Por: Tatiana Duplat Ayala

“Hasta que la dignidad se haga costumbre”, dijeron los jóvenes en Chile hace unos años y el eco de su determinación sigue resonando aquí en Colombia. El 28 de abril de 2021 marcó un hito en la historia de la movilización social de nuestro país, solo comparable con el paro estudiantil de 1971, cincuenta años atrás. Ese día, las calles se llenaron de consignas, carteles y cantos que reclamaban el derecho al futuro. La reforma tributaria fue el detonante, pero pronto se hizo evidente que las demandas estaban enquistadas en problemáticas más profundas. Nos esperaban meses de tensión y de confrontación social.

Más de 3 millones de jóvenes no tienen ocupación en Colombia; ni estudian, ni trabajan, y no es precisamente porque sean vagos sino porque nadie les brinda la oportunidad. Por eso, porque no tienen nada más que hacer, porque no tienen nada que perder y porque no se resignan a quedarse al margen de la historia, se instalaron indefinidamente en sus reclamos; allí van a estar, hasta que alguien los escuche, hasta que la dignidad se haga costumbre. El movimiento es como el del mar, a veces llega enfurecido, luego se calma y es como si cogiera fuerzas para crecer y estallar una vez más; grande o pequeña, la ola siempre termina por volver a la orilla. Así pasa con el movimiento social.

Los jóvenes reclamaron los derechos, los suyos y los nuestros, y la respuesta fue aplastante, cientos resultaron heridos, desaparecidos y muertos. En el mes de julio, la Comisión Interamericana de Derechos denunció el uso desproporcionado de la fuerza por parte del gobierno. Hace unos días la relatoría de las Naciones Unidas concluyó que la policía había cometido una masacre al intentar contener las protestas desencadenadas después de la muerte de Javier Ordóñez, los días 10 y 11 de septiembre de 2020. “Desproporcionado” es la palabra clave en esta vergonzosa historia.

A este país, acostumbrado a la guerra, le resulta difícil aprender que la manifestación social es una forma de participación, otra más en el abanico democrático. En el momento en que ocurren los destrozos, los bloqueos, los incendios, los golpes, las desapariciones y los disparos, todo se va al traste. Todos perdemos. La participación es vista como un problema de orden público y los reclamos de los jóvenes quedan ocultos tras la polvareda que levanta la violencia. Entender la protesta como un mecanismo para tramitar pacíficamente las demandas sociales, es la tarea que nos deja el agitado 2021.

En unas semanas volverá la ola al puerto de la resistencia. Los jóvenes no van a desistir, incorporar sus demandas en la política social, en vez de recibirlos a balazos, es lo único que puede desescalar este conflicto. No piden nada extraordinario, estudiar y trabajar; reclaman su derecho a la esperanza. Ad portas de las elecciones, tres millones de jóvenes tienen en su voto el futuro de todo un país; llegará a la presidencia quien haya aprendido la lección y esté dispuesto a escuchar, no a disparar.

@tatianaduplat