En realidad, nadie sabía hacia dónde se movían las acciones bursátiles…

«Fuimos educados para un mundo inexistente» es un libro en gestación, en la pluma del excelente Daniel Pizarro. Este capítulo forma parte de ese libro. ¡Que aproveche!

Por Daniel Pizarro*

Por esa misma época me torcí un tobillo jugando fútbol y tuve que usar una bota ortopédica. Ya no las hacían de yeso sino de un material plástico y resistente y ahora se podía caminar con ellas sin que se fueran deshaciendo como el pan duro. Me recuerdo yendo a la carrera con la bota para alcanzar una micro en el paradero. Se había convertido en la bota ortopédica más ligera del mundo, mi propia bota de siete leguas. Cuando más tenía que correr era en el día del comité de Inversiones. No podía permitirme el menor retraso, por lo mismo, tomaba todas las precauciones para salvar los imprevistos del tránsito y me disponía desde temprano a usar todas las combinaciones posibles del transporte público: micros de vías exclusivas que conectaban con el Metro, incluso taxis que me acercaban hasta un paradero de microbuses con vías exclusivas o al Metro; y si el tráfico de las calles se había estancado, no quedaba más opción que correr hasta un paradero de vías exclusivas o a la estación más próxima del Metro.

No es que mi presencia en el comité de Inversiones fuera esencial; todo lo contrario, yo era un empleado perfectamente reemplazable. Sin embargo, cualquier atraso me lo harían sentir como si fuera una falta gravísima y esto porque en el trabajo, según aprendí entonces, impera una ley no escrita: mientras más insignificantes seamos, más imperdonable será nuestra ausencia. Yo estaba casi en el culo de la jerarquía y el gerente de Inversiones se complacía en hacérmelo notar. Lo hacía con la mirada, con unos ojos claros, chispeantes, como si el mero hecho de tenerme ante su vista le provocara cosquillas. No puedes ser tan penca, tan charcha, tan rasca, me decían esos ojos al verme entrar apurado en la sala. Y eso que yo parecía un duque al lado de Robocop, el júnior que servía los cafés con una pierna ortopédica ajustada a la rodilla. Pero a diferencia de mí Robocop tenía un lugar fijo, una posición bien definida dentro de la organización, en cambio mi posición era más que dudosa y pienso que cuando el gerente de Inversiones me miraba lo que veía era una figura borrosa, levemente desdoblada como las imágenes de un televisor que sintoniza con dificultades la señal, y ese efecto era recíproco e irritante, pues tampoco yo podía ver al gerente de Inversiones como una silueta bien delineada sino que me parecía que su posición allí, en la testera de la mesa, era la viva imagen de una injusticia eterna.

Yo cumplía con redactar la minuta del comité para elaborar después el informe semanal que se enviaba por correo electrónico a los clientes y que pasaba por mil revisiones antes de ser despachado. Digamos que ejercía el milenario oficio de amanuense o escribano, en este caso al servicio de la burocracia financiera. Esa podría haber sido mi posición, pero tampoco terminaba de delinearse bien. Y ahora creo entender el porqué: porque los ojos aguados del gerente de Inversiones, al posarse sobre mí desde el extremo opuesto de la mesa oblonga, lo hacían pensar en que ninguna bolsa de valores se ha desplomado ni se desplomará jamás por una coma mal puesta, ningún crack bursátil tendrá lugar por la falta de una tilde. Yo era la irrelevancia en persona y por la misma razón me exigían máxima puntualidad en el comité de Inversiones. Detrás de esta forma de entender el mundo evidentemente estaba el hecho de justificar los ingresos del gerente de Inversiones y los míos, la repartija del botín. En el corazón del mundo se encuentra el capital financiero y sus órbitas concéntricas, a medida que se apartan del centro, van perdiendo consistencia y realidad. Pero este trabajo desgraciado me permitía sostenerme en la línea de flotación de la existencia, el gerente de Inversiones lo tenía muy claro y me lo hacía notar con sus ojos chispeantes como si me estuviera haciendo un inmenso favor. Yo también lo intuía y por eso apretaba el paso por las calles para subirme a cualquier medio de transporte colectivo. Cuando llegué a la sala de reuniones, más conocida como la pecera por tener las paredes de vidrio, escondí la bota ortopédica debajo de la mesa y comencé a tomar los apuntes que me servirían para redactar el informe de Inversiones.

