Samuel y Alfredo Sanjuán Arévalo, dos hermanos estudiantes de la Universidad Nacional, oriundos de Ocaña (N.S.), fueron desaparecidos hace 40 años por presuntos agentes del F2, Policía secreta del Estado. Su sobrina aun los espera

Por: Diego Fajardo | septiembre 05, 2022

Si hay un sitio emblemático en la Universidad Nacional es la plaza Che Guevara epicentro de todos los eventos sociales y culturales que se realizan al interior del claustro educativo. Su ubicación es estratégica pues se encuentra en el corazón de la universidad y es  paso obligatorio hacia las diferentes sedes estudiantiles.

En 1981 dos líderes estudiantiles, Samuel Humberto y Alfredo Rafael Sanjuán Arévalo decidieron hacer una plantilla con la imagen del líder de la revolución cubana, Ernesto el Che Guevara  y encontraron el sitio ideal para colocarla, la pared exterior del auditorio León de Greiff en la plazoleta de la universidad.

Desde entonces la plaza se convirtió en sitio de encuentro permanente de profesores y estudiantes. Lo que nunca nadie imaginó es que a Samuel y Alfredo los desaparecieran. Según cuenta su sobrina, Martha Noguera, hombres armados se los llevaron  cuando salían de su casa en el barrio Galerias. De eso ya hace 40 años.  Esta es la historia.

En un apartamento del barrio Galerías, los hermanos Alfredo y Humberto Sanjuán Arévalo gestaron la imagen más emblemática y discutida de la Universidad Nacional: el rostro del Che Guevara en el Auditorio León de Greiff, ubicado en la Plaza Che —antes la Plaza Santander—. 

Durante una semana, con ayuda de unas pequeñas cuchillas, cortan cartón piedra en láminas de un metro, que correspondían a cada parte de la imagen, basada en la foto que Alberto Korda hizo del revolucionario argentino. “En una [lámina] hicieron la boina, en otra media cara y así”, recuerda Yolanda Sanjuán, hermana de Alfredo y Humberto. Para trabajar en su obra, sacaron los muebles de la sala del hogar en dónde vivían con sus padres —Alfredo Sanjuán Quintero y Elcida Arévalo de Sanjuán— y seis hermanos más, y la llenaron de pedazos de cartón.

En 1981, año en el que María Teresa Sanjuán —otra de sus hermanas— sitúa la anécdota,  Alfredo tenía 34 años y era estudiante de Ingeniería Catastral en la Distrital y de Arquitectura en la Nacional; Humberto tenía 22 y estudiaba Antropología, también en la Nacho. Nadie recuerda con exactitud qué día sucedió la pintada, pero Carlos Medina, autor de la novela Al calor de tropel, que narra cómo unos estudiantes tumbaron la estatua de Santander y rebautizaron la Plaza Santander como la Plaza Che en 1976, dice que es posible que haya sido durante los días de octubre, cercanos a la fecha de muerte del Che (9 de octubre de 1967). 

A los hermanos los unía el activismo estudiantil. “Ellos tenían compromisos políticos y estaban organizados en un colectivo. Por su capacidad de liderazgo y oratoria se convirtieron en figuras importantes, primero en la Distrital y luego en la Nacional”, afirma Luis Higuera, compañero de los Sanjuán en el movimiento estudiantil. Desde entonces, los estudiantes ya debatían cuáles debían ser sus símbolos. “En el edificio que era Admisiones y Registro, que tiene un techo inclinado desde el que se ve la plaza, sí había un mural de Ernesto, acompañado de la frase ‘Che, veré tus pasos’”, comenta Higuera sobre otro mural alusivo al guerrillero, diferente al del León de Greiff.

Durante los años previos a la aparición del rostro del Che en este auditorio, las noticias sobre disturbios con la Fuerza Pública en las universidades, particularmente en la Nacional, inundaban los periódicos. Entre 1971 y 1979 se reportaron hasta 26 universitarios asesinados, algunos dentro del campus, como sucedió con Patricio Silva en 1978. Además de eso, hubo estudiantes detenidos y juzgados por la Junta Militar de la época. Como una reivindicación de la lucha estudiantil, y siendo conscientes de su influencia, los hermanos Sanjuán decidieron pintar la figura del Che en ese auditorio de la Plaza Che, y así dejar una referencia clara al nombre que le habían dado los estudiantes años atrás.

“Alfredo dibujaba bien, tenía varias imágenes del Che y se encargó del diseño”, dice Yolanda Sanjuán. María Teresa también recuerda que, en la Nacional, él vendía cuadros de madera con la figura del guerrillero tallada. El primer Che se hizo con una especie de plantilla, y aunque era más sencillo que el que permanecía hasta ayer, estaba en sintonía con los murales de entonces. 

“Ya no era solo el texto o la frase hecha a la carrera con brochazos. Había una intención más estética y de apropiación del muro”, recuerda Mauricio Lizarralde, amigo de los hermanos Sanjuán y quien estuvo con Humberto el día de la bienvenida de primíparos en la Plaza Che en 1979. “Entré a estudiar Ingeniería en 1978 y el Che no estaba allí. Siempre se afirmaba que en la elaboración de las primeras imágenes participaron los Sanjuán y nadie lo desmentía”, confirma Higuera. 

