Era muy temprano ese domingo y ya Harry Thompson, joven actor, estaba concentrado en la lectura de su guion, que ensayarían al día siguiente. De pronto una llamada lo interrumpió.
— Si, ya sé que estás releyendo el siete ¡y el seis quedó bárbaro!, nos gustó mucho a todos. El punto es otro. ¡Es que la reacción en las redes ha sido muy inesperada!.¬¬—dijo Sarah en el teléfono— Si, superó nuestras expectativas más fantasiosas y queremos aprovechar eso. Te imaginas que debatimos muchísimo el asunto ayer antes de decidirnos a llamarte.— Al cabo de varios minutos de explicaciones la contrariedad del actor fue cediendo: después de todo su personaje podía ser muy importante, pero más lo era el guion.
— ¡La decisión es tuya, por supuesto! —concedió Sarah—. Si estás de acuerdo te pido que me avises esta misma noche, porque haríamos un ensayo mañana a la mañana, en horario a confirmar. —En ese momento ella no podía prever que otra alteración habría de producirse antes de finalizar el día, esta vez por decisión ajena.

Un año antes, cuando la pequeña y flamante productora que habían bautizado como Lost Generation pugnaba por vender su primer trabajo, las preocupaciones pasaban por el tema económico. Una serie que giraría en torno a “un peluquero neoyorquino que sueña con ser Presidente de la Nación”, aunque los costos de producción pudieran ser muy bajos, no lograba tentar a ningún estudio, y sin ellos era imposible comenzar, o así parecía.
Así, pasaron varios meses sin que los seis responsables de Lost Generation encontraran la forma de poner la cosa en marcha, hasta que, luego de muchos cálculos y consultas con gente del medio televisivo, decidieron llamar a reunión al grupo completo de The Dogged. Un sábado a la tarde, con los casi treinta integrantes finalmente reunidos, se expusieron los números. Luego de largos intercambios de opinión, se decidieron. Afrontarían los costos de producción con sus propios bolsillos, que alcanzarían, tal vez, para cuatro o cinco episodios.
—Luego veremos —había dicho Sophie, que no era parte de la productora, con su habitual optimismo—. Si logramos venderla, con eso continuamos.
Entusiasmados por haber roto al fin la inercia, lo que seguía era encontrar algún canal de cable a quien venderle la serie “al mejor precio que se pueda, con un mínimo de cero”, según sintetizó John, y no era broma.
—Hagamos lo posible por encontrar alguno dispuesto a pagar lo necesario para seguir grabando, y en caso contrario reestructuramos como para que salga el tema de las galletitas —había propuesto Jordan.
—Y dispuesto a meterse así con la política —les advirtió un amigo camarógrafo que había colaborado en la grabación del episodio piloto. Luego de varios intentos lograron interesar a una modesta operadora independiente de televisión por cable, la Wolf TV, con abonados sólo en la ciudad de Nueva York.
Con los típicos tira y afloje por las condiciones del contrato, finalmente se llegó a un acuerdo y An odd barber quedó programada para una salida semanal, los jueves a las 18 hs, con Harry Thompson en el papel del peluquero James Percival Clarke, y un reparto de actores que se contratarían por capítulo según la trama lo requiriese. Cubriría la temporada de media estación, entre enero y abril, reemplazando el hueco dejado por Hellish black cat, levantada por falta de audiencia.
La serie se había concebido como una sucesión de conversaciones entre el peluquero aspirante a presidente y su clientela. El contenido de cada episodio trataría alguna de las preocupaciones más frecuentes para el ciudadano común neoyorquino. La democracia representativa encontraría, en esa peluquería de ficción, su pequeño ágora. “O su piedra en el zapato”, había dicho Sarah, una de las tres guionistas, en la primera reunión del grupo The Dogged hacía ya tres años.

Episodio uno

—Y el tipo terminó diciendo “Esto es lo que haría en mis tres primeros días en la Casa Blanca. En mi cuarto día, sería asesinado” —dijo James P. Clarke.

Minutos antes, en un televisor ubicado a la derecha del espejo, siempre pendiente de la vigencia de los derechos humanos a nivel planetario, el presidente de los Estados Unidos de América acababa de anunciar que un nuevo país había desaprobado el control de calidad, y se incorporaba por lo tanto a la categoría de “estado fallido”. O sea, aquellos a los que les habían tocado dos desgracias juntas: poseer petróleo; metales estratégicos; agua potable o alguna cosa de valor y no comprender que, para su bien, debían entregar ese causante de infortunio en las condiciones requeridas. O tal vez simplemente los hubiera desfavorecido la historia, que los situó en algún lugar del globo en el que ahora estorbaban.
“Por lo tanto, y ante la amenaza de que surjan allí nuevos grupos terroristas que pongan en riesgo la paz y la seguridad internacionales, o que planeen ataques contra nuestra Nación y la vida de los ciudadanos, es nuestra obligación realizar un envío inmediato de tropas y armamentos”, había concluido, y de su cabeza parecía brotar una espesa columna de humo negro: en el fondo de pantalla, las imágenes de las Torres Gemelas prestaban servicios nuevamente.
—A usted le parecerá raro, pero es lo que dijo —le aseguró James Clarke al hombre canoso sentado en el sillón de corte, mientras le acercaba un espejo por detrás de la cabeza.
— ¿Cómo se llama ese hombre? —preguntó el cliente que esperaba turno sentado a espaldas del peluquero, un hombre robusto de ensortijados cabellos negros.
—Blum, William Blum. Es un tipo que conoce de lo que habla, porque trabajó para el Departamento de Estado —repuso James.
—Ok, es un tipo con agallas, sin duda—dijo el hombre que esperaba turno, mientras operaba su celular—. ¡Si, aquí está! Lo dijo en 2002, en una charla en la Universidad de Colorado, que titularon como “¿Guerra contra el terrorismo o expansión del Imperio Americano?”. No me explico cómo es que semejante declaración no se conoce más, habiendo pasado tantos años.
— ¿Podría leer la cita completa, si no es demasiado larga? — pidió el hombre que se estaba levantando del sillón, con sus cabellos casi blancos recién cortados y peinados en estilo clásico.
—Claro que sí, aquí va —dijo el del celular, mientras se paraba para ocupar su lugar en el sillón frente al espejo—. “Si yo fuera presidente, podría detener los atentados terroristas contra Estados Unidos en unos pocos días. Para siempre. Primero pediría perdón a todas las viudas y huérfanos, a los torturados y empobrecidos y a los muchos millones de otras víctimas del imperialismo estadounidense. Entonces anunciaría con toda sinceridad, a todos los rincones del mundo, que las intervenciones globales de los Estados Unidos de América se han terminado e informaría de que Israel ya no es el estado número 51 de EEUU, sino que, de ahora en adelante, por extraño que parezca, es un país extranjero. Reduciría entonces el presupuesto militar al menos en un 90% y usaría la cantidad ahorrada para pagar indemnizaciones a las víctimas y reparar el daño causado por los bombardeos de EEUU e invasiones. Habría dinero más que suficiente. ¿Saben a lo que equivale el presupuesto militar de los Estados Unidos? Un año es igual a más de 20 000 dólares por hora por cada hora desde que nació Jesucristo. Esto es lo que haría en mis tres primeros días en la Casa Blanca. En mi cuarto día, sería asesinado”. Bueno, no es exactamente lo que solemos escuchar de nuestros líderes políticos —finalizó el hombre cuyo abundantes rulos prometían dar trabajo al peluquero de ficción, apenas adiestrado en el arte de Fígaro.
— Ey! Lo que dice parece razonable, ¡pero eso de veinte de los grandes por hora desde que nació Cristo!… parece un poco exagerado —señaló el hombre canoso, que se había sentado para escuchar la lectura.
—Cierto, es una barbaridad, pero no de Blum —terció el peluquero—. Al leer eso pensé lo mismo, pero por las dudas busqué los datos. Y si, es real: con un presupuesto de defensa de más de 580.000 millones al año, si divides por las horas transcurridas en 2.000 años, ¡da más de 33.000 dólares por cada hora!
—Bueno, lo de ser asesinado el cuarto día… ¡eso sí que es exagerado! —desconfió el recién atendido.
—A menos que repasemos la lista de nuestros políticos y líderes sociales asesinados, desde Lincoln para acá —opinó el peluquero.
En el televisor se alineaba una larga caravana de vehículos militares: camiones blindados de transporte, jeeps, tanques de oruga y de ruedas, piezas de artillería autopropulsadas, sistemas de lanzamiento de misiles y toda suerte de artilugios diseñados y fabricados en función de la paz mundial. De fondo, un mapa mostraba la zona por la que circulaba la caravana, a cierta distancia de Fort Bragg, en Polonia.
— Jim, si puedes esperar un minuto antes de convertirme en un actor de cine, les leo otra cosa de este tipo Blum, que al parecer escribió varios libros importantes sobre la política de nuestro país. ¡Vean qué títulos! Asesinando la Esperanza: Intervenciones militares de EE.UU. y de la CIA desde la II Guerra Mundial, también Estado canalla: una guía a la única superpotencia del mundo; o este otro La exportación letal de EEUU: la democracia, donde las barras de la bandera que ilustra la tapa tienen forma… ¡de bombas! —dijo el recién instalado en el sillón de corte.
—Por mí no hay problema, eres el último antes de irme a cenar —dijo James Clarke.
—Pues aquí va. “Entre 1945 y 2005, los Estados Unidos han intentado derribar más de 40 gobiernos extranjeros, y aplastar más de 30 movimientos populistas – nacionalistas que luchaban contra regímenes intolerables… En este proceso, los Estados Unidos causaron la muerte de varios millones de personas, y condenaron a otros tantos millones más a una vida de agonía y desesperación”. Esto lo dijo en su libro Estados canallas, donde ironiza sobre esa expresión, que según él es usada junto con la de “Eje del mal” para justificar las agresiones de nuestro país contra otros.
—Bueno, Hitler usó la palabra clave lebensraum para justificar sus guerras de conquista, pero nosotros, que somos más civilizados y elegantes, hemos preferido hablar de “guerras preventivas” —respondió el peluquero.
—“Tranquilos, somos la superpotencia”, parece que dijeran mostrando estos despliegues de fuerza —dijo el peluquero señalando el televisor—. Si es como dice Blum, y no sólo Blum, ahí está la razón del terrorismo. Y en las más de 580 bases militares que tenemos desparramadas en 42 países, y en la cantidad de atentados y asesinatos exitosos de dirigentes políticos que cometimos por todo el planeta.
—Siempre he creído que nuestros líderes políticos eran los mejores del mundo; nuestra nación era la más avanzada; nuestra democracia la democracia, y me preguntaba porqué el resto no lograba imitarnos. Pensaba que por culpa de esos atrasados teníamos problemas en casa, y que estaba bien que saliéramos al mundo para arreglar las cosas. Ahora comienzo a ver que vivimos engañados—dijo el hombre canoso moviendo la cabeza lentamente arriba y abajo, como quien intenta descubrir el contenido de una caja cerrada.

—Veamos qué dice el jurado —dijo sonriente Harry Thompson mientras ponía el vídeo del primer episodio en el reproductor.
—No exageres, tu verdadero jurado serán los que pagan la señal de Wolf TV —contestó Samantha, su novia, en cuyo buen criterio a la hora de evaluar una actuación Harry confiaba completamente: por algo ella era una actriz reconocida, que había recibido varias nominaciones por su trabajo en cine y televisión—. Igual, tendrás mi opinión sincera, y si me gusta lo que has hecho, vamos a cenar afuera y yo pago.

—Eso sí, Harry, si esta serie sigue así, creo que será muy difícil seguir con tu carrera —observó con seriedad Samantha hora y media después, sentados a la mesa de un restaurante italiano, mientras el mozo servía unos tentadores espaguetis con albóndigas. Aunque Harry le había hecho una reseña general de la serie, Samantha recién advirtió hasta dónde pensaban hincar el diente a partir del episodio que acababa de ver.
—Lo sé, querida, lo sé. También lo he pensado, y sabes la importancia que tiene para mí la actuación. Pero lo que he leído en ese guion me taladra la cabeza, y creo que todo el mundo lo debería conocer.
—Es una extraña productora esa, me parece —dijo Samantha.
—Si, es rara. Conozco a los tres guionistas, una chica y dos muchachos, y también a Ron, a los otros dos no. Son buena gente, pero es evidente que no pertenecen al medio, ni parece interesarles demasiado el futuro de la productora, más allá de An odd barber. Comamos cariño… que la pasta fría es un asco.

Habían transcurrido dos días desde la emisión del primer capítulo cuando del canal llamaron a la productora con una buena noticia: la medición de audiencia se había más que duplicado entre el inicio y el final del episodio. Buena noticia, desde que la principal dificultad para los guionistas había sido la utilización del tiempo. Querían asegurarse que los diez o quince minutos de máxima atención recayeran sobre el tema central, de modo que el inicio del episodio giraba sobre cuestiones de actualidad, tratadas en un estilo informal y relajado. Intentaban reflejar la opinión de la calle sobre temas deportivos, noticias de espectáculos, culturales, alguna novedad científica, pero se evitaban temas políticos o económicos. Resultaba evidente que esa parte inicial, de duración variable, era sólo un hacer tiempo, pero no habían encontrado otra solución para completar la media hora del episodio.
— ¡Excelente! —dijo Ron, el mayor del grupo, al recibir la noticia—. Tal vez nos mantengamos hasta el capítulo cinco, después de todo.

