Solo faltan tres semanas para el trasteo y los inquilinos de la casa andan afanados y muy atareados. Sienten que no tienen tiempo y que en cada segundo se les va la vida.

El desorden en la mansión es total. No parece un trasteo normal sino un apocalipsis.

Las escenas tumultuosas y desesperadas del Titanic son de adormilada pasividad frente a lo que se vive en la “Casa de Nariño” que durante los últimos cuatro años albergara a la familia Duque-Ruiz.

El señor Iván, “señorito Iván”, como le dicen con reverencial temor las señoras y señores que trabajan en el servicio, el señor Iván ha dado la orden de no dejar nada en la casa, la misma que cuando él y su familia llegaron estaba muy bien amoblada y no le faltaba de nada.

No tuvieron que traer nada cuando llegaron a vivir al palacete. Lo único que hicieron fue quitar los cuadros coloniales que adornaban las paredes y reemplazarlos por centenares de fotos de él mismo, del señorito Iván, en las que se le aprecia practicando lo que le apasiona y entretiene, hacer malabares con un balón de fútbol, tocar guitarra, bailar, cantar, brincar y posando en los semanales paseos que con toda la familia y amistades se dieron por el mundo en el cómodo avión asignado a la mansión.

¡Cuánto va a extrañar ágapes y festines para su selecto grupo de amistades!

La orden del señorito es que los nuevos inquilinos, el señor Gustavo y su señora Verónica, no tengan donde sentarse, ni acostarse ni olla alguna en que hacer alguna sopita. El señorito Iván se ríe de su propia orden y siente que a su manera está filmando una nueva versión de «La estrategia del caracol».

Sabe muy bien el señorito Iván que todo el vecindario está ansioso de que se vaya y poder borrarlo para siempre de sus memorias.

En este día 13 de julio de 2022