Ginna Tatiana Piragauta Guzmán

Este relato es fruto del diálogo de la periodista Ginna Piragauta con Ronald Rojas ‘Ramiro Durán`, excombatiente de las Farc-Ep, en su regreso a Neiva, su tierra natal, casi 20 años después de haber optado por la lucha armada para la toma del poder en Colombia. Para conservar la fidelidad de esta conversación, este texto está escrito en su propia voz. Septiembre de 2017.♦

“Al final del viaje estamos tú y yo, intactos. Quedamos los que puedan sonreír en medio de la muerte, en plena luz” (‘Al final de este viaje’. Silvio Rodríguez)

Soy oriundo del Huila, nací en Neiva en 1980, crecí en una familia católica con pensamientos democráticos de avanzada, un hogar dentro de los parámetros normales. Estudié mi bachillerato en el Colegio Nacional Santa Librada y antes de alzarme en armas contra el Estado estudiaba en la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas, y en la Facultad de Filosofía Política de la Universidad Libre, en Bogotá.

A mitad de la década de los noventa, cuando estaba aún en la secundaria, hice parte de la generación que asumió la importante tarea de reconstruir el movimiento estudiantil. No fue fácil porque eso significaba precisamente poner en riesgo la vida misma, las amenazas eran constantes, pero era un acto de coherencia con el sueño que teníamos: construir un país distinto, con educación pública gratuita y de calidad.

Hice parte del movimiento estudiantil nacional al finalizar la década de los noventa, enfrentando la enorme represión que se desató contra la izquierda, contra el pensamiento disidente y contra la oposición política desde los años 80. El ‘Plan Baile Rojo’ por ejemplo, fue algo diseñado para asesinar, encarcelar, torturar, desaparecer y obligar al exilio a muchos militantes, simpatizantes y dirigentes de un naciente movimiento político, que a propósito, surgió también de un proceso de paz entre las FARC EP y el gobierno de turno en ese momento: la Unión Patriótica, donde muchos de sus dirigentes fueron víctimas del terrorismo estatal. Ese proceso de persecución también tocó a los jóvenes. Hubo compañeros dirigentes de la Juventud Comunista, donde yo militaba, y del movimiento estudiantil en su conjunto, con otras expresiones ideológicas, que fueron víctimas de esa violencia desde las instancias del poder.

“Hice parte del movimiento estudiantil nacional al finalizar la década de los noventa, enfrentando la enorme represión que se desató contra la izquierda, contra el pensamiento disidente y contra la oposición política desde los años 80”.

En esos años, realizamos eventos estudiantiles del orden municipal, departamental y nacional. Fuimos los fundadores de una organización juvenil que hoy se mantiene viva: la Asociación Nacional de Estudiantes de Secundaria ANDES, que a propósito, supe van a realizar una versión más de su congreso, aquí en Neiva. Era una expresión organizativa juvenil en los colegios de todo el país, luchabamos por la educación pública gratuita y por la Objeción de Consciencia al Servicio Militar Obligatorio.

Aquí en Neiva realizamos un evento nacional importante: el Encuentro Nacional de Objetores de Consciencia al Servicio Militar Obligatorio. Teníamos tan candente en esa época el conflicto armado interno, que nosotros los jóvenes nos oponíamos a ir a la guerra a defender a un Estado que no concebíamos como el nuestro. Nos oponíamos a enlistarnos en esa confrontación por razones de consciencia, por razones políticas, incluso religiosas. Considerábamos que no era una buena opción para nuestras vidas terminar el bachillerato, presentar las pruebas ICFES y estar uno o dos años quizás, como carne de cañón, en un conflicto que aún no entendíamos; sí tratábamos de escudriñar sus causas u orígenes y sabíamos que tenían que ver con aspectos económicos y sociales, pero no considerábamos justo que la juventud de este país se desangrara en ese conflicto.