Episodio dos

—No es justo, Jim, no es justo —dijo Elizabeth, la mamá de la niña a la que James Clarke cortaba el cabello en el segundo episodio de la serie, sentada al costado del sillón, entre unos cuantos manojos de rizados mechones negros.
—Se supone que somos tan ciudadanos como cualquiera en este país. Para trabajar, para pagar impuestos, para ir a los juegos con la bandera de la nación. Y para ir a la guerra. Pero no para la justicia. ¿Te imaginas que pasaría si hubieran sido cuatro policías negros apaleando a un par de blancos? —continuó la mujer.
Minutos antes, la televisión mostraba imágenes del arresto y la golpiza propinada por la policía de Chicago a dos jóvenes negros “sospechosos”, tras lo cual un comentarista tranquilizaba a la audiencia informando que “ellos” serían juzgados según las leyes del Estado. No quedaba claro si “ellos” se refería a los golpeados o a los golpeadores. La acusación presentada por el fiscal era “merodeo”, aunque en las escenas filmadas por un transeúnte con su teléfono móvil se veía a los jóvenes caminando por la vereda de una plaza y bromeando entre sí, cuando repentinamente un patrullero frenaba contra el cordón, descendían cuatro agentes, dos de ellos con las armas en la mano, y comenzaban a increparlos y enseguida a golpearlos con sus reglamentarios bastones.
—Sí, puedo imaginarlo… A pesar que hemos ido mejorando con el paso del tiempo, se supone. Hoy no se vería normal que un tipo lleve a otros atados con una cadena y los ofrezca en venta en la feria. O que pueda darles latigazos en la espalda para que trabajen más rápido.
— Me gustaría creerlo —dijo Elizabeth mirando la pantalla, donde un atildado jefe de policía daba su versión de los hechos, no del todo ajustada a las imágenes que se acababan de mostrar.
—Para seguir como abogado del diablo, podría decirte que ya tampoco es normal que si eres oscuro no puedas usar el mismo autobús ni asistir a la misma escuela pública ni comer en el mismo lugar que el resto. Ni que, si por fin han decidido permitírtelo, de todas formas debas pararte si llega un blanco, así seas una mujer mayor y el otro un joven lleno de vitalidad —respondió el peluquero—. Pero tienes razón, al menos ahora la esclavitud es ilegal, pero cosas como ésta siguen pasando a diario, y parece que en eso no hay cambios.
—He leído que los cimientos de la Casa Blanca fueron hechos por esclavos negros, ¡vaya símbolo! —dijo Elizabeth.
— ¿Será que la sede del poder político tiene su muy famoso nombre porque no consiguieron pintura de otro color? —preguntó el peluquero, con expresión ingenua.
La niña giró la cabeza y se quedó mirando a Jim, pensativa.
—A los doce años ya se pueden comprender muchas cosas —dijo Elizabeth.
—Oye Lizzy, ¿sabías que allá por 1850 un cirujano y psicólogo de Luisiana, el Dr. Samuel A. Cartwright, basándose en la Biblia, afirmó que si muchos esclavos no aceptaban de buen grado la esclavitud era porque sufrían una enfermedad mental? —continuó Jim.
—Nunca había oído semejante disparate.
—Pues lo hubo. Bautizó la enfermedad como drapetomanía, que vendría siendo el nombre correcto, cuando el interesado es negro, de lo que en nuestra vieja Constitución, en el himno nacional y en las arengas con que se despacha a los soldados se conoce como amor por la libertad. El doctor Cartwright, optimista como pocos, aseguraba que con un adecuado tratamiento médico se podía terminar con el temible mal.
— ¡Me gustaría saber qué clase de tratamiento era ese! —dijo Elizabeth moviendo la cabeza en señal de desaprobación.
—No conozco los detalles, pero para casos resistentes a las buenas artes de la medicina, que siempre podían aparecer, el doctor recomendaba reforzar el tratamiento con algunos latigazos para sacar el demonio del cuerpo. Eventualmente recomendaba cortar al paciente los dedos grandes del pie, con lo que probablemente no pudiera correr más rápido que el amo —dijo el peluquero, con cara seria.
—Sí, apenas estamos saliendo de las cavernas en este país. Lo malo es que damos algunos pasos y parece que extrañamos, o nos da miedo algo, porque enseguida volvemos a entrar —dijo Elizabeth, mientras se ponía de pie y giraba lentamente en torno a su hija apreciando el corte de cabello.
—Tal vez nuestros nietos o bisnietos puedan por fin vivir fuera de la caverna, dependerá de lo que hagamos entre todos, porque sólo no cambiará. Rosa Parks, Luther King y otros líderes pueden haber sido religiosos, pero no se quedaron en rezos —advirtió el peluquero.
—Mi vecina, una mujer mayor blanca como la leche y buena como el pan, dice que si hay más proporción de delitos entre la población negra es sólo porque también hay más proporción de pobres, y creo que tiene razón —agregó Elizabeth.
—También lo creo, y también lo dicen las estadísticas del gobierno. Por desgracia, en lugar de atacar la desocupación y la pobreza sólo atacan el final de la cadena. Algo así como detener un tumor con una venda apretada.
—Deberían inventar una lámpara o algo que deje la piel blanca —dijo Elizabeth. Y enseguida agregó, sonriendo—: Y la nariz angosta, y los labios delgados, y el cabello liso y rubio.
—No —dijo el peluquero—Deberían inventar una máquina que convierta necios en inteligentes; que ingresen timoratos y salgan valientes y confiados; que acepte deshonestos y los devuelva dignos. Con eso se acabarían los racismos y otras estupideces similares. ¿Qué clase de sociedad es ésta donde para no tener conflictos no deberías ser pobre, ni negro, ni latino, ni árabe, ni asiático, ni viejo? No sólo caes mal si no eres nativo, también caes mal si eres demasiado nativo, como cherokee, sioux o cualquier descendiente de los que vieron llegar a Colón.
—Creo que tu máquina sería más difícil de fabricar que la mía, Jim —dijo sonriente Elizabeth, moviendo el dedo índice en señal de advertencia.
—En mi opinión la que yo digo ya está inventada —contestó James Clarke imitando el gesto de la mujer con la mano que sostenía la tijera—. Se llama cultura, pero no parece haber mucho interés en los que mandan por ponerla a funcionar.
La niña, al bajarse del sillón y mientras James Clarke retiraba la capa con un amplio movimiento circular, lo volvió a mirar largamente. Había una mezcla de asombro y admiración en esa mirada. Después de todo, el peluquero era blanco.

En su casa modesta en los suburbios de New York City, Jamie Jackson, camionero negro en día de franco, levantó las cejas y los grandes ojos redondos aumentaron frente al televisor.

Para la filmación del tercer episodio el reducido equipo de guionistas estaba dividido en las opiniones acerca del formato. El tema era el desempleo, y Sarah opinaba que hacían falta al menos tres actores además del peluquero: una persona joven, blanca, de entre dieciséis y veinticinco años, una igualmente joven no caucásica, y un hombre afroamericano de alrededor de cuarenta. De esa forma se verían reflejados tres de los grupos más afectados por el problema.
—Lo ideal sería que los jóvenes sean del mismo sexo. Dos varones o dos mujeres —dijo Sarah.
— ¿Y eso? —inquirió Mike, otro de los guionistas.
—Creo que si la gente ve una chica y un chico pensarán que son pareja, e imaginarán que si comparten opiniones se debe a eso, y no a una coincidencia real.
— ¡Bueno! ¡Vienes atrasada en unas décadas, Sarah Hamilton! ¿Desde cuándo hoy día se requieren de distinto sexo para una pareja? —agregó Rickie, un californiano jocoso descendiente de la etnia shoshona, y el menor de los tres.
—Además, me gustaría saber cuáles son esas parejas que tanto comparten sus opiniones, por cierto no es la mía —insistió Mike, con fingida congoja.
Sarah les devolvió una sonrisa por las bromas, pero defendió su postura.
—Ustedes son unos chicos muy avanzados, pero yo creo que para mucha gente la pareja sigue siendo chico y chica.
—Ok —dijo Mike, que discrepaba con Sarah—. Para el mayor necesitamos un hombre, porque la mayoría de los que han desempleado en los últimos tiempos en ese rango de edad son hombres. En el caso de los jóvenes, con dos varones tendríamos un problema de representación de género, así que me inclino por un varón y una chica.
—Está bien —se rindió Sarah, aunque no del todo—. Podemos hacer ingresar a la chica cuando ya los otros estén actuando los diálogos, saluda a Harry como clienta conocida y a los otros como extraños. Con eso creo que resolvemos ambas cosas.
—Podría ser, habrá una multitud en esa peluquería, pero es el tema para mucha gente —dijo Rickie—. ¿Y si el hombre mayor y la chica fueran padre e hija? Ahí las coincidencias de opinión no se atribuirán al vínculo, precisamente.
—Qué, ¿acaso discutes con tu padre? —preguntó Mike, llevándose las manos a la boca, como uno de esos famosos tres monos sabios.

Episodio tres

—Bien, caballero —dijo algo solemne James Percival Clarke al joven sentado en el sillón de peluquero. La bata, de blanco inmaculado, resaltaba el color castaño de la crecida melena del muchacho— ¿Cómo lo quieres?
—Mire, si es por cómo lo quiero, desearía un corte como el que usaba el gran Chris Andersen, pero con esta situación, sólo rápeme. Quiero estar presentable mañana, tengo una entrevista de trabajo —respondió el joven.
—Como sea, no sé quién es Chris Andersen, así que te dejaré al ras, y por menos de 10 dólares.
— ¡Se nota que usted no mira básquet! —dijo el joven, asombrado—. Gracias por la consideración con el precio, a un amigo le cobraron 20 por lo mismo, y está igual que yo.
— ¿A qué te refieres? —preguntó el peluquero.
—Pues a que también lleva seis meses de trotar las calles detrás de los pocos anuncios que aparecen, y con mi misma suerte, si se puede llamar así —dijo el muchacho.
—Considérate afortunado, yo llevo casi tres años ya, desde que cerró la sucursal de Macy’s donde trabajaba desde los veintidós. Ahora tengo cuarenta y cinco, nos comimos la compensación en los primeros seis meses, porque somos tres bocas a la mesa, y desde entonces apenas consigo alguna changa cuando el Señor se acuerda de mí. Y no parece que lo haga muy a menudo —dijo sombríamente un hombre que esperaba su turno—. Apenas sobrevivimos con lo que gana mi hija como cajera, aunque me dé vergüenza decirlo —agregó.
El joven lo miró con interés. Al entrar a la peluquería, justo en el momento en que salía una mujer inspeccionándose el reciente corte en un espejito de mano, le había llamado la atención que el hombre, a punto de instalarse en el sillón de corte, se levantara al verlo y le cediera el turno. Después de todo ya había pasado la época en que los negros cedían sus lugares en la fila, sus asientos en los transportes y, llegado el caso, sus hijas o esposas. El joven no podía adivinar que quien acababa de hablar era atendido gratuitamente, con la única condición de que no hubiera nadie más en el pequeño salón: tampoco era cosa de estar promocionando “esa peluquería donde no le cobran a los desocupados”, porque el bueno de James podía tener aspiraciones insólitas, como esa de llegar a presidente, pero por lo demás era un tipo realista, y no hubiese dado abasto. La actitud solidaria del peluquero se pondría sutilmente en evidencia al final del episodio, cuando el hombre mayor se despidiera de James sin pagar, y con un escueto “gracias otra vez, Jim…”.
—Creo que estamos en la misma. Yo no tengo hijos, pero con siete dólares a la hora, y eso cuando consigo algo, tampoco me alcanza para comer. Si no fuera por mis padres dormiría en la calle, y comería de la basura —dijo el joven.
—Según el gobierno, el desempleo no supera el 5% —intervino el peluquero—. La verdad, no sé cómo llegan a esos números. Cuando fue lo de la pandemia decían que había llegado al 14,7%, mientras la opinión de la calle era que superaba el 50%. No sé qué cambió en estos años para que haya bajado al 5%. Por supuesto que el subsidio universal del FHI algo ayuda, pero no se puede contar como empleo, además de que lo están retaceando cada vez más.
—Fácil, a todos los que no pueden demostrar haber buscado trabajo en el último mes no los cuentan para la estadística. Y cuando ya has pasado mucho tiempo corriendo detrás de cada aviso o yendo a cada agencia de empleo y nada, terminas dándote por vencido, porque en lugar de ganar gastas: en llamadas, en el metro, en fotocopias. Y sobre todo gastas la voluntad. Simplemente abandonas. Tal vez sigas intentando en Internet, porque no te genera costos extra, pero como no puedes demostrarlo, la búsqueda no cuenta. Asunto arreglado. Un desocupado menos para los genios del gobierno. “Las cosas van mejorando, ¡la desocupación cayó a menos del 5%!”, dicen en los informativos, y sientes que te están tomando el pelo —explicó el hombre sentado.

En un bar de los suburbios, algunos parroquianos intercambiaban de una mesa a otra comentarios sobre el último partido de los Dallas Cowboys. En la barra uno que otro miraba de a ratos la pantalla del televisor, menos por interés que por el aburrimiento propio de esa hora de la tarde, especialmente cuando se está desempleado. Tal como si se hubiera activado un imán en la pantalla, cuando el joven sentado en el sillón de peluquero mencionaba aquello de que “también lleva seis meses de trotar las calles detrás de los pocos anuncios que aparecen”, la discusión sobre si el touchdown de Elliott había sido o no válido se interrumpió de pronto, y todas las miradas cayeron sobre el televisor.
—Son unos hijos de puta!—se exaltó un hombre morrudo, sentado en la barra, al escuchar las últimas palabras del joven— Directamente te descartan, ya no existes más, ni tú ni tu familia.
—Me gustaría verlos a ellos sin una moneda en el bolsillo, simplemente haciendo tiempo en la vida, sin saber qué más hacer —agregó su compañero, sentado en la banqueta contigua.

Justo en ese momento ingresaba a la peluquería una chica afroamericana, de unos veintitantos años, llorando. Al verla, el hombre que esperaba su postergado turno se levantó y, acercándose a la chica, la abrazó al tiempo de preguntar visiblemente afligido:
— ¿Qué es lo que pasó, hija? ¿Te han atacado? ¿Estás golpeada?
—No, estoy bien, no es eso —dijo la chica calmándose un poco al encontrarse con su padre—. Es que me despidieron del supermercado, dicen que tienen que reestructurar, o algo así, y nos dejan afuera a doce chicas y cuatro muchachos. Así de simple… ¿Qué vamos a hacer ahora? No era mucho, pero era algo. Ahora no sé qué haremos, pa. Mamá todavía no lo sabe, no sé cómo decírselo. Vine directamente aquí, porque sabía que estarías.
—Bueno, querida, cálmate, ya veremos cómo salimos de ésta —dijo el hombre con calma y sin convicción, y la preocupación reflejada en la cara.
Por largos segundos todos en la peluquería se mantuvieron en silencio. Entendían el drama de la joven, pero eran de esas personas con pudor suficiente para no soltar palabras de consuelo que no tuvieran algo de fundamento. La conversación giró hacia otras cuestiones, como el tráfico infernal de la ciudad o el cierre de un cine cercano después de casi medio siglo de existencia. Cuando la chica se hubo calmado, el joven consideró que podía hacer la pregunta que le rondaba.
—Si no te importa ¿me dirías cuánto ganabas como cajera? Solo para tener una idea de cuánto están pagando en ese rubro, por si aparece algo. Mi entrevista de mañana es con pocas chances, según comentaron somos como trescientos para cubrir dos puestos de repartidor —terció el muchacho dando vuelta la cabeza a medio rapar—. Mi última changa fue por 7 dólares la hora, pero hace más de seis meses, para cubrir a un lavacopas.
—No hay problema. Estaba cobrando la mínima, a pesar que tengo veinticuatro. Son $ 4,25 la hora, unos 800 al mes, con horas extra incluidas. Sin seguro de salud ni días por enfermedad, ni vacaciones. Si tuviera que alquilar apenas pagaría la renta, y luego a comer aire, que todavía es gratis —dijo la chica con visible resentimiento.
El muchacho mantuvo silencio, tal vez evaluando qué haría si se le presentara un trabajo con esa paga.
—Suponte que encontraras algo donde te pagaran el doble, $ 8,50 la hora ¿lo tomarías? —le preguntó el peluquero.
—Desde luego —contestó el joven con entusiasmo—. Y si me pagaran los pelados 4,25 creo que también, lamentablemente —agregó.
—Disculpa, no te quiero ilusionar, no te estoy ofreciendo trabajo, es sólo especulación —dijo el peluquero—. Y si cobraras el triple, que serían unos 2400 al mes, ya estaría un poco mejor.
—Ojalá encontrara eso, ya lo creo.
—Sigamos ¿qué tal si multiplicamos por cuatro? Vamos por los 3200, ya pasamos el promedio. Por cinco serían 4000 dólares al mes, se puede comer todos los días, siempre que no tengas invitados muy a menudo, o que tu novia lleve su almuerzo.
El muchacho se rio.
—Mi novia se fue en busca de mejores horizontes —dijo—. Está en Australia.
—Ok, dejemos a tu novia y sigamos con las cuentas. Si multiplicas el sueldo del supermercado por 10, tenemos 8.000 al mes. Sería el sueldo de diez cajeras juntas, pero para una sola persona. Con 8000 ya se puede vivir decentemente. Y si multiplicamos por veinte llegamos a 16.000, una buena cifra. ¿Para qué tantas cuentas, estarás pensando?
—Si, es verdad. ¿Adónde quieres llegar, Jim? —preguntó el hombre mayor, mientras todavía abrazaba a su hija, sentada junto a él.
—Pues a esto. Si multiplicas ese sueldo que cobraba tu hija por veinte ya te da una muy buena cifra. Lo que gana, digamos, un médico en un hospital privado de los caros. Alcanzaría para comprar una vivienda, tenerla paga en un año, y a la vez mantener una familia, con atención médica para todos, ropa de marca, dos o tres autos en el garaje. Es mucho dinero. Sin embargo, para saber cuánto gana un ejecutivo de alguna empresa grande, y no tienen uno sino varios, habría que multiplicar esos 4,25 no por los generosos 20, ¡sino por 250!… ¡y en algunos casos más aún! ¿Puedes imaginarlo?
El joven se las arregló para manipular el celular al costado de la bata, y exclamó—: ¡Doscientos mil dólares por mes! ¡Es una locura! ¿Está usted seguro de que es así? Una persona normal no ganaría eso ni en toda su vida…. Casi dos millones y medio anuales, ¡es increíble!
—Es increíble, pero es así. Vean este dato, que lo tengo grabado en la memoria. En 1965 un director ejecutivo promedio ganaba 24 veces más que un trabajador promedio; pero ahora ganan 260 veces más. Y sólo estamos hablando de empleados jerárquicos. Lo que ganan los dueños de las empresas no cabe en la imaginación, y no hablemos de banqueros, especuladores de bolsa y otras hierbas —dijo el peluquero.
— ¿Cómo sabe usted eso? Uno imagina que los ricos ganan mucho, pero nunca puede asegurarlo, los números no salen en ningún lado —intervino la chica.
—En realidad, los datos están, pero hay que ir a buscarlos. En las secciones especializadas de algunos diarios o revistas; en bibliotecas universitarias, en algunos sitios de Internet. En la tele no, por supuesto —dijo el peluquero de la serie televisiva, girando la cabeza y mirando directa y sostenidamente hacia la cámara.
—En la tele no dicen los números, pero alcanza con ver uno de esos programas de chismes. Si John Doe le regaló un yate a su novia porque cumplieron un mes de relación, o Jane Doe un BMW a la hija para el cumpleaños de quince, está claro que ganan más dinero del que puedes imaginar —dijo el hombre mayor.
—Es verdad —dijo James Clarke—, pero lo solemos tomar como parte de ese mundo de fantasía que sólo existe en la TV, algo que no tiene que ver con la vida real. Y si se cae en la cuenta de que es la realidad, se lo termina considerando tan natural como la nieve en invierno. Unos nacieron con estrella, y otros estrellados, y así es la cosa. Por lo tanto, no tienes nada que hacer con eso.
—Somos unos mansos corderitos —dijo la chica.
—Muy cierto. Creo que el pastor de la iglesia a la que me mandaban de niño se sentiría feliz, siempre hablaba de su rebaño—agregó el muchacho, ya completamente rapado.
—Sí, y si algunos tienen la ocurrencia de que eso no es una ley de la naturaleza, deben tener cuidado. Si se les ocurre pensar que las cosas podrían muy bien ser distintas, con menos desigualdad y una vida decente para todos, y comentan su ocurrencia, la mayoría dirá que son peligrosos comunistas, o algo así. Y eso, en este país, es muy grave —agregó el peluquero.
—Hace falta que uno se quede sin trabajo para que comience a pensar qué es lo que está pasando —dijo en tono reflexivo el padre de la joven, que había escuchado atentamente la larga serie de cálculos del peluquero James Percival Clarke— Jim, parece que te tomas en serio eso de ser algún día presidente —agregó sin ironía.
—Si, tal vez más que algunos de los que se postulan, lamentablemente —repuso James.

