Por Hernan Pizarro |hernanpizarro56@hotmail.com>

Colombia comparte la historia con los países coloniales del mundo, que fueron incorporados al sistema capitalista como periferia. El colonialismo ha dejado una gran deuda social en estas regiones. Los ideales de libertad, fraternidad e igualdad, no fueron logrados en el mundo; las propuestas del estado de derecho, de republica constitucional y de sociedad democrática, quedaron en fallidas promesas, útiles apenas en el momento de los manipuladores discursos oficiales. 

El proyecto fundacional bolivariano, esfuerzo de la gesta libertadora del Siglo XIX, fue perseguido, derrotado y desmontado; las élites gobernantes devinieron en una oligarquía, minoritaria, traidora, violenta, corrupta e incapaz de resolver las reales, históricas y sentidas necesidades de la población. 

El avance histórico y las luchas revolucionarias durante el Siglo XX, nos llenaron de experiencias siempre valiosas. A lo largo de nuestra historia, la oligarquía, por su esencia, ha estado incapacitada para realizar la democratización de la sociedad; tampoco los revolucionarios, por sus opciones y definiciones, han podido, ser protagonistas para liderarla.  

De ese desencuentro de país tenemos un conflicto que nos ha desangrado con mayor crudeza en los últimos sesenta años. Por eso, los acuerdos de paz firmados con un sector de la insurgencia, se constituyen en uno de los acontecimientos políticos más importantes de nuestra historia y abren opciones para un mejor estar de la población colombiana. 

Para poder poner la sociedad a su favor, el pueblo colombiano tiene que enfrentar las fuerzas de la derecha, consolidadas institucionalmente y socialmente por una siniestra alianza de la oligarquía, los narcotraficantes y el imperialismo, que ejercen un poder abusivo y violento, que oprimen y manipulan al pueblo y lo mantienen en la postración, mediante medidas económicas, políticas, administrativas y judiciales, lesivas y coercitivas y con el asesinato de los contradictores políticos, sin límites éticos, morales y judiciales. 

Para contrarrestar esos poderes, es necesario que las fuerzas revolucionarias                asumamos la responsabilidad ante la historia y el pueblo y nos dotemos de estructuras organizativas fuertes, capaces de difundir opiniones unificadas acerca de la vida nacional e internacional, que motiven al pueblo hacia el cambio del poder social y que correspondan con la democratización que necesita hoy la sociedad colombiana. 

Para ello se debe partir de diagnósticos locales, nacionales y mundiales acerca de los aspectos sociales, así como del estado de las diferentes fuerzas de izquierda y de derecha, para que sobre tales análisis desarrollar propuestas y acciones que unifiquen a los que desean un cambio y que sean difundidas y apropiadas por los actores llamados a ser revolucionarios. 

Es urgente que las acciones se expresen en listas únicas nacionales y locales, definidas mediante la más amplia democracia desde las organizaciones, con miras a las elecciones del 2022. A fortalecer, enriquecer y hacer realidad es el fin de este llamado. 

Colectivo la unidad es el camino