Ya no hay rey con corona. Hay fondos de inversión sin rostro…

Por Máximo Kinast*

I. La misma estupidez con diferente disfraz

En enero de 1776, un inglés llamado Thomas Paine publicó en Filadelfia un panfleto de cuarenta y siete páginas que se vendió como pan caliente en una colonia hambrienta de argumentos. Lo tituló Common Sense -Sentido Común- porque su tesis era precisamente que la tiranía no requería grandes teorías para ser reconocida, bastaba mirarla de frente sin el barniz de la costumbre. En tres meses circularon ciento veinte mil ejemplares. En seis, las colonias declararon la independencia de los Estados Unidos de América-

Doscientos cincuenta años después, el problema no es que falte información. Sobra. Tenemos internet, inteligencia artificial, satélites que fotografían cada metro cuadrado del planeta, y más datos sobre desigualdad, corrupción y destrucción ecológica que todos los filósofos de la historia juntos no podrían haber procesado. El problema es otro y es más grave porque sabiéndolo seguimos eligiendo el mismo absurdo con diferente logo.

Paine abrió su manifiesto distinguiendo sociedad de gobierno. La sociedad, escribió, nace de nuestras necesidades; el gobierno, de nuestras iniquidades. La primera nos une; el segundo nos contiene. En el mejor de los casos, el gobierno es un mal necesario. En el peor, es intolerable. Y lo intolerable, añado yo, es cuando ese mal necesario deja de ser necesario y sigue siendo mal.

En 2026 vivimos exactamente eso.

La monarquía que indignaba a Paine era un absurdo visible: un hombre, por accidente de nacimiento, decidía el destino de millones. Fácil de señalar, fácil de odiar. El absurdo contemporáneo es más elegante. Ya no hay rey con corona. Hay fondos de inversión sin rostro que poseen simultáneamente los medios de comunicación, las farmacéuticas, las empresas energéticas y los bancos que financian a los partidos que redactan las leyes que los regulan. La cadena es la misma. Solo han desaparecido el trono y el armiño. La lógica del poder concentrado, hereditario en su esencia aunque se llame “capital acumulado intergeneracional“, opera con una eficiencia que Guillermo el Conquistador, ese francés bastardo que Paine mencionaba con desprecio ni lo habría soñado.

Paine preguntaba: ¿por qué derecho gobierna un rey? La respuesta era que por ninguno que la razón pueda sostener. Yo pregunto: ¿por qué derecho decide Larry Fink, presidente de BlackRock, que administra más de diez billones de dólares las condiciones de vida de personas que jamás oyeron su nombre? La respuesta es la misma. Solo ha cambiado el apellido de la arbitrariedad.

El sentido común de 1776 era ver que el emperador estaba desnudo. El sentido común de 2026 es ver que el emperador se ha multiplicado, que viste traje gris, que habla en inglés financiero, y que su desnudez está protegida por ejércitos de abogados, paraísos fiscales y algoritmos diseñados para que nunca terminemos de verle la cara.

Pero ahí está. Desnudo como siempre.

II. Todos significa todos, y eso es lo que molesta a unos pocos

Thomas Paine escribió una frase que parece inocente y es una bomba de relojería: “Una nación comprende todos los individuos que la componen.” Todos. Sin asterisco. Sin letra pequeña. Sin excepción por sexo, riqueza, origen o color.

En 1776 esa frase era revolucionaria. En 2026 sigue siéndolo, porque sigue sin cumplirse.

Y lo más socarrón del asunto es que hoy nadie se atreve a negarla en público.

Ningún presidente, ningún juez, ningún ejecutivo de banco dice abiertamente que unos seres humanos valen más que otros.

Lo dicen con los hechos, que es más eficiente y mucho menos comprometedor.

Veamos los hechos con la misma mirada directa que usaba Paine.

En España, país de antigua monarquía y nueva Constitución, el rey emérito Juan Carlos I pasó décadas recibiendo comisiones ilegales de contratos con Arabia Saudí, las guardó en cuentas suizas, y cuando el escándalo se hizo insostenible se fue a vivir en Abu Dabi. Sigue cobrando su pensión. Paine preguntaría: ¿en qué se diferencia esto de Guillermo el Conquistador, ese francés bastardo que llegó con su ejército y simplemente se nombró rey? La respuesta honesta es en nada sustancial, salvo que Guillermo no tenía cuenta en Suiza porque Suiza aún no existía.