“Nos oponíamos a enlistarnos en esa confrontación por razones de consciencia, por razones políticas, incluso religiosas. Considerábamos que no era una buena opción para nuestras vidas terminar el bachillerato, presentar las pruebas ICFES y estar uno o dos años quizás, como carne de cañón, en un conflicto que aún no entendíamos…”

Así participamos en otros eventos, fue mucho el activismo estudiantil que hicimos a nivel nacional. Aquí en Neiva nosotros tuvimos el honor de alcanzar niveles de convocatoria y movilización en prácticamente todos los colegios del municipio, sobre todo en los colegios públicos; pero también era grande nuestra capacidad para mover a los y las jóvenes y llegamos también a los colegios privados.

Ejercíamos además un liderazgo en un colegio que tenía una historia llena de beligerancia, de pensamiento crítico, de libertad: el Colegio Nacional Santa Librada, que formó también a ilustres personajes de la vida republicana y del departamento, para bien o para mal. Eramos como el centro de liderazgo, era como una escuela de líderes y lideresas de ese movimiento estudiantil. En el año de 1996 fui elegido en el Santa Librada como el primer personero de Grado Décimo de Colombia.

Cuando culminé la etapa del colegio, continué el activismo estudiantil pero ya en la Universidad. Llegué a un alma máter que también tenía un pasado lleno de glorias y de anécdotas dentro del movimiento estudiantil: la Universidad Libre de Colombia, por donde pasaron ilustres personajes en su rectoria como Jorge Eliécer Gaitán, Eduardo Umaña Luna y otros libres pensadores que hoy ya no están, pero que también le aportaron a este proyecto de país.

Esa Universidad estaba un poco pasmada, el movimiento estudiantil estaba literalmente quieto y de manera colectiva con otros pelados que estábamos cursando los primeros años de Derecho, iniciamos tareas en torno a la defensa de la educación, empezando por la misma Universidad en el mejoramiento de algunas cátedras que considerábamos mediocres o ineficientes y obtuvimos algunas reivindicaciones importantes para la Facultad.

Nos vinculamos y coordinamos en el orden nacional un proceso organizativo que pretendía aglutinar a las universidades privadas y públicas de país: la Asamblea General de Estudiantes Universitarios AGEU, que luego, en torno a otras propuestas organicas se llamó Asociación Colombiana de Estudiantes Universitarios ACEU. Esos andares en el activismo estudiantil, en la militancia juvenil política en el Partido Comunista desde los 14 años de edad, generó algunas dificultades y resistencias por parte de los enemigos de este tipo de actividades.

Un día cualquiera, en la cafetería de la Universidad, alguien muy cercano a la familia me comentó la delicada situación por la que yo atravesaba. Me dijo que mi nombre estaba en una lista, no se sabía con que fines, pero ya habían salido al exilio unos compañeros dirigentes estudiantiles de esa época, habían asesinado a unos compañeros de la Juventud Comunista en el Urabá y otro en Antioquia. Ya con esas amenazas reales, de fuentes muy fidedignas, había que tomar decisiones: el exilio o la clandestinidad.

“Un día cualquiera, en la cafetería de la Universidad, alguien muy cercano a la familia me comentó la delicada situación por la que yo atravesaba. Me dijo que mi nombre estaba en una lista, no se sabía con que fines…”

Con otros compañeros optamos por estar en la clandestinidad, pero no era sencillamente pasar al anonimato para tratar de despistar a quienes nos hacían seguimiento, nos querían asesinar o hacer algún daño a nuestra integridad moral y física. Era pasar a la clandestinidad pero al mismo tiempo continuar en la actividad política. Como último recurso nos quedó hacer uso del derecho a la rebelión y nos enlistamos en la guerrilla de las FARC, en el año 2000. Eramos un grupo de casi una decena de jóvenes, la mayoría opitas, e ingresamos por motivos políticos, pero en realidad muchos fuimos a la lucha armada para defender nuestras vidas. Si no lo hacíamos, pues quizás nuestro destino hubiera sido otro: una cárcel, el exilio o el asesinato, como ocurrió con muchos compañeros.