Cuando aquel tipo morrudo de la barra del bar regresó a su hogar, en el tercer piso de un monobloque en Brooklyn en el que los años y los aerosoles habían dejado su marca, la esposa estaba preparando una modesta cena a base de arroz. Susan, la mayor de los dos hijos de la pareja, copiaba apuntes desde un ajado bloc de notas a una computadora. Meses antes, el cierre de la metalúrgica donde el hombre trabajaba y los 17.000 dólares anuales de cuota del college habían terminado con sus aspiraciones a una certificación en periodismo, a la que había dedicado un año completo de esfuerzo y dinero. Por suerte, se consolaba, había conseguido esa ocupación informal, pero ocupación al fin, consistente en digitalizar cuentos populares infantiles para una pequeña editorial de gente conocida de la familia.
—No saben el show que vi hoy —dijo el hombre, dirigiéndose a ambas.
— ¡Claro que no! —dijo la mujer, en tono de reproche y guiñando un ojo a Susan, que rondaba ahora la cacerola olfateando el aire con estilo canino—. Mientras tú andas recorriendo bares con tus amigos, nosotras estamos aquí trabajando, no mirando la TV.
—Tienes razón, pero sabes que si me quedo aquí encerrado voy a enloquecer. Al menos con los muchachos hay alguna chance de conseguir algo. Si, ya sé, las propuestas no siempre son del tipo legal… Además, sólo tomo una cerveza si algún afortunado con trabajo me invita. Son amigos fieles.
—Bueno, ¿y qué es eso que viste, si se puede saber? —dijo Susan, sin dejar de escribir.
—Hay una serie nueva, se llama An odd barber, me pareció muy buena. El tipo dice cosas que no escuchas en ninguna parte, hablaba del trabajo, de lo que se gana, y todo eso. Y del desempleo. Es una serie, se trata de un peluquero que quiere ser presidente y habla de ese tipo de problemas con la gente que va a atenderse, o sea los clientes—dijo el hombre en un solo tirón.
—Bueno, no será New Girl, pero si te ha gustado… —comentó Susan.
—No sólo a mí —respondió el padre—. A todo el mundo en el bar le pareció excelente. El peluquero maneja datos increíbles. Además, es blanco, y parece que en un capítulo anterior habló a favor de los negros. El dueño del bar había visto también uno en que habló del terrorismo, y parece que dijo cosas muy interesantes sobre nuestro país, sobre lo que venimos haciendo en el resto del mundo. Y es bastante diferente a lo que nos cuentan. No sé de qué tratará el próximo, pero no me lo pierdo. A menos que para el jueves próximo haya conseguido algo, porque la pasan a las seis.
—Suena interesante —dijo la mujer mientras ponía los platos en la mesa—. Creo que me hubiera gustado verla. No hay muchos blancos en la televisión hablando bien de nosotros.
— ¿Me repites el nombre? —pidió la chica dirigiéndose a su padre.
Tipió el dato en Youtube, pero no apareció nada. Aunque Susan no hubiera insistido por sí misma, el ver entusiasmado a su padre no era cosa frecuente en los últimos tiempos, de modo que se comprometió a intentarlo.
—Ojalá consigas ese en el que habló de los negros —se animó a pedir la madre. Después de cenar Susan preguntó a sus contactos de Facebook y Black Planet. Tres de ellos contestaron que habían visto algún episodio, les habían gustado, pero ninguno los había grabado. Conclusión: no había forma de verlos, a menos que el canal los volviera a emitir. Sin embargo, no se dio por vencida.

—No podemos volver a pasar los capítulos anteriores, tenemos una programación que cumplir —le dijeron a Susan en el canal que emitía An odd barber la mañana siguiente a su búsqueda infructuosa en Youtube—. Tampoco los podemos subir a la red hasta que la serie haya concluido —afirmaron.

La joven no se desanimó. Con los datos de la productora, conseguidos de una simpática empleada de la cafetería del canal, ubicó a uno de los integrantes. Le expuso por teléfono su interés en conseguir los capítulos ya emitidos.
—A mi papá y a varios de sus amigos les gustó, parece que tratan cosas importantes, y me gustaría verlos y que los vea el resto de mi familia y amigos —exageró.
—Déjanos un número y te llamaremos —le dijo una voz amable. Que antes le hubiera preguntado su nombre y dirección no sorprendió a Susan, más bien lo consideró un buen indicio de que tal vez la llamarían. Efectivamente, al día siguiente, luego de un trabajo de inteligencia bastante torpe en su disfraz de cafetero, Rickie pudo confirmar en el vecindario una serie de datos tranquilizadores respecto de Susan y su familia: no se trataba de una trampa. La llamaron esa misma tarde.

—Bueno, finalmente esta chica se nos adelantó —dijo Ron esa noche a sus compañeros, en la reunión semanal de The Dogged.
— ¡Excelente! Se suman colaboradores, bienvenidos sean. ¡Es buena señal! —se entusiasmó Jordan, uno de los últimos en incorporarse al grupo, hacía ahora dos años.

—Te los pasaremos con una condición —le ofreció Sarah Hamilton al día siguiente, un soleado y frío domingo de invierno, en el pequeño café que The Dogged solía usar para reunirse con personas ajenas al grupo.
—Si bien como productora conservamos los derechos de propiedad, el canal esperará que no se suban episodios a Internet hasta que la serie concluya. No quisiéramos generar problemas con ellos— dijo Sarah—. En caso que te gusten y quieras compartirlos en Youtube, no tenemos objeciones. De hecho, queremos que la serie se vea. Pero lo harías como cosa tuya, sin mencionar de dónde sacaste los videos. Esa sería la condición, y si estás de acuerdo te iremos pasando los siguientes, una vez emitidos.
—Ok, no hay problema, por cierto si la hubiera conseguido podría estar usando una grabación casera —dijo Susan.
La joven salió contenta y sorprendida. Había pretendido sólo alguna copia para ver en casa, le habían facilitado los tres episodios y total libertad para publicarlos, e incluso se habían comprometido de entregarles los siguientes Y todo sin que la palabra dinero se mencionara en ningún momento. “Hay gente rara, sin duda. Enhorabuena, los subiré esta misma noche”, pensó.

Episodio 4

Para el cuarto episodio de An odd barber el sillón era ocupado por Mack, un veterano del ejército, que el peluquero trataba con familiaridad.
— ¿Te enteraste? —dijo el hombre, al que la toalla alrededor del cuello cubría a medias una ancha cicatriz de quemadura que subía por la garganta hasta la altura de la oreja derecha.
—Es el cuarto en lo que va del mes, sólo aquí en NYC—contestó el peluquero.
—Son más los muertos aquí por suicidio que los caídos en combate, ¿cómo puede ser, maldita sea? —dijo Mack con visible irritación.
—Por lo visto no sirven ni las terapias ni las pastillas: se habla de veinte casos diarios en todo el país.
—Y de más de sesenta mil veteranos que deambulan sin trabajo ni techo. Es de una crueldad increíble. Fuimos a defender la nación y al volver nos tratan como escoria… Es muy injusto, muy injusto, no creo que haya otro país que desprecie así a sus propios soldados.
—Pues deberías creerlo—dijo el peluquero
— ¿Por qué lo dices? hasta donde yo sé…
—Te sorprenderías. La diferencia es que nosotros tenemos veteranos de a miles, porque tenemos guerras por todo el planeta. ¿Te has preguntado, Mack, cómo es que siempre estamos teniendo que defender la nación, y a miles y miles de kilómetros de distancia? ¿Cómo es que nos están atacando si están tan lejos de nuestras fronteras? Algo está mal —dijo James Clarke, meneando la cabeza en señal de rechazo.
—Como sea, las decisiones no las tomamos nosotros, sólo vamos a poner el cuero allí donde nos manden. Y no es justo, por Dios que no es justo. Vuelves, vives de la caridad de la gente como un perro, tienes pesadillas atroces porque has vivido y hecho cosas atroces, y los mismos que te mandaron te dan la espalda, y hasta te meten a la cárcel si protestas en las calles. Y no es sólo la miseria y el estrés postraumático, que ahora lo quieren convertir en algo bueno con ese invento de la Aceptación y Compromiso. Es el saber que te odian en medio planeta, que hemos matado gente en Vietnam, en Granada, en Panamá, en Kosovo, en Bosnia, en Haití, en Somalia, Líbano, Libia, Afganistán, Irak, Siria y qué sé yo en cuantos otros lugares. Los políticos creen que eso no nos jode, sólo porque a ellos no los jode, pero se equivocan.
—Este es el país de los buenos negocios, Mack. Y la guerra es un buen negocio, ¿no es así?
—Debe serlo, pero no para nosotros. No para nosotros —recalcó el soldado, pensativo.
—Es que ustedes no se han preocupado por poseer fábricas de armas, o de aviones, o al menos algunas refinerías de petróleo. Ni siquiera bancos o acciones en la bolsa, nada de eso. Sólo ir a combatir, ahí está el problema —dijo James Clarke con seriedad.
El militar largó una carcajada.
—Tienes razón, Jim, la culpa es nuestra. Hemos sido unos verdaderos idiotas, especialmente por haber creído el cuento ese de “defender a la nación”. ¿Defenderla de qué? Eso que has dicho acerca de que tenemos enemigos por todo el planeta es verdad, y comienzo a creer que los inventamos nosotros, aunque no veo para qué lo haríamos —dijo el veterano de guerra.
—Alguien dijo que el corazón tiene razones que la razón no entiende, pero a veces parece que también la razón tiene razones que la razón no entiende —se enredó el peluquero—. Según se dice, sólo en la primera guerra murieron más de10 millones de soldados y 8 millones de civiles.
—Mira Jim, para El Barón Rojo, que no era un santo, incluso en la guerra toda muerte es un asesinato. Esos casi veinte millones de personas no murieron, fueron asesinadas. Y en la segunda fueron más de 70 millones. A ese ritmo, ¿cuántas serían en la tercera, si llegara a haberla?
—No sé, pero Albert Einstein dijo alguna vez que no se podía prever qué armas se usarían en una tercera guerra mundial, pero si se llegaba a una cuarta, sería con palos y piedras.
—Cuando estaba en la Academia leí bastante sobre las guerras, era mi pasión, por fuera de lo que nos daban en la instrucción. Leí sobre las campañas de Aníbal, sobre las Cruzadas, sobre la Guerra de los Cien Años, sobre Napoleón, sobre la Guerra Civil, sobre las dos guerras mundiales. Hubo guerras de conquista, guerras de independencia, guerras de religión. El motivo de las guerras podía ser cualquiera, pero en el fondo lo que había era “un incorregible e irresistible impulso a la violencia, incrustado en la naturaleza humana”, según nos decían. Y yo, que era un soldado y que además quería serlo, no podía aceptar esa explicación. ¿Éramos acaso los humanos la más inteligente de todas las especies, o la más estúpida? Para que haya guerra tiene que haber primero un motivo, me decía a mí mismo. Nunca terminé de aceptar eso de la inclinación a la violencia. Ni siquiera sería práctico —reflexionó el militar.
—Creo que tu sospecha está más que justificada, y te sorprendería el motivo. Con la mejor de las intenciones se equivocan sin embargo los Black Sabbath en la letra de War Pigs. Si los políticos hicieran las guerras sólo por diversión bastaría con cambiarlos por unos menos perversos, pero el problema es otro, no tan sencillo lamentablemente. Si tienes ganas y unos minutos, te diré lo que pienso.
—Desde luego, Jim. Hemos pasado muchos horrores en el frente, y hemos jodido a mucha gente allá. Gente que no conocíamos, que no estuvo aquí nunca arruinándonos la vida, me animo a decir que muchos ni sabían dónde está este país. Muchos de esos quedaron enterrados, otros viven entre ruinas y escombros, en tierra arrasada, o salieron a deambular por el mundo buscando un lugarcito donde no les lluevan bombas. Sería muy saludable saber de verdad por qué los atacamos.
—Lo que puedo decirte, en base a lo que he leído, es increíblemente sorprendente, y a la vez increíblemente simple —dijo James P Clarke, aspirante de fantasía a presidente de la Nación.
—Adelante, soy todo oídos.
—La cosa va por el lado de la economía, pero no sólo por lo que te decía recién, un poco en broma —dijo el peluquero—. Adueñarse del petróleo, los minerales raros, las rutas comerciales, las tierras, el agua, todo eso explica en parte las guerras. Las ganancias de los fabricantes de armamento, de los bancos que prestan dinero al gobierno para armas y equipos, y varios otros negocios relacionados con la defensa también. Sin embargo, si es como pienso, hay otro motivo, y ese sí está incrustado, pero no en la supuesta naturaleza humana.
— ¡Bueno, Jim, sí que suenas misterioso! Justo cuando parece que comenzamos a atar los cabos sueltos, me dices que eso no es…—se quejó no muy en serio el militar. Después de todo, estaba hablando con alguien que quería ser presidente, podía esperarse que supiera algo que no todos sabían.
—Ok, trataré de explicarme. Pero déjame avisarte que te sorprenderás. Mucho. Si estoy en lo cierto, es una bomba, con perdón de la expresión.
—No imagino de qué pueda tratarse, pero parece un asunto muy importante…larga pues el rollo Jim, veremos si no estás exagerando—.
—Júzgalo tú luego, Mack. Es como si a un joven, el día que cumple quince, sus padres lo llaman aparte para decirle que la relación familiar es falsa. Que todo ha sido un montaje, un experimento iniciado quince años antes, y que deberá irse de la casa ese mismo día. Que deberá inventarse una vida desde cero, o casi —dijo el peluquero, y permaneció en silencio, tratando de adivinar si Mack había asimilado la magnitud de su advertencia.
—No imagino qué podría ser tan insólito como ese experimento. Si es como piensas, Jim, debe ser ciertamente algo grande. Así que explícate, que tengo mucha curiosidad por ver de qué se trata todo eso —dijo Mack, y luego de una pausa agregó, dedicando un vistazo a la segura realidad antes de saltar a lo desconocido—— Y no me peles tanto, que no quiero verme como en la base.
—Ok, arrancaré con una pregunta. ¿Podrían los trabajadores de una fábrica de galletitas comprar todas las que producen, si se les antojara hacerlo?
—Sería bastante raro eso, supongo, pero no veo qué podría impedirlo —contestó con recelo Mack, luego de una breve pausa.
—Ve despacio Mack, caminas por terreno accidentado —dijo James Clarke sonriendo, mientras dejaba peine y tijera sobre el mueble del espejo para pararse de cara al veterano de guerra—. Pero como somos amigos, te daré una ayuda. En realidad, sólo aclararé la pregunta. ¿Podrían los trabajadores comprar, entre todos, exclusivamente con su sueldo de un mes, absolutamente todas las galletitas que produjeron en ese mismo mes?
— ¿Puedo saber de cuánto dinero estamos hablando? Quiero decir, los sueldos, los precios, la producción total, la cantidad de trabajadores…—inquirió Mack.
—No hace falta en absoluto, Mack. Ten presente que entre todos quieren comprar toda la producción —dijo el peluquero, remarcando las palabras.
Por la importancia que el tema tenía para The Dogged, en este punto el diálogo se interrumpía.