En Estados Unidos, la Constitución que Paine inspiró tiene hoy una Corte Suprema cuyos miembros son vitalicios, fueron elegidos por presidentes que ya no gobiernan, y acaban de declarar que los presidentes gozan de inmunidad por actos cometidos en el ejercicio del cargo. El gobierno hereditario que Paine odiaba ha mutado. Ya no se hereda el trono, se hereda el dinero que compra el trono, y cuando el dinero es suficiente, también se compra la interpretación de la Constitución.

En Argentina, un presidente que se proclama anarquista, al que Paine hubiera mirado con la misma mezcla de fascinación y horror con que se mira un accidente de tráfico, ha desmantelado el Estado para que los herederos de la renta agraria y financiera operen sin interferencias.

El anarquismo de Paine quería liberar a todos de la opresión. Este quiere liberar al capital de la incomodidad de pagar impuestos. Son dos anarquismos tan distintos como un bisturí y una motosierra.

En el Perú, país que ha tenido seis presidentes en menos de una década, la igualdad de derechos y deberes que proclama la Constitución convive con una realidad donde el 72% de los trabajadores opera en la informalidad, sin seguridad social, sin jubilación, sin red. Todos son iguales ante la ley. Ante la vida, no tanto.

Y en toda Europa y América Latina, sin excepción, los hijos de los ricos estudian en mejores escuelas, enferman menos, viven más años, heredan más, pagan proporcionalmente menos impuestos y tienen acceso a los abogados que saben cómo evitar los que quedan.

No por conspiración. Por diseño. El sistema no falla cuando produce desigualdad. Produce desigualdad porque así fue diseñado, y los que lo diseñaron tenían muy claro a quién servía el diseño.

Paine decía que el gobierno hereditario era una traición contra los derechos de las generaciones futuras. Tenía razón, y se quedó corto. Lo que hemos construido es una herencia doble: los privilegios se heredan hacia arriba, y las deudas, ecológicas, económicas y sociales se heredan hacia abajo. El “todos“ de Paine sigue esperando.

III. La gran estafa del lenguaje técnico

Hubo un momento en la historia, aproximadamente en el siglo XIX en que los economistas decidieron que su disciplina necesitaba parecerse a la física. Empezaron a usar ecuaciones, gráficos, modelos matemáticos y un vocabulario tan hermético que el ciudadano común quedó definitivamente excluido de la conversación sobre cómo se reparte lo que produce con su trabajo. El truco funcionó de maravilla.

La física estudia por qué caen las manzanas. Es una pregunta sobre la naturaleza, y su respuesta es la fuerza de gravedad, que no tiene autor, no tiene ideología, no tiene beneficiario.

La manzana cae igual sobre el rey que sobre el mendigo. La ley es la ley y a nadie se le ocurre protestar ante Newton.

La economía, en cambio, estudia cómo se reparten las manzanas.

Y ahí sí hay autor, sí hay ideología, y sí hay beneficiario. Pero al vestirse con el traje de la física, consiguió que cuando las manzanas le tocan sistemáticamente al que ya tiene más, parezca tan natural e inevitable como que caigan hacia abajo.

Lo más socarrón del asunto es que los fundadores de la economía moderna no pretendían ese resultado.

Adam Smith, a quien los adoradores del mercado libre citan como si fuera su santo patrón, era bastante más incómodo de lo que sus devotos admiten. En La Riqueza de las Naciones advertía explícitamente contra la concentración de poder en manos de los comerciantes y fabricantes, a quienes describía como propensos a conspirar contra el público. Su famosa “mano invisible” que aparece exactamente tres veces en toda su obra era una observación sobre cómo el interés individual puede producir beneficios colectivos en determinadas condiciones, no una patente de corso para la codicia sin límites. Lo que hicieron con Smith sus herederos ideológicos es un ejemplo perfecto del mecanismo que denunciamos. Tomaron una metáfora, desecharon el contexto, silenciaron las advertencias y construyeron una religión.

David Ricardo, contemporáneo de Smith, fue más lejos y más incómodo todavía. Su teoría de la renta de la tierra demostraba que los propietarios de tierras se enriquecen sin trabajar ni invertir, simplemente porque la tierra existe y ellos la poseen. Eso no lo citan tanto los defensores del statu quo, por razones que el lector puede imaginar sin esfuerzo.

