Por: Cicerón Flórez Moya

Del protagonismo del exalcalde de Medellín Federico Gutiérrez en la política se esperaba un aporte positivo. Por lo menos que no cayera en la rutina del engaño, para atacar con odio y mentira a quienes no están en sus afectos o sus querencias ideológicas. Lo dicho por él en el debate de El Tiempo y Semana después de las elecciones, desnuda su conservadurismo y su ambigüedad respecto a problemas que acosan a los colombianos.

A pesar de su lenguaje zalamero no alcanza a ocultar que, de llegar a la Presidencia de Colombia, seguiría amarrado al modelo de desigualdad predominante y, en general, a más de lo mismo que involucra la complicidad con los actores de la corrupción, o los grupos generadores de violencia, o latifundistas despojadores de tierras o los clientelistas que trafican con la política.

Con el complejo de superioridad moral que tiene, resulta incapaz de reconocer su distanciamiento con los cambios que requiere el país y la mancomunidad de intereses, que comparte con los grupos políticos y económicos proclives a la pobreza, Y lo que es peor: su odio.

Al señor Gutiérrez le falta sencillez y autenticidad. Se emociona pensando en sí mismo, con un narcisismo que le sube como calentura.

Pero ese no es el tipo de líderes que necesita Colombia. No es que sea un mesías. Lo que se quiere es un ser de carne y corazón, con sensibilidad y comprensión, capaz de asumir la responsabilidad de romper con el modelo de pobreza impuesto por los clanes que explotan el poder.

Es la democracia en la plenitud de su expresión para sacar a los colombianos del infierno de la muerte, garantizarles trabajo, educación, salud, igualdad de oportunidades y libertad.

Cuando se asume el compromiso de construir una nación con unidad, sin represión, hay que prepararse para hacerlo efectivo. Lo cual implica renunciar a la mezquindad, a la discriminación y al odio.

Hay que consolidar una sociedad sin trampas, sin mentiras y sin criminales en los organismos de seguridad del Estado, destinados a la protección integral de la comunidad.

Y se debe pensar a Colombia en función de la cohesión de los diferentes sectores. La división de la sociedad en clases, es un abono a la discriminación y el reconocimiento de derechos debe superar semejante escollo.

¿Por qué no abolir el régimen esclavista en todas sus versiones? ¿Cuál es el beneficio de las exclusiones?

Esas y otras taras tienen que erradicarse del tejido social de Colombia, porque son factores de perturbación.

Y desde luego que el señor Gutiérrez puede pensar con entera libertad. Pero no está exento a que le respondan sus planteamientos y, se puedan señalar las inconsistencias de su discurso sobre Colombia, el cual no es tan generoso como él lo pinta.

No resulta fácil cambiarle el rumbo a Colombia. Se necesita conocimiento y honradez. Libre de todo engaño.

Puntada.

La señora Ingrid Betancourt, también de la baraja de aspirantes a la Presidencia de Colombia, es otro globo

desinflado. “Mucho tilín…tilín…y nada de paletas”. Habla por hablar. Es prominente su desconexión con la realidad. Y atropella la verdad sin pudor alguno.

Cicerón Flórez Moya

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