Habiendo pintado el rostro del Che en la fachada del León de Greiff con ayuda de otros estudiantes, los Sanjuán regresaron a casa a contar cómo había salido la jornada: que la plaza estaba llena, que la gente había reaccionado con entusiasmo a la referencia, ahora sí, del Che en este lugar. “Ese día se hizo un acto político, lo habían cubierto con carteleras y papel. Hubo discursos y se presentaron Iván y Lucía, cantantes de música social muy representativos. La verdad no me acuerdo si la jornada terminó con tropel, la lógica diría que sí”, recuerda entre risas Luis Higuera.

La alegría que irradiaban ese día los hermanos en la casa de los Sanjuán Arévalo se transformaría en drama e incertidumbre meses más tarde, el 8 de marzo de 1982. Alfredo salió el lunes a las ocho de la mañana para la universidad, ya casi se graduaba de Ingeniería Catastral y estaba en cuarto semestre de Arquitectura. Humberto salió a las tres de la tarde al DAS para recoger un certificado de pasado judicial y poder vincularse al Banco Granahorrar. Siempre llegaban a las seis de la tarde, pero ese día, no volvieron a casa. La familia llamó a todos los amigos y nadie sabía de su paradero; la situación llegó a tal punto que Mauricio Lizarralde ayudó a buscar sus cuerpos en morgues de Bogotá, sin resultado.

La desaparición de Alfredo y Humberto Sanjuán fue un episodio más del caso “Colectivo 82”, una serie de desapariciones entre el 4 de marzo y el 13 de septiembre de 1982: un campesino, un mecánico y 11 universitarios. El caso trató de justificarse mediáticamente con la vinculación de los estudiantes al secuestro y asesinato, el año anterior, de los tres hijos del narcotraficante José Jáder Álvarez, quien después se retractaría sobre la participación de los Sanjuán.

Años más tarde, un juzgado establecería la responsabilidad de agentes del F-2, un organismo de inteligencia estatal, como lo venían denunciando los padres de Alfredo y Humberto en una carta enviada al diario El Tiempo el 22 de septiembre de 1982. “Nuestros hijos desaparecieron el 8 de marzo de este año […] En los días siguientes pudimos establecer claramente que un organismo de inteligencia del Estado había montado guardia alrededor de nuestro apartamento con el fin de capturar a nuestros hijos. Ese organismo que en un principio aparecía misterioso, con la ayuda del DAS, se pudo establecer que era el F-2. A pesar de haber denunciado el hecho ante la Procuraduría General de la Nación, esta se mostró inoperante para establecer responsabilidades”, escribieron Alfredo Sanjuán Quintero y Elcida Arévalo de Sanjuán. Para Luis Higuera no hay duda de que a sus amigos los desaparecieron por su compromiso político y liderazgo estudiantil.

Hoy el caso sigue en la impunidad. La familia Sanjuán Arévalo nunca encontró a sus hijos con vida, ni sus cuerpos. Para preservar su memoria, los estudiantes de la Distrital bautizaron el auditorio central de esta universidad como Auditorio Hermanos Sanjuán después de la desaparición. También, como ejercicio de reivindicación, algunos estudiantes de la Nacional insisten en mantener el rostro del Che Guevara en el León de Greiff, por lo cual rechazan actos como el del pasado 9 de octubre cuando, otra vez, trataron de borrar la imagen al echarle pintura gris encima. Acto al que se suma el ocurrido la noche del martes 18 de octubre, cuando le taparon completamente con pintura blanca.

 “Si se ha de borrar el Ché hagámoslo, pero cuando entendamos y conozcamos lo que significó. Hay que respetar la memoria, no podemos olvidar quiénes han pasado, quiénes han hablado y quiénes han pintado aquí. No podemos borrarnos, pues han sido otros estudiantes quiénes, en estos murales, evidencian nuestros desaparecidos y asesinados: los hermanos Sanjuán, Chucho León Patiño, los estudiantes del 16 de mayo de 1984”, argumentó Mario Moreno, estudiante de sociología, durante un debate abierto el pasado lunes 10 de octubre, cuando se dieron cuenta de que habían intentado de nuevo quitar al Che. 

Por ahora, la imagen del revolucionario argentino está en el León de Greiff, pero en la misma fachada que los desaparecidos Alfredo y Humberto Sanjuán Arévalo la pintaron por primera vez, se han visto, en pasadas ocasiones, no más que manchones blancos, pero siempre aparece de nuevo el rostro del Che. El debate en el campus sobre esta imagen siempre ha estado abierto, tanto que en pasadas ocasiones algunos estudiantes han convocado plebiscitos universitarios para decidir si se mantiene o se borra el rostro, o también se han hecho encuestas a través de los correos institucionales. Pero antes de tomar cualquier decisión, sin que se recurra a sabotear la imagen, lo único que quieren los defensores de preservar al Che entre los símbolos del campus, es que historias como la de los hermanos Sanjuán no queden en el olvido.