José A. Amesty Rivera*

Lo que sucedió en Madrid con relación a la presidenta venezolana Delcy Rodríguez, no es un hecho menor ni un simple exceso verbal. Que en pleno acto político le griten “mona” a una mujer latinoamericana, con rasgos afrodescendientes y en una posición de poder, no es un accidente ni una “salida de tono”. Es la expresión directa de una forma de discriminación racial que sigue viva, que se adapta a los tiempos y que encuentra nuevos espacios para meterse incluso en la política.

Y hay que decirlo claro, se trata de algo básico, la dignidad humana y los límites del debate político; cuando esos límites se rompen, no solo se daña la imagen de una persona, se degrada toda la vida pública.

Para entender por qué esto es grave, hay que mirar un poco atrás. La discriminación racial en América Latina (y también en su relación con Europa) no es nueva. Viene desde la colonia, cuando se armó un sistema de castas donde el color de piel y el origen definían casi todo, derechos, trabajo, estatus y poder, en aquel sistema, las personas afrodescendientes e indígenas quedaron abajo, sin voz y con menos oportunidades.

Aunque este sistema desapareció en lo legal, en la práctica dejó huellas profundas. Cambió de forma, se volvió más silencioso, pero siguió marcando a quién llega y a dónde. Durante mucho tiempo se instaló la idea de “mejorar” la sociedad “blanqueándola”, ya fuera en la cultura, en la política o en la imagen del poder.

En Venezuela, este tema no siempre fue explícito, pero sí estuvo presente en la vida política y social. Desde la independencia, figuras como Simón Bolívar impulsaron la ruptura con España, pero la nueva república mantuvo muchas jerarquías coloniales. Aunque se abolieron las castas, el poder siguió en manos de élites criollas, en su mayoría blancas o blanqueadas. La población afrodescendiente e indígena quedó al margen de las decisiones importantes.

En el siglo XIX y buena parte del XX, eso siguió igual, pero de forma más silenciosa. No se hablaba abiertamente de raza, pero sí de “progreso”, y ese progreso muchas veces estaba asociado a parecerse más a Europa. En la práctica, eso dejó fuera a los sectores populares, donde había más diversidad racial.

Un cambio fuerte aparece con la llegada del Comandante Hugo Chávez. Más allá de lo político, su figura tuvo un impacto simbólico enorme, venía de sectores populares, con rasgos mestizos y un discurso que rompía con las élites tradicionales. Eso incomodó a muchos sectores, y ahí empezaron a aparecer ataques más directos, muchas veces mezclando política con desprecio social y también racial.

En aquel contexto se hicieron comunes insultos como “mono”, “zambo” o comentarios sobre su origen humilde. Eso marcó un punto de quiebre, cosas que antes se decían en privado empezaron a salir a la luz en el debate público.

Ese patrón no desapareció. En distintos momentos, la oposición ha usado descalificaciones que mezclan crítica política con ataques personales, de clase o de origen. Y en países como Venezuela, el clasismo muchas veces funciona como una forma disfrazada de discriminación racial. Cuando se habla mal de “los barrios”, de “la gente sin educación” o de ciertos acentos, muchas veces hay algo más detrás.

Por eso lo que pasó con Delcy Rodríguez no cayó del cielo. Viene de una historia larga donde el color de piel, el origen social y la apariencia han sido usados para bajar o deslegitimar a ciertos actores políticos.

Y aunque hoy hay más conciencia sobre estos temas, el problema no está resuelto. La diferencia es que ahora estas cosas se ven más, se discuten más y generan más rechazo, pero siguen pasando.

También hay que entender algo clave, el lenguaje no es inocente. Lo que se dice en política no se queda en la política. Se repite, se copia y se normaliza; lo que hoy parece un “insulto suelto” mañana puede ser parte del discurso común.

Por eso expresiones como “mona” no son cualquier cosa, no son solo un insulto, vienen cargadas de historia, de deshumanización, de una época donde comparar a una persona negra con un animal era parte de la lógica de dominación. Que eso aparezca hoy en un acto político no es casualidad, es una señal de que esas ideas no desaparecieron del todo.

En América Latina además existe una negación histórica de este problema. Se repite mucho eso de que “aquí no hay discriminación porque somos mestizos”. Pero la realidad es otra, basta ver quiénes ocupan el poder, quiénes salen en los medios, quiénes tienen más oportunidades.