En el monte

Teníamos la convicción ideológica y una formación política que nos facilitaba tener la fuerza de voluntad para acostumbrarnos a esa nueva forma de vida, que por supuesto para jóvenes nacidos y criados en la ciudad no fue nada fácil. Pasamos a la lucha armada, y estar como guerrillero en las montañas o en las selvas fue un salto extremadamente brusco, por cuestiones tan elementales y tan sencillas como aprender a caminar en el monte, porque una cosa es nacer en una clínica, aprender a caminar en los andenes, jugar en los parques de cemento y otra cosa es hacerlo en el campo.

El cambio fue brusco hasta en el mismo calzado: dejamos los tenis o los zapatos de colegio y nos pusimos casi las 24 horas del día las botas de caucho, que es un calzado que va hasta debajo de la rodilla y que nos generaba dificultades en la piel y en la salud, porque el cuerpo tiene que acostumbrarse, los pies mismos tienen que adaptarse a ese nuevo tipo de calzado que no permite la transpiración, que no permite una amortiguación para la columna vertebral, para los riñones; todo eso implicaba ese salto a la vida guerrillera.

Fue también aprender a observar en la oscuridad, pues en la ciudad las 24 horas tenemos luz natural o luz artificial, en la guerrilla, en el monte, eso no existe; entonces aprendimos a desarrollar las células ópticas para poder mínimamente observar en la oscuridad y andar con el equipo de campaña, donde cargábamos varios kilos de peso con lo necesario para vivir, con tu alimentación y la de los demás compañeros y camaradas, con tu arma de dotación, que generalmente es un fusil que pesa ocho o nueve libras con sus municiones, sus pertrechos, sus cartuchos, y aparte algunos accesorios para la guerra como granadas de mano, para guiarte en el terreno brújulas o GPS y un machete o peinilla que nunca puede faltar en un combatiente. Nuestro principal nexo con la madre naturaleza era el machete: para organizar nuestro cambuche, para la rancha, para todo necesitábamos un machete. Yo creo que el machete y el fusil fueron las dos herramientas fundamentales en la lucha armada guerrillera de las FARC. Siempre tenía que estar a nuestro alcance tanto el arma, como ese instrumento de trabajo agrícola. Nosotros los guerrilleros le llamábamos la peinilla.

“Yo creo que el machete y el fusil fueron las dos herramientas fundamentales en la lucha armada guerrillera de las FARC. Siempre tenía que estar a nuestro alcance tanto el arma, como ese instrumento de trabajo agrícola. Nosotros los guerrilleros le llamábamos la peinilla”.

Hacer la carrera militar, como en cualquier ejército del mundo sin importar su horizonte ideológico, implicaba también hacer un proceso de formación desde cero. Hablando un poco en un lenguaje más técnico, a nivel militar, aprendimos lo que se entiende por el orden abierto, por el orden cerrado y hacer lo que le correspondía a cualquier combatiente: hacer la rancha, entiéndase por rancha el lugar donde cocinamos para todos; prestar la guardia, hacer la letrina, la letrina o el ‘chonto’, para los que desconocen la vida guerrillera era el sitio donde nosotros hacíamos nuestras necesidades fisiológicas, pues en el monte lo más salubre era hacer un hueco y tapar.

Incluso, los desechos orgánicos tenían que ir enterrados por respeto a la naturaleza, una actitud ecológica si se quiere mirarlo así, pero también y ya en términos de la confrontación, eso implicaba lo que nosotros llamábamos borrar información. Es decir, si estuvimos en un sitio, cuántos estuvimos, si alguien esta consumiendo algún tipo de medicamento, todo eso en la guerra es información, hasta una papeleta de jugo ‘Royal’ por ejemplo, puede ser una información para el adversario, para cualquiera de los contendientes.

Hice mi curso básico militar que duró aproximadamente tres meses y fue como la prueba reina, la prueba de fuego, donde prácticamente o asimilas la vida militar o te rajas, como en un parcial de la Universidad. Fue como el examen de admisión. El curso básico militar es el que te da las herramientas teórico – prácticas para la vida en el monte y para la lucha armada y luego de eso, pues, obviamente vienen otras oportunidades que se ganan con el esfuerzo, con sacrificio, con amor por lo que se hace.

