Por: Cicerón Flórez Moya

La ruptura de relaciones entre Colombia y Venezuela es una decisión equivocada de parte y parte, a contravía de la historia. No tiene justificación alguna, ni siquiera acudiendo al argumento del distanciamiento político de los gobiernos de las dos naciones. Como igualmente es una actitud de provocación el cruce de agravios entre los presidentes Iván Duque y Nicolás Maduro. Esos insultos recíprocos generan un riesgo de choque armado, con la posibilidad de llegar a acciones de confrontación.

La irresponsabilidad de los mandatarios no puede alcanzar esos extremos. Sería generar una tragedia de impredecibles aniquilamientos de todo orden.

Frente a los desplantes oficiales, que se han vuelto recurrentes, se impone la intervención activa de los sectores ciudadanos que se mantienen ajenos a los actos de provocación de los mandatarios, proclives estos a las ligerezas emocionales, sin medir las consecuencias derivadas de sus estrategias desatinadas.

De otra parte, mientras se atiza la polarización, con una beligerancia desmedida, se sigue manteniendo el abandono de las zonas fronterizas. No hay políticas que promuevan soluciones a los problemas reconocidos e impulsen un desarrollo sostenible que mejore las condiciones de vida de la población. Es débil el tejido social en contraste con la comisión rutinaria de actividades ilícitas.

Esa subestimación ha tenido por resultado la acumulación de necesidades, ante lo cual debe hacerse pública la inconformidad ciudadana mediante acciones que obliguen a reconocer esa realidad perturbadora.

La convocatoria que se está haciendo para pronunciarse en demanda de soluciones a los problemas que existen en los territorios fronterizos de Colombia y Venezuela debe tener acogida en uno y otro lado. Es de interés común por todos los efectos positivos que puede generar.

Lo que se busca es cerrarle espacios a la confrontación y promover el entendimiento, la cooperación, la seguridad y el intercambio de beneficios recíprocos.

Por encima de sus diferencias Colombia y Venezuela deben hacer causa común en la educación y la consolidación de iniciativas para el mejor aprovechamiento de recursos disponibles. Se crea así una corriente de utilidad común.

Tiene que ser de interés binacional la convivencia, con lo cual se desmonta toda la infraestructura de ilegalidad. Se le cierran caminos a los grupos protagonistas de actos criminales y de las violencias con que se intimida a sectores de población indefensos.

A los Gobiernos hay que hacerles entender que importa más la integración que esa dispersión que está predominando y es causante de pérdidas considerables.

Es absurdo que entre Colombia y Venezuela se haya roto el vínculo histórico forjado desde las luchas por la independencia.

Esa causa que desató cadenas y abrió el camino de la libertad debe seguir vigente. Tiene que restablecerse con la dinámica que hizo posible la unión en el pasado. Hay que derribar el muro separatista y dejar atrás el aislamiento que se ha impuesto con todo su poder de opresión y perturbación.

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