—Veremos si funciona eso del efecto Zeigarnik, del interés por las tareas inconclusas —había sugerido Ron cuando hizo la propuesta sobre cómo administrar el tiempo dedicado al tema.

Una voz en off invitaba a los espectadores a enviar sus opiniones a la página de Facebook de An odd barber, recientemente activada, comprometiéndose la productora a reseñar los comentarios en el siguiente capítulo. No mencionó que en la página estaban también los links a los videos, ya subidos por Susan a Youtube, según ella misma les informara el lunes anterior.
—Al menos, los que alcancemos a procesar, suponiendo que tengamos la suerte de que nuestros televidentes se expresen —dijo la voz en off, con modestia no muy al uso en la TV.

En la primera media hora posterior a la emisión hubo al menos una veintena de llamados al canal, varios denunciando las palabras del peluquero por atentar contra los valores de la nación, contra el sentido del deber, contra Dios y contra varios otros asuntos igualmente importantes, y amenazando con iniciar juicios si seguían “con esa mierda”. La mayoría restante expresaba su acuerdo con el aspirante a presidente, porque “alguien lo tenía que decir”.

El viernes, mientras Harry Thompson sacaba el auto del estacionamiento, un hombre alto y fornido, tal vez por sus cincuenta, le hizo un gesto como para decirle algo. El actor detuvo el auto en el cordón y bajó la ventanilla
—Sí, dígame.
— ¡Es usted el actor! —dijo el hombre— ¡No me diga que no!
—Bueno, ¡pues entonces sí!—respondió Harry sonriendo—. Aunque debemos ser varios cientos o miles en esta ciudad…
—Sí, es verdad, pero usted es el peluquero de An odd barber ¿no es así?—Sin esperar respuesta, el hombre alargó la mano extendida hacia la ventanilla abierta— Me llamo…—y dijo un nombre que Harry olvidó de inmediato— He estado en Irak dos veces, y vi el programa del miércoles, estuvo usted excelente.
—Gracias —dijo Harry—. Pero no hago más que seguir el libreto, y no lo escribo yo, aunque me gustaría.
— ¿Pero comparte usted lo que dice, supongo? —agregó el transeúnte, dudando.
—Sí, lo comparto. Para serle franco, hay cosas que ignoraba, me las voy enterando a medida que voy leyendo el guion, y la verdad es que lo encuentro muy convincente. Le agradezco sus palabras.
—Pues me gustaría que se las transmita a quienes lo escriben, si fuera tan amable. Y dígales que ayer, en una reunión que hacemos una vez al mes un grupo de veteranos, conté lo que había visto. Había otros dos que también lo habían visto, y fue el tema de conversación de todo el encuentro. Además, varios de los otros también son negros y uno de ellos había visto el segundo programa, así que fue tema de la reunión también. Creo que tendrá varios seguidores si sigue en esa línea. Me alegro mucho de haberlo conocido, no olvide pasar mi mensaje a esa gente.
—Gracias —dijo el actor—. Lo haré, le agradezco mucho sus palabras, son un gran aliento.
Arrancó por la avenida pensativo, y una sonrisa se reflejó en el espejo retrovisor.

Durante la semana que siguió al Continuará de ese cuarto capítulo, la sorpresa de la productora no pudo ser mayor: hubo más de dos mil visitas a la página de la serie; casi la misma cantidad de “Me gusta”; fue compartida 837 veces y hubo más de quinientos comentarios, que pusieron a trabajar a los tres guionistas, a los otros tres integrantes de Lost Generation y a una decena más de miembros de The Dogged. Salvo pocas excepciones, al contrario de lo que suele suceder en las redes sociales, los comentarios se ajustaban a los temas tratados.
Por su parte, Susan había recibido también una sorpresa mayúscula: diariamente desde que subió los tres primeros episodios a Youtube, hacía ahora once días, había estado siguiendo la cantidad de reproducciones. Durante toda la primera semana coincidía con las entradas a la página de Facebook, unas dos mil cada uno. Pero a partir del domingo se habían disparado hasta superar las 50.000 reproducciones por episodio, y no dejaban de aumentar. No sólo eso: en la tarde del día anterior, miércoles, ya había cuentas en Twitter, Vk.com, StudiVZ, Instagram, Menéame y en media docena más de redes sociales difundiendo la serie, con links a Youtube donde ya existían versiones subtituladas manualmente en español, alemán, francés y ruso.
— ¡Y en griego! —dijo, su amiga Ruth a Susan mientras repasaban nuevamente la cantidad de visualizaciones de los videos originales.
— ¡Es muy increíble! —dijo Susan. La cifra ya era de casi noventa mil, sin contar las reproducciones de copias subtituladas.
—La verdad, Susan, cuando me mostraste el episodio en el que está esa mujer Elizabeth con su hija, me gustó mucho. Pero pensé que esa serie sólo interesaría a los negros.
—Por lo que parece, los que vienen compartiendo en Youtube son de colores variados, faltarían algunos japoneses, pero no me extrañaría que alguno lo subtitule también, así como va.
—Tengo mucha curiosidad por ver cómo sigue eso de las galletitas, pero no podré ver el capítulo de hoy, estaré trabajando a esa hora —dijo Ruth—. Lo veré cuando lo subas.
—Si, en cuanto Sarah me lo pase, tal vez esta misma noche. La verdad, no sé mucho de cine ni de series, pero estaba casi segura que sólo con diálogos, unos pocos planos bastante estáticos, nada de acción, actores desconocidos, reunía todas las condiciones para ser un completo fracaso.
—Bueno, pues parece que en eso está fracasando —dijo Ruth. Susan la miró sorprendida, y enseguida asintió sonriendo.

Episodio 5

Al inicio del quinto episodio peluquero y cliente conversaban animadamente, sentados lado a lado en el sector de espera. Estaban girados uno hacia el otro lo suficiente para verse las caras y permitir también a la cámara captar sus expresiones. El audio de la conversación estaba silenciado, mientras sonaba el tema Song of the wind. Detrás de ellos, escritas con grandes letras azules en el vidrio de la ventana, de derecha a izquierda, se leía “Jim’s Barbershop”.
Al cabo de casi dos minutos, la música dio paso a una voz en off femenina que agradeció enfáticamente la participación tanto en la página de Facebook como en Youtube, donde “algunos entusiastas han subido los cuatro episodios, incluso traducidos a otras lenguas”. Reconoció que les había resultado imposible hacer una reseña aceptable de la variedad de comentarios, “aunque sí podemos señalar algunas generalidades” dijo, mientras la imagen en pantalla fundía a la página de la serie, mostrando las entradas con un lento desplazamiento vertical. Deteniéndose por momentos para permitir la lectura, la voz en off señaló que había comentarios centrados exclusivamente en algún tema, como el racismo o el desempleo, y otros expresando y argumentando vinculaciones que no saltaban a primera vista. Una parte numerosa comentaba acerca del “problema de las galletitas”, algunos para descartar por insólita una decisión semejante; otros poniendo énfasis en la libertad individual, que habilitaba a cada quien a comprar lo que quisiera; los había que lo consideraban imposible, y daban argumentos; y otros que compartían la demanda de mayor información hecha por Mack, a pesar de la respuesta, algo categórica, que Jim le había dado al finalizar el episodio anterior.
La introducción fue deliberadamente extensa: se intentaba que la mayor cantidad de gente posible viera sus comentarios reflejados en el programa, para concentrar luego la atención en el diálogo de los personajes. La tarea de convertir cada vez más espectadores en actores imponía sus reglas.
La voz en off, ahora masculina, volvió a agradecer los comentarios de todos y declinó validar o invalidar cualquier respuesta.
—Sacarán sus propias conclusiones al ver el episodio —dijo.
A continuación anunció la repetición de las escenas finales del episodio anterior, que iniciaron inmediatamente. Al finalizar la repetición, la cámara se acercó para tomar un primer plano del peluquero y su cliente a la par que el audio de la conversación adquiría volumen.
—Te aseguro que no hace falta conocer esos detalles —dijo Jim.
Luego de varios segundos, la expresión del veterano de guerra se iluminó.
—Veamos, ¿me estás diciendo que el patrón les pagaría de sueldo lo mismo que obtendría luego por la venta de las galletitas?
—¡Así es, exactamente! —dijo Jim, entusiasmado.
—Bueno, si todo lo que obtiene por la venta lo gasta en sueldos no veo cómo pagaría el resto de los gastos: insumos, gas, luz, impuestos, envases, etc. La respuesta es no.
—Totalmente de acuerdo —dijo Jim. La objeción de Mack coincidía con la mayoría de los argumentos aportados en la página. Una barra informativa a pie de pantalla daba cuenta de esta coincidencia.
— ¿Y si dentro de la misma fábrica se produjera todo lo necesario? Digamos que tienen lugar para sembrar trigo, obtienen gas del subsuelo, tienen sus propios generadores, producen papel y cartón, y todo lo demás. Y los impuestos son tan bajos que ni cuentan. Bueno, puede ser difícil de imaginar, pero te pido ese esfuerzo —dijo Jim.
—La verdad, Jim, ¡me presentas situaciones tan extrañas! Apuesto todas las medallas que me dieron y hasta mi gato Heathcliff a que no hay ninguna fábrica como ésa —protestó Mack, y parecía a punto de perder la paciencia.
—Tienes toda la razón. El caso es que intento llegar al nudo de un problema que se pretende mantener oculto desde hace unos doscientos años, y necesito hacer algunas simplificaciones.
— ¿Me quieres decir que tú has descubierto un secreto de doscientos años?
— ¡Claro que no! —dijo el peluquero sin contener una risotada—. Ya muchos se han ocupado del asunto, pero ni la prensa ni el gobierno encuentran, digamos, necesidad ni tiempo de explicar esos análisis al gran público. Obviamente no hay ninguna fábrica así, la producción de casi cualquier cosa está desparramada por infinidad de lugares, hasta de diferentes países y continentes. Sin embargo, para lo que nos interesa, nada cambia si imaginamos todo, materiales, equipos y trabajadores incluidos, reunido bajo un mismo techo.
—Ok —dijo Mack, y quedó en un prolongado silencio. Al cabo, retomó— En ese caso, los únicos gastos serían los salarios de todos los que trabajan en esa gran fábrica, ¿no es así?
—Ni más ni menos.
—Pero entonces el tipo saldría hecho, no gana ni pierde. ¿Quién pone una fábrica para eso? —dijo Mack.
— ¿Entonces?
—Entonces el dueño pondrá un precio total de las galletitas mayor que todos esos salarios, para poder ganar algo. La respuesta sigue siendo que no. No pueden.
— ¡Excelente! ¡Excelente! —se exaltó Harry Thompson levantando los brazos con los puños cerrados, y pareció que sobreactuaba ahora un poco su personaje—. Es decir que en las góndolas quedarían paquetes sin vender.
—Así es. No parece un problema tan grave, de todos modos.
La cámara cambiaba entre planos medios cortos y planos de detalle, levemente contrapicados, con lo cual el espectador podía tener la sensación de estar sentado un poco más bajo, justo delante de ellos.

—Como los seguidores de Cristo en El Sermón de la Montaña, que me disculpe Harry —había dicho Mike cuando discutieron la filmación del episodio.

Por la ventana, detrás de los actores, apenas se veían las cabezas de algunos transeúntes que pasaban cerca de la pared, los techos de los vehículos del transporte público y detrás, abarcando todo el espacio libre, la copa de un cerezo negro en la vereda de enfrente.
—No estoy tan seguro. Si cada mes quedan paquetes sin vender comenzarían a acumularse, ¿no es así?
—Si los únicos compradores fueran los propios empleados, así sería.
—Hasta que en algún momento se habrían acumulado tantos, que no tendría sentido seguir produciendo —afirmó Jim—. ¿Qué haría el dueño cuando se hubiera acumulado una montaña de galletitas imposible de vender?
—Parar la producción, supongo.
— ¿Y los trabajadores? —inquirió James Clarke.
—Bueno, normalmente los suspenden —contestó Mack, resignado.
—Es verdad. Y si se acumuló por demasiado tiempo van a la calle —afirmó el peluquero.
—Eh Jim!, ¡estás exagerando! Lo que dices valdría si el mundo se limitara a esa fábrica de locos, pero la realidad no es así, por suerte —argumentó Mack, y agregó—Creo que estamos yendo por una vía falsa, si me disculpas. La suposición de que sólo los empleados comprarían es completamente fantástica.
—Estoy de acuerdo. ¿Y quiénes serían los compradores?
—Obviamente, el resto del público. Si los de una misma fábrica quisieran comprar todo lo que producen, nunca les alcanzaría el sueldo, deberían venir de afuera los que vacíen las góndolas.
—Que en su mayoría también trabaja, aunque no produzcan galletitas.
—Claro.
—Supongamos que producen zapatillas, o autos, o smartphones, o lo que sea.
Mack volvió a entrar en un largo y completo silencio. Cuando se puso de pie y giró para mirar al peluquero, también lo hizo la cámara, que lo tomó en primer plano, dejando a Jim fuera de encuadre. El veterano de guerra parecía enfocar la mirada en algo distante del salón de peluquería.
—Sí. Es como un mazo de póquer, por más que lo mezcles nunca le sacarás cinco ases —dijo Mack lentamente, sin énfasis.

