Marcelo Colussi
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Cuando Marx y Engels pensaban en la revolución socialista tenían como referencia la Revolución Francesa de 1789. La Comuna de París de 1871 –primer gobierno obrero revolucionario de la historia, muy efímero, por cierto– terminó de alimentar esa concepción. En pocas palabras: un alzamiento popular que, con fuerza demoledora, destruye un viejo orden (aristocrático-feudal o burgués-capitalista, respectivamente) instaurando un nuevo modelo social (capitalista o socialista para el caso).

Ese esquema, dieciochesco y decimonónico, funcionó entrado el siglo XX. Las primeras revoluciones socialistas, aquellas de las que podemos nutrirnos como experiencias reales para estudiar pros y contras (Rusia, China, Cuba, Vietnam, Nicaragua) siguieron ese modelo: pueblo trabajador (compuesto por empobrecidos y oprimidos varios, desde obreros industriales urbanos a peones agrícolas, campesinos sin tierra, sub-ocupados y desempleados, amas de casa y distintos grupos marginalizados), con una conducción política dada por un grupo revolucionario (partido, vanguardia armada, núcleo de dirección), transformó esa marea popular de malestar y descontento en una explosión que cambió la historia. Siempre sucedió así en estos países, sean enormes (Rusia, China) o pequeños (Cuba, Vietnam, Nicaragua). Revolución con principios socialistas (socialización de los medios de producción, reforma agraria, nacionalización de la banca, fuerzas armadas revolucionarias y milicias populares, democracia directa), conducida con un ideario marxista, pensada en términos de derrota del sistema imperante, tomando y transformando su Estado para comenzar a edificar un mundo nuevo.

En todas esas experiencias los mecanismos de control poblacional y de represión no eran tan sutiles y precisos como los ahora existentes. No había tecnologías 5G ni 6G, satélites espías, medios de comunicación barriendo todo el planeta ni armas con láser que queman órganos internos sin dejar marcas epidérmicas o bombas termobáricas que esfuman a la gente sin dejar cadáveres. ¿Es posible una revolución como aquellas hoy día, ya entrado el siglo XXI? La idea que alienta estas reflexiones es que sí, definitivamente. No solo es posible, sino urgentemente necesario. El sistema capitalista sigue basado en la explotación de una gran mayoría para el beneficio de un minúsculo grupo. Que la clase trabajadora y sectores medios de los países capitalistas más desarrollados (no más del 20% de la población mundial) gocen de beneficios es producto de las penurias del otro 80% de la humanidad. El capitalismo no es justo. Es una infame mentira que la riqueza “chorrea”. Las migajas que caen son eso: migajas, y el desarrollo equitativo no se puede hacer con limosnas.

Estas líneas no pretenden ser derrotistas, nihilistas o pesimistas. Por último, el pesimismo es un optimismo bien informado (“Actuar con el optimismo del corazón y el pesimismo de la razón”, pedía Gramsci). Si nos informamos bien, si sabemos dónde estamos parados, es imprescindible revisar las experiencias socialistas habidas y evaluar cómo poder transformar el sistema imperante, el capitalismo. Es vital saber con qué se cuenta para la lucha, saber a qué se enfrenta el campo popular, conocer nuestras debilidades y fortalezas (hoy, lamentablemente, parece haber más de las primeras que de las segundas), así como las del enemigo. “Conociendo al enemigo y a uno mismo, se ganarán todas las batallas”, enseñó Sun Tzu.

Aunque el sistema ha cambiado mucho en sus formas desde la segunda mitad del siglo XIX cuando Marx y Engels lo estudiaron, sustancialmente se mantiene en sus cimientos: es dinamizado por la extracción de plusvalía (trabajo no remunerado apropiado por el capital), base de la acumulación capitalista. Sucede que los capitales devinieron imperialistas, financieros, globalizados, y el desarrollo científico-técnico ha cambiado el modo de socializarnos, de establecer relaciones entre los seres humanos. La producción se ha ido mecanizando y robotizando a niveles increíbles; el mundo de los servicios superó con creces a la producción de bienes, la virtualidad se va imponiendo como el nuevo horizonte humano rivalizando con la realidad fáctica, la inteligencia artificial está llamada a superarnos, el teletrabajo es un hecho en crecimiento, y ese raro engendro llamado “post verdad” (la verdad se esfuma, ya no hay verdad) se va instalando. Así llegamos a la idea de metaverso. En definitiva, la aldea global está manejada en forma creciente por poderes omnímodos que nos confinan a un mundo “irreal” en su materialidad, pero muy real en cuanto a las injusticias. La pobreza y la represión son lapidariamente reales, se sufren en el cuerpo.

