Por Horacio Duque Giraldo*
Algo ya se venía gestando en Colombia. En mayo de 2022, un ingeniero septuagenario, millonario y excéntrico llamado Rodolfo Hernández, irrumpió en la primera vuelta presidencial con casi seis millones de votos, quedando a solo tres puntos de alcanzar el poder. Lo bautizaron el “Trump colombiano”, pero sus excesos verbales y enredos judiciales lo terminaron descartando, a pesar de haber enarbolado la bandera de la lucha anticorrupción.
Muchos creyeron entonces que aquello era una simple anomalía. Hoy, la historia se repite con un nuevo rostro: un abogado penalista de extrema derecha, de 47 años y sin experiencia política previa, llamado Abelardo De la Espriella, ha logrado la misma hazaña. Esta vez, sin embargo, el golpe sobre la mesa ha sido de 10 millones de apoyos, arrebatándole la primera vuelta al favorito y candidato del oficialismo de izquierda, Iván Cepeda. ¿Cómo se explica este fenómeno?
Más furor que ideología
Colombia no llega a este escenario de forma aislada. Aunque la izquierda retiene el poder en México, Brasil y Uruguay, en la región emerge una nueva derecha que avanza con fuerza allí donde el descontento cala más hondo; los ejemplos de Milei en Argentina, Noboa en Ecuador y Bukele en El Salvador operan ya como una franquicia de exportación. Colombia había tardado en sumarse a esta tendencia. El progresismo, que gobernó el último cuatrienio, sigue siendo una fuerza política considerable con más de nueve millones y medio de sufragios; sin embargo, no le alcanzó para ganar la primera vuelta, ni siquiera con el empuje del palacio presidencial.
El fenómeno de De la Espriella no responde a una lógica ideológica en el sentido clásico. Es algo más visceral y difuso. El politólogo Camilo Cruz lo define con precisión: es la fractura entre quienes dependen del Estado y quienes aprendieron a prescindir de él. En Colombia, esa brecha tiene un rostro concreto: la mitad de la fuerza laboral se mueve en la economía informal, incluyendo a miles de profesionales independientes —abogados, médicos e ingenieros— que operan completamente ajenos a las estructuras estatales. Desconfiados de la burocracia y de las promesas gubernamentales, el último gobierno terminó por alejarlos, y De la Espriella supo leer esa insatisfacción cuando nadie más lo hacía.
El abogado ha seguido al pie de la letra el guion de la derecha radical global: explotar la condición de outsider —alguien cercano al poder, pero nunca formalmente dentro de él— para encarnar el hartazgo ciudadano. Se presenta como el único salvador capaz de rescatar al país del “abismo comunista”, mientras, paradójicamente, presume sin complejos de su opulencia en redes sociales: vuelos en jet privado, un Rolls-Royce Phantom y largas temporadas entre Miami, Bogotá y la campiña toscana.
El contexto regional y el hundimiento del uribismo
Existe una explicación estructural detrás de este triunfo. “Colombia ha entrado de lleno en la dinámica latinoamericana”, explica la analista Nadia Pérez Guevara. Al haber estado condicionado históricamente por el conflicto armado interno, el país permaneció un tanto ajeno a las olas y debates de sus vecinos. Ya no más. Temas tradicionales como la distribución de la tierra o las lógicas de la guerra han dejado de ser los ejes prioritarios del electorado.
Durante décadas, la posición frente a las guerrillas organizaba la política local. Al disolverse esa narrativa, quedó un vacío que De la Espriella ocupó con un nuevo lenguaje: seguridad urbana, antipolítica, defensa de la informalidad y valores conservadores. Es el mismo idioma que Milei habla en Buenos Aires o que Donald Trump esgrime en Washington.
Por su parte, el politólogo Yann Basset, de la Universidad del Rosario, identifica una línea de continuidad con la candidatura del fallecido exalcalde Rodolfo Hernández. En ambos casos se hace evidente un vacío de liderazgo en la derecha tradicional en el contexto posturibista. Álvaro Uribe sigue siendo un referente, pero ya carece de la hegemonía de hace veinte años.
La muestra clara estuvo en la candidatura de Paloma Valencia, quien se mantuvo leal a su mentor e intentó matizar su propuesta hacia el centro con una fórmula moderada como Juan Daniel Oviedo. La estrategia naufragó: el Centro Democrático vio desplomar su votación de 3,2 millones de sufragios en las consultas de marzo a escasos 1,6 millones en las presidenciales.
¿Y ahora qué?
De la Espriella demostró astucia táctica. Con un programa de apenas tres páginas consiguió movilizar a un electorado huérfano de un discurso de derecha sin complejos. No obstante, Basset matiza que no todo el apoyo es puramente ideológico: en la recta final, el voto útil de la derecha tradicional se volcó hacia él, hundiendo definitivamente a Valencia. De este modo, el llamado «Tigre» llega al balotaje con una coalición heterogénea, lo que representa tanto su mayor fortaleza como su principal fragilidad.
Detrás de este éxito hay dos pilares que los expertos apenas empiezan a descifrar. El primero son los jóvenes conservadores de TikTok. “Son nativos digitales que, a través de las redes, han conectado con principios de la derecha global”, señala Pérez Guevara. Un dato crucial para quienes asumían erróneamente que toda la juventud del estallido social de 2021 pertenecía al espectro de la izquierda.
El segundo bloque, más silencioso pero altamente efectivo, son las iglesias evangélicas. Por primera vez, logran consolidarse como una maquinaria política abierta en el país. El jefe de debate de la campaña, Jaime Andrés Beltrán, es justamente un reconocido pastor e hijo de uno de los líderes cristianos más influyentes del nororiente colombiano. El propio De la Espriella, otrora declarado ateo, adoptó la práctica de rezar en público durante la campaña. Las estructuras de fe hicieron el trabajo territorial que su movimiento, Firmes por la Patria, no podía desplegar en tan solo un año de existencia.
Ante este panorama, Iván Cepeda encara la segunda vuelta con una herida profunda pero también con una ventana de oportunidad. Tras sembrar dudas iniciales sobre el preconteo, el candidato oficialista rectificó con sensatez al no hallar evidencias de irregularidades de peso. Su verdadero desafío radica en la abstención de sus propias bases: la izquierda dejó de mover un caudal importante de votantes recuperables en plazas clave como Bogotá, el Caribe y el Valle del Cauca.
La moneda está en el aire. El triunfo de De la Espriella debe leerse como un fenómeno multiclase que aglutina no solo a la ultraderecha orgánica, sino a una masa de ciudadanos desencantados, escépticos y cínicos frente a la política tradicional. Media Colombia llevaba años acumulando silenciosamente su descontento; el domingo por la noche, alguien finalmente supo canalizarlo y traducirlo en victoria.
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*Horacio Duque Giraldo es un historiador, analista político y académico colombiano. Cuenta con una sólida formación académica que incluye: Licenciatura en Ciencias Sociales con énfasis en Educación Básica. Maestría en Análisis de Problemas Políticos, Económicos e Internacionales Contemporáneos. Maestría en Relaciones Internacionales. Como analista, es conocido por su enfoque crítico y su vinculación con movimientos sociales. Sus análisis suelen centrarse en la defensa de los derechos humanos, medioambientales y los derechos de comunidades indígenas, afrodescendientes y campesinas, especialmente en el sur occidente colombiano. Ha participado como conferencista en seminarios sobre el proceso de paz, promoviendo la pedagogía sobre la democracia ampliada y el pluralismo político♦

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