Marcelo Colussi
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El tema del “desarrollo” da para muchísimo. Si bien el sentido común, la ideología dominante que marca la cotidianeidad de la gente, lo emparenta con la acumulación de riqueza material, con la posesión de bienes concretos, planteado con seriedad, razonado en forma exhaustiva, el tema excede enteramente el ámbito económico.

La idea de “desarrollo humano”, que se viene usando ya desde hace algunas décadas, pretende ir más allá de un economicismo elemental y simplista, que se centra básicamente en el acceso al consumo. De hecho, esa noción de “desarrollo humano” fue introducida en el discurso de Naciones Unidas por gente de la izquierda italiana, con Luciano Carrino como su cabeza visible. El concepto trata de “medir” –o entrever, mejor dicho– el desarrollo como una compleja sumatoria donde se articulan elementos de acceso a satisfactores materiales (alimentación, vivienda, salud, educación, infraestructura básica) con respeto a las libertades individuales, la situación respecto a cualquier forma de opresión (patriarcado, racismo, homofobia) así como con el imprescindible cuidado del medio ambiente para lograr la sostenibilidad en el tiempo. Las asimetrías (cada vez más marcadas en el sistema capitalista) entre quienes poseen casi todo y los desposeídos, cada vez más empobrecidos, no es un tema meramente económico: es producto de cómo está armada la sociedad.

Es cierto que la base de lo humano es material: “No es la conciencia la que determina al ser sino el ser el que determina la conciencia”, dirá Marx sentando las bases del materialismo histórico. Es decir: el llenado de las necesidades vitales (la estructura) es lo que permite, en un segundo momento, edificar el andamiaje social que da cuenta de la realidad, justificándola (la superestructura ideológico-cultural, institucional, jurídica). Esa aseveración, que cambió el curso del pensamiento occidental, sigue teniendo absoluta vigencia: la estructura sostiene la superestructura.

Las diferencias en el acceso a todos los satisfactores que posibilitan un desarrollo integral armónico, una óptima calidad de vida (o “buen vivir”, como se ha dado en llamar últimamente), no se deben a cuestiones económicas, como si la economía fuera un ente con vida propia, separada de las dinámicas que nosotras y nosotros, seres humanos que vivimos en sociedad, ponemos en marca cada día. Son asuntos político-sociales, que se dan en un marco histórico. Por eso, desde el materialismo histórico (marxismo), se habla de modo de producción y de formaciones económico-sociales. Esto es más amplio y complejo que simplemente las relaciones económicas: presupone ese complicado entretejido de estructura y superestructura.

En otros términos, las causas de la riqueza y de la pobreza radican en cómo se reparte lo producido por el trabajo humano, en quién se lo apropia y en quién queda solo con migajas. Para ejemplificarlo: Guatemala es, en volumen, la novena economía de Latinoamérica, más grande en su producción de riqueza que Cuba, o que Bolivia, o que Uruguay; pero en este país centroamericano las diferencias sociales son tremendamente enormes: según un informe de bancos suizos, nada sospechosos de “comunistas”, un 0.001% de la población detenta el 56% del patrimonio nacional, mientras que el 70% de guatemaltecas y guatemaltecos vive en pobreza o pobreza extrema. Gran economía, pero no hay desarrollo. Por tanto, la lucha contra la pobreza, concebida superficialmente como si se tratara de atacar una “cosa” en sí misma con vida propia, es un imposible, porque solo se está abordando un efecto, un síntoma visible; la cuestión pasa por atacar y transformar las causas. Si hay alguna lucha posible, es contra la explotación, contra la injusticia estructural. La falta de desarrollo es una expresión descarnada de esto último.

¿Por qué los países del llamado Tercer Mundo, o Sur global como se les conoce ahora, con tantos recursos naturales, no han logrado un desarrollo importante y equitativo? Porque dentro de los marcos del capitalismo no puede haber equidad. Puede haber un gran desarrollo considerado en términos de economicismo; ahí están esas grandes potencias consumiendo en forma desaforada, acabando con los recursos naturales y con la humanidad “desechable”. En esos países (Estados Unidos y Canadá, Europa Occidental, Japón) hay “desarrollo”, considerado en términos de consumo. Pero sigue habiendo una injusticia estructural global. Cambiar el vehículo o el teléfono celular cada año no es desarrollo. Al menos en este sentido más amplio que pretende dársele con el concepto de “desarrollo humano”.

En Latinoamérica, salvo exclusivas islas de esplendor –viviendo en barrios amurallados, custodiados con policías armados– no hay desarrollo, pensado en los términos de cambio continuo del vehículo y del teléfono, en acumulación de cosas materiales. Guatemala es el país que, en promedio, tiene la mayor cantidad de helicópteros per capita, pero no hay desarrollo. En ese país, de mayoría indígena, un ultraneoliberal como fue Manuel Ayau, fundador de una universidad privada y de un think tank conservador, expresó: “El día que cada indio tenga un celular habremos entrado en el desarrollo”. Hoy existe en promedio un equipo y medio por persona, y no hay desarrollo.

En la mayoría de países del mundo hay pobreza, atraso comparativo, hambre, penurias, falta de oportunidades, pocas expectativas. Eso no es producto de la “haraganería” de la población: es producto del sistema vigente. Un rico guatemalteco, en términos comparativos, puede ser más rico que un millonario europeo o estadounidense, pero su país no se considera desarrollado (la mitad de su niñez está desnutrida, abunda el analfabetismo, mucha gente migra desesperada). ¿Quién diría que Cuba es desarrollada? No hay que olvidar que presenta los mejores índices socio-económicos de Latinoamérica, aunque no se cambie el vehículo y el móvil cada año, y el único país del Sur que produjo una vacuna anti Covid-19. ¿Con qué criterio, entonces, medir el desarrollo?