Por Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo)  9 Junio, 2022  

La primera Cumbre de las Américas, que tuvo lugar en Miami, (1994), marcó el dominio absoluto de los Estados Unidos a raíz del derrumbe de la Unión Soviética, en consecuencia, la potencia del Norte de América era la dueña de un mundo unipolar. Con  este hecho, sumado a la caída del Muro de Berlín, el politólogo Francis Fukuyama anunciaba “el fin de la historia” y el reinado absoluto del libre mercado.

Por su parte, Estados Unidos había impuesto políticas de sometimiento a los demás países del continente americano, a los cuales consideraba “su patio trasero”, y para evitar avances del comunismo favorecía las dictaduras militares y gobiernos de tiranos,  a quienes definía como “hijos de puta, pero nuestros hijos”.

Después del triunfo de Fidel Castro, en Cuba, y cuando se declaró marxista-leninista, el gobierno norteamericano trató de imponer “La Alianza para el Progreso”, impulsado por el Presidente de la época, John F. Kennedy, políticas que favorecían a los gobiernos reformistas del Continente, en especial, Democratacristianos y Socialdemócratas.

Con “América Primero” del gobierno de Donald Trump se puso en práctica la versión “2.0” de la doctrina Monroe, “América para los norteamericanos y el destino manifiesto”, convirtiendo a los gobiernos latinoamericanos en sus “yanaconas”.

El triunfo de Joe Biden permitía albergar la esperanza de un Presidente que conocía bien a América Latina, por lo tanto, implementaría un multilateralismo y sería capaz de llevar a cabo una política de apertura a los países del norte, Centro, Caribe y de Suramérica pero, a pesar de las buenas palabras, el presente régimen demócrata ha sido tan despectivo con estas regiones como durante el gobierno de Trump.

En el mismo contexto, la OEA no ha dejado de ser, desde sus comienzos el “Ministerio de colonias de los Estados Unidos”, según la definía el Presidente Fidel Castro. El actual Secretario General de esta Institución, Luis Almagro, además de mozo del imperio, ha sido instigador de golpes de Estado, (el caso de Bolivia es uno de los más notorios), razón por la cual ninguno de los países latinoamericanos cree que la OEA sea un Foro permanente y válido para defender las democracias en la región.

El aislamiento de Cuba ha sido fatal para la Isla, como también para Estados Unidos: a quienes más ha afectado es a los dos pueblos, y de muy poco han servido las condenas de la Asamblea de las Naciones Unidas a tal atropello de los derechos humanos. El intento de apertura implementado durante el gobierno de Barack Obama fue dejado sin efecto por Donald Trump. Hoy, con paños tibios, el gobierno de Biden intenta hacer algunas concesiones, por ejemplo, a las remesas  y tráfico de personas entre los dos países.

A pesar de los múltiples intentos de crear instituciones para promover la unión de los países latinoamericanos y del Caribe, estos han arrojado muy pocos resultados; por ejemplo, la de “unión latinoamericana” se ha convertido más en una retórica bolivariana que en hechos concretos conducentes a la realidad.

América Latina tendría que envidiar a la Unión Europea que ha demostrado capacidad suficiente para implementar políticas comunes en los planos político y económico, incluso, culturales y sociales.

El amor  por la democracia de la Organización de Estados Americanos, (OEA), y de Estados Unidos es completamente falso: el imperio norteamericano no tiene, (tampoco lo ha tenido), ningún problema para tratar con dictaduras, con la sola condición de que practiquen su devoción por el capitalismo salvaje, además de un anticomunismo brutal.

El doble  estándar de Estados Unidos, anfitrión de  la reciente Cumbre de las Américas, iniciada el 7 de junio de 2022, es notoria: mientras excluye a Venezuela, acusando al régimen como dictatorial, a su vez, promete limitar los castigos a condición de que les venda petróleo, (hoy combustible escaso a causa de la guerra Rusia-Ucrania); con respecto a Nicaragua, otro país vedado por Estados Unidos para concurrir a esta Cumbre fue el gobierno de Ortega, apoyado por Estados Unidos; en el caso de Cuba, el gobierno de Joe Biden ha decidido negarle la invitación a la Cumbre, presionado por senadores de origen cubano, entre ellos, Bob Menéndez, Marco Rubio, Ted Cruz.

El Presidente Biden privilegia la coyuntura de las elecciones de medio período, en las cuales podría perder la débil mayoría en el Senado, y la totalidad de la Cámara de Representantes, supeditando sus intereses partidarios y personales  a la política internacional y, en especial, la presente Cumbre de las Américas. El hecho de que ocho Presidentes de las Américas hayan decidido abstenerse de participar en ese Encuentro es, a todas luces, un fracaso notable del gobierno demócrata de Biden. Actualmente, los países de las Américas y del Caribe no están dispuestos a continuar siendo “yanaconas” del imperio.

México, con mucha dignidad, decidió que su Presidente, Andrés Manuel López Obrador, no participara en la Cumbre de las Américas como señal de condena a la exclusión de Cuba, Venezuela y Nicaragua. AMLO demuestra que la soberanía y dignidad de los países de América tendrán en México un país aliado y de vanguardia.  El ejemplo dado por el Presidente de México fue seguido por el de Bolivia, Honduras y Guatemala, además de la condena de Argentina y Chile, a través de Alberto Fernández y de Gabriel Boric, presidentes de estos dos países, quienes a pesar de su condena a  Estados Unidos y la OEA, están participando de la Cumbre de las Américas.

El Presidente Boric inauguró su gira con la visita a Canadá, cuyo Primer Ministro, Justin Trudeau, también joven dirigente político, resaltando que ambos países cuentan con políticas  muy importantes en temas comerciales, políticos, sociales y culturales, en que Chile, preferencialmente, tiene que aprender e imitar las políticas con respecto de los pueblos originarios. (Es de anotar que ambos mandatarios, quebrando el protocolo, departieron en Pub, en Ottawa).

El tema central de la Cumbre lo representan las políticas migratorias, que constituye uno de los intereses políticos fundamentales del gobierno de Estados Unidos, representado por las “peregrinaciones en masa de inmigrantes”,  especialmente provenientes de países del triángulo norte de Centro América, (Guatemala, Honduras, El Salvador). México es un país frontera con Estados Unidos, y con Guatemala por el sur que, durante el gobierno de Trump, sirvió para detener a los inmigrantes en México, que se esforzaban por llegar al sur de Estados Unidos. El Presidente López Obrador pretende resolver la política migratoria entregando por parte de Estados Unidos una importante ayuda económica, invirtiendo en programas sociales que permiten a los ciudadanos el permanecer en sus respectivos países. En este sentido, Estados Unidos requiere del apoyo del Presidente Mexicano, que será recibido en el mes de julio, en la Casa Blanca; (ya la Vicepresidenta, Kamala Harris, ofreció un millonario aporte).

En el caso de América del Sur, especialmente Colombia, Perú y Chile, es imprescindible acordar políticas conjuntas referidas a la inmigración venezolana.

Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo)