Por Víctor de Currea-Lugo / Enero 4 de 2020

Donald Trump dio la orden de asesinar al jefe militar de Irán encargado de las fuerzas que cumplen tareas fuera del país, algo así como el jefe del componente militar de las relaciones exteriores, el general Qassem Suleimaní, quien estaba en suelo iraquí.

La primera razón es que se trata, casi, de un invasor. Vale aclarar que ese general y otros muchos iraníes están en Irak y en Siria con el beneplácito de las autoridades. Puede ser que no nos guste su presencia allí, pero en rigor no están en el desarrollo de una invasión, como la que sí hizo Estados Unidos en Irak hace ya 17 años.

El general era musulmán del credo chií. Y no se trata de una precisión marginal, sino que es también el reflejo de una estrecha relación entre estas tres sociedades, a través, entre otras cosas, de la fe chií que comparten la inmensa mayoría de iraníes, más de la mitad de los iraquíes y el gobierno de Siria (hay un debate sobre qué tan chií es el gobierno sirio, pero no es motivo de esta reflexión). Mucho antes de la construcción de los Estados actuales de Oriente Medio, la identidad estaba dada en la religión, incluso más allá de la cultura (persa o árabe).

Otra razón que da Estados Unidos es que se trata de un terrorista. No conozco en detalle el trasegar del general ni pretendo ser su abogado defensor, pero Suleimaní era un oficial de alto rango de un Estado reconocido por la comunidad internacional. Asesinarlo de esa manera no es solo una violación al debido proceso sino una afrenta al Estado al que pertenece. Es muy larga la lista de oficiales israelíes y estadounidenses involucrados en actos de terrorismo en muchas partes del mundo ¿estaría bien asesinarlos en cualquier calle?

Vale, además, anotar que Suleimaní fue uno de los responsables de la derrota del Estado Islámico en la región ¿Por qué asesinar a uno de los principales líderes en la lucha contra esa organización terrorista? Por tanto, reducirlo a un terrorista es por lo menos maniqueo. Que haya luchado contra el Estado Islámico no lo absuelve de potenciales responsabilidades en otros actos, pero cuenta y mucho. Este argumento falaz se alimenta de la convicción que todo musulmán es terrorista.

Un tercer argumento sería su presencia en Irak. Suleimaní fue, como ya dijimos, el jefe de una fuerza élite llamada Al-Quds, que es la rama de la Guardia Revolucionaria iraní que cumple tareas en el exterior. Al-Quds traduce “la sagrada” y es el nombre con que los musulmanes se refieren a la ciudad de Jerusalén.

Irán influye en Irak por varias razones: comparten una extensa frontera, en Irak están las ciudades sagradas chiíes de Nayaf y Karbala, más de la mitad de los iraquíes son chiíes, y allí se dieron grandes batallas contra el Estado Islámico. Irak fue ocupado en 2003 por Estados Unidos, para quedarse con el petróleo y echar de allí a un árabe-suní: Sadam Huseín. En remplazo pusieron en el poder a los kurdos y a los chiíes, que en el pasado habían sido perseguidos por Sadam. Los chiíes, obviamente, fortalecen los lazos políticos y militares con su aliado religioso: Irán. Así que la presencia de Suleimaní en Irak no es un accidente. El crimen en vez de disminuir la influencia de Irán en Irak, la aumentará.

También han sugerido que Suleimaní en cuanto jefe de una fuerza regional es responsable de acciones militares en varios países, como Yemen, Líbano y Siria. Oriente Medio no debe ser visto como un cúmulo de países sino, sobre todo, como un mosaico de culturas y opciones religiosas. Así las cosas, hay una media luna chií que va desde Hizbollah (organización libanesa) pasando por el gobierno de Siria, Irak E irán, hasta Bahréin. Este eje, además, tiene una clara posición política contra Israel.

Este es un ejemplo de por qué (casi) ningún hecho de Oriente Medio puede verse reducido a unas fronteras nacionales, sino que debe ser leído en clave regional. Suleimaní había sobrevivido a varios atentados y es improbable pensar que Tel Aviv (capital de Israel) no estuviera avisada con anterioridad. La política de Estados Unidos en Oriente Medio pasa por Israel y los golpes que tenga Irán se celebran en Tel Aviv.

También ha dicho Trump que el problema central es avanzar a disminuir las tensiones y riesgos de guerra en Oriente Medio, cuando es al revés. La región se removió con este crimen (y digo crimen porque no fue un acto de guerra susceptible de ser así calificado según el derecho internacional; en precisión, no hay un conflicto armado entre Irán y Estados Unidos), hubo un impacto en las bolsas de valores, el precio del petróleo y la seguridad de la región. De hecho, Estados Unidos decidió enviar 3.000 soldados más a Oriente Medio.

Trump no estaba mirando al exterior sino a casa, donde un juicio político cursa en su contra. Está repitiendo el truco de Bill Clinton, quien optó por bombardear Irak, hace ya casi 20 años, para desviar su juicio político. Es usual buscar banderas exteriores para resolver crisis internas (el caso de la guerra de las Malvinas y la dictadura argentina es un buen ejemplo), pero es aún más grave cuando estas decisiones producen muertos y aumentan la tensión en esa minada región del mundo.

Un argumento de contexto, poco mencionado, es el supuesto desarrollo por parte de Irán de armas nucleares. Irán ha enriquecido uranio, lo que le es permitido según el articulo 4 del Tratado de No Proliferación Nuclear, del que Irán hace parte. Pero desde 2002, Netanyahu, primer ministro israelí, ha emprendido una campaña para convencer al mundo de la inminencia de la “bomba atómica iraní”. Lo cierto es que el único país que sí tiene armas nucleares en la región es Israel. En 2015, Irán firmó un acuerdo con las grandes potencias, entre ellas Estados Unidos en manos de Obama, pero Donald Trump lo rechazó y decidió hacer trizas el acuerdo.

Irán no es un país agresor, si se mira la historia por décadas, Irán ha reaccionado a ataques, como la guerra contra Irak en los años ochenta, pero no ha desarrollado acciones ofensivas. No es esperable que ahora empiece a una guerra contra Estados Unidos; así que el inicio de una confrontación militar vendría del lado estadounidense o no vendría. Lo que sucede no es una crisis de unos pocos días, sino de años. La última razón es, a mi juicio, la más cercana a la realidad: Trump es un irresponsable, irascible, que se siente acorralado y muerde por pura reacción.