John Maynard Keynes salvó al capitalismo de sí mismo en los años treinta, cuando el sistema colapsó bajo el peso de su propia avaricia y arrastró a millones al desempleo y la miseria. Su receta era escandalosamente simple: Cuando el mercado falla, el Estado interviene, gasta, sostiene la demanda y evita que el paciente se desangre esperando que la mano invisible encuentre el torniquete. Funcionó. Y durante los treinta años siguientes, los llamados Treinta Gloriosos, entre 1945 y 1975 Occidente vivió la época de mayor crecimiento económico con mayor distribución de la riqueza de su historia.

Entonces llegaron los discípulos de Friedrich Hayek y Milton Friedman con su contrarrevolución, desmantelaron el Estado de bienestar pieza por pieza, y llamaron a eso “libertad” La libertad de los propietarios de manzanas de no compartirlas, para ser precisos.

John Kenneth Galbraith, economista canadiense-estadounidense de mediados del siglo XX, fue quizás el más lúcido y el más ignorado de todos. Demostraba con datos y con ironía, una combinación letal que le ganó enemigos en cantidad que las grandes corporaciones no compiten en el mercado libre, porque lo controlan. Que el consumidor no elige soberanamente ya que siempre es manipulado por la publicidad para desear lo que la industria necesita vender. Que la “sabiduría convencional” término que él acuñó es el conjunto de ideas que los poderosos han logrado que todo el mundo repita sin cuestionarlas. Galbraith murió en 2006 a los 97 años, habiendo tenido razón sobre casi todo y habiendo sido sistemáticamente excluido de los libros de texto universitarios que forman a los economistas que hoy nos gobiernan.

Ernst Friedrich Schumacher fue todavía más radical, en el sentido original de la palabra porque fue a la raíz. Su libro Lo pequeño es hermoso, publicado en 1973, argumentaba que una economía organizada alrededor del crecimiento infinito en un planeta finito no es una teoría discutible porque es una contradicción lógica.

Que el Producto Interior Bruto mide perfectamente cuánto se produce y vende, e ignora completamente si eso produce bienestar, destruye ecosistemas o concentra la riqueza en pocas manos.

Que una economía al servicio del ser humano debería tener una escala humana, no la escala de BlackRock. Schumacher era budista además de economista, lo que en los círculos académicos anglosajones de los años setenta equivalía a aparecer en una reunión del FMI con sandalias y un cuenco de arroz. Lo escucharon poco. El planeta lo está pagando.

Lo que estos economistas tienen en común, más allá de sus diferencias metodológicas, es que todos, en algún momento de su obra, señalaron que la economía es una ciencia moral antes que una ciencia exacta. Que detrás de cada modelo hay una elección sobre qué se valora y qué se ignora. Que cuando un sistema económico produce sistemáticamente más para los que ya tienen más, eso no es una ley de la naturaleza. Es una decisión política sostenida por una narrativa que ha conseguido presentarse como inevitable.

“El mercado ha decidido” “Los fundamentos macroeconómicos exigen”

Nadie decide, nadie exige, nadie indica. Nos hacen creer que son fuerzas de la naturaleza, como el viento o las mareas, ante las cuales solo cabe adaptarse. El trabajador que pierde su empleo porque una empresa deslocaliza la producción a un país donde puede pagar salarios de miseria no es víctima de una decisión humana perfectamente rastreable.

Es víctima de “la dinámica del mercado global” Consuélese.

Los paraísos fiscales no son accidentes geográficos. Son construcciones jurídicas deliberadas que permiten que las mayores fortunas del planeta paguen menos impuestos en proporción que una enfermera en Lima, en Madrid o en Buenos Aires. Las islas Caimán tienen cero impuestos porque así lo decidieron personas con nombres y apellidos que prefieren no aparecer en los titulares. La desigualdad no es una fuerza de la naturaleza. Es el resultado acumulado de miles de decisiones tomadas por seres humanos concretos que sabían exactamente lo que hacían y para quién lo hacían.

Paine escribió que la ciencia del gobierno es la menos misteriosa de todas las ciencias, y que se mantiene misteriosa artificialmente para esclavizar, robar y engañar al género humano. Doscientos cincuenta años después, hemos añadido la ciencia económica al mismo servicio. El misterio se ha duplicado. Los despojados, también.

