisibles se volvieron visibles y levantaron la voz y expresaron su indignación y gritaron ¡Basta ya!

Fue como un estallido en la cara que no pueden entender. “Tengo derecho a pasar por la carretera porque yo si tengo con que pagar el peaje, dijeron”. El que tiene con qué tiene el derecho a ser libre y circular por donde se le de la gana, esa es la libertad, según ellos. La carretera es para quien circula las mercancías y para quien puede pagar el peaje. “Tengo derecho a impedir que indígenas rurales entren a mi ciudad”, dijeron, que se vayan a su hábitat natural clamó el senador, y dispararon; “tengo derecho a que no me perturben con sus gritos, tengo derecho a que no se expresen, a que nos dejen tranquilos”, pensaron.

Pero el mundo ya no es así. Esa juventud popular que indignada pide un lugar en la tierra ya no retrocederá, no importa a cuantos maten, no importa cuanto terror despidan en las palabras, no importa cuantos alaridos den, ya no retrocederán porque ya no tienen nada que perder.

Es Petro el culpable, gritaron, la propagandista dijo “Basta ya de Petro”, y no se dieron cuenta que eran ellos los culpables, que el “basta ya” social va hacia ellos.

Y claro nuestra sociedad privilegiada, que no es capaz de evaluarse a sí misma y su papel en la violencia y la injusticia en Colombia, decidió echarme la culpa, así de pronto, se podía impedir que fuese presidente.

Es Petro el culpable, el incendiario, el vándalo. Qué fácil era decir eso, para evadir su propia responsabilidad, la de su voto, la de su apoyo político y social a un régimen profundamente corrupto, mafioso e injusto.

Si Petro siempre ha apoyado a los pobres pues es el responsable que la juventud pobre se rebele, como si esa juventud fuese de zombis, como lo son ellos frente a RCN o Caracol.

Y pueden ahora aplaudir a Duque, como algunos ciudadanos de Ciudad Jardín de Cali, porque creen a pie juntillas que con fusiles, golpes, asesinatos y terror se puede disciplinar a los pobres, arrodillarlos, silenciarlos para que todo siga igual. Es que con el látigo se hace obediente al esclavo. Pero ya eso no es posible. Solo destruirán la democracia y cantarán los himnos del fascismo, pero nada más. La sociedad y la humanidad cambiaron para siempre.

El anacronismo histórico colombiano de restringir la democracia ya no es ningún camino. Duque cree que imita a Turbay y se iguala con él en su autoritarismo. Cree que eso es alcanzar la gloria. Cree que eso es ser buen gobernante. El único en Colombia que aun exhibe un busto de Julio Cesar Turbay, el torturador, es él. La historia no se repite y Duque hoy no es sino una simple comedia de Turbay.

Los sectores más privilegiados de Colombia pueden paramilitarizarse y sacar todos sus fusiles y dispararlos, con los policías pobres sirviéndoles de escudo, por si la chusma se les viene encima, y aún así no podrán detener los cambios.

Puede la prensa censurar todas pruebas del asesinato que comete el gobierno, pueden sacar mil portadas sindicándome de la responsabilidad de la violencia, y solo obtendrán la caída de sus clientes.

Por ese camino, de privilegios, señoríos, violencia, terrorismo, simplemente no hay futuro para nadie.

Quise invitar al diálogo a la joven pareja agresora, a argumentar, pero no fue posible. La joven gritaba que solo sobre su cadáver sería yo presidente y me preguntaba, mientras avanzaba a la puerta que me separaría de ellos para sumirme en la anestesia del procedimiento quirúrgico, cómo sería eso de pensar en volverse cadáver si las mayorías decidieran votar por mí. ¿Por qué habría que hacerse matar si las mayorías decidieran un cambio político real en Colombia? ¿Por qué morir si lo que vendría sería la gran aventura de la libertad y la emancipación? Que tonto pensar en una muerte juvenil cuando deberíamos vivir los nuevos tiempos y embriagarse con las nuevas posibilidades. “Primero muerta que usted presidente” gritaba y pensaba que eso es lo que había llevado a tantos millones de personas a aplaudir el fascismo y el genocidio, a aplaudir que fueran ejecutados 6.402 jóvenes.