Mientras la cámara se retiraba a un plano panorámico, y el sonido de Song of the wind anunciaba el fin del episodio, un cartel sobreimpreso indicaba la dirección de la página de la serie, e invitaba a que la audiencia participara con sus opiniones. “Nos interesa especialmente conocer qué piensan del mazo de póquer de Mack”, agregó la voz en off femenina del inicio.
“Por lo tanto, en base al informe del Comité de Emergencias que acabamos de leer, emitido a las 13:50hs del día de la fecha, esta organización procede a dar por concluida a partir de este momento la situación de pandemia global de COVID-19 ocasionada por el virus SARS-CoV-2, que fuera declarada el día 11/03/2020”,finalizó el Presidente de la OMS, sin mostrar mayor emoción, cuando faltaban todavía seis años para que Mack intentara su figura del mazo de póquer en la serie de televisión An Odd Barber.
Los primeros tiempos desde la irrupción del coronavirus habían sido de gran agitación. Primero sorpresa, incertidumbre, temor, y a continuación una escalada de movilizaciones que, motivadas por situaciones concretas e inmediatas relacionadas con la atención de la salud y el colapso económico, respondían también a un anhelo latente: la pandemia tenía que significar un quiebre de carácter histórico. La expresión “nada volverá a ser lo que era” resumía esa esperanza, aunque también la invocaban los privilegiados del mundo para invitar a la resignación. La puja por el sentido del cambio por venir pareció resolverse a favor de los primeros por un hecho, para nada singular en la patria de George Washington: el feroz asesinato de un ciudadano negro por parte de la policía estadounidense no quedó, esta vez, en mera cifra estadística y un número más o menos grande o reducido de familiares y comunidad afro descendiente clamando por justicia. En cambio, dio inicio a una ola de manifestaciones multitudinarias y simultáneas en los puntos más distantes del globo expresando el rechazo social a toda forma de racismo. Previo a la pandemia había ya frecuentes movilizaciones por las más diversas causas: en reclamo de trabajo; contra la destrucción ambiental, los privilegios de las élites económicas y políticas, las guerras, la cultura patriarcal, la manipulación del clima, la tergiversación de la realidad por los medios de comunicación, la intromisión del estado y las empresas en la vida privada y una serie de planteos que parecían responder a grupos de interés sin vínculos comunes. Ahora, en las extraordinarias circunstancias de la pandemia, la percepción de estar enfrentando síntomas diferentes de una misma enfermedad comenzaba a extenderse: una buena señal de que algo importante, efectivamente, comenzaba a cambiar.

Y así caldeado se había mantenido el mundo hasta que un mix de medidas económicas paliativas; presiones basadas en el miedo al contagio del COVID-19; gases lacrimógenos; carros hidrantes; detenciones al azar y el agotamiento por repetición hicieron su trabajo, y la agitación social fue gradualmente abandonando las calles. Al cabo de poco más de dos años, la sociedad humana había recuperado la normalidad previa: el aislamiento y distanciamiento social quedaron en el olvido; los espectáculos masivos contaban con público de carne y hueso; las reuniones de alto nivel para acordar declaraciones sobre problemas mundiales de urgente resolución se sucedían unas a otras como siempre desde hacía medio siglo; los procesos electorales administraban su dosis periódica de viagra a las grandes democracias; las intervenciones humanitarias continuaban con normalidad, con sus correspondientes daños colaterales, y así casi todo. La desocupación, en cambio, se había incrementado en varios cientos de millones de personas, pero el flamante FHI, Fondo Humanitario Internacional, estaba ahí para evitar que tantos seres humanos cayeran en las fauces de la desesperación. “O de algo peor, dios nos libre”, había advertido un alto funcionario de otra institución al servicio de la gente, el BM.

Sin embargo, había algo que no registraban los grandes medios corporativos de información.
Por cierto que las barricadas, el humo y el olor a caucho quemado no afeaban ya las calles de las grandes ciudades, pero al igual que en los incendios forestales, no había que llamarse a engaño: el fuego podía estar ardiendo en las raíces. Con la certeza de que ésa era justamente la situación, y cuando faltaban todavía tres años para los acontecimientos que sacaron al actor Harry Thompson de la lectura de su guion, en un viejo teatro neoyorquino ahora cerrado y en vías de demolición, alrededor de dos docenas de personas se encontraban reunidas. No eran actores, sino activistas políticos, cuyo recientemente conformado grupo The Dogged no figuraba aún en ninguna de las muchas oficinas herederas del disuelto, aunque no tanto, Comité de Actividades Antiestadounidenses: ni siquiera ellos trabajan con eficiencia perfecta. Por supuesto, desde que todos habían exhibido algún interés político, sí había registro de sus nombres; números de documento; domicilios; teléfonos; actividades laborales, relaciones familiares; amistades; viajes; preferencias sexuales; pertenencias a clubes y asociaciones; concurrencias a espectáculos; simpatías deportivas; gustos musicales; mascotas en el hogar; y varios otros datos de importancia estratégica para la nación.
Se habían propuesto una única tarea: contribuir, en la medida de sus posibilidades, a reanimar ese fuego que parecía extinguido. Su aporte consistiría en difundir de formas alternativas qué es eso del capitalismo.
—No sus consecuencias, lo que deja siempre en pie la misma ilusión, a saber, que con capitalistas menos avaros, más humanos, y con más controles por parte del Estado esas consecuencias podrían evitarse o, al menos, mitigarse—había precavido Sarah Hamilton en las primeros encuentros informales.
En su lugar, se proponían evidenciar las contradicciones inherentes al sistema, tarea que la izquierda partidaria seguía abordando con métodos de probada ineficacia. Algunos de quienes planteaban el problema al interior de esas formaciones sólo para toparse con una pared dieron origen a The Dogged, a pesar, entre otras cosas, de que “intentar cambiar el mundo es demodé”, según había sentenciado tiempo atrás un encumbrado intelectual habituado a los favores de la prensa.
—Muchachos, habíamos quedado en discutir alternativas en los grupos —sintetizó Sarah—. Con menos del 7 % de los trabajadores adheridos a alguna organización, está claro que la prensa sindical no es el camino. Ni qué hablar de las organizaciones políticas. No hemos dejado de retroceder, y si no cambiamos desaparecemos, o peor, seguimos como un sector testimonial, que solo sirve para completar el decorado democrático.
Era la primera reunión del grupo completo que hacían, pero el tema ya venía siendo analizado en pequeños encuentros de tres o cuatro integrantes de la exótica agrupación.
—Nosotros hemos pensado en un programa de televisión —dijo Mike Johnson—. El asunto sería lograr algún canal que se interese, aunque siempre tendríamos la opción de Internet. Se nos ocurrió que podría ser a partir de entrevistas a referentes políticos.
— ¡Entrevistas! Querido Mike, creo que tendríamos por lo menos tres problemas. A quién entrevistar que no se limite a repetir que la crisis es por los inmigrantes o los chinos; cómo hacer para que alguien emita un programa de entrevistas con la línea que queremos; y cómo hacer para que alguien lo mire. Sería la versión audiovisual de The Worker’s News, con el mismo grado de llegada —contestó Sarah.
—Estoy de acuerdo —terció Jordan—. En el grupo nuestro también pensamos en la TV, pero hay que entrar por la ventana. Hemos pensado en una serie de ficción. Algo popular, que sea familiar para todo el mundo. Tenemos una idea, y queremos ponerla a consideración.
Cuando Jordan terminó de explicar la idea hubo una avalancha de preguntas, pero fueron respondidas una a una, y finalmente se acordó. En cada episodio se tomaría como eje un tema que ya fuera del interés del público, especialmente de las franjas de menores ingresos y de los jóvenes. El “pegamento” sería un exótico peluquero que pretendía llegar a presidente de la nación, aunque no se haría explicito con qué grado de seriedad alentaba semejante pretensión. A partir de esa estructura básica se desarrollaría lo que se deseaba comunicar.
Se trataba de una ardua tarea, a contracorriente del sentido común instalado en décadas de prédica, no necesariamente manifiesta, por dirigentes políticos y empresarios; grandes medios de comunicación; iglesias en incontables variantes; resignadas organizaciones sindicales; fundaciones de fachada filantrópica y abundantes fondos corporativos; agencias estatales con su maraña de ramificaciones; el sistema educativo y un aparato cultural eficiente, que se reducía a lo siguiente: el mundo es así.
A diferencia de la mayoría de los políticos y teóricos de la izquierda, los miembros de The Dogged confiaban en que si las cosas se exponían del modo adecuado, todos podían entender. Estaban listos para intentarlo y aportar su granito de arena.
—Sí, será un trabajo duro —dijo Rickie, quien junto con Sarah y Mike serían luego los guionistas de la serie—. No somos los más populares de la cuadra. ¿Conocían estas palabras de J. Edgar Hoover en los ’60, en la Comisión Nacional sobre las Causas y la Prevención de la Violencia? “Hay que ayudar a extender entre los rangos policiales que cualquier tipo de protesta masiva se debe a conspiraciones promovidas por agitadores, generalmente comunistas, que descarrían a personas que de otra manera estarían tranquilas.”, dijo el capo del FBI —afirmó.
—Bueno, los de la John Birch Society no se quedaban atrás. Según ellos, los comunistas se comían a sus propios hijos, y aunque parezca increíble, muchos lo creyeron. “Miente, miente, que algo queda”, decía el ministro de propaganda de Hitler, y parece que tenía razón. Pero a la larga, los hechos sacan a la luz la verdad. Pasó al terminar la guerra, y está pasando ahora. Cada vez más gente descubre que ni la globalización ni este acelerado retorno a la trinchera y los alambrados electrificados resuelven los problemas —dijo John, un joven profesor de ciencias políticas.
—Ok, creo que deberíamos listar los temas antes que nada —dijo Victoria.
—Lo mismo creo. El desempleo en primer lugar —compartió Rickie—. Aunque tal vez no en el primer capítulo. Es el tema más importante, y convendría dar tiempo a que la serie se conozca un poco.
—Sugiero que hagamos el listado y después vemos el orden —intervino Aarón—. Sistema de salud; drogadicción; suicidios de los veteranos de guerra; racismo; acceso a la vivienda creo que son algunos que también deberían estar.
—Duke estuvo averiguando cómo son las programaciones de TV, y para una temporada de media estación deberían ser unos doce episodios aproximadamente —dijo Sophie—. O sea, serían otros tantos temas a tratar.
—Nos reunimos en quince días para avanzar en los detalles —propuso Matthew al finalizar la reunión, luego de repartirse varias tareas.

Cuando The Dogged se reunió dos días después de la emisión del quinto episodio, que Susan había recibido y subido a la red el mismo Jueves a la noche, el entusiasmo los desbordaba.
—Chicas y chicos, ¡esto es mucho más de lo que esperábamos! ¡Muchísimo más de lo que esperábamos! —dijo Sarah.
— ¡Van más de dos millones de reproducciones de cada uno de los episodios! ¡Y la gente está haciendo traducciones con subtitulados manuales en una cantidad de idiomas! He visto en ruso, japonés, italiano, danés, portugués, español, alemán, francés, griego, y no sé cuántos más, y se agregan hora por hora! —exclamó Rickie.
— ¡Eso requiere mucho trabajo! ¡Y lo están haciendo gratis y con mucho entusiasmo! ¡Es muy esperanzador! —agregó Sophie.
— ¡Sí, es increíble! —confirmó Ron—. Y todavía falta cerrar el problema de las galletitas, quedan los inmigrantes; la droga; la cuestión ambiental y la manipulación del clima; la ingeniería genética sobre los alimentos; y los dos que todavía no definimos para completar la docena —enumeró—. A este ritmo…—insinuó.
—Tengo mis dudas —terció Mike, no muy a tono con el entusiasmo de Ron.
— ¿A qué te refieres? —se sorprendió Aarón.
—Tengo la impresión que hemos dado en un clavo especial con el tema de las galletitas. Los números habían crecido mucho, pero se dispararon en poco más de dos días, entre la noche del jueves y hoy. Además, los comentarios indican que muchos miraron primero el cinco y luego los anteriores. De hecho, el cinco fue compartido inmediatamente por casi la mitad de los usuarios, mientras que los anteriores no lo fueron tanto sino hasta esta semana.
— ¿O sea? —preguntó Sarah.
—O sea que tal vez debamos parar aquí. Ya sé que tenemos el sexto filmado, pero aun así haría un cambio. Desperdiciaríamos trabajo, pero tal vez aprovecharíamos mejor el interés que estamos viendo. Si seguimos como estaba planeado podría pasar que, en lugar de crecer, los números se estanquen.
—No entiendo —interrumpió Anna—. Justamente lo que falta del tema de las galletitas es por lo que hicimos todo esto. Obviamente no propones saltearlo.
El sexto episodio, ya filmado, incluía las siguientes intervenciones del peluquero.

— ¡Me gusta tu imagen del mazo de póquer! Si, ¡ahí está el meollo del asunto!

—Claro, si piensas las fábricas por separado, de a una, siempre puedes imaginar que otros vendrán a comprar la producción. O que la exportas. Sin embargo, viendo la totalidad, es pura ilusión. Si juntas todos los salarios del mundo por un lado, y toda la producción del mundo por el otro, no aparece ninguna magia. Seguimos en la misma.

—Es como dices. En nuestra completísima fábrica de galletitas, lo que queda sin vender es la diferencia entre lo que el dueño paga y lo que pretende cobrar. O sea, es su ganancia, y no querrá destrabar la situación dándoselas de comer a las palomas.

—Bueno, tal vez sea injusto que los empleados no recuperen el fruto completo de su trabajo. Como sea, la ley dice que el dueño tiene derecho a quedarse una parte justamente por eso, por ser dueño. Pero aún si dejas de lado la cuestión de si es justo o no es justo, seguimos en un problema. Uno muy grave, te diría que es el problema.

— ¡Exactamente! ¡Ese es el escollo! Los dueños no quieren acumular su ganancia en forma de galletitas, zapatillas, autos, smartphones, o una mezcla de todo eso. Quieren acumularla en forma de dinero. Pero ¿cómo?, si para eso haría falta vender lo que no se puede…..

— ¡Gran pregunta! ¡Pues como en tu mazo de póquer… no hay forma! No se soluciona, simplemente porque no existe solución. La gran fábrica planetaria cuyo techo es el cielo no puede y nunca podrá vender todo lo que produce. Es una fábrica que funciona un tiempo, pueden ser años o décadas, pero final y fatalmente comienza a perder velocidad, y no hay modo de evitarlo. Entonces vienen los técnicos, la engrasan un poco con tarjetas de crédito, cuotas, préstamos, hipotecas y otras pociones mágicas, y arranca nuevamente, sólo para funcionar un tiempo más hasta que se traba, atascada ahora con basura extra, llamada instrumentos financieros.

— ¡Por supuesto que sí! El desempleo aumenta, y se extiende como la peste. Cierran empresas, o se las comen otras más grandes. Con los impuestos de todos el Estado corre en auxilio de los bancos, pero llega un momento en que ya no hay cómo seguir pateando la pelota hacia adelante. La máquina está irremediablemente atorada. Se declara una crisis económica y financiera, y los problemas se agravan y potencian mutuamente. Hay que destrabar el mecanismo, deshacerse de lo que sobra. Destruirlo. Pero no de cualquier modo, porque el principio rector del capital es que aún la destrucción debe dar ganancias para algunos. Y para destruir de ese modo, nada como la guerra. Tenías mucha razón en sospechar de ese incorregible e irresistible impulso a la violencia. Es un impulso incrustado en la naturaleza, sí, pero no del ser humano sino del orden social en que vivimos.