“El grado de comandante no se mendiga, no se regala, si no más bien se conquista con disciplina, con trabajo, con estudio, con mucha dedicación, con capacidad de sacrificio y fuerza de voluntad”.

Después de terminar el curso básico militar en las sabanas del Yarí, estuvimos como cinco meses con varios miembros del Secretariado y fuimos promovidos a una Escuela Nacional de miembros de Estado Mayor de Frente. Eso significaba participar en un curso a donde solamente llegaban quienes iban a ser promovidos en los Estados Mayores de los 60 o 70 frentes que tenía las FARC en todo el país. Eso fue para nosotros motivo de alegría, de orgullo y bueno, también un motivo más de responsabilidad sobre todo con el colectivo. 

Fuimos alumnos de la máxima institución de cuadros de las FARC que fue la Escuela Nacional de Cuadros ‘Hernando González Acosta’, que dirigía directamente el camarada Manuel Marulanda y los conferencistas pues eran en su mayor parte los del secretariado. Recuerdo que por esa escuela fueron profesores nuestros Andrés París, Simón Trinidad, Julián Conrado, Joaquín Gómez, el mismo Manuel Marulanda, Jorge Briceño, bueno y otros que se me olvidan en este momento. Esa escuela duró aproximadamente cuatro meses y tuvimos la oportunidad de conocer otras expresiones de las FARC, sobre todo encontrarnos con guerrilleros costeños, llaneros, vallunos, de todo el país.

Eso enriquece también un poco el espíritu y entendimos que éramos una organización de verdad, que hacíamos presencia en todo el territorio nacional y conociéndonos entre nosotros, constatábamos ahí la solidez que teníamos como organización y nuestro objetivo común, independientemente de la multiculturalidad o plurietnicidad de Colombia, había un proyecto político que nos agrupaba y era las FARC EP. Esa escuela nos permitió eso, además de elevar nuestros conocimientos en todos los niveles, ideológicos, políticos, militares, culturales y también en las especialidades propias de un ejército. Entonces sí te inclinabas por la especialidad de los explosivos, de las comunicaciones, de la salud, de la enfermería, etc. Después de salir de ese curso nos asignaron cargos de responsabilidad y tareas concretas en la práctica. 

Cuando empezó el Plan Patriota tuvimos que demostrar lo que habíamos aprendido en el curso, porque precisamente para éso nos mandaron a estudiar a esa escuela nacional, para poder dirigir tropas, dirigir planes, dirigir tareas y dar partes a nuestros comandantes. Entonces pusimos en práctica todo lo aprendido en la teoría en esos cursos y fui promovido a la Comandancia. El grado de comandante no se mendiga, no se regala, si no más bien se conquista con disciplina, con trabajo, con estudio, con mucha dedicación, con capacidad de sacrificio y fuerza de voluntad. 

Anécdotas

Yo pienso que todos los que participamos en la guerra, hayamos sido guerrilleros, soldados, policías, paramilitares; llevamos consigo una multiplicidad y diversidad de recuerdos y anécdotas, obviamente desde las más conmovedoras para el alma como las que más nos llenan de alegría. Entre los recuerdos alegres por ejemplo, están esas fiestas que se hacían en la guerrilla, con tanta austeridad, con tanta sobriedad.

Recuerdo una vez que estábamos en las sabanas del Yarí en un fuerte operativo militar, es decir, estábamos en combates y nos llegó el 24 de diciembre, las fiestas de año nuevo en medio de las dificultades propias de la confrontación para unos y otros, donde por ejemplo tienes que durar tres días sin poder asear tu cuerpo, comes una sola vez al día y el agua a veces escasea. Estábamos en un verano intenso y verano es que tienes que caminar cuatro o cinco horas por esas selvas del Yari y no encuentras agua para beber, mucho menos para cocinar o para acampar. Y de repente, alguien resultó con una cajita de natilla en su equipo, cargaba como decíamos los guerrilleros la de reserva, reserva es algo que tú no lo cuentas, haces de cuentas que no existe, pero lo cargas en el equipo para un caso extremo. Cuando yo decía – por ejemplo- yo cargo una barra de jabón de reserva, era para cuando se me acababa la barra de jabón normal que me daban para un mes, pues yo tenía mi reserva, es decir, eso era lo que nos saca de un apuro, de una emergencia.