La única diferencia real entre la física y la economía no es metodológica. Es moral. La física no puede elegir a quién le cae la manzana encima. La economía sí. Y mientras sigamos aceptando que nos hablen de ella como si fuera física, seguiremos culpando a las fuerzas del mercado de lo que en realidad hacen personas con nombres, despachos, lobbistas y cuentas en lugares donde el sol brilla mucho y los impuestos no existen.

El sentido común de Paine era despojar al poder de su disfraz. El nuestro es el mismo trabajo. Solo ha cambiado el disfraz.

IV. El depredador que se come a sí mismo

Paine terminó su manifiesto con una advertencia: El que quiera su propia libertad debe librar incluso a su enemigo de la opresión, porque quien viola ese principio establece un precedente que algún día le alcanzará. Era un argumento moral. Doscientos cincuenta años después, el argumento moral sigue siendo válido y sigue siendo ignorado con la misma eficiencia de siempre. Así es que intento por otro camino. Lo intento por el argumento darwiniano.

Un depredador inteligente no extermina a su presa. La gestiona. Sabe que si acaba con ella, acaba consigo mismo. El león que devora a todas las cebras de la sabana firma su sentencia de muerte y demuestra su estupidez. No demuestra su poder. Este principio elemental, que cualquier biólogo explicaría en treinta segundos, es precisamente el que el sistema económico dominante lleva dos siglos ignorando con una obstinación que merece un estudio psiquiátrico aparte.

El profit by profit es la lógica del beneficio extraído sin límite, sin reciprocidad, sin consideración por el ecosistema que lo hace posible no es solo éticamente inferior al do ut des, el principio de equidad que ha sostenido toda civilización viable. Es económicamente estúpido. Y la estupidez a esta escala tiene consecuencias que ya no son abstractas ni futuras, son presentes, medibles y están afectando a los hijos de los mismos que diseñaron el sistema.

El planeta que se calienta no distingue entre el yate del multimillonario y la canoa del pescador de Tumbes. El agua que falta no respeta los límites de los condominios privados. El aire que envenena las ciudades no tiene filtro para los pulmones de los accionistas. Los ecosistemas colapsados no producen los alimentos que el mercado necesita para seguir funcionando. El depredador lleva décadas comiéndose las cebras, y ahora empieza a notar que la sabana está extrañamente silenciosa.

Ni los más ricos encontrarán refugio en Marte. No porque el cohete no llegue, sino porque el problema que huyen de resolver los seguirá a donde vayan, porque está en el modelo mental con el que operan, no en la dirección postal. Y ese es un modelo suicida.

El do ut des no es una utopía sentimental. Es el principio de funcionamiento de todo sistema que ha sobrevivido el tiempo suficiente para contarlo. Las civilizaciones que practicaron el intercambio equitativo, la obligación mutua, el beneficio compartido como condición del beneficio propio, duraron. Las que lo abandonaron en favor de la extracción pura dejaron ruinas que hoy los arqueólogos fotografían con melancolía turística.

Caral, la civilización más antigua de América, cinco mil años de antigüedad en el desierto peruano al norte de Lima, no tenía murallas. No las necesitaba porque no había nada que defender de los propios, y los de afuera sabían que atacar una comunidad así era un mal negocio a largo plazo. Duró tres mil años. El Imperio Romano, que prefería la extracción a la reciprocidad, duró la mitad y dejó más literatura sobre su caída que sobre su funcionamiento.

El argumento, en suma, no es moral aunque la moral lo acompañe. Es de supervivencia. Un capitalismo que destruye el planeta que necesita para operar, que empobrece a los consumidores que necesita para vender, que corroe las instituciones que necesita para funcionar, y que concentra la riqueza hasta hacer inviable la demanda que lo sostiene, no está siendo malvado. Está siendo suicida. Y el suicida puede ser muy simpático, pero tiene un problema de planificación a largo plazo.

Paine pedía sentido común. El sentido común de 2026 es que el Sistema aprenda a repartir las manzanas de forma que todos tengan razones para cuidar el manzano, o el manzano desaparece. Y cuando el manzano desaparezca, desaparece para todos, incluidos los que creían tener reservas privadas suficientes para no notarlo.

