Por Vijay Prashad | 09/07/2022 | Mundo

A lo largo de los últimos quince años, los países europeos se han encontrado con grandes oportunidades que aprovechar y con complejas decisiones que tomar.

La insostenible dependencia de Estados Unidos para el comercio y la inversión, así como la curiosa distracción del Brexit, condujeron a la progresiva integración de los países europeos con los mercados energéticos rusos y a una mayor aceptación de las oportunidades de inversión de China y de su capacidad de producción.

El estrechamiento de los vínculos entre Europa y estos dos grandes países asiáticos (China y Rusia) provocó que Estados Unidos tuviera una agenda para impedir esa integración o retrasarla. Esta agenda, profundizada ahora durante la reciente reunión del Grupo de los 7 (G7) en Alemania y la cumbre de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en España, está creando una situación peligrosa para el mundo.

Esto se remonta a la crisis financiera de 2007-08, provocada por el colapso del mercado inmobiliario de Estados Unidos y de varias de sus principales instituciones financieras. La crisis mostró al resto del mundo que el sistema financiero centrado en EE.UU. no era digno de confianza. Estados Unidos no podía seguir siendo el mercado de última instancia para las materias primas del mundo. Los países del G7 —que se veían a sí mismos como los guardianes del sistema capitalista mundial— rogaron a los Estados que estaban fuera de su órbita, como China e India, que pusieran sus excedentes en el sistema financiero occidental para evitar su hundimiento total. A cambio de este servicio, se dijo a los países fuera del G7 que, en adelante, el G20 sería el órgano ejecutivo del sistema mundial y el G7 se iría disolviendo. Sin embargo, casi veinte años después, el G7 sigue en pie y se ha arrogado el papel de líder mundial, mientras que la OTAN –el caballo de Troya de Estados Unidos– se posiciona ahora como la policía del mundo.

El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, ha declarado que la organización se someterá a la mayor revisión de su «disuasión y defensa colectiva desde la Guerra Fría». Los Estados miembros de la OTAN, a los que ahora se suman Finlandia y Suecia, ampliarán sus «fuerzas de alta disponibilidad» de 40.000 soldados a 300.000 que, equipados con una gama de armamento letal, «estarán listos para desplegarse en territorios específicos del flanco oriental de la alianza», es decir, la frontera rusa. El nuevo jefe del Estado Mayor del Reino Unido, el general Sir Patrick Sanders, declaró que estas fuerzas armadas deben prepararse para «luchar y ganar» en una guerra contra Rusia.

Con el conflicto en Ucrania en curso, era obvio que la OTAN pondría en primer plano a Rusia en la Cumbre de Madrid. Pero los materiales elaborados por la OTAN dejaron claro que no se trataba simplemente de Ucrania o Rusia, sino de impedir la integración euroasiática. China fue mencionada por primera vez en un documento de la OTAN en la reunión de Londres de 2019, en el que se decía que el país presentaba «tanto oportunidades como desafíos». En 2021, el tono había cambiado, y el comunicado de la Cumbre de Bruselas de la OTAN acusaba a China de «desafíos sistémicos al orden internacional basado en normas». El Concepto Estratégico revisado de 2022 acentúa esta retórica amenazante, con acusaciones de que la «competencia sistémica de China (…) desafía nuestros intereses, seguridad y valores y busca socavar el orden internacional basado en normas».

Cuatro países no pertenecientes a la OTAN —Australia, Japón, Nueva Zelanda y Corea del Sur (los Cuatro de Asia-Pacífico)— asistieron por primera vez a la cumbre de la OTAN, lo que los acercó a la agenda de Estados Unidos y la OTAN para presionar a China. Australia y Japón, junto con India y Estados Unidos, forman parte del Diálogo Cuadrilateral de Seguridad (Quad), a menudo llamado la OTAN asiática, cuyo claro mandato es limitar las alianzas de China en la zona de la cuenca del Pacífico. Los Cuatro de Asia-Pacífico celebraron una reunión durante la cumbre para discutir la cooperación militar contra China, borrando cualquier duda sobre las intenciones de la OTAN y sus aliados.