—Pensé lo mismo al principio, amigo, pensé lo mismo. Y sin embargo….

—No, claro que no propongo dejarlo así —aclaró Mike.
— ¿Cuál sería tu idea? Les recuerdo que ya usamos parte del cuarto, el quinto, y el seis completo, y el plan era un tema por capítulo —dijo Ron.
— ¿Qué tal si en lugar de emitir el sexto como está, hacemos lugar a la inteligencia colectiva? Con Reddit, Care2 o portales similares es muy fácil y rápido intercambiar opiniones y llegar a acuerdos. Sería una forma de promover la reflexión personal sobre el tema, mejor que sólo escuchar los argumentos de Harry. Luego entre todos podrían elegir algunos voceros para exponer las conclusiones directamente en la serie. Obviamente, haríamos lo necesario para que resulte claro el tema de la crisis de sobreproducción.
—Suena interesante, pero lo veo impracticable. Tendríamos tres días para modificar todo, de aquí al miércoles. Es muy poco tiempo. Los del canal están felices con el éxito que está teniendo An odd barber, pero si el jueves a la mañana no está el material rodarán cabezas. Hum… no creo que podamos manejar semejante cosa —dijo Matthew.
—Además de que no hay tiempo, ¿cómo cubriríamos el gasto de pasaje de los voceros? Podrían resultar electas personas de cualquier lado, incluso del extranjero —advirtió Anna.
—Vamos por partes —pidió Jordan—. Es verdad lo que dice Matthew, pero aprovechando el viento de cola que tenemos en el canal podemos proponerles emitir en vivo. Con los comentarios que ya estuvimos analizando habría suficiente material para comenzar, y si movemos desde ahora el debate en las redes, tal vez podamos incorporar durante la emisión lo que vaya saliendo. Como dice Mike, con esas aplicaciones los acuerdos colectivos se conocen al instante. Creo que la posibilidad de participar directamente del programa le daría un atractivo extra. Podrían salir cosas bien interesantes.
—Me gusta la idea —dijo Duke—. Y si exponemos nuestra limitación de recursos podemos pedir a la gente que elija voceros de NYC o cerca para que represente las opiniones más votadas, y el jueves ya podrían estar presentes en el programa. Yo también creo que deberíamos detenernos en el tema de las galletitas, aunque otros queden afuera. Al fin y al cabo es el meollo del asunto.
— ¡Esperen un minuto! Harry hace un trabajo excelente, pero necesita un guion. ¿Cómo escribimos un guion para un programa en vivo que incorpore y comente las opiniones de la gente? A menos que se limitara a leerlas y siguiera él su propio libreto, pero eso no tendría mucho de interacción con la audiencia —dijo Tyler.
—Yo creo que la idea es buena. El tema que plantea Tyler se podría manejar si además de Jim y Mack un par de nosotros participa del programa. Podríamos incorporarnos dentro de la ficción, tal vez como clientes, o como asistentes de peluquería, o algo así. Incluso por el interés que se ha generado no pasaría nada si Jim abandona la tijera y hacemos pública la situación, presentándonos como parte de The Dogged—consideró Claire.
—Entre los que escriben hay quienes conocen mucho del tema, sin duda. Algunos apoyan y otros critican, pero todos nos reprochan por no “usar las categorías y conceptos teóricos, elaborados desde hace más de cien años”. ¿Qué sucede si alguno de estos entendidos sale como vocero e insiste en usar la jerga? Muy pocos le entenderían —señaló Duke.
—Alguien ya alertó “¡Cuidado, estos son comunistas!”
—Por eso digo dar espacio a la inteligencia colectiva. Al que nos acusa de comunistas ya varios le señalaron que estábamos planteando un simple problema de álgebra. Parece que la vieja vacuna del senador McCarthy está perdiendo efecto entre los más jóvenes.
—Con la propuesta de Claire resolvemos el tema del guion y podemos frenar también a los expertos que se quejan de nuestro “pobre” lenguaje, en caso que alguno de ellos resultara electo por el público —dijo Duke.
Con casi otra hora de intercambios finalmente la estructura del sexto episodio quedó definida.
— ¡Creo que va saliendo! —se entusiasmó Sarah— Propongo que el lunes a la mañana hagamos un ensayo con Harry y dos de nosotros, hay que elegir quiénes. Harry se iba a quedar estudiando el guion el fin de semana, yo me encargo de llamarlo, ¡hay que ver si él está de acuerdo! Les aviso a todos qué me responde.

El domingo a la noche, luego de enviar un mensaje al resto de The Dogged para avisar que Harry había aceptado los cambios y estaría al día siguiente para el ensayo, Sarah se dispuso a cenar con su madre. El tema de los voluntarios que acompañarían al actor había sido resuelto durante la tarde, de modo que sería una cena tranquila luego de varias semanas en que “ese asunto de la TV” que tenía a Sarah tan ocupada les impidiera juntarse como acostumbraban. Sin embargo, no fue así. Recién se sentaban a la mesa cuando un llamado de Ron inició una serie de intercambios y consultas que se extendieron casi hasta medianoche, cuando finalmente todo el grupo estuvo de acuerdo: había que subir a la página de la serie y al canal de Youtube el episodio seis, afortunadamente listo desde la semana anterior, esa misma noche.
— ¡Tenemos que subir la vara, nos queda poco tiempo! —había dicho en el teléfono la voz apremiante de Ron. Poco después del mensaje de Sarah, Rickie había recibido una llamada urgente del canal informándole que probablemente la del jueves sería la última emisión.
— ¡La serie ha molestado a gente muy muy importante! Nos intimaron a cambiar completamente el contenido o darán intervención al Ministerio de Seguridad Patria, y sabemos lo que eso significa. Nos arriesgamos a un juicio por conspiración contra la nación, eso nos dijeron. Lo lamentamos mucho, pero no estamos en condiciones de afrontar eso — había confiado el directivo, al parecer con auténtica aflicción.

Episodio final

—Los clientes de esta peluquería siempre supieron de mi aspiración a presidir esta nación alguna vez—dijo Jim al inicio del último episodio de An odd barber, que se extendería a una hora por sugerencia del propio canal, como compensación por el levantamiento anticipado del programa. “Si nos reclaman también por eso diremos que tuvimos que ceder para evitar un juicio de ustedes por incumplimiento del contrato”, había explicado el directivo que hizo la propuesta, aceptada de inmediato por Lost Generation—Pues ya no tengo esa aspiración —dijo con una leve sonrisa enigmática— Tengo una mayor ahora —agregó.

El canal de Youtube de la serie había alcanzado más de treinta millones de suscriptores, las visitas superaban los dos mil quinientos millones, y la imagen del austero salón de peluquería había llegado, ella también, “hasta el más oscuro rincón del mundo”. Jim conservaba su bata de peluquero aunque ya no había nadie en el sillón de corte, y en cambio junto a él estaban Mike y Anna sentados frente a sendos monitores de computadora. Fuera de escena nueve voluntarios se ocupaban de traducciones a otros tantos idiomas, que serían de utilidad para quienes miraran la transmisión en directo por Youtube.
Los artículos y comentarios originados en diferentes redes sociales se mostraban ahora en el televisor al costado del espejo, al que la cámara hacía recurrentes acercamientos. Estaban agrupados por temas y ordenados según los apoyos recibidos, actualizados en tiempo real. La idea de hacer participar a voceros había resultado impracticable, de modo que Jim y los dos miembros de TheDogged eran los encargados de llevar adelante la tarea.

—Antes que nada, para quienes no hayan visitado la página de la serie esta semana, debo anunciarles que este episodio, que vendría a ser el séptimo, es el último de la serie. El episodio seis, aunque no fue emitido, está sin embargo disponible en la misma página y en redes sociales. Como ven, en este último episodio de An odd barber no hay clientes que atender, y en cambio están presentes Mike y Anna, dos integrantes de The Dogged. Se trata de un grupo de jóvenes que intentan aportar lo suyo, primero para entender y luego para cambiar este mundo, que no va nada bien para la mayoría. Es el grupo que originó esta serie —dijo Jim, e hizo una breve descripción de como seguiría el episodio y recordó a la audiencia que se extendería por una hora, cosa que había sido anunciada en los días previos por el propio canal y en la página de Facebook.

Durante la parte inicial se limitaron a leer directamente de la pantalla. Había comentarios pertenecientes a personas individuales y también a partidos políticos; grupos ecologistas; de veteranos de guerra; de refugiados; de desocupados; de pacifistas; religiosos y organizaciones del más variado tipo. Jim, Anna y Mike se alternaban para leer los comentarios, indicando autoría, lugar de origen y cantidad de apoyos recibidos.
Igual tratamiento dieron a las entradas referidas a temas que no fueron parte explícita de las conversaciones entre Jim y sus clientes, con tal de que hubieran recibido adhesiones masivas. Uno de esos temas fue la desbocada destrucción ambiental, que los comentarios ligaban al consumismo desenfrenado impulsado por las corporaciones y a sus prácticas de obsolescencia programada.
—Estamos cortando la rama sobre la que estamos sentados —sintetizaba uno de los primeros de la lista. Otros también numerosos fueron los referidos a la cultura patriarcal.
—De la cual el machismo es una de sus manifestaciones, pero no la única —leyó Mike.

—En el tiempo de programa restante nos detendremos en tres comentarios, ninguno de los cuales se ubica entre los primeros por cantidad de votos —dijo Anna—. Por cierto se trata de una elección arbitraria, aunque no antojadiza, puesto que nos permite enfocar en asuntos que estuvieron en el origen del grupo The Dogged, hace ya tres años, y por consiguiente de la serie. Esperamos contar con vuestra comprensión —concluyó.
—En los dos primeros casos leeremos el comentario seguido de la respuesta que elegimos —dijo Mike.
—”Vuestro análisis del tema de las galletitas es una burda simplificación”, nos dice el profesor de economía Dr. William Aldworth, que se declara keynesiano —leyó Jim directamente de la pantalla—. Nos señala que para comprender la materia, que es obviamente su especialidad, tuvo que pasar cinco años completos en la universidad para familiarizarse con conceptos básicos como racionalidad económica; curvas de oferta y demanda; excedentes del consumidor y del productor; utilidad marginal; costo marginal; productividad marginal; oferta agregada; competencia perfecta; oferta monetaria; ciclo económico; teoría del capital y el interés; recesión económica; vaciamiento del mercado. Y por supuesto, teoría del valor y una gran cantidad de otros conceptos y sus indispensables formulaciones matemáticas, “con todo el poder de esa ciencia”, agrega el profesor William Aldworth —continuó Jim—. Según afirma, cuando conozcamos realmente la ciencia económica llegaremos a lo que J. M. Keynes expuso ya por 1936: la crisis se resuelve equilibrando oferta con demanda con la intervención del Estado. Y termina diciendo “no sé adónde quieren llegar con esa chapucería”.
Una hermosa foto satelital del planeta Tierra ocupó la pantalla y permaneció así, fija, por largos segundos. Luego la foto se fue convirtiendo gradualmente en una imagen animada del planeta, que se mantuvo en pantalla por varios segundos más. Súbitamente, como si lo arrojara una mano poderosa, un larguísimo torrente de papeles comenzó a ascender a gran velocidad, hasta dejar al espectador inmerso en un río artificial. En uno de los papeles, adherido por un momento al vidrio de la cámara, pudo reconocerse el inconfundible rostro del dinero. Enseguida, como vomitados por el planeta, girando alocados sobre sí mismos y entremezclados, golpeándose mutuamente, pasaron frente al espectador objetos tan diversos como obuses; botellas de plástico; lanzagranadas; envases descartables; tanques y aviones de guerra; cajas de seguridad; portaaviones; dispositivos electrónicos y grandes maquinarias irreconocibles; armas cortas y largas; cámaras de seguridad; banderas; enormes edificios bancarios; uniformes militares; barreras de seguridad; robots peluqueros; puestos de control; basura de variadísima naturaleza y toda suerte de ingenios, mientras el planeta, aligerado del lastre, comenzaba lentamente a moverse en torno al sol, que asomaba ahora a la izquierda de la pantalla.

—”¡Es increíble! ¡Es la misma situación!”, dice Deborah Ruiz, que trabaja en ALMA, un observatorio astronómico en el norte de Chile, en respuesta al Sr. Aldworth —dijo Jim—. Pero en lugar de leer la respuesta hemos preferido comunicarnos con ella, de modo que nos explicará en persona su analogía.
El rostro de una mujer sonriente, de facciones que recordaban a la pintora mexicana Frida Kahlo, ocupó ahora toda la pantalla. Detrás de ella, en una extensa planicie de arena interrumpida a lo lejos por algunas elevaciones aisladas, decenas de ojos a nivel del suelo parecían escrutar asombrados algún objeto lejano en el espacio: eran las antenas que conformaban el mayor radiotelescopio existente.
—Recordemos: dos siglos antes de Cristo el universo era el de Aristóteles, con la Tierra quieta en el centro y todo lo demás girando alrededor en órbitas circulares. Era lo que se veía, lo evidente. No parecía haber problema con eso, salvo por la insistente rebeldía de algunos, con su insólito comportamiento de avanzar, detenerse, retroceder y finalmente retomar su camino en el cielo, que hizo aparecer la incomodidad de la contradicción. Se los bautizó planetas, es decir, errantes —comenzó Deborah Ruiz, luego de saludar a la audiencia.
—Para superar esa contradicción Aristarco de Samos sugirió que en el centro del universo no estaba la Tierra sino el Sol. Con ese cambio el problema de la retrogradación, como se le llamaba al va y viene planetario, quedaba explicado fácilmente por las posiciones relativas de los planetas, la Tierra incluida, respecto del Sol. Pero su propuesta no tuvo mayor aceptación, entre otras cosas porque resultaba contraria al sentido común. Y porque chocaba con la opinión de la mayoría de los académicos de entonces —continuó la mujer, mientras que a sus espaldas, todos los ojos del radiotelescopio giraban lentamente cambiando el foco de su atención.
—Más tarde, cuando la iglesia católica consideró que, como la humanidad era la gran obra de Dios, entonces su morada debía ocupar el centro de la creación, quedaron establecidos mil años más de geocentrismo. En los hechos, sin embargo, tan poco respetuosos de los dogmas, los planetas seguían retrogradando. De modo que durante todo ese tiempo, en un gran esfuerzo por mantener el mandato de la jerarquía y a la vez dar cuenta de la retrogradación, los astrónomos debieron incorporar al sencillo modelo de circunferencias perfectas otros artificios, tales como epiciclos, deferentes y ecuantes —dijo la astrónoma, mientras garabateaba en un papel un simplificado esquema de lo que iba mencionando.
—A la vez, a medida que la curiosidad y la inventiva humanas permitieron mirar más lejos, con más detalles y mayor precisión en las observaciones astronómicas, se hizo necesario agregar al empecinado modelo geocéntrico crecientes cantidades de aquellos artificios, hasta que todo el sistema explicativo llegó a convertirse en una maraña caprichosa e incomprensible. Así, la resistencia de los interesados se volvió insostenible. Entonces Copérnico retomó a Aristarco, la Tierra cedió su lugar al Sol y el misterio de las retrogradaciones se disolvió junto con todos los artificios —dijo Deborah Ruiz, concluyendo su apretada síntesis histórica.
—Encuentro que hay una muy asombrosa correspondencia entre los intentos por sostener ambos sistemas, el geocentrismo por un lado y el capitalismo por otro, a pesar de corresponder a materias tan disímiles. Para empezar, en ambos casos se partió, como no podía ser de otra manera, del sentido común y lo evidente para explicar la realidad. En ambos casos, no obstante, con el transcurso del tiempo esas explicaciones se tornaron inadecuadas. También en ambos casos se encontraron mejores explicaciones, pero la conveniencia del poder intervino para mantener el statu quo. Finalmente, en ambos casos se ha recurrido a un fárrago de artificios para sostener lo insostenible. El tiempo de la verdad por decreto parece haber terminado en el campo de la astronomía. En cambio los epiciclos, deferentes y ecuantes del sistema capitalista, parcialmente enumerados por el Dr. Aldworth, siguen en pie y en aumento, atiborrándose y haciendo inexplicable lo que es tan simple como un paquete de galletitas —concluyó Deborah.

