Por Javier Claure C.*
El fútbol siempre ha sido mucho más que un deporte. Es un espejo donde los países se enfrentan para ver sus éxitos y sus fracasos en la cancha. Y este ritual desata euforias, peleas y pasiones. Un Mundial de fútbol es un gran acontecimiento social que paraliza continentes, y desvía la atención de todo lo que está pasando en el planeta. Durante las semanas de los partidos baja la productividad, las oficinas quedan vacías, muchas personas toman vacaciones; y aumentan los vuelos a los países en donde se juegan los partidos. Solo para citar un ejemplo. El periódico mexicano «El economista» señaló: «Empresas en México perderán hasta 369 millones de dólares por baja productividad en el Mundial 2026». Es decir, todas las noticias como ruptura del alto al fuego, amenazas de bombardear centrales eléctricas, puentes, estaciones de trenes, advertencias de lanzar bombas nucleares tácticas etcétera; pasan a segundo plano.
En esta distracción masiva hay un caldo de cultivo para observar ciertas irregularidades que, gracias a los videos en internet, se puede ver una y otra vez. Y cuando la balanza de la justicia deportiva se inclina de manera sospechosa y reiterada hacia la selección de un país, entonces el fútbol deja de ser fútbol y pierde su esencia. Es decir, se transforma en un espectáculo manejado por una mano negra. Y uno se pregunta: ¿estamos asistiendo a un Mundial de fútbol, o a una coronación escrita de antemano? En este sentido, me voy a referir a la selección argentina. No opinaré absolutamente nada sobre el pueblo hermano de Argentina. Que no se malentienda. No pongo en tela de juicio la estructura, el sacrificio y la capacidad, de juego en conjunto, de los jugadores argentinos. Argentina ha sido tres veces campeón mundial de fútbol. Por lo tanto, merece respeto, admiración y un puesto en el pedestal más alto del mundo futbolístico. Tampoco voy a polemizar el asombroso talento de Messi. Aunque también hay que decir la verdad. El camino que ha recorrido la Albiceleste hasta las semifinales ha sido muy duro e incierto. Han sufrido las de Caín contra Cabo Verde, Egipto, Suiza e Inglaterra. Y han ganado «a duras penas».
Lo que voy a cuestionar son los partidos que ha jugado la selección argentina en este Mundial. Voy a cuestionar el juego sucio de Messi, especialmente en el partido contra Cabo Verde. Voy a debatir el juego agresivo de otros miembros de la Albiceleste como también los favores que la selección argentina ha recibido por parte de la FIFA y de los árbitros. Otro aspecto a tomar en cuenta, es el amor platónico, del infame Giovanni Infantino, por Messi; ahora llamado «La princesa de la FIFA» en las redes sociales.
El denominado VAR (Video Assistant Referee), traducido al español como Árbitro Asistente de Video, no es una sola persona, sino un equipo de árbitros que están en una sala controlando las jugadas de un partido en tiempo real. Su función es asistir al árbitro en la cancha para evitar graves errores. Pero lo más importante de esta telaraña futbolística, tejida con hilos muy dudosos, es que todo el planeta ha visto las monumentales faltas ejecutadas por la Albiceleste. La FIFA se ha hecho de la vista gorda. Ante tal actitud, en las redes sociales, ha surgido una campaña llamada «Argentina out» (fuera Argentina). Un llamado para expulsar a Argentina del Mundial, en donde han firmado más de seis millones de personas (https://www.losandes.com.ar/deportes/una-peticion-expulsar-argentina-del-mundial-2026-ya-reune-mas-6-millones-firmas-n5998538).
Vayamos por partes: En el partido contra Cabo Verde, en el segundo tiempo Lionel Messi protagonizó una jugada desleal, y que desató muchos comentarios en las redes sociales. El incidente ocurrió en un tiro libre cerca del arco de Cabo Verde. Cuando el arquero Vozinha estaba armando la barrera y los jugadores caboverdianos no estaban preparados. De repente Messi, aprovechando el desorden, pateó la pelota. El árbitro no había dado el pitazo como señal. Vozinha que se encontraba mal ubicado, logró «volar» espectacularmente y atajó el gol.