Toda esta intención de responsabilizarnos de lo que no hemos hecho, tiene que ver con una evasión de responsabilidades de ellos mismos, y por allí no hay solución a los problemas del país.

El camino de la solución es otro.

Nada sacan los privilegiados de siempre o los nuevos del narco, disparando a jóvenes pobres. Solo profundizarán el problema. Ya dañaron la economía, ya la arruinaron. Ya el uribismo produjo que le quitaran el grado de inversión a Colombia, con lo que crecer será más costoso, ya condenaron al hambre a la mitad de la población, ya hicieron trizas la paz. Este es el resultado de ese programa. Creyeron que yo sería el que traería esa pesadilla y por eso votaron por Duque, pero fue Duque el que la construyó. Pensaron que yo arruinaría la empresa privada, pero fue Duque el que la arruinó. Si señores y señoras, el votar por el “No” a la Paz traía esto como consecuencia. Hacer trizas la paz, como cualquier ser humano cuerdo lo reconoce en cualquier parte del mundo, era hacer trizas el país.

Ya ustedes señores uribistas incendiaron el país. Ya hicieron real el “plomo es lo que hay” ¿les gusta ese país que nos entregan? Yo creo que no. A nadie le gusta este país que tenemos.

Entonces actuemos y entremos en cordura.

Cuando Europa salió de la segunda guerra mundial en donde murieron 50 millones de sus ciudadanos; cuando EEUU vio derruirse toda su economía y estar al borde de una revolución, actuaron con cordura. Hicieron un Pacto social. Los europeos llamaron ese pacto social, socialdemocracia y los norteamericanos lo llamaron New Deal. ¿Por qué no lo hacemos nosotros?

Colombia puede hacer un Pacto social.

Todo pacto social tiene dos elementos fundamentales: los que tienen aportan, con sus impuestos, y los que no, reciben derechos. Es la base de un estado democrático y es la base de la paz.

Los invito a eso, señores del privilegio, en vez de evadir responsabilidades volviéndome responsable de lo que no he hecho.

¿Quieren negocios? ¿Quieren calidad de vida? ¿Quieren no ser molestados? Entonces hay que lograr que esas mayorías nacionales tengan qué comer, dónde trabajar, dónde estudiar y cómo pensionarse.

El pacto social se puede convocar con el gobierno de Duque/Uribe o sin ellos. Si a ellos no se les da la gana de andar conjuntamente con nosotros este camino, de todas maneras puede comenzar el pacto social con un dialogo. La iglesia católica podría ser la mediadora entre los empresarios caleños, incluidos los de Ciudad Jardín, y los lideres juveniles de la resistencia. Por allí se podrían dar cuenta que no son enemigos y que pueden construir juntos un nuevo país.

El consejo inter gremial debería reunirse con el comité de paro. Los camioneros deberían reunirse con nosotros, los indígenas con la élite vallecaucana.

La Andi y Pro Bogotá, que han sido las asociaciones empresariales que han impulsado propuestas de avanzada, deberían ayudarnos en el esfuerzo del pacto social.

El primer gran acuerdo debería consistir en que la protesta es un derecho fundamental que no debe ser vulnerado violentamente por el gobierno. Eso ayudaría a pasar de los bloqueos a las grandes manifestaciones pacíficas. La Constitución prohíbe dispararle a los manifestantes.

El pacto social no es un escenario para el Esmad y el general Vargas, en realidad los deja sin oficio. Que la policía regrese a sus cuarteles a examinar la metida de pata histórica que han cometido, y la reestructuración que permita rescatarla.

Un Pacto social no es un incendio, es la paz.

Gustavo Petro