Metaverso, realidad hologramática, sexo cibernético…, parece ciencia ficción. Ya no se sabe qué es qué: hay un mundo cada vez más hiper-tecnológico donde los poderes dominantes digitan/manipulan de tal modo la vida de la gente que no es posible diferenciar lo que pensamos de lo que nos hacen pensar. El sexo, en forma lenta pero creciente, prescinde de los cuerpos de carne y hueso para quedarse con fantasmas incorpóreos. El adormecimiento de las masas cada vez se realiza con técnicas más certeras, más difíciles de combatir. Tiempo atrás se luchaba por las ocho horas de trabajo; ahora se lucha por conseguir un trabajo. Hoy día se hace difícil identificar los caminos de lucha: el enemigo a vencer sigue siendo el capitalismo, pero el monstruo parece tan grande que no tenemos claro por dónde atacarlo. Además –esto es lo patético– las diferencias entre grupos y países se tornan cada vez más abismales, pues mientras los robots y la inteligencia artificial controlan nuestras vidas, hay enormes cantidades de seres humanos que no tienen acceso a energía eléctrica, ni a agua potable, ni a comida, y siguen naciendo hijos sin planificación que terminarán engrosando las interminables filas de inmigrantes indocumentados que, desesperados, llegan a las supuestas islas de bienestar del Norte. Y también, aunque no lo sepan, esas masas son controladas por esa misma inteligencia artificial, satélites espías y programas de psicología militar aplicados a población civil, todo bajo la hegemonía de pequeñísimos grupos ultra-poderosos que deciden quién es “viable” y quién “sobra”.

¿Qué significa todo esto? Que el mundo en su conjunto, básicamente capitalista (China mantiene un “socialismo capitalista”, a veces más capitalista que socialista) debe cambiar. La cuestión es cómo lograrlo. Lo que escribimos ahora aquí, ya queda registrado en algún banco de datos monumental que almacena todo. Sin caer en planteos apocalípticos ni conspiracionistas, está claro que el sistema se adelanta siempre, con mucha ventaja, a los planteos transformadores. La especulación cartesiana del “cogito ergo sum”, “pienso, por lo tanto existo”, queda corta. Pareciera que pienso lo que el “genio maligno” impone que piense, y no soy consciente de esta manipulación, porque el opio moderno nos embelesa demasiado.

¿Es posible una revolución socialista al modo clásico, emulando la Comuna de París, o la toma del Palacio de Invierno en San Petersburgo, o la entrada de los “barbudos” en La Habana, o la explosión popular de Managua junto a los sandinistas armados? Quizá no de esa forma, pero sí es necesario el cambio. De eso no queda la más mínima duda.

Entonces: ¿por qué la pregunta de si es posible, quizá con un dejo de escepticismo? Porque la situación actual nos muestra que el ideario socialista parece ir saliendo de agenda (hablar de “comunismo” hoy día es casi sacrílego), y la dinámica social dificulta grandemente concebir una revolución en los términos clásicos.

¿Revolución socialista en un solo país? La experiencia muestra lo tremendamente dificultoso de eso. De todos modos, queda la pregunta (en un solo país o donde sea): ¿cómo lograrla? Descártese de una vez la lucha electoral, porque de ahí, de una democracia en los marcos de la institucionalidad capitalista, no puede surgir un auténtico cambio revolucionario. La idea de una Asamblea Constituyente plurisectorial, más allá de la buena voluntad, queda corta, porque no deja en claro cómo negociar un nuevo modelo de país entre explotadores y explotados. Además: los cambios reales en la historia no se negocian, ¡se imponen! A los monarcas medievales se les cortó la cabeza; a los capitalistas se les echó del país. ¡Eso es una revolución! Entonces: ¿organización popular de base? ¿Movimientos sindicales clasistas? ¿Guerra de guerrillas? ¿Movilizaciones espontáneas tipo estallido social? Esto último, sin conducción, no lleva a ningún lado. ¿Apelar a nuevos sujetos emancipadores?: lucha contra el racismo, contra el patriarcado, por la diversidad sexual. Sin restarle trascendencia a esas luchas, definitivamente importantes, si no hay un planteo de clase conjunto bien articulado, pueden quedar cojas.

El capitalismo cada vez se blinda más ante los cambios. Controla las poblaciones con mecanismos crecientemente refinados, apelando a las neurociencias y toda técnica que le permita continuar imponiéndose, incluso haciendo que el esclavo se sienta feliz (¿para eso están, por ejemplo, las redes sociales con su sensación de libertad y autonomía?). Al mismo tiempo desarrolla instrumentos bélicos de control y destrucción que tornan muy difícil su enfrentamiento con palos y machetes, o aún con algún fusil guerrillero. Desde un satélite geoestacionario se puede ver cada árbol de la selva y a quien está escondido tras él… y fulminarlo.

Todo esto no debe llevar a la desesperanza, sino a replantear el modo de llegar a un proyecto post-capitalista. Es obvio que habrá que implementar nuevos recursos, nuevas tácticas y estrategias. Bombas molotov o arrojar volantes en una carrera clandestina parecen prácticas jurásicas, quizá inconducentes hoy día. La furia popular del 2019 (Latinoamérica, Medio Oriente, chalecos amarillos), que parecía el preámbulo de un posible nuevo “asalto” al Palacio de Invierno, quedó sepultada por la pandemia de Covid-19. La organización casa por casa, persona por persona, convenciendo con militante trabajo de hormiga como se hacía en otros tiempos… ahora la hacen las iglesias neoevangélicas con muy buenos resultados. O las redes sociales.

Una vez más, sin caer en desesperanzas, pero con realismo: ¿cómo colapsar al sistema-mundo actual? ¿Por dónde entrarle? Que Rusia y China, en una mancuerna anti Estados Unidos, constituyan un nuevo polo de poder, no augura la revolución socialista planetaria. Por tanto, el debate sobre esto nos convoca con urgencia.