Otra infracción, un jugador argentino tocó la pelota con la mano y el árbitro se volvió ciego, sordo y mudo. El capitán argentino también pisó fuerte la pierna y el talón de un jugador de Cabo Verde, pero el árbitro ignoró la falta. Otra anomalía, en una jugada un caboverdiano recuperó limpiamente el balón, pero el árbitro terminó cobrando infracción a favor del intocable Messi (https://www.instagram.com/reel/DaZFPnBOm2l/). Cuando terminó el partido, Messi guiñó el ojo al árbitro canadiense Drew Fischer. Un acto sospechoso nunca visto antes en la historia del fútbol.
Lionel Messi: Maradona dijo: «La pelota no se mancha». Y en el partido contra Cabo Verde, la manchaste por todas partes. Por eso, y por muchas otras cosas más, nunca alcanzarás el «maradonato» *.
El partido contra Egipto fue una absoluta calamidad y con un alto grado de favoritismo para Argentina. Fue justamente en este encuentro que la injusticia se desbordó por todas partes. El equipo de árbitros del VAR, que estaba en la sala de control, extrañamente reaccionó y anuló un segundo gol de Mostafa Zico. La razón; una falta que, según ellos, fue cometida previamente por el centrocampista Marwan Attia. (https://www.youtube.com/watch?v=2Wy10EmZwdY).
Otro suceso de mal gusto se llevó a cabo cuando Mohamed Salah atacaba en el área de Argentina. Julián Alvarez le quitó la pelota cometiendo una infracción, lo que ocasionó la caída de Salah al suelo. Y el árbitro francés, Francois Letexier, «no dijo ni pío».
El director técnico de Egipto, Hossam Hassan, comentó: «Nuestro equipo ha sido tratado injustamente. Hay muchas cosas que cuestionar tanto dentro como fuera del campo». El mismo Zico fue más contundente y dijo: «El árbitro echó por tierra el esfuerzo de todo un país. Fue el culpable de la derrota. El campeonato está dirigido».
En el partido contra Suiza también hubo irregularidades. En el minuto 69 Leandro Paredes fue amonestado con tarjeta amarilla por una supuesta falta contra el jugador suizo Breel Embolo. El árbitro, João Pinheiro, fue llamado por el VAR y le comunicaron que había un error. Tras revisar las imágenes en el monitor Pinheiro «obedeció fielmente a sus amos y cambió de opinión». Y, en consecuencia, determinó que no hubo contacto de Paredes y que Embolo había simulado la falta. Siguiendo esta línea retiró la tarjeta amarilla a Paredes, y a Embolo le sacó la segunda tarjeta amarilla. Lo que significó su expulsión. Supongamos que este hecho es correcto. Entonces surge la pregunta: ¿Por qué, el VAR no llamó a los árbitros cuando los jugadores argentinos cometían bestiales infracciones?, ¿Casualidad? o ¿Una estrategia calculada para beneficiar a un equipo favorito?
En el partido contra Inglaterra se repite el mismo patrón. Cabe señalar que no se trataba de un mero partido de fútbol. El encuentro, entre estas dos naciones, está excesivamente cargado de historia, de recuerdos y de sangre. Por eso, los jugadores de la Albiceleste han recibido instrucciones, directas o indirectas, de sus compatriotas que este partido debía ganarse cueste lo que cueste. Y está bien, creo que ese mensaje se convirtió en un aliciente psicológico para realizar su misión. Pero esta realidad, no les daba derecho a jugar de forma repugnante. La presión psicológica fue muy fuerte. En el primer tiempo los jugadores entraron a la cancha como toros buscando al enemigo. Empezaron a repartir patadas, empujones, insultos y zancadillas a los contrincantes. Y el árbitro «calladito como una piedra». Los argentinos perdían el balón, estaban confusos y la defensa era débil. Mientras que Inglaterra, según mi apreciación, jugaba de forma bien estructurada, tranquila y atacaba fuerte. Dominó el primer tiempo.
En el segundo tiempo Argentina recuperó y jugó mucho mejor. Pero todo el partido estuvo marcado por altercados, tensión y faltas. Por ejemplo, Enzo Fernández cometió tres gravísimas faltas. La última fue el golpe brutal, con el puño, contra la nuca de un jugador de Inglaterra (https://www.youtube.com/shorts/6Tw2oVPn54U). Sin lugar a dudas, este comportamiento atroz merecía tarjeta roja. Y el árbitro, estadounidense Ismail Elfath, no cobró la falta.