Tras las revelaciones de la crisis financiera de 2007-08 y las promesas incumplidas del G7, China adoptó dos vías para ganar más independencia del mercado de consumo estadounidense. En primer lugar, mejoró el mercado interno chino aumentando los programas sociales, integrando las provincias occidentales del país en la economía y erradicando la pobreza absoluta. En segundo lugar, construyó sistemas comerciales, de desarrollo y financieros que no estaban centrados en Estados Unidos. China participó activamente con Brasil, India, Rusia y Sudáfrica para poner en marcha el proceso de los BRICS (2009) y destinó considerables recursos a la Iniciativa de la Franja y la Ruta o BRI, por su sigla en inglés (2013). China y Rusia resolvieron una antigua disputa fronteriza, mejoraron su comercio transfronterizo y desarrollaron una colaboración estratégica (pero, a diferencia de Occidente, no formularon un tratado militar).

Durante este periodo, las ventas rusas de energía tanto a China como a Europa crecieron y varios países europeos se unieron a la BRI, lo que aumentó las inversiones mutuas entre Europa y China. Las anteriores formas de globalización en Eurasia estaban limitadas por el colonialismo y la Guerra Fría; esta fue la primera vez en 200 años que la integración comenzó a producirse sobre una base equitativa en toda la región. Las opciones comerciales y de inversión de Europa eran totalmente racionales, ya que el gas natural canalizado a través de Nord Stream 2 era mucho más barato y menos peligroso que el gas natural licuado del Golfo Pérsico y del Golfo de México. Teniendo en cuenta la caótica situación del Brexit y las dificultades para poner en marcha la Asociación Transatlántica de Comercio e Inversión, gran parte de Europa veía las oportunidades de inversión chinas como mucho más generosas y fiables que otras alternativas. Por el contrario, el capital privado de Wall Street, reacio al riesgo y ávido de rentas, resultó menos atractivo para el sector financiero europeo.

Europa estaba dirigiéndose inexorablemente hacia Asia, lo que amenazaba la base del sistema económico y político dominado por Estados Unidos (también conocido como «orden internacional basado en normas»). En 2018, el presidente estadounidense Donald Trump reprendió públicamente a Stoltenberg, de la OTAN, diciéndole: “Estamos protegiendo a Alemania. Estamos protegiendo a Francia. Estamos protegiendo a todos estos países. Y luego numerosos de estos países salen y hacen un acuerdo de oleoducto con Rusia, donde están pagando miles de millones de dólares a las arcas rusas (…) Alemania es cautiva de Rusia (…) Creo que es muy inapropiado».

Mientras el lenguaje de la OTAN se ha convertido en amenazas de guerra contra China y Rusia, el G7 se ha comprometido a desafiar las iniciativas lideradas por China mediante el desarrollo de la nueva Asociación para la Infraestructura y la Inversión Global (PGII), un fondo de 200.000 millones de dólares para invertir en el Sur Global. Mientras tanto, los líderes de la cumbre de los BRICS, celebrada al mismo tiempo, ofrecieron una sobria valoración de los tiempos que corren, pidiendo que se negocie el fin de la guerra de Ucrania y que se tomen medidas para frenar la seguidilla de crisis que sufren las y los pobres del mundo. Este organismo, que representa al 40% de la población mundial, no habló de guerra, y la fuerza de los BRICS podría aumentar, ya que Argentina e Irán han solicitado su adhesión al bloque.

Estados Unidos y sus aliados pretenden seguir siendo hegemónicos y debilitar a China y a Rusia, o bien erigir un nuevo telón de acero alrededor de estos dos países. Ambos enfoques podrían conducir a un conflicto militar suicida. En todo el Sur Global se aboga por una aceptación más comedida de la realidad de la integración de Eurasia y por el surgimiento de un orden mundial basado en la soberanía nacional y regional y en la dignidad de todos los seres humanos, nada de lo cual puede realizarse mediante la guerra y la división.

La perspectiva de una guerra a una escala nunca vista evoca «Una canción personal» del poeta iraquí Saadi Yousif (1934-2021), escrita justo antes de que Estados Unidos iniciara su mortífero bombardeo de Irak en 2003:

¿Es Irak?
Bendito sea el que dijo
Conozco el camino que lleva a él;
Bendito sea aquel cuyos labios pronunciaron las cuatro letras:
Irak, Irak, nada más que Irak.

Los misiles lejanos aplaudirán;
soldados armados hasta los dientes nos atacarán;
los minaretes y las casas se desmoronarán
las palmeras se derrumbarán bajo los bombardeos;
las costas se llenarán
de cadáveres flotantes.
Rara vez veremos la plaza Al-Tahrir
en libros de elegías y fotografías;
los restaurantes y los hoteles serán nuestras hojas de ruta
y nuestro hogar en el paraíso del refugio:
McDonald’s
KFC
Holiday Inn;
y nos ahogaremos
como tu nombre, oh Irak,
Irak, Irak, nada más que Irak.