“Fuimos alumnos de la máxima institución de cuadros de las FARC que fue la Escuela Nacional de Cuadros ‘Hernando Gonzales Acosta’, que dirigía directamente el camarada Manuel Marulanda y los conferencistas pues eran en su mayor parte los del secretariado. Recuerdo que por esa escuela fueron profesores nuestros Andrés París, Simón Trinidad, Julián Conrrado, Joaquín Gómez, el mismo Manuel Marulanda, Jorge Briceño, bueno y otros que se me olvidan en este momento”.

Y en medio de toda esa situación, deshidratados, un poco descompensados en torno a la alimentación, agotados físicamente; alguien sacó una caja de natilla y dijo: bueno, pues estamos en navidad, hay que prepararla. Cocinábamos en unas estufas de gasolina de un solo puesto, con esos tanquecitos rojos que se colocan por un lado, que para echarle aire al tanque de la estufa se tenía que tener mucho cuidado para no hacer ruido. El ruido de un metal en la selva no es un sonido natural, no es un sonido de un pájaro o de un animal, sino que es un sonido hecho por una persona y con un objeto que no es de la selva, es un sonido de hierro. Entonces, con mucho cuidado se preparó la natilla. 

Recordé la ciudad y como se vive la navidad, hay gente en este país que celebra esas fiestas con mucho lujo, de manera muy ostentosa. Y nosotros en medio de estas situaciones pero con tanto amor, con tanta fraternidad pudimos conmemorar esa navidad, una fecha cristiana a propósito, pero era el motivo para decir estamos juntos, somos una familia también, una familia atada por lazos ideológicos en medio de todas esas dificultades.

Con mucho cuidado, con mucho talento para que el adversario no nos descubriera porque lo teníamos muy cerca, se preparó esa natilla maizena y se compartió. Nos dimos esa feliz navidad en medio de un momento que no era tan feliz, pero son cosas tan bonitas para la vida que nos demuestran que a veces no se necesita de tanta cosa material, no se necesita dinero para ser feliz. En un momento como ese se necesita son de esas cosas que no se compran ni se venden en esta sociedad, como el amor, como la amistad sincera, esa era la energía que necesitábamos en ese momento para fortalecernos, con la excusa de un 24 de diciembre y con 500 gramos de harina de maíz para hacer una natilla. 

“En un momento como ese se necesita son de esas cosas que no se compran ni se venden en esta sociedad, como el amor, como la amistad sincera, esa era la energía que necesitábamos en ese momento para fortalecernos, con la excusa de un 24 de diciembre y con 500 gramos de harina de maíz para hacer una natilla”.

La paz

Cuando el proceso de Diálogos de La Habana se hizo público había mucho escepticismo, poca credibilidad por parte del común de la tropa guerrillera. Y ese sentimiento no era infundado, era especialmente fundamentado por los intentos pasados de buscar una salida política y de dialogar el conflicto; pues con Pastrana y con muchos otros se habían intentado hacer acercamientos, con otros se había dialogado oficial y públicamente y no se había alcanzado a lograr un acuerdo de paz.

En otros intentos de la historia de la lucha insurgente en Colombia, se conocen actos de incumplimiento por parte del gobierno, incluso después de la firma, como en el caso de la amnistía de Rojas Pinilla cuando ya con algunas guerrillas liberales desarmadas, de manera vil, asesinaron a uno de los principales comandantes: Guadalupe Salcedo. En esa misma amnistía después nos asesinaron a quien fue en su momento casi al segundo hombre al mando de las FARC, Jacobo Prías Alape, conocido como Charro Negro, lo asesinaron en Gaitania Tolima.

