Geraldina Colotti

Que el capitalismo trate de resolver su crisis estructural con las guerras imperialistas, es un hecho sistémico a considerar incluso en este capítulo pandémico de la crisis. Guerras por el acaparamiento de recursos, híbridas y multiformes como las que sufre Venezuela. El complejo militar-industrial afecta las decisiones de los gobiernos capitalistas, imponiendo la economía de guerra como motor de la «reconstrucción pospandémica». Las multinacionales de la alianza euroatlántica controlan el 80,4% del mercado mundial de armas y sistemas de defensa.

En los Estados Unidos, alrededor de dos tercios de las actividades de investigación financiadas por el gobierno están relacionadas con el Pentágono. El 30% de los científicos e ingenieros empleados en investigación y desarrollo trabajan en sectores relacionados con la industria militar.

El gran capital estadounidense inició la Segunda Guerra Mundial con un preciso diseño imperial, logrando así la completa interpenetración entre poder político y poder económico. El certificado de nacimiento del complejo militar-industrial, que ha dominado la política estadounidense hasta la fecha, se remonta a 1941, cuando el gobierno decidió depender de la industria privada para la producción de armas necesarias para la guerra. Los científicos que trabajaban en la bomba atómica operaban bajo el mando del general Groves en su unidad militar ultrasecreta.

Y ya en el período de guerra todas las fases de producción de la bomba atómica fueron confiadas a los distintos monopolios. El mundo empresarial introdujo a sus hombres en los servicios secretos, como ya lo había hecho en la producción bélica, en la política exterior, en el alto mando militar. El proyecto de Roosevelt para la creación de la ONU debía corresponder a los objetivos imperialistas de ese comité de negocio al frente de la política norteamericana. La «paz mundial» estaría determinada por leyes redactadas en los Estados Unidos, dictadas por las Naciones Unidas e implementadas por el Consejo de Seguridad.

La ONU sería el instrumento de supremacía estadounidense en el mundo. Los países que intentarían armarse y evadir las reglas impuestas por Estados Unidos serían bombardeados. En 1984, en una conferencia en Ginebra que reunió a 200 científicos, académicos y diplomáticos, Joseph Rotblatt, que había trabajado bajo las órdenes del general Groves, declaró que el objetivo de las armas nucleares era la destrucción de la Unión Soviética.

Otro momento que determinará la política gringa para las próximas décadas, fue la creación del complejo militar-industrial-financiero-bancario por parte del entonces presidente Truman durante la proclamación del «estado de emergencia nacional», y con el pacto entre los responsables de la seguridad nacional y los medios de comunicación, entre febrero y abril de 1951. Hoy, con el pretexto de la crisis pandémica y con la fábula de una «economía expansiva» basada en la industria bélica, los países de la OTAN aumentan los gastos militares y los de seguridad. En Gran Bretaña, el primer ministro Boris Johnson ha destinado el equivalente a 18.500 millones de euros para “la mayor inversión en el sector de la defensa desde el final de la Guerra Fría”. Un marco en el que se destaca la importancia de la política de paz con justicia social de Venezuela y Cuba en la construcción de un mundo multicéntrico y multipolar. Una amenaza “inusual y extraordinaria” por los planes belicistas del imperialismo.

Geraldina Colotti