José A. Amesty Rivera*
Al escuchar al comunicador popular Mario Silva (del llamado Chavismo Duro), con sus críticas al gobierno de la actual presidenta encargada Delcy Rodríguez en Venezuela, creemos que no está hablando solo por molestia personal ni haciendo una queja cualquiera. Lo que está poniendo sobre la mesa es algo más profundo y bastante conocido en la historia política de América Latina, la duda sobre cómo se mantiene vivo un proyecto político cuando llega al poder, y se ve obligado a tomar decisiones que no siempre coinciden con lo que prometió o con lo que soñaba en sus inicios.
Este debate no es nuevo ni exclusivo de Venezuela, ha estado presente en muchos procesos políticos, sobre todo en gobiernos que han buscado cambios sociales desde la izquierda o desde proyectos progresistas.
En Brasil, por ejemplo, Luiz Inácio Lula da Silva tuvo que negociar con sectores empresariales, partidos y mercados internacionales para poder mantener la estabilidad del país.
En Argentina, Néstor Kirchner impulsó cambios importantes después de una crisis muy fuerte, pero también tuvo que apoyarse en acuerdos con sectores tradicionales para sostener la recuperación.
Y en Bolivia, Evo Morales llevó adelante un proceso de transformación social al mismo tiempo que dependía mucho de la explotación de recursos naturales como el gas y el litio, lo que abrió debates dentro de su propio proyecto.
Pero este fenómeno no se limita a América Latina; en otros lugares también ha pasado. En Grecia, por ejemplo, el gobierno de Alexis Tsipras y Syriza llegó con un discurso fuerte contra la austeridad, pero terminó aceptando acuerdos con organismos internacionales que muchos de sus propios seguidores vieron como una contradicción.
En España, Podemos nació como una fuerza crítica del sistema político, pero al entrar en el gobierno tuvo que ajustar posiciones y moderar varias propuestas.
En Francia, distintos gobiernos también han tenido que equilibrar promesas sociales con presiones económicas, que no siempre dejan mucho margen de acción.
Todo esto muestra algo bastante claro: gobernar no es lo mismo que estar en la oposición. Desde afuera es más fácil mantener ideas firmes; desde adentro, aparecen problemas reales, urgencias y límites que obligan a reorientarse en el camino.
En el caso venezolano, las críticas de Silva se enfocan en temas como la apertura del petróleo a empresas extranjeras, la dolarización de la economía en la práctica o la forma en que se manejan algunos ingresos y beneficios laborales, entre otras.
Desde su punto de vista Mario, estos cambios pueden alejarse del discurso original de soberanía económica y justicia social. Sin embargo, también es importante entender que estas decisiones se dan en un contexto muy complicado, con sanciones, dificultades económicas y la necesidad de mantener funcionando la producción del país.
En ese escenario, figuras como Delcy Rodríguez han tenido la responsabilidad de manejar esas políticas, tratando de equilibrar la situación económica con los principios políticos que el gobierno defiende. Esa no es una tarea sencilla, porque implica tomar decisiones en un contexto donde casi nunca hay soluciones perfectas, sino caminos con costos diferentes.
A ello se suma un elemento clave pero frecuentemente subestimado, la política comunicacional del gobierno hacia el país. Históricamente, esta ha sido señalada por distintos críticos como insuficiente, con problemas de coherencia, alcance y sistematicidad, lo que dificulta explicar de forma clara las razones detrás de muchas decisiones.
Incluso el comandante Hugo Chávez, en distintos momentos, criticó la ineficiencia comunicacional del aparato gubernamental, insistiendo en que sin una comunicación efectiva con el pueblo se debilita la comprensión y defensa del propio proceso político. En este sentido, no solo se trata de qué decisiones se toman, sino también de cómo se explican, se contextualizan y se hacen comprensibles para la población.
El punto central del debate no es si hay cambios o no, porque en política los cambios siempre existen. La pregunta de fondo es cómo se explican esos cambios y cómo se entienden dentro del proyecto político. Cuando un gobierno tiene que reorientar, lo importante es que ese proceso no se viva como algo oculto o improvisado, sino como una discusión que pueda entenderse y explicarse con claridad al pueblo en general.
Las críticas de Silva reflejan una preocupación que también existe en parte de la base política, la sensación de que algunas decisiones pueden estar alejándose del proyecto original. Pero eso no significa automáticamente una ruptura o una renuncia a los principios. Muchas veces significa simplemente que el proyecto está enfrentando una realidad distinta a la del inicio, y que debe moverse para poder sostenerse.
También sería muy simplista pensar que todo se reduce a decisiones técnicas o inevitables. En política siempre hay distintas miradas, prioridades en disputa y formas diferentes de entender qué es lo mejor para el país. Por eso estos debates aparecen, incluso dentro del mismo campo político.
En el fondo, lo que se ve aquí es una tensión que ha acompañado a muchos procesos de cambio en el mundo, la distancia entre lo que se quiere lograr y lo que realmente se puede hacer en un momento histórico concreto. Esa tensión no tiene una sola respuesta, porque depende de la economía, del contexto internacional, de la organización interna del país y también de la fuerza política que tenga cada proyecto.
Por eso, más que verlo como una pelea entre posiciones cerradas, este debate puede entenderse como parte de un proceso más grande, donde distintos actores intentan entender hacia dónde va el proyecto político y cómo se puede sostener en el tiempo sin perder estabilidad ni sentido.
Al final, la discusión no es solo sobre una persona o una crítica puntual. Es sobre un problema mucho más amplio que ha acompañado históricamente a la izquierda y a los proyectos de transformación, cómo reorientarse sin perder completamente el horizonte que les dio origen, y cómo evitar que los cambios necesarios terminen borrando, poco a poco, la identidad del proyecto.
Porque en política, el reto no es solo llegar al poder o mantenerse en él, sino lograr que los ajustes que exige la realidad, no terminen convirtiéndose en una transformación silenciosa del propio sentido del proyecto.

BLOG DEL AUTOR: José A. Amesty Rivera
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