Entonces, nosotros poco creíamos en el proceso de diálogo, por lo menos en la posibilidad de que se llegara a un feliz puerto. Pero para sorpresa de todos los y las combatientes, en la medida en que fue avanzando el proceso de diálogo y fueron lográndose acuerdos parciales sobre puntos determinados como Reforma Rural Integral, sobre el tema de participación política, pues es ahí, ese escepticismo se fue menguando por esos hechos.

Además, había en Colombia unas particularidades especiales. Me refiero a un clamor por finalizar la guerra, por finalizar el conflicto, se respiraba quizá en el ambiente del país un cansancio, un agotamiento por la guerra, nosotros llevábamos ya cincuenta años existiendo como organización insurgente, como organización armada.

Pienso que nuestra dirección nacional también fue muy sabia en la medida en que hizo un análisis muy acertado: no hay una victoria militar posible para ninguna de las partes, eso no se avizoraba a la vuelta de la esquina.Veníamos de ocho años de la obsesión de la derrota militar a la rebeldía en armas y no fue posible cumplir con esa promesa, a pesar de que el señor que lo prometió y gobernó por ocho años, tuvo todos los recursos tecnológicos, económicos y humanos para derrotarnos.

Eso le comprobó entonces a la clase gobernante de este país, que el problema guerrillero no era un problema militar; en pocas palabras, les mostró la imposibilidad de una victoria militar contra la guerrilla. Era algo muy incierto. Nosotros tampoco teníamos las posibilidades reales de un triunfo militar a través de la solución armada para Colombia. Había que ‘buscarle la comba al palo’ – como dicen los aserradores, para parar esta confrotación. La cuota de sacrificio y de sangre era de las familias humildes por todos lados. Los guerrilleros somos en su mayor parte de familias de extracción campesina.

“Eso le comprobó entonces a la clase gobernante de este país, que el problema guerrillero no era un problema militar; en pocas palabras, les mostró la imposibilidad de una victoria militar contra la guerrilla. Era algo muy incierto. Nosotros tampoco teníamos las posibilidades reales de un triunfo militar a través de la solución armada para Colombia”.

Fue una decisión con cabeza fría por parte del Secretariado de las FARC y de un Gobierno, que independientemente de los cuestionamientos que tengamos por lo que representa, porque defiende los intereses de un modelo económico que no ha sido capaz de resolverle los problemas de la población, si se abogó por buscarle la salida negociada al conflicto.

En la medida en que el proceso de La Habana avanzó, ese escepticismo se fue tornando en optimismo, en esperanza y obviamente a algunos quizás nos cogió por sorpresa. Muchos anuncios del proceso como el cese al fuego unilateral, como el cese al fuego bilateral, nos sorprendían en el que hacer diario allá en los territorios donde estábamos desarrollando los planes políticos y militares en los frentes. 

En el caso nuestro estábamos en el Putumayo cuando nos enteramos de manera imprevista, por los medios de comunicación, de un cese al fuego. Eso nos llenaba de energía y al mismo tiempo nos permitió volver a soñar cosas que el día a día de la confrontación no nos lo permitía, y en eso nosotros no tenemos porque ser egoístas. 

Para mí, en la medida en que avanzaba el proceso, fui soñando otra vez con reencuentros familiares, con salir de la clandestinidad, con poder hacer política con garantías y que no nos vayan a asesinar. Soñaba con disfrutar de esos momentos con los seres queridos con los cuales por mucho tiempo hemos estado distanciados. Y la paz trae esos beneficios a pesar de las incertidumbres, las preocupaciones que hasta el día de hoy tenemos los excombatientes, la paz o el fin de la confrontación armada si trae esos dividendos que no podemos negarnos aquí ni en cualquier parte del mundo. 

El futuro

En lo colectivo tenemos preocupaciones e incertidumbres. Hace más de seis meses que se aprobó la ley de amnistía e indulto y hasta el momento no todos nuestros compañeros y compañeras están fuera de las cárceles, muchos están en problemas con la justicia ordinaria. Es decir, hay unos incumplimientos por parte del gobierno que nos motivan a veces a ser un poco escépticos.

