Por: Lenín Cardozo* 

Hay una forma de sufrimiento que no siempre se ve. No hace ruido. No aparece en estadísticas. Pero pesa.

Es la soledad de no sentirse escuchado.

En Venezuela, esa soledad se ha vuelto estructural. No es un momento, no es una crisis pasajera. Es una condición que se ha extendido por más de dos décadas, especialmente en torno a uno de los elementos más básicos para la vida moderna: la electricidad. Porque cuando falla la electricidad, no falla solo un servicio. Falla la cotidianidad. Falla la posibilidad de planificar. Falla la tranquilidad.

Millones de venezolanos viven hoy en una incertidumbre constante, marcada por apagones recurrentes que no son eventos aislados, sino parte de una crisis prolongada del sistema eléctrico. En regiones como el Zulia, recientemente los cortes han apagado por completo al Estado, afectando la vida familiar, el trabajo y la economía.

Y sin embargo, lo más grave no es solo la falla técnica. Es la desconexión humana. Es la sensación de que la realidad cotidiana de la gente —sus angustias, sus pérdidas, sus frustraciones— no está siendo comprendida ni atendida. Se ha intentado normalizar lo inaceptable.

Se ha pretendido acostumbrar a la población a vivir con menos. Menos electricidad. Menos estabilidad. Menos futuro.

Pero ninguna sociedad puede construirse desde la lógica de la resignación a lo menos.
Las naciones que avanzan no son las que aprenden a sobrevivir con lo mínimo.
Son las que se organizan para aspirar a lo máximo. Porque imaginar un futuro implica energía. Literal y simbólicamente. Sin energía, no hay desarrollo. Sin energía, no hay productividad. Sin energía, no hay dignidad. Y aquí es donde el problema deja de ser solo técnico para convertirse en profundamente humano.

Cuando una sociedad deja de ser escuchada, comienza a desconectarse no solo de sus instituciones, sino también de la posibilidad de creer. Y sin esa creencia, todo se vuelve más difícil: trabajar, emprender, construir, permanecer. Pero incluso en medio de esta realidad, hay una verdad que comienza a abrirse paso: la solución no puede seguir siendo esperar.

Durante años se ha dependido de un sistema centralizado, vulnerable, extendido y frágil. Un sistema donde una falla en cualquier punto del recorrido deja sin electricidad a regiones enteras. Y en ese esquema, el Zulia —por su ubicación— termina siendo muchas veces el último en recibir… y el primero en perder.

Frente a esto, surge una idea que durante mucho tiempo fue ignorada, subestimada o incluso considerada una exageración: que cada hogar pueda generar su propia energía. No como un lujo. No como una utopía. Sino como una necesidad.

La generación distribuida, especialmente a través de sistemas fotovoltaicos, no es solo una solución técnica. Es una forma de devolverle a las familias algo fundamental:
control.
Control sobre su energía.
Control sobre su estabilidad.
Control sobre su vida cotidiana. Y, en el fondo, control sobre su dignidad.

Porque cuando una familia puede encender una luz sin depender de la incertidumbre externa, no solo recupera electricidad.
Recupera tranquilidad.
Recupera autonomía.
Recupera futuro.

La verdadera tragedia no es que la solución no exista. Es que durante demasiado tiempo no se quiso escuchar. Pero aún estamos a tiempo de cambiar esa historia. Porque incluso en medio de la oscuridad más prolongada, hay algo que sigue estando disponible todos los días, sin interrupciones, sin excusas: la luz del sol.


*Lenin Cardozo Parra es un destacado periodista, ambientalista y político venezolano, reconocido principalmente por su incisiva labor en la defensa del ecosistema y su trayectoria en la gestión pública y comunicacional del estado Zulia.Se desempeñó como Secretario de Ambiente, Tierras y Ordenación Territorial de la Gobernación del Zulia. Durante su gestión, impulsó proyectos de preservación del Lago de Maracaibo y la creación de brigadas ambientalistas.-lenincardozoparra@gmail.com.-@Cardozo_Lenin

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