Por: Óscar Rivera Luna (Ingeniero Agrónomo – Ambientalista)

El Programa Mundial de Alimentos de la ONU (PMA) anunció que, el efecto económico de la pandemia del coronavirus, puede duplicar el número de personas en situación de hambre aguda; que no pueden acceder a los alimentos suficientes, para garantizar su nutrición ni la supervivencia. Se calculaban entre 820 y 1000 millones de personas con hambre en la tierra, antes de iniciarse la pandemia del Corona virus.

Según el Informe mundial sobre las crisis alimentarias, divulgado por 16 agencias especializadas, en 2019 el número de seres humanos en vulnerabilidad crítica ascendía a 135 millones. Una proyección del PMA*, anunciada en rueda de prensa virtual, calculaba que para el año 2021, 265 millones de personas podrían estar cerca de morir de hambre.

Las causas de fondo: la riqueza infinita y la pobreza que la nutre, la concentración del dinero, de alimentos y riquezas. Las tecnologías de producción sucia, a costa de envenenar las aguas fluviales, lacustres y marinas, el aire que respiramos y suelos fértiles con las “maravillas agroquímicas” de la revolución verde. El cambio climático causa de numerosos desastres, la extinción de especies indispensables de flora y fauna y la tendencia humana a resolver las contradicciones con las guerras; síntesis del hambre y los sufrimientos.

HAMBRE EN COLOMBIA.

Según cifras del DANE, «antes del inicio de la cuarentena obligatoria, en marzo del año 2020, el 11,9 % de los colombianos, consumía menos de tres comidas al día. Para septiembre de 2021, esta cifra subió al 30 % y la situación se mantuvo igual hasta julio de 2021”. A medida que crece la economía decrece la nutrición. Chocó y Guajira concentran el mayor número de desnutridos.

Durante la cuarentena, ventanas de barrios y municipios de Colombia, se cubrieron de trapos rojos denunciando hambre. Colombia cuenta actualmente con siete millones de personas con hambre, equivalentes al 14 % de su población. En el contexto de aumento de la pobreza y la pobreza extrema. Por efecto de la pandemia y de su manejo selectivo, concentrado el dinero en los bancos, Colombia volvió a los niveles de pobreza del 2012.

Colombia posee suelos fértiles, biodiversidad de especies, todos los pisos térmicos y millones de personas que, aún desean arar, rozar y cultivar la tierra, a pesar de todo lo ocurrido durante un siglo contra el agro, los campesinos y empresarios del campo. La política agraria de Estado impide recuperar la plenitud agrícola; millares de retazos multicolores cultivados en pancoger.

El Estado prefiere importar 14,5 millones de toneladas de alimentos subsidiados; papa congelada de Bélgica, fríjoles de USA que importa de Centroamérica, yuca en polvo, sandías del Perú, maíz desde USA, soya, trigo de Canadá. Cebollas que arruinaron a los campesinos de la Provincia de Ocaña. Con el instrumento de recorte sistemático del presupuesto agrícola, hasta reducirlo a solo 0,46% del presupuesto nacional para el 2022, aniquilan las instituciones del agro.

La alimentación de los colombianos depende, por capricho comercial antipatriótico, de la importación masiva de alimentos subsidiados, que son letales para la producción agropecuaria y economía nacional. Con el agravante de la crisis mundial de los contenedores y, además que, nuestras bahías portuarias y puertos fluviales, se están llenando de lodos a velocidad vertiginosa.

Prefieren quemar toneladas de CO2 carbono, trayendo papas de Bélgica, yucas de Tailandia, sandías del Perú, trigo del Canadá o maíz de USA, que producirlo en las vertientes Andinas, fértil llanura Costeña, aluviones del Cauca-Magdalena- El Sinú-La Mojana. Meseta del Tolima, el Valle de Upar, Llanos Orientales, en las Parcelas Multicolores del río Mayo, el Guáitara y el Juanambú, en los jardines productivos y paisajes de la zona cafetera con suelos bendecidos por cenizas volcánicas.