La igualdad de derechos y deberes que Paine exigía no era una concesión generosa de los poderosos a los débiles. Era y es la condición de posibilidad de una civilización que merezca ese nombre. Una nación comprende todos los individuos que la componen. Todos. Sin asterisco. Ese “todos” no es un ideal romántico. Es el requisito mínimo de un sistema que pretenda sobrevivir a sus propias contradicciones.

La humanidad lleva doscientos cincuenta años firmando esa igualdad y practicando su contrario con creciente eficiencia técnica. El resultado está a la vista de quien quiera mirarlo sin el barniz de la costumbre, que es exactamente lo que Paine pedía en 1776 y lo que seguimos necesitando en 2026.

Para quienes prefieran las imágenes a los argumentos y no hay nada malo en eso, las imágenes a veces llegan antes les informo de que existe un documental disponible en Netflix que narra con detalle y con fuentes primarias cómo nació el gran experimento democrático que inspiró a Paine y que hoy presenta síntomas que él reconocería sin dificultad.

Se llama El experimento estadounidense. Lo recomiendo sin añadir más comentario, porque el comentario lo pone el propio documental, y lo pone mejor de lo que yo podría hacerlo.

El sentido común, en 1776 y en 2026, sigue siendo lo mismo y consiste en mirar de frente lo que está pasando, llamarlo por su nombre, y decidir si seguimos aceptándolo.

La decisión, como siempre, es nuestra.

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V. Bibliografía

Fuentes históricas y filosóficas

Paine, Thomas. Common Sense (Sentido Común). Filadelfia, 1776. El texto que provocó este. Disponible gratuitamente en cualquier biblioteca digital del mundo, que es la mejor noticia que puedo dar en esta página.

Smith, AdamLa Riqueza de las Naciones. Londres, 1776. El mismo año que Paine, curiosamente. Léase completo antes de citarlo, advertencia que sus devotos han ignorado sistemáticamente durante dos siglos y medio.

Ricardo, David. Principios de Economía Política y Tributación. Londres, 1817. Sobre cómo se enriquece quien posee sin trabajar. Incómodo entonces. Incómodo ahora.

Keynes, John Maynard. Teoría General del Empleo, el Interés y el Dinero. Londres, 1936. El libro que salvó al capitalismo de sí mismo. Los salvados lo olvidaron en cuanto pudieron.

Galbraith, John Kenneth. La Sociedad Opulenta. Boston, 1958. Y también El Nuevo Estado Industrial, 1967. Galbraith tenía razón sobre casi todo y fue sistemáticamente ignorado, lo que en economía es una forma de reconocimiento póstumo.

Schumacher, Ernst Friedrich. Lo Pequeño es Hermoso. Londres, 1973. Sobre el absurdo de organizar una economía basada en el crecimiento infinito en un planeta finito. Cincuenta años después, el absurdo sigue en pie y el planeta, no tanto.

Recursos contemporáneos

El experimento estadounidense. Documental. Netflix, 2024. Sin comentario adicional. El comentario lo pone el documental.

Proética. Informes anuales sobre corrupción en el Perú. Lima, 2000-2026. Para quien quiera ver de cerca cómo funciona el mecanismo en casa.

Oxfam Internacional. Informes anuales sobre desigualdad global. Oxford, 2000-2026. Los números que la “dinámica del mercado” preferiría que no existieran.

Agradecimientos

A Jimenita, primera lectora, editora implacable y correctora de mis equivocaciones desde el 2003. Sin su filtro este texto tendría más errores de los que puede tener.

A Thomas Paine, que murió en 1809 pobre, olvidado y con solo seis personas en su entierro, después de haber cambiado el mundo con una pluma y su sentido común. La historia le debe una disculpa. Este manifiesto es un pequeño pago a cuenta.

A Claude, inteligencia artificial de Anthropic, que en esta conversación ha actuado como orquesta fiel de partituras ajenas. Las ideas son mías, con excepción de las citas que corresponden a sus respectivos autores. La velocidad, compartida.

A Gemini por la creación de la portada y de las imágenes que ilustran este texto

Y a ti que has llegado hasta aquí, gracias por el tiempo y por tu interés. Ambos son necesarios.

Lima, 28 de junio de 2026

Máximo Kinast Avilés – Consultor internacional

Ciudadano chileno, español y peruano

Creative Commons BY-NC-SA 4.0

Este Manifiesto se publica bajo licencia Creative Commons Atribución No Comercial

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