—Hasta aquí la reflexión de Deborah —dijo Jim, y la imagen de la mujer dio paso a la de una estantería con decenas de libros, entre los que, por un acercamiento de la cámara, destacaron los tres tomos de El Capital—. Pasemos al segundo comentario que hemos elegido.
—”Vuestro análisis del tema de las galletitas es una burda simplificación”, nos dice el también profesor de economía Dr. Peter Grenz, que se declara marxista. —informó ahora Jim.
—”Como ha quedado muy bien establecido en la magistral obra El Capital, el problema se llama sobreproducción, y se debe en esencia a la tendencia a la baja de la tasa media de ganancia, derivada de la competencia entre empresas”, nos explica pedagógicamente el profesor Grenz, y hace un desarrollo del tema con profusión de términos técnicos que sería largo y tedioso reproducir aquí. “Lean a Marx antes de hablar, burros”, nos recomienda finalmente, entendemos que no sin afecto. “Y antes a Ricardo, a Sismondi, a Say, a Bray” nos invita también el connotado académico, y mostrando vivo interés por nuestro currículum, nos pregunta “¿Dónde les han publicado algo antes, en Vogue?”—completó su lectura el ya no aspirante a presidente.
—Los dejo ahora con Anna y Mike, que comentarán la observación del Profesor Grenz —dijo Jim, al tiempo que los nombrados se levantaban para enfrentar a la cámara.

—Quienes integramos el grupo The Dogged agradecemos al Dr. Peter Grenz su intervención, representativa de algunos otros cientos en diversos idiomas. Lo hacemos sin ironía: su comentario resulta de gran utilidad, pues a diferencia del Dr. William Aldworth, que se ubica claramente entre los defensores del sistema y sus intereses, él lo hace desde una posición crítica, en tanto que marxista, según sus propias palabras. Lo valoraremos en dos aspectos diferentes: en primer lugar como interpretación de la teoría, y en segundo lugar como aporte para la comprensión del problema por parte de los no especialistas —dijo la joven, y le cedió la palabra a su compañero.
—El Dr. Grenz invoca un tema desarrollado por Karl Marx, relativizado en su momento por el propio autor como explicación de las recurrentes crisis de sobreproducción, y considera agotado el asunto.
—Preguntamos —dijo Mike, y la cámara giró para mostrar también el texto que surgía en la pantalla a su izquierda.
—Primero: si acaso los capitales que compiten entre sí completaran el proceso de centralización en curso, hasta el punto de constituirse en un único capital global, ¿no desaparecería por completo la competencia, o quedaría reducida a una ficción, ya también en curso, entre marcas de fantasía destinadas a mantener la ilusión de libre elección de los consumidores?
—Segundo: desaparecida la competencia real ¿no desaparecería con ella la necesidad de aumentar indefinidamente la inversión en medios de producción cada vez más sofisticados y caros destinados hoy a aventajar a la competencia?
—Tercero: siendo así ¿qué es lo que impulsaría la tendencia a la baja de la tasa media de ganancia?
—Cuarto: sin embargo ¿no seguiría el famoso plustrabajo, para usar la terminología que el Dr. Grenz prefiere, sin poder realizarse en el mercado? O sea, para decir lo mismo en otros términos: ese trabajo no pagado, las galletitas del ejemplo replicadas a cualquier tipo de producción que queramos imaginar, ¿no permanecerían sin poder venderse?
—Quinto: finalmente, la consiguiente acumulación de bienes de todo tipo, a la corta o a la larga, ¿no detendría la maquinaria de producción provocando el inicio de una crisis? —finalizó Mike su planteo.
—Las respuestas, para nosotros correctas, son sucesivamente sí, sí, nada, sí, y sí —dijo Anna, y sus asertos fueron apareciendo en un recuadro pequeño al final de cada pregunta —. Los razonamientos de Jim, que eran parte del guion previsto originalmente para el día de hoy y que fueron publicados el lunes pasado en la página de la serie, conducen a la misma conclusión sin necesidad de tecnicismos —concluyó Anna, y miró a Mike, que retomaba la palabra.

—Como no todos tienen porqué saber, Marx fue un hombre que dedicó su vida a entender y explicar la economía capitalista. Se esmeró en mantener una actitud “científica”¬¬—Mike entrecomilló la palabra con un gesto de los dedos de ambas manos— es decir, en partir de los hechos observables y no de prejuicios o deseos personales. Lo que no significa, desde luego, que careciera de intencionalidad. Necesitaba ser estricto y más que estricto, para no errar en sus vaticinios y para no dejar falsas vías de escape a los defensores de ese orden social. En su afán explicó muchas veces una misma cosa, desde ángulos o niveles de abstracción y generalidad diferentes—agregó, mientras en la pantalla se representaba el hojear de un grueso libro mediante animación.
—Como no se trata de un dogma, sus resultados han sido y siguen siendo debatidos, refutados o confirmados. Pero existen “marxistas” demasiado atentos a ver en “me sobra un ojal” y en “me falta un botón” — y Mike volvió a recurrir al lenguaje de sus dedos— afirmaciones irreconciliables en grado suficiente como para llenar libros y libros de polémicas teóricas. Son muy útiles para obtener crédito académico o alguna forma de reconocimiento, y tienen efectos sociales nefastos: en lugar de colaborar para hacer visible y reconocible el huevo de la serpiente, sirven para que propios y extraños vean la economía como un asunto inaccesible al común de los mortales. La teoría deviene juego para unos, y extraordinario regalo para quienes llevan el mundo a la ruina —concluyó.

—En suma, para quienes integramos The Dogged, el problema de las crisis económicas, con todas sus secuelas, se explica con la figura del mazo de póquer de Mack, que remite a la necesidad junto con la imposibilidad del sistema del capital de vender lo que no dará a las palomas. Ni, obviamente, a los trabajadores, porque entonces el capitalismo dejaría de serlo, y sus beneficiarios de vivir del trabajo ajeno— sintetizó Anna.
—La falla del sistema capitalista es una falla de fábrica, por así decir— insistió su compañero —Es una falla que se encuentra en su misma base, en su primer peldaño: si a la par que se producen bienes se sustrae una parte de los medios necesarios para comprarlos, la cosa sólo puede funcionar por un tiempo y para algunos sectores a expensas de otros, pero no como totalidad—finalizó.

—Tomando la feliz alegoría de Deborah, hay que sacar del centro al mercado y poner en su lugar la producción de lo que el conjunto social defina como necesario y beneficioso para todos —concluyó Anna.

—En este tercer caso nos limitaremos a leer el comentario que hemos elegido, aportado por Abdel Sahil desde Marruecos, y se verá al final a qué apunta —expresó Mike, mientras en el televisor a su izquierda comenzaba a discurrir una monótona secuencia de sumas en grandes caracteres. A un lado un reloj marcaba el tiempo en minutos y segundos.
—Según una conocida anécdota, en cierta ocasión un maestro rural les pidió a sus alumnos del tercer grado que sumaran todos los números del 1 al 100, esperando con eso mantener a sus ruidosos estudiantes entretenidos unos quince o veinte minutos. Pero no habían transcurrido dos cuando uno de ellos dijo algo como “¡Ya está!” y entregó el resultado, que para gran sorpresa del maestro era el correcto. Al preguntar al niño cómo lo había obtenido, éste declaró haber notado que juntando el 1 con el 100, se obtenía 101. Lo mismo con 2 con 99, 3 con 98, y seguiría así hasta llegar a 50 con 51. O sea que había 50 pares de suma 101, que es 5050. El niño, de apellido Gauss, fue luego un matemático muy conocido —leyó Mike, e hizo una larga pausa al tiempo que la secuencia de sumas se detenía mostrando 406+29 = 435, 435+30 = 465, 465+31 = 496 y el reloj marcaba 2:07.
—En lugar de lanzarse presuroso a hacer lo que ya sabía hacer, nos señala con énfasis Abdel, el joven Gauss se entretuvo sobrevolando el problema unos segundos, y ahorró con eso mucho tiempo —finalizó el integrante de The Dogged.

—Hemos tenido la fortuna de que esta serie despertara un gran interés en personas de todo el mundo—dijo Jim, mientras la cámara se acercaba para tomarlo en primer plano—. Descubrir que vivimos en un orden social y económico viciado desde el interior, que desemboca sin remedio en crisis recurrentes, con sus secuelas de desigualdad, de miseria, de violencia, hasta el extremo de llevar a la guerra, provoca en muchas de esas personas dos cosas: la certeza de que esto hay que cambiarlo, y las ganas de hacerlo. Han surgido entonces muchas propuestas, en distintos países, que van desde impulsar la desobediencia civil; hacer notas a los gobiernos en todo el mundo; convocar a urgentes reuniones o foros para decidir qué hacer; armar partidos políticos; afiliarse a tal o cual partido ya existente; hacer actos callejeros; dejar de pagar impuestos; y muchas otras—dijo, he hizo una larga pausa.
—Sin embargo, necesitamos que más y más gente logre internalizar el problema, que es global, para internacionalizar la solución, que habrá también de ser global. En lugar de lanzarnos a hacer lo que ya sabemos hacer, perdamos tiempo al estilo de Gauss.
—Como saben, esta peluquería cerrará por ahora, de modo que ya no la emprenderé con la cabeza de nadie —dijo Jim con una sonrisa pícara, remarcando el final de la frase—. Usaremos un local más grande, y lo haremos entre todos —agregó—. Es mi aspiración. Compartida por muchos, y al parecer contagiosa —dijo sonriente, mirando a sus compañeros, y los tres, de frente a la cámara, se juntaron en un abrazo por encima de los hombros.
—Queridos colegas, ¡Manos a la obra!—finalizó.

El levantamiento de la serie An odd barber no disminuyó el interés que se había generado. Muy por el contrario, se multiplicaron los grupos que difundían y debatían los temas tratados, con especial interés en el tema económico, cerrado de apuro en el séptimo y último episodio. Las redes sociales continuaron siendo ámbito preferencial de los intercambios entre personas de los lugares más distantes, pero también se generaron grupos locales con reuniones presenciales periódicas, cuyos debates se sintetizaban y subían a las redes. Inicialmente, como era esperable, ocupó bastante atención un problema relacionado con el funcionamiento de los grupos y la dinámica de los debates: cómo evitar que organismos estatales o simples cultores del escepticismo metieran la nariz en los foros, blogs, reuniones y las múltiples formas en que se establecían los intercambios. Sin embargo pronto resultó claro que intentar evitarlo era una tarea tan imposible como innecesaria: los trolls, en su impotencia para desviar los ejes de debate de una sociedad que se mostraba resuelta a desenrollar la madeja hasta el final, entraron en un estado de desesperación tal que terminaron cayendo en el ridículo. Simplemente, se los ignoraba.
El surgimiento de nuevos grupos coincidió con un retorno bastante repentino pero nada casual de las manifestaciones callejeras: el Fondo Humanitario Internacional había, precisamente, tocado fondo. La asistencia económica que brindaba fue suspendida “hasta que las cosas mejoren”, según la expresión de sus autoridades. La promesa resultó un tanto incierta para la desesperación de las multitudes que, incluso en los países del llamado primer mundo, intentaban completar su dieta examinando de noche los tarros de basura, como hacían desde largo sus congéneres del subdesarrollo. Así las cosas, era esperable que la aparición de nuevos grupos que se reunían para discutir “eso del capitalismo” y las cada vez más frecuentes manifestaciones callejeras se potenciaran mutuamente: a los millones que en las grandes metrópolis del mundo o, a su escala, en ciudades y pueblos de los cinco continentes retornaban a las calles por la desocupación y la crisis que, si bien preexistentes, resultaron largamente agravadas durante la pandemia del COVID-19, se sumaba la participación de los grupos que se reunían presencial o virtualmente con voluntad de entender mejor de qué iba la cosa, y qué salidas podían esperarse. A su vez, la difusión callejera en cánticos, pancartas e intervenciones orales de consignas elaboradas en esos grupos de debate atraía la atención de otros manifestantes, constituyéndose en fuente de nuevos miembros para los grupos.
Efectivamente, la sociedad humana iba quedando intervenida aquí y allá, por todas partes, por agrupaciones de personas que habían ya echado una ojeada a las entrañas del monstruo.
Los gobernantes, por su parte, intentaban resolver la situación con las no tan novedosas promesas de soluciones inminentes combinadas con llamados a mantener el orden, reforzados éstos con gases lacrimógenos; balas de distintos materiales; disuasores acústicos y múltiples dispositivos diseñados para una reeducación social rápida. Lo magro del resultado, sin embargo, no daba lugar a cambios en los métodos, antes bien a mayores dosis de lo mismo.

— ¿No son como termitas?— preguntó Sarah en la reunión de The Dogged un nevoso domingo a la mañana, entusiasmada, en momentos en que evaluaban la proliferación de grupos de debate en torno a la serie.
— Me recuerdas a mi madre hablando con sus amigas de nosotros, tres pequeños párvulos que apenas gateábamos— ironizó Tyler.
— Me temo que a tus termitas les queda comida para rato — agregó Matthew, cuyas canas incipientes acusaban el tiempo transcurrido desde aquellas primeras reuniones del grupo, a sus por entonces flamantes veintiséis.

Sarah y sus compañeros de The Dogged podían estar muy satisfechos con los resultados de An Odd Barber: la aparición posterior de cientos de grupos constituía un paso importante en dirección a aquello de que “la teoría se convierte en poder material tan pronto se apodera de las masas”, según expresara con lenguaje de su época un aplicado estudioso del así llamado capitalismo. Sin embargo, no ignoraban que hacía falta más: encontrar algo así como la dovela clave, y estar en condiciones de removerla. De modo que continuaron vinculados y atentos a los intercambios que se producían en los grupos, en su mayoría destinados a coordinar la participación en nuevas acciones callejeras. Una de las propuestas, sin embargo, no consistía en un llamado a la acción directa y pasó prácticamente desapercibida, aunque no para todos: fue removida al día siguiente de su aparición. Mientras tanto la ya desbocada represión, que en muchos países había generado heridos de gravedad y víctimas mortales, no lograba impedir las multitudinarias movilizaciones.
Pero no todos estaban en la calle: luego de poco más de un mes de trabajo, un reducido grupo de voluntarios expertos en informática dio por finalizado el software de encriptación que les había sido encomendado. Ya con el recurso disponible tomó un tiempo relativamente breve armar el primer nivel de confianza, a cuya consideración se sometería el plan que tuviera su origen, justamente, en aquella propuesta de existencia fugaz, al menos en su versión pública. Los contactos privados entre miembros de lo que habían llamado nodos, de los cuales había ya varios miles, realizadas a lo largo de los últimos meses, facilitaron la tarea de selección de esos primeros seiscientos integrantes.

