Marcelo Colussi*
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Había una vez, muy lejos de aquí, en un lugar de L. de cuyo nombre no quiero acordarme, un pequeño país. Algunos decían que estaba embrujado, por las cosas insólitas que allí sucedían.… Pero eso nunca se pudo demostrar fehacientemente.

El susodicho terruño no tenía especiales riquezas naturales, más allá de la incomparable belleza de sus paisajes. No faltaba quien decía que allí se encontraba el “lago más bello del mundo”. En el lugar no había oro ni plata; o si había, era en pequeñas cantidades; por tanto, no llamaba a la voracidad de los mineros. Sí existía un poco de petróleo. Y, ¡oh, sorpresa!, exportaba petróleo crudo para luego comprar, de un país vecino, oro negro refinado. Es decir: combustibles para sus vehículos. Curioso, ¿no? Lo mismo pasaba con su cacao: exportaba el fruto, para luego comprar “exquisitos y delicados” chocolates importados. En fin… otra curiosidad.

Pero sí producía alimentos. Lo curioso es que su gente, aunque se mataba trabajando en el campo en la producción de comida (granos básicos y hortalizas fundamentalmente), comía muy mal. De acuerdo a esas mediciones que suelen hacer los organismos especializados en medir la pobreza (¿para qué la medirán, si después nunca hacen nada al respecto?), ese alegre país ocupaba el nada honroso primer lugar en desnutrición infantil entre todas sus naciones hermanas, las de la misma región. Y, para desgracia, el sexto lugar a nivel mundial. Parecía una maldición, pues con todo lo que salía de sus tierras, su población pasaba hambre… Por supuesto, pasar hambre en la niñez es una mala noticia, porque hipoteca el futuro. Los niños mal alimentados de hoy difícilmente sean los científicos de mañana. Según se dice, el 3% de su producto bruto interno –pese a que las recomendaciones mundiales lo desestiman– lo aportaba el trabajo infantil.

Los principales cultivos eran la caña de azúcar, el maíz, la palma aceitera, el café. Este último dependía mucho de los precios fijados en el mercado internacional. Cosa curiosa también: producía café, mucho y de gran calidad –“el mejor del mundo”, pregonaban–, pero el precio de ese producto se fijaba en una bolsa de valores a miles de kilómetros de distancia. En fin… cosas que no se entienden.

Los otros cultivos, curiosamente también, se destinaban a elaborar etanol, es decir: biocombustible para vehículos en un país de gente de piel muy blanca y cabello muy amarillo (en el país de marras los cabellos eran más bien oscuros). Lo increíble es que esa producción le quitaba posibilidad de tener más tierra cultivable para sembrar alimentos. Se priorizaba el mercado externo y no el hambre de la población. En fin…. Otra curiosidad.

Como vemos, en ese país las cosas iban un poco al revés. O bastante. Porque –esto era quizá lo más curioso– su población era mayoritariamente descendiente de unos habitantes que habían llegado a esas tierras unos 4,000 años antes, desarrollando en algún momento una portentosa cultura (arquitectura, matemáticas, astronomía, agronomía, artes). Esta gente, parece, fue de las pocas civilizaciones del mundo que llegó al concepto de cero, de conjunto vacío. Gran cultura que luego cayó, dejando con el tiempo solo recuerdos de la grandeza pasada. Pero lo que no se puede creer es que la gente que descendía de esos grandes científicos y artistas… ¡se auto-consideraba tonta! Por ejemplo, siendo de cabello negro, querían pintárselo de amarillo, como aquellos donde enviaban el etanol. Claro, tiene explicación: esos blancos tenían mucho poder, y la gente de este pequeño país los quería imitar. O… bueno…., era una mezcla rara: los envidiaba, al tiempo que los odiaba. Y también les temía. En definitiva: eran pocos los que se sentían orgullosos de sus raíces. Y muchos de ellos se iban en condiciones infrahumanas hacia esos países, que consideraban “paraísos”, a trabajar en precariedad, enviando luego dineros a sus familias. En buena medida, ese paisisto vivía de esos envíos (15% del PBI).

Había mucha violencia allí. A veces, por una nada se mataban (por una discusión sin sentido en una cantina, por un leve accidente de tránsito). Eso tenía una explicación. En el país, no mucho tiempo atrás, había habido una guerra civil monstruosa. Tanta fue la matancinga y el odio que se acumuló en ese enfrentamiento que la violencia no bajaba con los años. Había quien decía que eso se mantenía artificialmente, porque así la gran mayoría seguía temblando, viviendo con miedo. Y así, los que mandaban podían mandar más fácilmente. Pero eso no se podía demostrar. Aunque todo indica que así era.

Lo que sí es cierto es que como había mucha pobreza, aparecían muchos delincuentes. Es decir: era una terrible combinación de falta de recursos e impunidad, lo cual permitía –o estimulaba– que las cosas no fueran muy distintas a como había sido en la guerra interna.

Algo curioso: dos de las familias que más dinero tenían, habían hecho su fortuna vendiendo bebidas embriagantes. Alguien tenía la teoría que eso era para mantener dormida a la población, anestesiada, embobada. No estamos seguros de ello, pero de lo que sí puede asegurarse es que todo se movía por influencias, por compadrazgos. ¡Hasta un rector universitario, un candidato presidencial y una fiscal general tenían sus títulos de doctorado falsos! La corrupción era cosa seria. La gente esperaba milagros para que se compusieran las cosas… ¡pero los milagros nunca llegaban! Bueno… los milagros no existen, claro.

Entonces: ¿adivinan de qué país se trata?

Marcelo Colussi