Llegó la final: Argentina – España. El patrón, de mala conducta por parte de la selección argentina, creció exponencialmente. Los argentinos pensaron que estaban en un matadero. Además, se sentían endiosados por Infantino, por la FIFA, por los árbitros y por la presencia mercantil de Messi. Nadie podía tocarlos, nadie se atrevía a sacar tarjeta amarilla o roja. Los árbitros «siempre viendo pajaritos de la FIFA». Así dejaban pasar las gravísimas faltas de la selección argentina. Entonces, otra vez: favores, patadas, insultos, empujones, zancadillas y salvajismo. Y los habitantes del orbe entero enmudecidos y con la sangre hirviendo veían, en sus televisores, a los carniceros del fútbol. Se repitió la misma escena que con Egipto. El árbitro corrupto esloveno, Slavko Vincic, anuló un gol legal de España. Pero al mismo tiempo, ya no podía ocultar descaradamente las trampas argentinas. Por fin, sacó tarjeta roja para el «avezado delincuente Enzo Fernández». Messi, en su desesperación y con su cara de «mosquita muerta», actuó de mala fe. Aprovechó el momento cuando Marc Cucurella, por un par de segundos, colocó una mano en su boca. Acto seguido, el capitán de la Albiceleste llamó al árbitro y señalando al jugador español pedía su expulsión. Un comportamiento totalmente patético. Por el contrario, cuando alguien incurría en una infracción contra la selección argentina, se los veía gritando, pataleando y moviendo la cabeza haciendo señas.
Pero lo más notable fue que la selección española no se rindió en ningún momento. Luchaban de forma elegante para defender los colores de su bandera. Los jugadores, con precisión, escribieron un hermoso poema en el campo de juego. Desplegaron un fútbol de toque y posesión que desbordó por completo a Argentina. Fue un recital poético con un dominio tan abrumador que los españoles parecían jugar al «olé», «olé», «olé»… ante una selección que no pudo ni tan siquiera disparar al arco. El gol de Ferran Torres en la prórroga, fue la merecida sentencia que corresponde a una exhibición de absoluta superioridad. Finalmente, llegó el momento épico: el pitazo final. Y España, por segunda vez, se llevó la Copa del Mundial de 2026.
Pues ahora, nos queda gritar a voz en cuello que este Mundial se ha caracterizado por la corrupción, por la mentira y por los oscuros deseos de Infantino y de la FIFA. No obstante, con la victoria española los jugadores argentinos bajaron del cielo a la tierra. A este fenómeno lo he bautizado como «el síndrome argentino» que implica elementos éticos, morales, penales y jurídicos. Y cuando los jugadores argentinos y el cuerpo técnico cayeron al suelo ¡cataplum! se dieron cuenta que eran de carne y hueso. Entonces empezaron a llorar, a taparse la cara, a mirar las nubes y a situarse frente a los hinchas argentinos que estaban de pie en las graderías. Lo más curioso de este proceso, es que no trajeron bondades celestiales a la tierra. Seguían con la maldad, con el odio metido en el cuerpo y con la bronca de no poder alzar la Copa de Oro. Toda esa disonancia cognitiva que pasó por la médula espinal Albiceleste se convirtió, una vez más, en salvajismo puro. Y, por consiguiente, los experimentados «cogoteros» como Nahuel Molina, Leandro Paredes, Thiago Almada y Roberto Ayala (cuerpo técnico), ya terminado el partido, agredieron físicamente a jugadores españoles. Y como si fuera poco, no soportaron ver a la selección española recibir las medallas y la Copa de Oro. Dieron la espalda, apretaron las mandíbulas y «lloraban a moco tendido» dibujando una lágrima inmensa. ¡Todo un muro de lamentos!
Fue muy deplorable lo que pasó la noche del 19 de julio de 2026. No se trata de ganar a cualquier precio. Hay que saber perder con dignidad. De eso está hecha la vida: de éxitos y de fracasos. Y me pregunto ¿De qué espejo está hecha la vida de los jugadores argentinos?
Esa conducta incivilizada, que manchó la camiseta argentina, no tiene cabida en el fútbol moderno. Ha quedado sepultada bajo el peso de la crítica unánime de todos los países del mundo. Mientras que la verdadera gloria de recibir la Copa de Oro se escribe con amor, con buenos modales, con poesía y con alegría. El deporte es, ante todo, una escuela de valores. Y en este Mundial, el fútbol le recordó al mundo que sin ética y sin equilibrio en el arbitraje, la gloria es solo un espejismo.