El caso de la presidenta Delcy Rodríguez funciona como un espejo incómodo, no solo muestra lo que pasa fuera, también obliga a mirar hacia adentro, porque esto no es un problema de otros, es parte de nuestra historia.

En el presente, además, la política se ha vuelto más dura, más polarizada. En muchos países, tanto en Europa como en América Latina, el discurso se ha vuelto más agresivo y más centrado en la idea de enemigos.

En este mismo contexto se inscribe la presencia del cantante venezolano Daniel Baute en España, quien ha participado en actos públicos vinculados a la oposición venezolana en el exterior. Baute, radicado desde hace años en España, no es solo una figura cultural, sino también un actor que ha tomado posición política, alineándose con sectores que adversan al gobierno venezolano. Su participación en eventos en Madrid no es casual, responde a una estrategia más amplia de internacionalizar el conflicto político venezolano, utilizando espacios culturales y mediáticos para amplificar determinados discursos. Además, se fue a España para huir o tapar algunos hechos vergonzosos cometidos en Venezuela.

Además, estos actos no ocurren en el vacío. Han contado con respaldo o simpatía de sectores políticos españoles, especialmente de partidos (como Vox) y figuras que han adoptado una postura crítica frente al gobierno venezolano. Este apoyo no siempre es explícito en términos formales, pero sí se expresa en la permisividad, en la presencia institucional o en la legitimación del evento como parte del debate político internacional. Ese cruce entre política española y conflicto venezolano crea un escenario donde el tono del discurso puede escalar, y donde expresiones como la ocurrida contra la presidenta encargada Delcy Rodríguez encuentran un terreno más propicio para surgir y normalizarse.

En este marco, figuras como María Corina Machado han llevado el conflicto venezolano a escenarios internacionales, esto es parte de la política; el problema aparece cuando la confrontación empieza a justificar cualquier tipo de lenguaje.

Porque ahí es donde la discriminación por origen o apariencia encuentra espacio. Cuando el otro deja de ser un adversario político y pasa a ser alguien que hay que ridiculizar o deshumanizar, y cuando eso no se frena, se repite, se vuelve costumbre.

Otro punto importante es cómo se trata el cuerpo de la mujer en la política. En América Latina, las mujeres en el poder suelen recibir ataques que no son solo políticos, se les juzga por su físico, por su forma de hablar, por su origen.

En el caso de Delcy Rodríguez, el ataque fue directo a su identidad racial, no se criticó una decisión o una idea, se atacó lo que es, y esto cambia todo. Porque cuando se ataca lo que alguien es, la política deja de ser debate y se convierte en deshumanización.

Este tipo de hechos también tiene una dimensión más amplia. América Latina sigue siendo una región donde muchas veces otros hablan por ella o la miran desde afuera con simplificaciones. Y lo que ocurre en países como Venezuela se interpreta sin siempre entender el contexto completo. Por eso también es importante construir una mirada propia, más crítica y menos dependiente de narrativas externas.

Algunos dirán que todo esto es exagerado, que es solo un insulto, pero no lo es, las palabras pesan; lo que se dice en política se filtra en la sociedad.

El racismo, o la discriminación racial, no empieza con leyes, empieza con discursos que se normalizan. Por esto desde una mirada popular y latinoamericana, esto no se puede dejar pasar. No se trata de responder con más odio, sino de poner un límite, hay cosas que no se pueden aceptar. La dignidad no se negocia, no depende del partido político ni del momento.

Y también hay una tarea pendiente hacia adentro, reconocer que muchas veces repetimos esos mismos prejuicios sin darnos cuenta, en cómo hablamos, en cómo clasificamos, en cómo vemos a otros. El reto es doble, enfrentar lo que viene de afuera y lo que está adentro.

Al final, lo que está en juego va mucho más allá de Delcy Rodríguez, es el tipo de sociedad que queremos construir, una donde la política sea dura, sí, pero con límites, o una donde todo vale y el otro puede ser reducido a un insulto.

América Latina tiene una historia de desigualdad, pero también de lucha y resistencia. Y esa historia no puede convivir con la normalización de la discriminación racial. Porque cuando alguien es reducido a un insulto por lo que es, no se daña solo a esa persona, se daña la idea más básica de todas, que todos valemos lo mismo, y si eso se rompe, lo que queda ya no es política, es otra cosa.

23 abril, 2026.

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