POSTED BY: CUARTO DE HORA 16 MAYO, 2021

Por: Gustavo Bolívar Moreno

Era miércoles 12 de mayo, jornada número quince del Paro nacional, algo impensable para mí, y creo que para toda Colombia, incluido el gobierno acostumbrado a que los paros se terminan por cansancio más no por diálogo. Uribe sabe que  los paros duran cuatro horas luego de las cuales, todo el mundo se marcha a sus casas con las manos vacías.
El día citado, unas tres mil personas, en su mayoría jóvenes, marchábamos en completa paz, y también en completa amargura, por la Autopista Norte de Bogotá. Veníamos caminando desde la calle 81 donde queda el Monumento a los Héroes. Una mole enchapada en piedra muñeca, donde se rinde homenaje a los soldados de los diferente ejércitos libertadores y a una estatua de Simón Bolívar sobre su caballo, tallada en bronce.

En ese lugar se quedaron otros tres o cuatro mil jóvenes danzando, cantando, puteando a Duque y a Uribe en medio de un plantón que ya se volvió habitual en ese lugar que anoche nos brindó un verdadero espectáculo y unas fotografías memorables como testimonio de una de las autoconvocatorias más grandes en la historia de la ciudad.

A la altura de la calle 167, a lo lejos, bajo el puente vehicular de la calle 170 se divisó una fila de hombres vestidos de negro, en perfecta formación. Eran los hombres del ESMAD. Enseguida quienes iban en la “Primera Línea” levantaron un puño de la mano izquierda y la seña se repitió con efecto dominó hasta quienes íbamos en el centro de la marcha y luego hasta los que la cerraban. Uno de los chicos, de no más de 22 años, portando un escudo de lata en uno de sus brazos tomó un megáfono, muy pequeño para la multitud que lo iba a escuchar y se dirigió a nosotros. Con quienes iba en la caminata nos tuvimos que acercar para escuchar lo que decía:

“Compañeras, compañeros, es posible que nos empiecen a gasear o a disparar los del ESMAD. No sientan miedo que la Primera Línea está para cuidarlos. Los vamos a cuidar. Si nos mantenemos unidos no nos va a pasar nada. Pero si alguno de nosotros cae, si nos sucede algo, si nos hieren, quiero pedirles un favor. No nos dejen tirados. Recójannos y llévenos a una clínica, no nos dejen botados porque ellos llegan a rematarnos o nos llevan heridos a una Uri y allí nos dejan morir”

Fue inevitable para muchos conmovernos hasta el último rincón del alma y para algunos contener al menos una lágrima. Esa valentía, esa entereza, nos pasmó el miedo a todos. Muy pocos desertaron luego de su advertencia aunque no niego que la adrenalina se atasca a la altura de la garganta. Los pensamientos malos se hacen presentes. La película de la vida empieza a pasar veloz por las cabezas de los más fatalistas.

Los chicos que acompañaban a quien habló, de las mismas edades, se acomodaron el casco, agarraron bien fuerte sus escudos, casi todos llenos de impactos de balas de fogueo o de perdigones, incluso de “plomo es lo que hay plomo es lo que viene”. Otros escudos tenían el tatuaje que dejan esos artefactos metálicos donde vienen los gases o balines y puntillas que yacen en las bolsas recalzadas como la que mataron a Dylan Cruz. Son las huellas de la muerte. Las huellas del desprecio más inhumano de un gobernante por su juventud. Las huellas de la malparidez. La huella del odio, la huella de la oporofobia que practican las élites que prefieren comprar tanquetas, escopetas y balas asesinas, antes que alimentar al pueblo hambriento. La misma filosofía que practican las EPS: Preferirren gastar los millones en ejércitos de abogados contestando tutelas que en médicos para sanar y salvar a la gente.

Mientras avanzábamos hacia el choque, estábamos a dos cuadras, quise intentar alguna fórmula desesperada para evitar lo inevitable, me acerqué al chico que habló y le pregunté si estaban seguros de lo que iban a hacer y hasta traté de convencerlos de terminar allí la marcha. No por cobardía, lo juro. Solo que vi en sus ojos a los de mi hijo que puede tener la misma edad y pensé que si ese chico fuera él lo sacaría de allí a rastras si fuera necesario para cuidar su integridad y ya vimos hasta la saciedad, que hasta su vida. Me dijo “no senador, ellos nos han robado hasta los sueños. Lo único que nos quedan son las calles. Si se las dejamos lo perderemos todo. Usted no se preocupe que nosotros lo vamos a cuidar”. Me dejó sin argumentos porque se supone que soy yo como servidor público el que los tengo que cuidar a ellos pero enseguida supe que mi concepto de valentía cambiaba desde ese día. Porque es muy valiente decirle cosas a Uribe y a Duque por tuiter y muy arriesgado enfrentar virtualmente a los grupos armados o a algún tuitero agresivo, pero otra cosa es saber que te puedes morir, que te pueden sacar un ojo o te pueden llevar preso dentro de un par de minutos y no huir, no hacer algo por evitarlo porque los ideales están tan altos que ni el miedo puede alcanzarlos.