Ese informe consistía en algo elemental: por cada una de las principales empresas que cotizaban en la bolsa de valores yo debía anotar en mayúsculas un verbo en la columna a la derecha de cada nombre: COMPRAR, VENDER, MANTENER. Cada verbo estaba impreso sobre un color diferente para destacar la recomendación: comprar, azul; vender, rojo; mantener, verde. Cualquier error me podía costar una mano. O más bien los testículos, pues en el comité de Inversiones se hablaba abierta y francamente de convertirnos en eunucos si cometíamos una equivocación. El comité sesionaba, discutía sobre las tendencias de los precios accionarios con los informes de la competencia encima de la mesa, se recurría a ciertos modelos predictivos como uno de las velas, por lo que recuerdo, y también a otras payasadas semejantes. Mi impresión de fondo era que nadie sabía nada. En realidad, nadie sabía hacia dónde se movían las acciones bursátiles. Todos cacareaban en la pecera —había que cacarear fuerte, para eso les pagaban—, los informes cacareaban y, por otro lado, en una dimensión paralela, los valores de las acciones subían, bajaban o se mantenían en el tiempo, y nadie sabía nada. Todo me hacía pensar en las carreras de caballos. Nadie sabía nada, pues si todos supieran se comportarían de la misma forma y no habría ganancias ni pérdidas; las ganancias eran resultado de la ignorancia y la información privilegiada de los accionistas mayoritarios. Sobre todo de esta última.

¿Qué diferencia hace si te gustan los libros o las carreras de Fórmula 1?, preguntó una vez el gerente de Inversiones hablando fuerte para que todos lo oyeran, yo en primer término. A mí me gustaban los libros, a él las carreras de autos. Cada cual con sus gustos, dijo con voz altisonante. Dado que no existía ningún valor universal o supremo para establecer jerarquías, todo se podía regir y ordenar por el gusto personal. Esto era lo que quiso darnos a entender en el comité de Inversiones. Había elevado la libertad de elegir al lugar de un valor absoluto: comprar, vender o mantener. Me miraba sonriendo y me despreciaba. Cuánto me despreciaba ese hombre de ojos celestes como los míos. Yo era un hueso de pollo atravesado en su garganta. Qué insignificante tu vida, me decía por telepatía. A cuán poco llegaste. Con qué poco te has conformado. Pero se entiende, no te dio para más; no tuviste la inteligencia ni tampoco la fortuna. No estudiaste en los colegios ni en las universidades donde se forman los gerentes. Tienes que conformarte con tu destino, y no se te ocurra confundirte de color: azul, comprar; rojo, vender; verde, mantener. No se te ocurra llegar un minuto tarde al comité de Inversiones.

Ese hombre me recordaba a unas marionetas que pasaban por televisión cuando era niño, unos muñecos que al moverse daban la impresión de hallarse bajo el agua: los Thunderbirds. También las mandíbulas se les movían de un modo extraño al hablar, no importaba qué estuvieran diciendo, siempre se batían igual, abriéndose y cerrándose en un balbuceo anodino, estúpido. Cuando me hablaba, las pocas ocasiones en que abría la boca para dirigirme la palabra en el comité, podía ver los hilos que lo sostenían de las articulaciones y le otorgaban esa movilidad artificial que habría hecho llorar de susto a un niño pequeño. Pensando en él, en las noches llegaba a decirme que todos los hombres como el gerente de Inversiones, la gente con dinero, los de su misma clase o condición social, todos ellos se parecían a esas marionetas perturbadoras de mi infancia: cabezones, de mediana estatura, pelo rubio o castaño claro compacto y bien peinado como si llevaran un casco de plástico, los miembros tiesos por la limitación de movimientos, y sus bocas, ah sus bocas siempre balbucientes porque decían o reproducían lo mismo, una orden o una instrucción perentoria, y los ojos aguados que delataban una abismante falta de inteligencia, una estulticia que —me lo preguntaba por las noches— les venía de la cuna o tal vez del propio dinero acumulado, la riqueza los tenía embrutecidos, entontecidos y envilecidos, todo a la vez.

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BLOG DEL AUTOR: Daniel Pizarro
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