No quiero terminar este artículo sin antes decir algo que seguramente llamará la atención a muchos lectores. Los ingenuos suelen decir: «El fútbol no tiene nada que ver con la política». Tendría que ser así, pero lamentablemente la realidad es otra. Lo que ha sucedido en este Mundial no es casual. Los números han sido falsificados y la lógica matemática ha sido violada. Y, por ende, el desenlace del Mundial no coincidió con los anhelos de las personas que aman un fútbol limpio. Esto va mucho más allá. El mundo arde por todas partes y las élites, con dedos enguantados de seda, mueven las fichas en sombríos tableros. No hay un solo tentáculo, sino una red de intereses cruzados: el capital que todo lo devora, el arbitraje forzado, las organizaciones corporativas que convierten todo en oro y muchos otros tentáculos más. Y en medio de este crepúsculo nos ofrecen el Mundial. Un espejismo de unidad, de buena ética deportiva y de alegría frente al apagón del alma. Lo visten al fútbol con un traje púrpura, le ponen joyas y coronas de oro para ocultar los grandes acuerdos que han firmado bajo el paraguas del oscurantismo. Esta es la forma de actuar de los poderosos. Así tensan los hilos, sobre las cenizas, con el único fin de obtener cuantiosas ganancias en todo nivel. Así se maneja este mundo esquizofrénico, en donde premian al criminal y castigan a la persona honesta. Este Mundial ha estado camuflado por un discurso del bien y del mal, de la luz y de las tinieblas. Un discurso que tanto daño ha hecho y sigue haciendo a la humanidad.
Titulares y comentarios de algunos periódicos del mundo:
El Confidencial de España: «La terrible final de Argentina: todas las acciones de juego sucio que enfurecieron a España. Los sudamericanos se dedicaron más a pegar que a jugar fútbol».
El Economista de España: «La prensa internacional tilda de vergonzoso y agresivo el juego de Argentina».
El Clarín de Argentina: «La prensa internacional celebró el título de España y cuestionó con dureza a la Argentina: Fútbol 1, criminales 0».
La Gazzetta dello Sport de Italia: «Un triunfo de Argentina habría supuesto un insulto al fútbol».
La Gaceta de la Iberosfera de España: «Criminales, juego sucio, provocadores… La prensa mundial despedaza a Argentina tras su derrota ante España».
L’Equipe de Francia: «Su extrema intensidad física, suele generar dudas al coquetear con los límites. ¿Violencia genuina o un intento deliberado de envenenar el ambiente?».
The Telegraph de Inglaterra: «Los 31 trucos sucios que Argentina empleó ante Inglaterra. Recurrió a todo tipo de jugadas sucias para hacer honor a su reputación como maestros de las artes oscuras».
La Tercera de Chile: «España le arruina la fiesta a Messi: es el justo campeón del mundo y vuelve al Olimpo 16 años después».
* Maradonato: Palabra inventada para referirse al momento de mayor apogeo de Diego Armando Maradona, a sus valores humanos y a su estilo futbolístico.
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*Javier Claure Covarrubias, nació en Oruro, Bolivia, en 1961. Es miembro del Pen-Club Internacional, de la Unión Nacional de Poetas y Escritores de Oruro (UNPE) y de la Sociedad de Escritores Suecos. Ejerce el periodismo cultural. Tiene poemas y artículos dispersos en publicaciones de Suecia y Bolivia. Fue uno de los organizadores del Primer Encuentro de Poetas y Narradores Bolivianos en Europa (Estocolmo, 1991). Ha estudiado matemáticas e informática en la Universidad de Estocolmo y de Uppsala. Además, es egresado de Pedagogía en Matemáticas de la Universidad de Estocolmo. Formó parte de la redacción de las revistas literarias “Contraluz” y “Noche literaria”. Algunos de sus poemas han sido seleccionados para las siguientes antologías: “El libro de todos” (1999), “La poesía en Oruro” (2005) y “Poesía boliviana en Suecia” (2005). Forma parte del “Diccionario de autores orureños” (2007). Ha publicado “Preámbulos y ausencias” (2004) y “Con el fuego en la palabra” (2006).

BLOG. AUTOR: Javier Claure C.
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