A una cuadra del enfrentamiento pensé: Ojalá no les suceda nada, Señor. Sus miradas no se me olvidarán nunca. Imagino que son las mismas que pusieron los 300 cojonudos del ejército de Leonidas, rey de Esparta, antes de enfrentar a mil veces más persas en la batalla de las Termópilas mientras que la mía, mi mirada, no era otra que la de alguno de los 12 apóstoles (No los de Yarumal, Antioquia) cuando vieron a los romanos matando de a poquitos a Jesús: Pura impotencia. Impotencia por no tener el don de la palabra para convencerlos de seguir la vida sin necesidad de arriesgarla por un país que luego los olvidará. Impotencia de no tener el poder para ordenarles a los del ESMAD que estos chicos podrían ser sus hermanos o sus hijos y que están hechos de lo mismo que están hechos los colombianos de los sectores más pobres a los que pertenecen ellos: de ilusiones, aguante, sueños, frustraciones.

Milagrosamente al llegar a la calle 170 los hombres del ESMAD, igual de asustados a los de la Primera Línea se apostaron a lado y lado de las columnas del puente y la marcha pudo pasar. Nosotros nos fuimos al rato y sé que quince cuadras más adelante la marcha fue disuelta con gases. Afortunadamente, aunque estuve pendiente de las noticias, ninguno de los chicos fue herido y pudieron regresar sanos y salvos con sus familias. No quiero imaginar la angustia de las madres cuando ellos salen de sus casas decididos a cambiar un país con su escudo hecho con canecas partidas por la mitad. No quiero imaginar la ilusión de los chicos por mejorar el país donde en suerte les tocó vivir, que digo, sobrevivir.

Al día siguiente, lo vimos en los videos, uno de ellos, Sebastián Quintero cayó en Popayán. Un artefacto disparado desde un lanzamisiles, pomposamente llamado Vemon, le destrozó el cuello y la garganta. Es tan peligroso ese engendro que en un video donde se entrena a quienes lo van a disparar, el instructor  les dice que disparen “más alto” que disparen más alto. Y esto a pesar que viene instalado en la parte alta de la tanqueta. Es decir, el protocolo dice que hay que dispararlo al cielo para que caiga como la lluvia. Sin embargo, como lo vimos en otro video, uno de los 560 que entregaré mañana a la CIDH y al representante Mc Govern, presidente de la Comisión de derechos Humanos del Congreso de los Estados Unidos, los monstruos del ESMAD, porque no se les puede decir otra cosa, quizás por órdenes de algún oficial sanguinario, bajaron el Venom del techo de las tanquetas, lo pusieron a ras de piso y lo dispararon a la multitud de forma horizontal. Es decir, disparan a la humanidad, al cuerpo, a la cabeza, a los ojos de los muchachos de la Primera línea. El video es irrefutable. Están comprando armas de disuasión pero las utilizan como armas mortales. Pues a Sebastián Quintero lo mató el ESMAD. Esto no tiene atenuantes. Estamos en manos de sanguinarios a los que le divierte la muerte. Hemos visto cómo lo celebran en las redes sociales los uribistas más recalcitrantes. Los derechos humanos están siendo torturados. La ONG temblores ha registrado, hasta el viernes:

2.110 casos de violencia policial

362 casos de violencia física

39 homicidios cometidos por la Fuerza Pública

16 violaciones

30 víctimas de agresiones oculares

1.055 detenciones ilegales

Y lo que es peor, nadie sabe cuántos son los desaparecidos. Algunos hablan de mil. Mil jóvenes que nunca llegaron a sus casas. Mil familias en ascuas esperando el regreso de sus seres queridos. Mil lamentos que se estrellan contra la maldición de no saber ante quien quejarse porque los encargados de buscarlos y de judicializarlos están aliados con los victimarios.

Hoy, mientras esto leo, se completan 19 jornadas de protestas ininterrumpidas y en casi todas las ciudades de Colombia. Estamos aún lejos de los 45 días que duraron los chilenos en las calles hasta lograr el llamado a elecciones para cambiar la Constitución, pero en tres días doblaremos los 11 días que necesitaron los borinqueños para tumbar a su gobernador corrupto en 2019.