Previo al inicio de la pandemia de COVID-19 el llamado teletrabajo se circunscribía a unas pocas actividades: servicios de call centers; tareas de oficina; operaciones de mercadeo; empresas desarrolladoras de software; diseño arquitectónico y algunas otras pocas actividades. Luego, en un primer momento del aislamiento forzoso, otras empresas e instituciones buscaron sostener su actividad recurriendo a las llamadas TIC´s. Esta demanda de apoyo técnico provocó a su vez una explosión de empresas de tecnología dedicadas a brindar el servicio, y, en un proceso que se retroalimentó aceleradamente, las Tecnologías de la Información y la Comunicación, en conjunción con el llamado Deep Learning y la robótica, crearon herramientas e instrumentos capaces de cambiar radicalmente las formas del trabajo humano. Y, merced a la codicia, lo hicieron: se inició una segunda oleada de migración al teletrabajo cuando los CEO´s, siempre atentos a cualquier forma de aumentar ganancias, decidieron que el fin de la pandemia no tenía por qué detener un proceso que permitía aumentar la precarización laboral y liquidar definitivamente a las ya bastante alicaídas organizaciones de trabajadores. Así, la poderosa herramienta tecnológica permitió que casi toda actividad productiva o especulativa fuera ejecutada en forma domiciliaria, con un software cada vez más sofisticado e interdependiente. Desde las actividades de siembra y cosecha; la operación de pozos petroleros y gasíferos; el control de tráfico aéreo; la recolección de residuos urbanos e industriales; el asesoramiento legal; el manejo de las granjas de cerdos, aves y vacunos; la navegación marítima de pesca y transporte; la educación; la elaboración de alimentos; las industrias mecánica, química y electrónica; la atención médica; el trabajo bancario; el transporte urbano; el manejo de las centrales eléctricas; la entrega de pedidos a domicilio; las operaciones portuarias de carga y descarga, y todo aquello de cuanto dependía la dinámica del sistema pasaron a realizarse mediante teletrabajo. Nada quedó fuera de la reconversión al trabajo a distancia. Sumado a ello la digitalización completa de los medios de pago. Como era inevitable, al histórico escamoteo de una parte del trabajo realizado se agregaba ahora la creciente expulsión de trabajadores del circuito productivo, lo que no impedía a los capitalistas continuar con entusiasmo la carrera, ahora con aceleración extra, hacia la siguiente crisis: los robots, es sabido, no estilan salir de compras. Las protestas por el desempleo, cada vez más frecuentes y numerosas, demostraban palmariamente que la innovación tecnológica no reemplazaba cada puesto de trabajo desaparecido con nuevas actividades productivas, pese a las promesas de directivos y gobernantes. Nuevas expresiones de ludismo habían surgido ya en los debates en los grupos, pero el repaso de la experiencia histórica hizo que no prosperaran.

— Después de analizarlo y discutirlo mucho en nuestro grupo presencial queremos compartir una propuesta que, creemos, funcionará— decía Nozomi, una joven residente en Tokio, en aquel mensaje que fuera tan prontamente sacado de circulación— Pero antes de hacerla pública nos parece prudente hacer una primera ronda de consultas. De haber aprobación preliminar nos llevará tal vez algunos meses evaluar posibilidades a nivel internacional y luego poner a punto la organización y coordinación de las acciones. Una vez asegurados del funcionamiento, entonces sí publicar de modo abierto: tiene que involucrarse todo el mundo, literalmente. Si logramos eso ya no tendrán forma de frenarnos— afirmaba.

Una vez que el software de encriptación estuvo disponible y el primer círculo de confianza armado, y contrariamente a la previsión de Nozomi, en apenas algo más de tres semanas estaba ya listo un esquema bastante detallado de plan. La siguiente etapa consistía en exponerlo a todos quienes deberían tener un papel activo en la ejecución, y eso abarcaba a millones de personas. Obviamente, en esta etapa sería imposible mantener el secreto, de modo que había que correr contra el reloj. No obstante, las mismas razones que habían dado pie al surgimiento del plan dejaban pocas posibilidades de neutralizarlo a los dueños del poder económico, político y militar.

— La coordinación regional de China se comunicó hoy— informó Claire en una reunión de The Dogged convocada de apuro un miércoles a la noche — Tienen listo el relevamiento con el detalle de las cadenas de vínculos, y quedaron en enviarlo a todos los nodos para completar la base de datos. Si no hay observaciones, se iniciaría la simulación de la primera fase mañana mismo. Creen que puede llevar varios días de cómputo.
También está listo el proyecto de Declaración con que se iniciará la huelga, y lo ponen a consideración.
“”La voz que vais a sofocar será más poderosa en el futuro que cuantas palabras pudiera yo decir ahora ” predijo August Vincent Theodore Spies segundos antes de quela puerta trampa se abriera bajo sus pies y muriera ahorcado, al igual que otros tres hombres junto a él, víctima de un estado al servicio del orden capitalista. ¿El delito? Ser parte del reclamo por la jornada laboral de ocho horas, que aquel 1° de Mayo de 1886, tras décadas de negativas, los trabajadores organizados decidieron respaldar con el llamado a una huelga general.
Hoy, como todos los 1° de Mayo, en el mundo entero y con la sola excepción de un puñado de países, entre ellos el que perpetró este y muchos otros crímenes por aquellos días, homenajeamos su lucha. En los Mártires de Chicago se simbolizan seguramente muchas cosas, pero son dos las que sobresalen: la carencia de cualquier escrúpulo con que la clase propietaria y sus servidores son capaces de defenderlos privilegios que detentan por un lado; y la digna lucha por sus derechos de que es capaz la clase trabajadora cuando adquiere conciencia de sí misma y de su situación. En aquella huelga y sus resultados se condensa la imposibilidad de hacer funcionar sin violencia un sistema basado en dos pilares de intereses contrapuestos, los del capitalista y los del asalariado, el ladrón y el robado.
Hoy, a poco de cumplirse siglo y medio de aquellos asesinatos, esta enfermedad social llamada capitalismo está en su etapa terminal: o procedemos a una cirugía radical o perecemos. El desarrollo de sus contradicciones internas ha llevado al sistema al paroxismo de la violencia, que, ahora es más evidente que entonces, no sólo es contra la clase trabajadora y el conjunto mayoritario de la humanidad, sino contra el planeta entero.
De haber logrado modificar el rumbo con una módica corrección de apenas un grado por cada año transcurrido desde que fuéramos advertidos, como ciertos idealistas esperaban y prometían, hoy la humanidad no se dirigiría, como sucede, a la barbarie y la desaparición: avanzaría en la dirección contraria. Pero finalmente nos hemos convencido. Si hasta ahora, a lo largo de la historia, todos los intentos por cambiar de dirección fueron abortados con la violencia del engaño, la manipulación y, llegado el caso, de la fuerza bruta, entonces es tiempo de ir a la raíz del problema. Para mantener las cosas en su sitio, es decir, para mantener la opulencia y su hermana siamesa, la miseria, los poderosos del mundo no se han privado de apelar, incluso, a las guerras, fueran parciales o mundiales. Pues no vamos a esperar el tercer crimen contra la entera humanidad y el planeta: todos conocemos el pronóstico de Albert Einstein. Tampoco hay tiempo ya para intentar cambios graduales. Es hoy. Ahora. Este Primero de Mayo no se agotará en un homenaje: hoy, exactamente hoy, comienza ese futuro que anunciara August Spies hace tantos años.
Hoy, como aquel 1° de Mayo de 1886, comienza una huelga general. Pero, a diferencia de entonces, esta vez no pedimos nada. La huelga no es un reclamo. Tampoco intenta reemplazar a los actuales gobernantes por otros gobernantes. Cuando esta huelga concluya no existirán gobernantes ni gobiernos de ninguna especie. Durará hasta que no quede nadie en condiciones de dar órdenes, y nadie en condiciones de cumplir órdenes previas.
Nos organizaremos para administrar las cosas, no para controlar a las personas.
Hoy iniciamos una nueva era para la humanidad”— concluyó Claire su lectura del mensaje encriptado.

La herramienta necesaria para la ejecución de esa huelga estaba ya lista y en manos de quienes la llevarían a cabo: la red mundial de conexiones con las que, mediante el teletrabajo, se operaba el conjunto del sistema.
Y la dovela clave sobre la que se aplicaría esa herramienta en el momento inicial de la huelga ya venía siendo analizada en los grupos: el dinero. Para focalizar el caos en donde realmente se deseaba y evitar que se volviera contra la misma sociedad, durante la huelga sólo se anularía su función como reserva de valor. Posteriormente, cuando se hubiera ya reorganizado la producción, desaparecería también su función como medida de valor y medio de cambio. No más dinero ni fetiche alguno en su reemplazo.

La huelga planetaria contemplaba tres fases.
Primera fase: Inmediatamente después de difundir la Declaración se procedería a
I) Eliminación de todos los registros bancarios, lo que se lograría formateando los servidores de las llamadas Soluciones de Core Bancario, que interconectan la banca global bajo la forma del Intercambio en tiempo real centralizado.
II) Intervención de los registros de cotización de todos los mercados financieros y bursátiles, asignando a cada activo financiero y a cada acción valores arbitrarios obtenidos a partir de un generador de números aleatorios, que serían modificados sin regularidad varias veces por minuto.
III) Asignación, a cada persona que dispusiera de una cuenta bancaria, de una suma fija equivalente a cinco veces el costo de vida mensual promedio entre los cinco países de mayor PIB.
Esta fase sería ejecutada en la primera hora del 1 ° de Mayo y no habría otras acciones contra las estructuras del sistema durante el resto del día, con objeto de permitir a los gobiernos constatar el alcance global del ataque y evitar así las esperables acusaciones mutuas y la disparada de represalias armadas inmediatas. En cambio sí se haría la difusión pública de los propósitos de cada acción y se informaría de la implementación, a partir del segundo día de la huelga, de una previsión indispensable: a quienes no dispusieran de una cuenta bancaria en la que acreditar la asignación inicial, temporaria y destinada a cubrir las necesidades durante la transición, se les abriría una tan pronto la solicitaran. Para regiones rurales y del llamado tercer mundo donde no existiesen instituciones bancarias se habilitarían centros de abastecimiento administrados por los nodos más cercanos, que tendrían la tarea de recabar las necesidades más urgentes y tramitarlas mediante la Coordinación de nodos.
Esta primera fase cumpliría con varios objetivos: conmocionar los pilares del sistema; dar tiempo a los países centrales y sus organismos subordinados a tomar dimensión de la hecatombe económica, luego de lo cual se haría visible su capacidad de reacción ante lo que, supondrían, se trataba de una embestida única; y mostraría a la sociedad la fuerza de que se disponía, el alcance de la organización y la radicalidad del proceso iniciado.

La segunda fase de la huelga, calibrada en función de las reacciones del poder y del impacto sobre el conjunto social, contemplaba:
I) Bloqueo de las comunicaciones de toda sede de gobierno central y de toda dependencia oficial, abarcando internet, telefonía celular y fija y medios radiales, estos últimos neutralizados alterando las claves de encriptación. Igual intervención sufrirían las comunicaciones militares, policiales y del resto de las fuerzas estatales de seguridad.
II) Bloqueo de todo tipo de suministros a las instalaciones de las fuerzas armadas y de seguridad, incluyendo munición, armas y pertrechos, combustible, energía eléctrica y alimentos. Las cuentas bancarias individuales del personal tendrían el mismo tratamiento anunciado para el conjunto de la ciudadanía, pero sólo se activarían contra la entrega del armamento en las bocas de recepción móviles habilitadas a ese efecto, montadas en los camiones de caudales, a la sazón ociosos.
III) Activación de las brigadas de voluntarios, ya conformadas en los grupos de debate, para iniciar las tareas de reorganización de la producción sobre bases en las que el fantasmagórico mercado ya sería parte de la prehistoria humana.

Esta segunda fase comenzaría previsiblemente el segundo día de huelga, cuando los distintos gobiernos estuvieran ya implementando estrategias para retomar el control, pero podía adelantarse según el desarrollo de los acontecimientos. El delicado manejo de los tiempos resultaba de un compromiso entre la necesidad de evitar la reacción armada a ciegas, muy previsible en el precario equilibrio en que se encontraba desde hacía tiempo el mundo, y la necesidad de frustrar intervenciones que permitieran retomar el control, así fuera parcial, por parte del poder establecido.
La duración de esta fase no podía anticiparse, pero sí las condiciones para su finalización: el cese de cualquier tipo de pretensión de autoridad estatal. Y cuando, enfrentados a su propia impotencia para controlar la situación los gobernantes dejasen de serlo, convirtiéndose en abstracta la propia noción de gobierno, entonces las relaciones de dominio basadas en la propiedad quedarían sin su respaldo material: los esfuerzos de empresas, corporaciones y terratenientes por imponer autoridad y privilegios devendrían mera gesticulación.
Habría llegado finalmente el tiempo en que las decisiones sobre la producción estuvieran en manos de quienes producen, y encarar la gran obra de organizarla sobre la base de satisfacer las necesidades comunes del conjunto social. Desde luego, esto no satisfaría por igual a todo el mundo: aquellos cuya máxima aspiración era comer dos veces por día reaccionarían al cambio de modo diferente que aquellos cuya aspiración mínima era navegar en nuevo yate propio todos los veranos. Sería simple de resolver, sin embargo: por mayoría. Y en ese conteo de intereses tendrían el mismo peso las necesidades humanas y las de la nave en que esa humanidad viaja, junto a tantos otros tripulantes, por el espacio y el tiempo.

La tercera y última fase estaba reservada para el caso en que uno o varios gobiernos lograsen mantener el control de la fuerza y con ello abortar el proceso en curso. En este caso, según se había evaluado concienzudamente, sólo quedaba quemar las naves: se haría colapsar de manera irreversible la totalidad de la infraestructura de provisión de energía. No se trataba de la mera salida de servicio de las mayores centrales térmicas y nucleares, sino de la definitiva inutilización de las plantas de generación, de los sistemas de redes interconectadas y de las estaciones transformadoras. Llegar a esta etapa implicaba un punto de no retorno: junto con las gravísimas consecuencias que desencadenaría la supresión repentina y absoluta de las fuentes de energía, con reacciones sociales impredecibles, la red de activistas perdería toda posibilidad de comunicación.
En realidad, de llegarse a esta fase sólo se habría anticipado el momento del daño: la máquina capitalista ya había entrado en su fase terminal. Automatización mediante, eliminar gran parte de la masa de trabajadores y gran parte de la masa de consumidores eran las dos caras inseparables de una misma moneda. La crisis económica asomaba entonces con una gravedad sin precedentes, combinada con una destrucción de la naturaleza también inédita. Y aunque los intelectuales del sistema eran conscientes de esa realidad, actuaban con el fatalismo de quien sabe que no hay alternativas. A menos, claro, que hicieran lo único que nunca harían: salir del sistema. Pero, aunque tan destartalada como una vieja locomotora a vapor, esa maquinaria seguía siendo una mole con toda su inercia, tardaría mucho en detenerse, y era muy posible que al hacerlo no quedara nada en pie: había que pararla, llegado el caso, por destrucción.

— La simulación dio su veredicto. Las tres fases son ejecutables y se garantiza el resultado de la primera y la tercera. No es posible cuantificar la segunda debido a los imponderables, que obviamente sólo conoceremos a partir del primer día de la huelga, pero el resultado superó por lejos los requisitos de mínima. Según lo acordado, dentro de ocho días, exactamente a las 00:00:00 UTC del 1° de Mayo, se ejecuta— rezaba la transcripción de otro mensaje, esta vez procedente de Alemania— Un saludo desde Tréveris— finalizaba.