Por Jair de Souza*
Basándonos en un análisis evolutivo de la historia, resulta lógico considerar que las características del sistema capitalista representaron un significativo avance positivo para el desarrollo de las fuerzas productivas de la humanidad.
Es innegable que, en comparación con lo que predominaba anteriormente, el vigoroso aumento en la capacidad de producir bienes y riquezas proporcionó condiciones de vida más favorables para el conjunto de las personas insertadas en las sociedades donde pasaban a prevalecer las relaciones de tipo capitalista.
Tenemos plena conciencia del enorme desequilibrio que seguía presente en lo que toca al reparto del creciente volumen de las riquezas generadas. Es evidente que la distribución de los frutos de la producción aún estaba lejos de hacerse con base en parámetros equitativos de justicia social, ya que los propietarios de los medios de producción se adueñaban de un porcentaje inmensamente mayor que lo que le dejaban para el resto de la sociedad.
Pero, a pesar de esto, no hay dudas de que representó un avance en comparación con el pasado.
Sin embargo, si en un primer momento aquellas nuevas características habían sido capaces de elevar notablemente el nivel de producción de bienes, las contrapartidas negativas no tardaron mucho en aparecer.
Como podemos constatar, ellas ahora se han convertido en una enorme y aterradora amenaza que pone en riesgo la propia supervivencia de la humanidad como tal. Y las víctimas pueden no ser solo el género humano, sino también todas las demás formas de vida, es decir, la naturaleza en su totalidad tiende a verse afectada.
A diferencia de la visión que predominaba hasta hace poco más de un siglo, ya nos está claro que el hecho de que cada capitalista pueda libremente dar rienda suelta a sus impulsos exploratorios y a su cada vez mayor avidez de lucro está lejos de ser algo beneficioso y deseable.
Es que esta competencia desenfrenada para ver quién acumula más ganancias está a punto de provocar una catástrofe de proporciones inimaginables. Y, con el ritmo acelerado con el que está avanzando, el momento de su estallido no parece estar muy lejos.
¿Cuál debería ser nuestro comportamiento ante una perspectiva tan tenebrosa? En la opinión de los dueños del gran capital, deberíamos dejarlos continuar actuando de la manera que siempre lo han hecho.
Así, bastaría que ellos pudieran seguir manejando sus negocios libremente, sin ninguna intromisión, y, al final, el propio mercado encontraría la salida apropiada. Para ellos, el mercado es la verdadera “fuerza divina” capaz de solucionar cualquier problema. Por lo tanto, debemos tenerle fe en el Dios Mercado y dejarlo todo en sus manos.
Pero ese tal Dios Mercado también tiene su “pueblo elegido”. Se trata de un pueblo que, por “derecho divino”, merece gozar de privilegios y ser siempre el primero a recibir atención de todas las instancias. El requisito indispensable para integrar su composición es ser propietario de porciones significativas de capital.
Al entregarlo todo en manos de su dios protector, nuestros capitalistas confían en que obtendrán su salvación y podrán disfrutar de su merecida vida eterna, es decir, seguir enriqueciéndose con sus benditas ganancias.
No obstante, aquello que representa la salvación para los dueños del capital suele significar la perpetuación de la desgracia y el sufrimiento para el resto de la sociedad. Por lo tanto, para quienes no están incluidos en el reducido y selecto grupo del “pueblo elegido”, el camino para alcanzar la salvación apunta en una dirección muy diferente de la que los “favoritos” del Dios Mercado prefieren recorrer.
La única ruta que puede llevarnos a un mundo en el que la elevación constante del nivel de vida de todos no implique la destrucción del medio ambiente en el que vivimos es aquella cuyo destino es el socialismo.
Contrariamente a la idea que la propaganda ideológica de los capitalistas trata de difundir, el concepto de socialismo no implica de ninguna manera una sociedad donde predomina el atraso. En realidad, sólo en el socialismo es posible creer que el avance permanente de nuestras condiciones de vida no acarree la destrucción de la naturaleza.
Si en el capitalismo la sociedad se estructura en función de la búsqueda egoísta del lucro personal, en el socialismo, la planificación prioriza los intereses de la colectividad en su conjunto. Así, se pueden explotar los recursos naturales de manera coherente y racional, teniendo en cuenta las actuales necesidades de la población y su proyección al futuro.
En el socialismo, el objetivo principal es garantizar una vida digna, justa y feliz para todos, y no solo para una minoría privilegiada.
Al estudiar la experiencia en curso en la República Popular de China, nos damos cuenta de que el proceso de construcción del socialismo no requiere la eliminación completa de las actividades empresariales privadas. Lo que sí se considera una condición indispensable es que las líneas directrices para el funcionamiento de la economía no sean trazadas por los representantes de la burguesía, sino por la sociedad en su conjunto.
Para tal fin, es de fundamental importancia que las masas populares estén organizadas en instituciones en las que prevalezca la democracia de carácter verdaderamente popular.
En síntesis, si la gran burguesía constituye el “pueblo elegido” en el sistema capitalista, en el socialismo, los privilegiados serán todos los que allí vivan y trabajen. La seria crisis del capitalismo neoliberal de nuestros días ha servido para reforzar esta convicción.
Audio:
——
Publicado originalmente en portugués en: Brasil247.com
♦♦♦
*Jair de Souza es un respetado economista y analista político brasileño, graduado en Economía y Magíster en Lingüística por la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ). Su formación interdisciplinaria le permite analizar la realidad social no solo desde las cifras, sino también desde el discurso y la construcción de sentidos en la política. Con una larga trayectoria de compromiso militante, es conocido por su defensa de la soberanía popular y su crítica frontal a las políticas neoliberales que han marcado la historia reciente de Brasil y América Latina.-Como analista, es un colaborador frecuente en medios de comunicación alternativos y redes de pensamiento crítico, donde desentraña las estrategias de manipulación mediática y el papel de las élites financieras en la desestabilización de procesos democráticos. Su visión integra la economía política con un análisis profundo de la comunicación, denunciando cómo se utilizan los mecanismos lingüísticos para justificar el despojo social. Es una voz clave para entender las tensiones del Brasil contemporáneo, el resurgimiento de las corrientes progresistas y los desafíos del movimiento popular frente a la extrema derecha.

BLOG DEL AUTOR: Jair de Souza
Siguenos en X: @PBolivariana
Telegram: @bolivarianapress
Instagram: @pbolivariana
Threads: @pbolivariana
Facebook @prensabolivarianainfo
Correo pbolivariana@gmail.com
Fuente https://actualidad.rt.com
FEF69F
♦