Hemos asimilado que esto no va a ser fácil; la etapa que hemos comenzado va a estar preñada, quizás, de las mismas o de peores dificultades que la misma guerra, pero en otras circunstancias. Ya nos han asesinado a ex combatientes muy cerca de las zonas veredales, ahora llamados espacios territoriales de capacitación e incorporación. También han asesinado a familiares de ex combatientes y algunos de los que hemos sido destacados para trabajos de pedagogía de paz hemos recibido también amenazas contra nuestras vidas, nuestras familias y nuestros hijos.

Esto nos preocupa, no tanto por lo que pueda suceder con nosotros, pues desde el momento en que nos asumimos como revolucionarios pusimos en riesgo nuestras vidas, somos conscientes de lo que eso implica en una nación con tanta intolerancia; pero nos preocupa más el país mismo, por la apuesta política que está allí, en 310 páginas de un Acuerdo logrado sobreponiéndose a tantas dificultades, un proceso que superó tantas crisis en algunas mesas de conversaciones.

Yme permito citar al mismo jefe negociador por parte del gobierno, Humberto de la Calle: “sería un acto de perfidia desarmar a una guerrilla para no cumplirles”. Esto no le puede suceder a Colombia, no le puede suceder a un país que se merece la paz, que se merece construir un futuro mejor, pensando sobretodo en estos niños y niñas que crecen el día de hoy, que esperamos que cuando se acuerden de la guerra, nada más sea en las clases de historia o de geografía social.

Estamos preocupados por que culminaron los seis o siete meses de transición y hubo zonas veredales que no lograron adecuarse en su totalidad desde el punto de vista físico, con su infraestructura; que tiene muchas deficiencias como ausencia de agua potable, electrificación, vivienda o educación. Nosotros pensamos en nuestra reincorporación a nivel económico como un proyecto colectivo, eso también esta impregnado de muchas dificultades en la actualidad. Hay mucha incertidumbre. Si nos ponemos imaginariamente en los zapatos de un excombatiente y si lo único que tiene para enfrentarse en este mundo y sobrevivir como cualquier ciudadano son los 600 mil pesos que le van a depositar cada mes en el Banco Agrario, pero no tiene opciones laborales o académicas; va a ser muy difícil que la reincorporación y la implementación tenga el éxito que todos esperamos.

Ya estamos convertidos en partido político legal. Estamos convencidos de que la implementación tiene que ser una más de nuestras luchas, hemos dejado nuestras armas para el combate, pero no hemos dejado nuestros ideales en los contenedores de la ONU. No depositamos nuestro proyecto político ahí; por el contrario, está vigente para la realidad colombiana porque las causas que eran la línea de este conflicto están vigentes y se han agudizado.

Esta es una pelea más que tenemos que dar. Tenemos que inclinar la balanza a favor de la implementación, con el acompañamiento de una movilización ciudadana popular que arrincone, que presione al gobierno y al régimen por la implementación. Hay una deuda histórica con el campo colombiano, hay una brecha abismal entre el campo y la ciudad y eso lo podemos superar con la implementación del punto 1 y el punto 4 del Acuerdo, por ejemplo.

En lo personal, le he manifestado a mí círculo familiar, de amigos y de compañeros militantes, que mi anhelo y mi deseo, además lo considero como un deber mismo con el partido y con la sociedad, es estudiar. Hay que elevar nuestro nivel político, pero también, en esta sociedad de papeles, de trámites, hay que adquirir unos requisitos formales y académicos, para poder gobernar incluso. He decidido en lo personal compartir la mayor parte del tiempo posible con mis seres queridos, con mis padres que ya son adultos mayores. El terrorismo del Estado me separó de ellos por dos décadas, entonces quiero dedicarles tiempo sin desvincularme de la actividad política. Quiero buscar ese punto de equilibrio entre las realizaciones personales, el proyecto político y la militancia en el nuevo partido.