El paro sigue porque las causas se acumularon con las décadas. Hay 80 mil desaparecidos durante el conflicto. Hay casi 300 mil muertos que claman justicia entre ellos los 6.402. Hay una desigualdad monstruosa, inhumana, ilógica que no repara en consecuencias. Hay desempleo, hay hambre, hay privilegios a los que solo los políticos, sus familias y sus familiares pueden acceder. Hay una corrupción aberrante. Se roban todo y después vuelven por las sobras.  Hay un país aparente que durante las últimas dos décadas se ha jactado de crecer a mayor ritmo que el promedio latinoamericano pero no dicen las estadísticas que esa riqueza y ese crecimiento se ha quedado en muy pocas manos. Hay una tierra pésimamente repartida. Hay unas etnias arrinconadas en tierras improductivas. Hay abuso de poder. Hay impunidad para los ladrones del erario. Hay estudiantes endeudados hasta la madre por querer estudiar en vez de irse a una bacrin. Hay racismo terrible. Los supremacistas mestizos odian a los indígenas a quienes llaman “indios” y los mandan a matar, los mandan a encerrarse, los mandan al cementerio desde todos los flancos: El narco, las disidencias, el gobierno y ahora los civiles vestidos de blanco, “la gente de bien de Cali” angustiada porque el paro les está dañando el negocio de la cocaína.

Por eso el Paro no tiene Jefes. Cada quien lucha por algo distinto. Los camioneros, por ejemplo, luchan contra la cantidad de peajes y sus costos, el alto precio de los combustibles y la pésima red de carreteras secundarias y terciarias. Los jóvenes luchan porque la clase política los marginó de la redistribución del ingreso. No tienen educación, no tienen empleo y sus posibilidades de pensionarse son casi nulas. Los maestros paran por la estigmatización que de su profesión ha hecho el uribismo. Los indígenas paran porque Duque les incumplió los Acuerdos, no implementa la paz que los tiene en la mira de los grupos violentos. . cada quien lucha por lo suyo pero entendieron que juntos son más poderosos.

Por eso el paro no tiene un líder. Cada quien responde por su causa y no están dispuestos a venderla barata. Los y las jóvenes llegan solos, por inercia, por necesidad, pero por sobre todo, porque ya saben que son importantes, que son capaces de tumbar ministros y hacer retirar proyectos nefastos en el Congreso como la Reforma Tributaria y la Reforma de la Salud que ya está muerta.

Pero hay algo más preocupante aún. Los jóvenes de Puerto Resistencia, por mencionar un solo sitio, no darán el brazo a torcer. Están dispuestos a morir por la causa. Saben que no tienen nada qué perder. Es tan cruel lo que escuché que lo tienen que saber. Muchos han dicho que no levantan el paro porque nunca antes habían comido tan bien. Esto es porque las madres, sus madres, apoyando las causas que ellas no fueron capaces de defender cuando jóvenes, están apoyando a sus hijos. Les cocinan en grandes ollas y han recibido la solidaridad del barrio. En Bogotá las hemos visto, incluso, junto a los chicos de la primera línea diciéndoles a los del ESMAD que si son tan hombres les disparen. No lo han hecho ni lo harán. Hasta los irracionales se mueven bajo unos mínimos éticos.

Y finalmente una aclaración. Al comienzo dije que marchábamos en completa paz y en completa amargura. Dije que caminamos en paz porque somos pacíficos, y amargados porque las cifras de jóvenes muertos en toda Colombia sigue creciendo con el paso de las horas. Ojalá no muera nadie más. Ni manifestante ni policía. Ojalá los chicos de la Primera línea terminen con sus ojos intactos este proceso, para que Colombia siga mirando a través de sus ojos ilusionados. Me declaro admirador de todos ellos y ellas. Los de Cali, los de Barranquilla, los de Medellín, los de Popayán, los de Pereira, los de Soacha, los de Buga, los de toda Colombia. Me arrodillo con respeto y reverencia ante su absurda valentía. Si de mí dependiera les haría un monumento. Juro que algún día lo tendrán. Les agradezco por cuidarnos. Son hermosos, inoculan valentía, irradian esperanza. Enseñan la poca distancia qué hay entre el miedo y la ternura. Dan ganas de abrazarlos, prepararlos y llenar el Congreso de ellos. Entrañable Primera línea: Los amamos.

Espero que sus escudos no se pierdan. Esos escudos artesanales y pesados tienen que adornar el salón más importante de ese museo que tenemos que hacer para que Colombia no olvide la ignominia, no olvide a Uribe, no olvide a Duque a lo mejor sonriendo mientras firma el contrato de compra de las armas que acabarán con su pueblo. Un museo que le cuente a las futuras generaciones que ustedes existieron, el “Museo de la Infamia” donde las tanquetas del ESMAD y su mortífera arma Venom permanecerán eternamente inmóviles, observadas con horror por los visitantes.

Vamos a acabar con esa infamia llamada ESMAD. A sus integrantes hay que acogerlos y mantenerlos en la Policía para que persigan delincuentes y narcotraficantes, incluidos los que nos gobiernan. Hay que entregarles educación, hay que devolverles el amor, sanarles el odio que le inocularon sus adoctrinadores. Los acogeremos con cariño. Espero que Petro nos prometa que de llegar a la Presidencia, desactivará esta máquina de asesinar sueños.

Gustavo Bolívar Moreno